Tengo un defecto horrible: comparto demasiado de mi vida. No sé de dónde viene esa pulsión tan dañina. A nadie le interesa, en primer lugar. En segundo lugar, los que se interesan, es más por chambre.
Tenemos la necesidad de ser grupales. De compartir lo que nos pasa. Porque nos servía para sobrevivir. Harari especula que desarrollamos el lenguaje para hablar de los demás. Un atajo. Ahora nos sirve para estar enterados de cosas que no son realmente esenciales. Pero a pesar de ello, los programas de chismes tienen audiencia. No nos hemos quitado la necesidad de ser sociales.
Tengo que recordar cómo me siento cada vez que me doy cuenta que hablé demás. Y tratar de no hacerlo.
