Seguir Caminando

Como es lógico, sólo he percibido la vida a través de mis propios sentidos. Eso hace que, aunque puedo aprender de las experiencias de los demás, hasta el hecho de procesarlas las hace «mías» en el sentido que tienen que pasar a mi cerebro. No me gusta decir que la vida es dura: tengo una casa, comida, ropa, transporte, educación, una familia, amigos, un esposo que me quiere y hasta gatos. Pero tampoco ha sido todo rosas y canciones. Tuve una infancia con ciertas limitaciones, una adolescencia desgraciada y dos pérdidas importantes con la muerte de mis papás. Alguna vez hubiera querido que el mundo entero se detuviera ante mi dolor, que dejara de girar, que las nubes ya no pasaran, los pájaros callaran, que desapareciera el universo entero. Obvio, no. El sol seguía saliendo y aún existían otros seres vivientes y el Mundo seguía girando y yo continuaba respirando, latiendo, existiendo.

Vivir es moverse, aunque sea por inercia. Por eso tal vez no sea tan malo un ligero tinte de egoísmo. Porque yo puedo estar muy preocupada por la situación nacional, pero por favor que no sea el paro en el día de la piñata de mi hija. Y no es por falta de sensibilidad, es que entiendo que la vida continúa y que la niña va a cumplir años, haya debacle o no.

Y eso también es lo que nos levanta en momentos en los que desfallecemos. El hecho de ver que las horas se suceden, aún sin nuestra intervención. No queda más que hacer como los niños, llorar un poco, limpiarse la tierra y la sangre, pararse y seguir. Con un poco más de cautela al principio, seguro. También es cierto que al rato se olvida y agarra uno aviada otra vez.

Nada de lo que he vivido, ni bueno ni malo, ha atrasado el paso del tiempo. Sólo son marcas en el camino. Y yo sigo caminando.

Me Enfermé del Estómago

Y no sé por qué. Comimos en casa, yo cociné, todo estaba fresco. Pero me enfermé de la panza y salió todo estrepitosamente de regreso. Cuando me pasa algo así, lo cuál es muy raro porque no me enfermo seguido, no me da por contemplar mi mortalidad como es lo usual. No, a mí me da por renegar de ser adulto sin mamá que me consienta.

Las personas que han vivido fuera y se han enfermado, podrán entenderme bien. Uno mantiene una parte de niño que confía ciegamente en la mano que le revisa la temperatura, le pasa la pastilla y le conjura alguna pócima tipo atol de maicena (que sólo es tolerable en estado de moribundez). Qué rico no tener mayor responsabilidad de uno mismo. Dejarse cuidar.

Ser adulto y el proceso que se atraviesa para serlo, tiene como principal objeto tener responsabilidad de los actos. Uno obtiene todas las ventajas de la libertad, pero también debe tragarse todas las consecuencias de ejercerla. Y está bien. En general, uno deja un poco de ser humano en el momento que prefiere delegar en alguien o algo más su vida y las decisiones que debe tomar. Puede ser que se sienta cómodo no tener que ejercer la libertad, pero ese estado es aberrante y ha sido abolido en todo el mundo. Nadie debería ser esclavo.

Por eso me hago yo el brebaje asqueroso ese con maicena (guácala, pero qué bien me cayó). Soy adulta y, así como tomo mis decisiones, bien puedo cuidarme si me enfermo del estómago. Menos mal no es muy seguido.

Contar Cuentos

Hay cosas que no se pueden expresar en serio. Deseos que no queremos cumplir. Inclinaciones que no nos botan, sólo nos hacen interesantes. Escenarios que nos planteamos como quien habla de una novela de ciencia ficción: «¿Qué pasaría si?» Y de eso salen elementos de nuestra cultura tan estrambóticos como los súper héroes con poderes, magos y hechiceras, mundos paralelos, alternos, historias universales llenas de alienígenas. El lado oscuro de nuestra naturaleza domada por una conciencia permite escribir obras de suspenso sin derramar una sola gota de sangre. Fantasías sexuales que no transmiten enfermedades. Hadas y brujas y maldiciones y conjuros y manzanas que duermen a nuestros hijos por las noches.

El ser humano tiene tanto en el cerebro que trasciende lo que experimenta en el mundo real, que necesita crear otras realidades. Es más, somos tan complicados que, aunque sabemos que los libros, cómics, películas, programas, no son verdaderos, igual nos involucramos emocionalmente y sentimos sentimientos (que sí son de verdad). Y no es que sea ridículo. Es que, yo por lo menos, creo que preferible que matemos miles de personas en películas, que en la realidad. Que pensemos en que existen vampiros (pero que no brillen con el sol, por favor) y exploremos todos esos trabes en novelas, a que andemos exangüinando compadres.

Leer me permite viajar, pero escribir me deja sacar a pasear todo lo que me molesta, cansarlo y seguir con mi vida más tranquila. Apenas puedo articular algunas de mis ideas, pero la ficción no está lejos. A ver qué crímenes me salen de los dedos sobre el teclado.

Einstein se Equivocó

Mi entendimiento de la teoría de la relatividad es muy superficial, pero la ciencia ficción me ha ilustrado: a la velocidad de la luz, el tiempo y el espacio son inversamente proporcionales. Pero resulta que lo relativo no es el tiempo. Es la edad. Hace poco le preguntaba a Mario si se sentía de la edad que le toca cumplir pronto (40) y la respuesta es «sí y no». ¿Ven? Relativo.

El transcurso de las horas y los años linealmente calculado, no tiene variación. Es medible, predecible. Lo que no se puede cuantificar es lo que se vive dentro de ese transcurso de segundos. Pareciera que a algunas personas los años se los comen vivos y les graban más experiencias en la cara y el cuerpo de lo que les corresponden (o, que los rueda paches por La Antigua). Otras, llegan a edades avanzadas con una frescura de flores por la mañana.

Y no tiene que ver con arrugas, ni lonjas, ni canas o falta de pelo. La apariencia física sólo es un elemento de lo que se lleva por dentro. Nadie pasa por este mundo sin experimentar tristezas ni momentos duros, pero la actitud con la que se afrontan y la facilidad con la que se superan, nos mantienen mejor, por más tiempo. Si alguna vez han visto a alguien con la boca torcida hacia abajo en una mueca constante de amargura, me entenderán por qué prefiero las arrugas alrededor de los ojos.

Relativamente, estoy más o menos a la mitad de mi vida. Espero seguir llenándola exponencialmente de vivencias que me permitan sentir que tengo mil años, aunque no los cumpla.

La Eterna Satisfacción Temporal

De vez en cuando, bueno, muy seguido, termino de comer y me levanto con hambre. Y no porque que esté en una de esas dietas de 50 calorías por comida. Es que me quedo insatisfecha, o no me encantó el almuerzo, o quería comer pizza, o cualquier otra tontería. Luego me levanto de la mesa y se me pasa. No he terminado un libro y pensado: «ahora sí, este libro estuvo tan genial, que no voy a leer otro nunca más.» Al contrario, al minuto ya estoy pidiendo recomendaciones y viendo de dónde saco el próximo. Si la ropa durara toda la vida, tampoco así dejaría de comprar nueva. Me encanta aprender y siempre busco quién me eduque.

Esa sensación de insatisfacción es lo que nos hace buscar cosas nuevas. Seguiríamos en cavernas alrededor de un fuego si dentro de nosotros no hubiera un vacío que buscamos llenar. A veces esa necesidad de algo más tiene nombres más feos, como la avaricia, la envidia. Como todo, no podemos pretender lograr nuestro bienestar pasando encima de los demás. Pero negar que la ambición es algo positivo, es pretender convertirnos en seres estáticos, sin crecimiento ni progreso. La vida misma está definida como algo que tiene movimiento independiente. Si nos dejamos de mover, prácticamente estamos muertos.

Tal vez por eso es que las concepciones de un más allá positivo sean una completa tranquilidad y la falta de satisfacer necesidades. Pero para llegar allí, hay que dejar este mundo.

Querer estar mejor nos impulsa. La necesidad de alcanzar metas nos empuja. El hambre nos hace ser mejores. Y, en mi caso, buscar un pedazo de chocolate. Permiso.

«No Soy Tu Amiga»

¿Se los dijo su mamá alguna vez? A mí sí y todavía siento el frío del guacalazo de agua helada. Pues… Es que es feo que a uno la persona que lo sacó del cuerpo le diga que no es su amiga… hasta que uno tiene hijos y lo entiende perfectamente.

Imposible ser amigo de alguien sobre el que tiene que ejercer autoridad, del que tiene la responsabilidad de moldear en una persona decente, al que tiene que consolar ante todo y del que tiene que cuidar sin ser correspondido. Yo a mis amigas no les preparo loncheras, ni comida, ni las llevo al médico, ni sé sus agendas, ni les leo cuentos, ni las corrijo. No son mi problema de educar. Pero a mis amigas sí las puedo dejar de ver. A mis hijos no.

Además, no tengo vida en común con los niños. No vemos la misma televisión, no hemos tenido las mismas experiencias, no entendemos las mismas bromas. Y esas coincidencias de vida son las que unen a dos personas que no son parientes.

Para amigos, mi marido y mis cuates. Mis hijos tienen los suyos propios, con los que pueden bromear y decir malas palabras y tirarse pedos y jugar. Son sus iguales.

No soy su amiga. Soy su mamá. Y soy la única que tienen.

Alabar el Esfuerzo y Premiar el Resultado

Hay una diferencia sustancial entre decir «¡Qué inteligente eres!» a «¡Qué bien lo hiciste!» La primera pone el énfasis en una cualidad sobre la que la persona no tiene ningún control. Es lo mismo que pensar que alguien tiene alguna calidad moral por su apariencia física genética. La segunda abre la posibilidad de mejorar, se fija en un esfuerzo que sí está bajo el control de la persona que lo hizo, deja campo para aprender.

Pero, no podemos quedarnos en el simple reconocimiento de un trabajo hecho con mucha dedicación, porque también queremos resultados positivos. O sea, qué bueno que te mataste estudiando m´hijo, pero perdiste la clase y te toca repetir. O, excelente que hayas entrenado ocho horas al día, pero llegaste de último y no, no te toca medalla. Hasta el hecho de no llegar a tiempo a un lugar le resta mérito a haber salido dos horas antes.

Por el otro lado, tampoco vamos a valorar el resultado sobre todo, sin importar cómo llegamos allí. Yo no quiero una libreta de notas llena de cienes, si el patojo copió en los exámenes.

Esa es la línea delgada y difícil de navegar cuando uno está a cargo de hacer personas de bien. Tengo que fijarme en cómo se preparan y ayudarlos en el camino, pero, si no obtienen los resultados deseados, no se les esconde. Y allí me tienen, desgarrada (tna, qué dramática, pero es cierto) entre aplaudir hasta la última mueca que sacan y mi imperativo de guiarlos a la excelencia. ¿En dónde está la ola que me saque hasta la orilla? Ni idea. En serio, si tienen una fórmula matemática que pueda aplicar, se las encargo.

En nuestro mundo, juzgamos a los demás por sus acciones y a nosotros mismos por nuestras intenciones. Cuando lo único que demuestra verdaderamente de qué estamos hechos ante los demás, es cómo nos comportamos. De igual forma, el resultado del esfuerzo debe ser un éxito más o menos medible. Para eso es bueno tener metas internas y marcas externas. Y a una mamá que esté haciendo porras.

Pedir Ayuda

Más que pedir perdón, creo que pedir ayuda es de las cosas que más me cuestan. «No puedo sola» tiene, para mí, el mismo significado a «soy inútil, no sirvo, no puedo con nada.» Es como una admisión de algo vergonzoso, porque yo debería de poder hacerlo todo, y bien. No es que me crea todopoderosa, sino que no me enseñaron a admitir mis carencias.

Para identificar en dónde se necesita un conocimiento externo, o que alguien más corrija una falta, se requiere mucho valor. Es casi como exponerse al mundo en traje de baño: todos pueden ver de lo que padecemos. Esta costumbre es completamente estúpida. ¿De qué cuenta creemos que es malo aceptar un defecto? Luego vamos por allí, como gallinas sin cabeza, tratando de hacer todo lo que ofrecimos y sabemos perfectamente bien que no podemos cumplir.

Parte de tener relaciones interpersonales exitosas (de pareja, de amistad, de trabajo) es complementar habilidades para lograr un mejor trabajo. El verdadero líder identifica perfectamente en dónde no puede solo, se rodea de la gente que hace las cosas mejor que él y las delega. Eso de ser la persona más talentosa en un grupo se vuelve aburrido muy rápido.

Estar entre gente que lo puede sacar a uno de un apuro, que tiene otros conocimientos y otras habilidades, enriquece la vida, porque uno no puede abarcarlo todo. Y tiene un efecto liberador: el autoconocimiento lo desprende a uno de nociones engañosas y le permite trascender. Y, después de palabras tan profundas, voy a ir a practicar decir otras más cortas, pero más difíciles: «No puedo sola.» Argh.

 

El Loop

«¡Tengo una excelente idea para el post de hoy!» Corro a sentarme y arreglar teclado con iPad, ver que esté la conexión de internet, que los niños estén atendidos, abro el programa, comienzo a escribir y ¡zaz! ya había posteado algo similar. Podría dividir este blog en unas cuantas categorías: 1. desahogo psicológico de la infancia; 2. objetividad relativa; 3. desviaciones del lenguaje; 4. habilidades no aprovechadas. Y así va mi cerebro, como el famoso hámster del que ya les he hablado, que se faja corriendo en su ruedita, pero que no avanza.

La base de toda la filosofía humana descansa sobre esas preguntas esotéricas para las que no hay una respuesta concreta: ¿por qué estoy aquí? ¿de qué estoy hecho? ¿quién soy? Si el ser humano no se hubiera formulado esos cuestionamientos, probablemente no hubiéramos bajado de los árboles. Y, aunque a veces eso no suena tan mal, tampoco tendríamos cosas como el lenguaje, la tecnología, los helados…

La genialidad brota cuando uno se rasca la comezón intelectual y escarba tratando de tocar el fondo de un pozo sin fin. ¿Si el mundo a nuestro alrededor no nos molestara, de dónde saldría el arte? Y así vamos, caminando la espiral del devaneo filosófico, no sabiendo a ciencia cierta si nos acercamos o nos alejamos de una verdad, que pueda ni siquiera existir.

Y por eso resulto escribiendo de temas recurrentes, que suenan en mi cerebro como el loop de una cancioncita desesperante. Espero malvadamente que se les pegue.

Negar los Hechos

El gato que rescatamos de una alcantarilla, el que no pesaba ni una libra, cinco meses después es más grande que el perro de mi suegra (el cuál es un chucho de esos cuasi-ratas, pues, pero igual). Cuando recién estaba en casa, cabía bajo todos los muebles con facilidad. Ahora, obviamente, ya sólo cabe bajo la mesa del comedor.

Los animales observan el mundo a su alrededor como una serie de hechos irrefutables que perciben a través de sus sentidos: pasan los bigotes, paso yo; no pasan los bigotes, no paso yo. Blanco o negro. No hay mucho espacio para discutir. Dichosos.

Nosotros los humanos somos tan inteligentes, que nos damos el lujo de no creer lo que percibimos por medio de nuestros sentidos, hasta el punto que negamos las cosas que tenemos enfrente. Me cierra el zípper, quepo en los jeans; no me cierra el zípper, igual me tiro desde el segundo piso para caber en los jeans. Olvídense de escalas de grises, esta es la paleta pantone completa.

Llegamos al colmo de utilizar diferentes definiciones para una misma palabra, haciendo que nuestra principal forma de comunicarnos, que es el lenguaje, sea ambigua en el mejor de los casos, engañosa en el peor. Y todo es porque le pegamos sentimientos a nuestro entorno. Unos jeans no son una simple prenda de vestir; son los jeans que me compré después de un año de estar a dieta y que al fin bajé una talla y que usé el primer dinero que me gané escribiendo y que fui a escoger con mi mejor amiga a quien tenía dos años de no ver y que usé para el primer concierto al que fui con mi novio que ahora es mi esposo… ¿Ven por dónde va la cosa? Con esa carga emocional, ¿quién jodidos me va a decir a mí que no quepo en los benditos pantalones? Y, mientras me cortan la circulación de la espina dorsal, yo me niego a ver lo evidente y sólo pienso en lo que representan.

La vida tiene color porque se lo damos y las cosas tienen importanci, porque se la ponemos. En el mundo, todo es neutral, hasta que nosotros tomamos una postura. Y eso está bien, no somos robots. Pero tal vez sería menos complicado no ser tan engazado y tratar de aceptar los hechos a nuestro alrededor, como lo hacen los animales.

Y ahora, me disculpan, tengo que ir a sacar al gato que se quedó trabado debajo del sofá.