Como es lógico, sólo he percibido la vida a través de mis propios sentidos. Eso hace que, aunque puedo aprender de las experiencias de los demás, hasta el hecho de procesarlas las hace «mías» en el sentido que tienen que pasar a mi cerebro. No me gusta decir que la vida es dura: tengo una casa, comida, ropa, transporte, educación, una familia, amigos, un esposo que me quiere y hasta gatos. Pero tampoco ha sido todo rosas y canciones. Tuve una infancia con ciertas limitaciones, una adolescencia desgraciada y dos pérdidas importantes con la muerte de mis papás. Alguna vez hubiera querido que el mundo entero se detuviera ante mi dolor, que dejara de girar, que las nubes ya no pasaran, los pájaros callaran, que desapareciera el universo entero. Obvio, no. El sol seguía saliendo y aún existían otros seres vivientes y el Mundo seguía girando y yo continuaba respirando, latiendo, existiendo.
Vivir es moverse, aunque sea por inercia. Por eso tal vez no sea tan malo un ligero tinte de egoísmo. Porque yo puedo estar muy preocupada por la situación nacional, pero por favor que no sea el paro en el día de la piñata de mi hija. Y no es por falta de sensibilidad, es que entiendo que la vida continúa y que la niña va a cumplir años, haya debacle o no.
Y eso también es lo que nos levanta en momentos en los que desfallecemos. El hecho de ver que las horas se suceden, aún sin nuestra intervención. No queda más que hacer como los niños, llorar un poco, limpiarse la tierra y la sangre, pararse y seguir. Con un poco más de cautela al principio, seguro. También es cierto que al rato se olvida y agarra uno aviada otra vez.
Nada de lo que he vivido, ni bueno ni malo, ha atrasado el paso del tiempo. Sólo son marcas en el camino. Y yo sigo caminando.
