La Eterna Satisfacción Temporal

De vez en cuando, bueno, muy seguido, termino de comer y me levanto con hambre. Y no porque que esté en una de esas dietas de 50 calorías por comida. Es que me quedo insatisfecha, o no me encantó el almuerzo, o quería comer pizza, o cualquier otra tontería. Luego me levanto de la mesa y se me pasa. No he terminado un libro y pensado: «ahora sí, este libro estuvo tan genial, que no voy a leer otro nunca más.» Al contrario, al minuto ya estoy pidiendo recomendaciones y viendo de dónde saco el próximo. Si la ropa durara toda la vida, tampoco así dejaría de comprar nueva. Me encanta aprender y siempre busco quién me eduque.

Esa sensación de insatisfacción es lo que nos hace buscar cosas nuevas. Seguiríamos en cavernas alrededor de un fuego si dentro de nosotros no hubiera un vacío que buscamos llenar. A veces esa necesidad de algo más tiene nombres más feos, como la avaricia, la envidia. Como todo, no podemos pretender lograr nuestro bienestar pasando encima de los demás. Pero negar que la ambición es algo positivo, es pretender convertirnos en seres estáticos, sin crecimiento ni progreso. La vida misma está definida como algo que tiene movimiento independiente. Si nos dejamos de mover, prácticamente estamos muertos.

Tal vez por eso es que las concepciones de un más allá positivo sean una completa tranquilidad y la falta de satisfacer necesidades. Pero para llegar allí, hay que dejar este mundo.

Querer estar mejor nos impulsa. La necesidad de alcanzar metas nos empuja. El hambre nos hace ser mejores. Y, en mi caso, buscar un pedazo de chocolate. Permiso.

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