El Deseo

Todos anhelamos cosas que no poseemos en este preciso instante: un pedazo de pastel, un viaje futuro, un par de zapatos. No todo lo que queremos tener es beneficioso, pero el impulso por obtener lo que se desea es bueno, nos hace levantarnos. Y tampoco es malo movernos por tener cosas materiales, al fin y al cabo, es mejor estar vestido, comido y techado, que no estarlo. Sin embargo, conforme voy avanzando en el calendario, he dejado de querer cosas tangibles y me encuentro necesitando más de todo eso que no se puede medir.

No se me ha vuelto más fácil la vida por eso. Al contrario. El querer un carro específico y obtenerlo es muy sencillo de cuantificar: lo busqué, lo encontré, lo obtuve. Ponerle sustancia a las cosas que uno ambiciona es la forma más clara de saber si uno tiene éxito. El problema viene cuando lo que uno quiere es real, pero abstracto. Yo quiero criar a mis hijos de manera que tengan las herramientas para tomar buenas decisiones. Quiero hacer una diferencia en las personas a mi alrededor. Quiero cultivar mis amistades y rodearme de gente que me haga ser mejor. Quiero descubrir y desarrollar más talentos.

Mi vida sería mucho más tranquila si lo único que deseara fueran cosas. Y no es que no me hagan ilusión un buen par de pantalones nuevos. Es que eso ya no es lo que me mueve.

Universos Paralelos

Hay muchas cosas que no abarca mi cerebro: no puedo dimensionar el infinito, se me escapa del entendimiento la eternidad. Nuestras mentes tienen límites, por lo que es casi imposible captar conceptos que no los tienen. Pero el concepto abstracto que más me fascina y menos entiendo es el de la teoría de la «n» dimensión en la física. Parece más una novela de ciencia ficción, unida a filosofía y un buen trip de fármacos psicotrópicos. El universo en el que vivimos no es lo suficientemente complicado para los científicos, no. Necesariamente tienen que explicar nuestra existencia con universos paralelos. Y es que, se supone, hay tantos universos como infinitos y se replican y existen en diferentes planos, concurrentes al nuestro.

Yo tengo una teoría: los universos paralelos los creamos cada vez que tomamos una decisión (obvio que no soy la primera persona en pensar así). En cada momento de nuestras vidas, lo que escogemos determina hacia dónde vamos. Abrimos unas puertas y desechamos otras. Y ni siquiera estoy tomando en cuenta el azar, ése sólo sirve para ponernos frente a opciones. Puedo recordar con claridad los momentos en los que mi vida tomó un rumbo muy marcado, para bien o para mal. El día que decidí dejar una relación que sólo me sacaba lo peor, retomé el camino hacia donde estoy ahora. Dejé a una persona insegura, vacía, infeliz en ese cuarto. Mis pesadillas me la recuerdan y despierto dando gracias a Dios de ver a otra gente en el espejo.

Nosotros hacemos nuestros propios universos. Y vivimos en el que escogemos. Yo estoy en uno que me gusta.

Hacer Amigos

Mis recuerdos del colegio son escasos y desagradables. Tengo aún menos amigos de esa época. Irónicamente, es cuando más me he esforzado en caer bien. También es cuando menos me he agradado a mí misma. No tenía personalidad propia, no estaba feliz con lo que miraba en el espejo y cambiaba de parecer como veleta al viento.

Las personas tenemos necesidad de pertenecer a un grupo. Es parte de nuestro código de supervivencia, transmitido desde los tiempos de las cavernas, cuando el grupo cuidaba del individuo. La amistad, el amor, hasta la familia, surgen como herramientas para prolongar la existencia. No es lo mismo enfermarse solo, que entre más personas que tienen interés en que uno viva. Y así con todo: mujeres embarazadas o recién paridas, ancianos, niños pequeños.

En nuestra modernidad, la pertenencia es parte de nuestras necesidades psicológicas. Pero, como en todo, hasta eso lo hacemos difícil. Resulta que, si una persona busca desesperadamente que la quieran, porque no se quiere a sí misma, es probable que sea el recha más grande del grupo. A nadie le cae bien quien no se cae bien ni a sí mismo.

Cultivar el cariño propio es la forma más segura de obtener el de los demás. Es una lección que aprendí después de muchos momentos de soledad en los que tenía dos opciones: o sumirme en la depresión, o disfrutar de la compañía. Gracias a Dios, elegí la segunda. Ahora, el espejo me enseña alguien que me cae bien. Al parecer, eso mismo piensan mis amigos.

La Vida Simple se Complica

Llegamos a un año de haber cambiado de hábitos alimenticios en esta casa. Nunca hemos sido de mucha comida procesada, pero sí se nos atravesaba una bolsa de Cheetos de vez en cuando, pizza, comida china, etc. Decidimos hacer un tipo de dieta un poco radical, quitándonos los granos, azúcar y todo tipo de comidas procesadas. Hemos visto cambios positivos en todo, desde el físico, hasta el fin de los ronquidos.

Uno creería que esta forma de comer debería ser más simple. Resulta que no. No hay nada más sencillo que pasar por cualquier autoservicio y atiborrarse de pseudo-comida. Es adictiva, llena y es conveniente. Y es fatal. Comer comida «hecha en casa», desde cero, con abundantes verduras, se ha vuelto en un lujo que ya no todos tienen el tiempo de lograr.

Pareciera que en nuestra modernidad, lo simple es más complicado. Lo «limpio» es más caro. Lo «natural» es escaso. Y así con todo: nos molesta esperar un semáforo, cuando es obviamente más conveniente y seguro hacer caso y saber que le toca a uno en verde. Decir una mentira de esas «blancas» para zafarse de un compromiso requiere inventiva, pero preferimos contar una de vaqueros antes de pasar por la molestia de dar las gracias y decir un simple «no», con tal de no ofender. Y preferimos creernos halagos a todas vistas falsos, en vez de recurrir al espejo.

Nuestras opciones de comida fuera están más restringidas, pero no por eso vamos a regresar a complicarnos. Es más, ahora voy por todos nuestros artículos de higiene personal. No sé de dónde me los voy a sacar.

Llorar Es Bueno (Dicen)

Parezco caricatura japonesa a lo «Candy» que se le llenan los ojos de agua antes que soltar una lágrima. Equiparo llorar con debilidad, manipulación, incapacidad de razonar. Tal vez ya me agoté mi cuota (en el colegio bastaba con que me dijeran «ya llora» para romper el dique). Las películas románticas/trágicas me parecen ridículas. Salvo por los períodos sobre-hormonales de los embarazos y post partos, obvio, no acostumbro llorar. Y no es ni bueno, ni malo. Simplemente es.

He escuchado varias teorías científicas que explican el por qué del llanto. No hay ninguna certera.  Hace poco lograron determinar que, en las mujeres, las emociones fuertes disparan la reacción biológica del llanto mucho más fácil que en los hombres. Entonces resulta que lloramos de enojo, de felicidad, de miedo… No sólo de tristeza. Si logramos separar el acto de un rebalse de agua salada de los ojos y nos concentramos en identificar la emoción, podemos reivindicar nuestros sentimientos y no creer que estamos locas. El poder emputarse lisa y llanamente, sobre todo con razón, es liberador y motivante, sin ponerle atención a la lágrima que se escurre. La verdad, una vez más, hace libres.

También hay algo de razón en eso de que llorar libera. Hay gente que se siente liviana después de sollozar. Limpia, vacía, renovada. Tal vez lo pueda probar. Sí hay cosas que me sacan las de cocodrilo, como fotos de mis hijos cuando eran recién nacidos, ver a mi marido ser papá, cantar alguna canción. Pero sola. Sin que nadie me mire. Y sólo una.

Planes

Si me quieren poner feliz, sólo me tienen que pedir que planifique algo. Desde una vacación, hasta una fiesta, el hecho de sentar a imaginarme cómo va a ser y qué tengo que hacer, es la mitad del placer de la cosa en sí misma.

la vida no se puede planificar igual. Me cuesta un mundo ese bendito ejercicio de «¿cómo se mira en 5/10/15 años?» No sé. Porque no he estado allí. Lo que sí sé es con quiénes quiero estar: mis amigos, mis hijos, mi marido. ¿Qué vamos a estar haciendo y en dónde vamos a estar? Supongo que lo mismo de forma distinta y en el mismo lugar. No me molesta en absoluto seguir estando involucrada en la vida de los niños, el escribir, el hacer karate. Mi vida me encanta y, yo que ya probé otra, no la cambiaría.

Ahora, obvio no tengo certeza de lo que puede venir. Nadie la tiene. Pero eso nos permite dos cosas: 1. estar abiertos a cualquier posibilidad; 2. plantearnos qué no queremos que cambie.

Examinar los hábitos, las cosas que nos dan satisfacción y las persona con las que compartimos tiempo y ver si queremos lo mismo de aquí a 20 años, creo que es más importante que el hecho de podernos «proyectar» hacia el futuro. Porque a mí no me sirve de nada pensar que voy a estar estudiando historia del arte en Florencia (que me encantaría), si eso significa no estar con mi mara. Suficiente se me rompió el corazón una vez.

Así que yo hago planes de eventos concretos. Si necesitan que les arme un viaje con itinerarios, mapas y hasta reservaciones de comidas, con gusto. Pero para mi futuro, lo único que puedo decir es que quiero seguir como soy.

La Justicia en la Vida

Ser colocha y querer ser de pelo liso. Tener piernas grandes y querer tenerlas flacas. Ser blanca y querer ser morena. Y al revés. La inconformidad con la realidad lo lleva a uno a pensar que la vida es injusta, que uno no tiene lo que se merece y que sólo a los demás les pasan cosas buenas.

Pero una cosa es estar inconforme con realidades que no se pueden cambiar y otra ver las cosas que están mal a nuestro alrededor y hacer algo al respecto. Asumir las consecuencias de nuestros actos y tragarnos lo que sembramos, es parte de un aprendizaje que debería comenzar en casa. Porque si la lección viene más tarde, el trancazo es mucho peor. Por allí se miran personas que lamentan su «suerte», en vez de revisar sus acciones pasadas y encontrar una explicación.

No todo es consecuencia de algo que uno haga: las circunstancias en que nacemos, lo que nos hagan terceros sin provocación, la lotería genética que nos tocó. Pero sí hay un ámbito de influencia en el que podemos actuar.

Y, pues sí. La vida es injusta. Hasta que nosotros nos la cambiamos.

La (Relativa) Constancia

Durante  mi vida he cambiado de formas de ver el mundo. Dejé de creer en hadas madrinas, magia, Santa Claus. Dejé de ver a mis papás como seres míticos, pasé por considerarlos muy molestos, los conocí un poco como adultos y ahora los recuerdo como seres humanos. Me vi a mí misma como una adolescente gordita y recha, una veinteañera mal casada, infeliz y muy trabajadora, a encontrar en el espejo una (casi) adulta realizada. Mis ideologías de cómo debe funcionar el país también han pasado por transformaciones.

Todo tiene una relatividad inherente. El cambio constante nos empuja a considerar nuestro entorno desde diferentes puntos de vista. Es más, aún cuando queremos revisitar una posición anterior, nos topamos con que no podemos. Bien decía el filósofo que es imposible entrar en el mismo río dos veces. Nuestras experiencias nos (de)forman y obtenemos más información para tomar decisiones. Y es esa apertura a aprender cosas nuevas la que nos mantiene en movimiento y, por lo tanto, vivos.

Nada más triste que una mente cerrada, porque es una mente muerta. Y no estoy hablando de cambiar nuestros valores, éstos sí se mantienen inconmovibles. El punto es considerar otras formas de lograrlos y reconocer en personas que piensan diferente que nosotros, la misma meta. Esa debería ser la base de una sociedad que progrese verdaderamente. Si logramos fijar las metas en común y encontrar el mejor método para lograrlas, aún si eso implica despojarnos de algunas ideas previas, podemos avanzar.

Mis anhelos siguen siendo los mismos: quiero ser feliz. El método que he utilizado es lo que va cambiando y, espero, mejorando. Aunque a veces todavía me gustaría creer en la magia.

Criar Extraños

Pocas relaciones tan complicadas para mí como la que tengo con mis hijos. Y no porque me lleve mal con ellos (a veces). Es porque fueron parte literalmente de mí, me habitaron, los alimenté de mi cuerpo y no son yo. Son dos personas aparte de mí misma, con pensamientos, ideas, experiencias y emociones propios. Pueden parecerse a mí, tener los mismos gestos, pero definitivamente son diferentes. Es la lección de desprendimiento más grande que pueda aprender. Además que me hacen bailar entre la necesidad de estar cerca y la conveniencia de alejarme, sin tener un árbitro que me indique cuándo hacer qué. Sus acciones, poco a poco, ya no reflejan del todo sobre mí. O por lo menos eso creo.

A los que tenemos la dicha de criar pequeños y que necesitamos entregar adultos presentables al mundo, se nos da la tarea de convertirlos en extraños. En personas apartadas de nosotros mismos, con una cosmovisión parecida a la nuestra, pero hecha suya. Forjar gente independiente requiere soltar y, por lo menos a mí, no me gusta dejar ir nada.

Pero no son míos. Son de ellos mismos. Aunque me duela. Aunque recuerde una manita en mi mejilla cuando daba de mamar. Aunque me llegue el olor de una cabecita peluda y vuelva a ver un rostro diminuto y arrugado. Aunque lleve la memoria del movimiento de dos cuerpos dentro del mío.

Y debo repertirme, como mantra, que no soy yo, que son ellos.