Mi Color Favorito

Morado. Siempre. Tal vez es herencia. Mi papá decía que a su excéntrica (y por excéntrica, quiero decir borracha y drogadicta) abuela francesa, la «LeLen», también le gustaba el «mojjjjaaaado». Mi hija tenía los ojos violeta cuando nació y ahora dice que ése es su color favorito también.

La vida es tan rara, el universo tan complejo y nuestras mentes tan misteriosas, que quién sabe si verdaderamente se puede heredar el gusto por un color. Con eso de que, según Jung, existe una conciencia colectiva, tal vez sí tenemos forma de conectarnos con los pensamientos de los demás. Y, también, si resulta que el tiempo como tal no existe de forma linear, sino como una dimensión adicional que no accesamos, pues podría ser que mi bisabuela estuviera diciendo que le gusta el colorcito en este mismo momento.

Yo no creo en la predestinación, creo en los caminos. Uno comienza a andar por un sendero que tiene un punto final. Cada paso que damos nos acerca a ese fin. Muchas veces, la dirección la escogimos hace tanto tiempo, que ya no nos acordamos de hacia a dónde nos dirigimos y, cuando llegamos, nos resulta tan sorprendente que le echamos la culpa al «destino». Babosadas.

Sí creo que hay situaciones que nos son más favorables, personas que nos encajan mejor y que la «Vida» (Dios, el Universo, el Destino, lo que quieran, yo creo en Dios, ustedes pueden creer en lo que quieran, no me quita ni me pone) nos los presenta como los postres de una carretilla de restaurantes. Uno escoge y habrá alguno que le guste más o menos a uno. Así de simple.

E igual de sencillo resulta eso de las herencias familiares. Hay muchas formas de describirlas, desde la genética que no entendemos del todo, hasta la espiritual, que igual no entendemos. Nacemos sobre un camino que ya va recorrido por todas las personas que vinieron antes que nosotros. Podemos elegir continuarlo, o desviarnos hacia otro. Escoger qué se lleva uno de lo que le dejaron los que lo recorrieron antes, allí estriba la verdadera herencia. Yo elijo el color morado. Me encanta. No lo demás que le conozco a la «LeLen», muchas gracias.

Preferencias

La gente se divide en dos clases: la que improvisa sus viajes y la que los planifica. Yo caigo estrictamente dentro de la segunda. Y los cumpleaños y las salidas y los fines de semana y las comidas. Rara vez me agarra un día de improviso. Algo similar hice con mis hijos y así los he criado, con horarios estrictos predecibles desde pequeños. Tanto así que, a la semana de haber tenido sus piñatas, es común que ya me estén diciendo de qué quieren la del año siguiente. Cuando trabajaba en una oficina, mi ritmo de trabajo era completamente diferente, pues las negociaciones que supervisaba eran del todo impredecibles, hasta el punto de hacer cambios a escrituras media hora antes de su firma. Me encantaba mi trabajo.

A los psicólogos les fascina catalogar a los humanos, ya sea por su conducta, su «temperamento», etc. Las psicólogas Myers y Briggs desarrollaron un test de preferencias de comunicación basado en los arquetipos de Jung (pueden tomarlo en este link http://www.humanmetrics.com/cgi-win/jtypes2.asp ) aunque hay muchísimos más en línea. En lo personal, este acercamiento al comportamiento me gusta, pues habla, como ya dije, de preferencias, no de determinación. Yo puedo tener una inclinación por ser ordenada, pero al salirme de mi zona de confort, puedo encontrar habilidades que desconocía.

La mente mente no tiene límites, ¿por qué nos los vamos a poner nosotros simplemente porque no nos sentimos cómodos? Si sólo hiciéramos lo que sabemos, nunca aprenderíamos cosas nuevas. Hasta para aprender a caminar hay que arriesgarse. Así nos mantenemos jóvenes(ish), la mente no se nos fosiliza y el cuerpo nos aguanta bien unos años más.

Salirse de nuestras preferencias nos abre el resto del mundo. Quién quita y las cambiamos. Ahora, permítanme que tengo que planificar las vacaciones de fin de año.

Consejos no Pedidos

En la vida hay que tener filtros. Para tomar agua, para el sol, para hablar… Los niños no los tienen y hacen pasar tremendos clavos a sus papás. Luego uno es adolescente y el que pasa clavos es uno, sobre todo con las cosas que dicen los papás. Como a los veinte años, uno cree que decir todo lo que se le atraviesa entre las orejas es ser «auténtico» y suelta cualquier sandez. Pero, verdaderamente, decirlo todo no es sinónimo a decir todo lo que uno piensa, porque, muchas veces, si uno verdaderamente pensara lo que va a decir, cerraría la boca y se miraría más bonito.

Aprender que la opinión que uno puede tener de la vida de alguien más es tan relevante como un hielo en la Antártida, es parte de madurar. Nuestros amigos rara vez quieren que uno les diga qué hacer, generalmente, cuando se pide un consejo, lo que se está buscando es que le confirmen a uno lo que uno ya sabe. Eso hace que nos tengamos que quedar callados, aun si vemos que nuestros amigos están a punto de hacer una estupidez. No es nuestro papel. Lo que sí tenemos que hacer es estar allí para ellos cuando quieran alguien que los consuele del trancazo.

Antes decía que yo advertía a mis amigas cuando me pedían un consejo. Ahora, creo que ni cuando me lo piden lo doy tan fácilmente. Yo no sé todas las circunstancias que rodean una decisión en particular. Prefiero quedarme con los filtros puestos.

El Disfraz

De pequeña, detestaba que mi mamá me disfrazara de payaso. Tengo memoria táctil de la sensación de la pintura en mi cara. Todo me picaba: la nariz, los ojos, los cachetes. Guácala. Ponerme vestidos de princesa ya era otro cuento. Los vuelos, los encajes, pelucas, lunares postizos y demás micadas me quedaban como anillo al dedo. Aún ahora, hay ropa con la que me siento disfrazada, maquillaje que me pica, zapatos que me lastiman. Admiro profundamente a las mujeres que salen a la calle todos los días como que las acabaran de estrenar. Lo he tratado de hacer. No puedo ni peinarme. En cambio, cuando me tocaba negociar con señorones contratos importantes y me ponía mis trajes de abogada (negros, siempre negros, pantalones, camisas, pelo agarrado, ojos pintados), me sentía poderosa y no importaban los años ni el pisto que me sacaran.

Hay una diferencia esencial entre vestirse para ocultarse y vestirse para reforzarse. Seguir modas, sólo porque lo son, lo hace a uno perderse entre trapos que ni le quedan bien, ni le gustan a uno. Ponerse una máscara para esconderse detrás de ella termina haciéndonos olvidar quiénes somos. A veces hasta una sonrisa falsa sirve de antifaz. Y no nos damos cuenta en qué momento nos desvanecimos.

La ropa que usamos, las palabras que decimos, los sentimientos que demostramos, todo debe ayudarnos a sentirnos poderosos, auténticos, más nosotros y mejores.

Sentirse todos los días como un superhéroe, salvando al mundo con cada una de nuestras acciones, por más pequeñas que sean, así debe comenzar la vida. Y, los superhéroes no usan disfraces, nos hemos equivocado. Usan armaduras. La mía ahora consiste en Keds y jeans y T-shirts de mamá, karateguis, piel. Y me siento poderosa.

Alimentar el Egoísmo

Muchas veces dejé de hacer cosas por «pena». Pena a verme ridícula, a verme mal, a no hacerlo bien… Pena a ponerme alguna ropa porque se me iba a notar la lonja. Pena a dejar una mala relación, porque quién más me iba a querer. Al fondo de esa caja de pena, estaba mi baja autoestima, obvio. Y, cuando quería salir de allí, la solución era igualmente obvia: tenía que «trabajar en mi autoestima.» A ver, si a ustedes les han dicho eso, ¿no se han quedado con cara de grillos? Eso de trabajar en el autoestima, así nomás, suena como una invitación a un Box de Crossfit.

La autoestima, el poder medir el valor propio de una forma objetiva y positiva, es una medida de inteligencia emocional, así como la empatía que tanto me cuesta. Es quererse uno lo suficiente como para no ponerse en situaciones que le hagan daño a uno, voluntariamente. Es gustarse y querer estar con uno mismo. Es ser un poco egoísta.

Pero todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Hasta hace unos días, no hubiera podido darles una idea más clara que toda esa serie de platitudes del párrafo anterior. Pero, en un podcast de los de Nerdist, Chris Hardwick entrevista a Rob Lowe y este último le dice que al fin escuchó algo concreto para construir la autoestima: «hacer cosas que nos den estima (valor) de nosotros mismos.»

Lo dejó allí y siguieron hablando de muchas cosas más, pero a mí me quedó eso rondando en la cabeza. Y es que se me encendió el foco tan claro, que casi me parece haber tenido una epifanía: el valor de uno mismo se construye con las cosas de las que uno se siente orgulloso. Y eso implica comportarse de forma íntegra y consecuente en todo lo que uno hace, desde el tráfico, hasta la cama. Si logramos tener una vida de tal forma que podamos compartir cada parte de ella sin vergüenza, allí encontramos nuestro valor. Por supuesto que hay cosas que uno se reserva, pero no debemos confundir intimidad con secreto. Yo no tengo relaciones sexuales con mi marido en público, porque es un acto íntimo. Pero no me da la menor vergüenza que el mundo entero sepa que las tenemos. (Mis hijos no nacieron por osmosis.)

No es tarea fácil, pero me queda la satisfacción de saber que está en mis manos. Es mía. Y de cada uno.

Historias de Terror

Hace 15/20 años, yo tenía una obsesión con Stephen King. Dejé pocos libros de él sin leer. Novelas, cuentos, ensayos, lo que fuera. Me parece que es uno de los mejores narradores de nuestra literatura moderna. No he leído a otro que mueva la acción de la misma forma. Su capacidad de describir situaciones completamente fantásticas y que el lector sienta que está allí, matando vampiros, huyendo de fantasmas, cazando payasos asesinos, es formidable. Yo lograba sumergirme por completo en los horrores que describía y pocas veces me pareció que era mucha la sangre o el terror.

Hasta ahora. Hace dos años leí dos de sus nuevas novelas y, a pesar de no ser de «miedo» como tal, el tono pesado y agobiante me dejaron perturbada. Me parecieron igual de bien escritos que antes, mejores si es posible, pero me costó sacudirme la angustia que me hicieron sentir. Ahora, por macha, cuando me pidieron que recomendara el libro de octubre para el programa (La Ciudad de los Libros), propuse «It» sin titubear. Arrepentida estoy. Esa vaina me va a reiterar que no hay payaso bueno, que la infancia está llena de terrores y que mejor si duermo con la luz encendida.

El libro sigue encantándome. Es fantástico, está escrito magistralmente, los personajes son accesibles y uno se involucra emocionalmente. Y ese es el problema.

Hace 20 años, yo necesitaba escaparme de mi realidad y algo así de fascinante como las historias de King eran el túnel perfecto por dónde huir. Mientras más perturbadora la existencia alterna, mejor. Porque me daba un poco de comparación favorable a lo que me tocaba hacer todos los días, tal vez.

Ahora, mi vida es diferente. No necesito irme a otro lado para estar feliz. Y todo comenzó cuando aprendí a estar feliz conmigo misma. Mi realidad interior está lo suficientemente bien como para no querer cambiarla por una ficticia y menos por una ideada por don Stephen.

Pero ni modo. Ahora tengo que terminar el mentado libro. Ya sé cómo termina y aún así me está estresando. Creo que hoy duermo con una linterna.

La Llaga Abierta

Pareciera que no hay un término medio: o uno es una llaga abierta, sensible a cualquier roce que reciba, o se tiene escamas de dragón, completamente impenetrables. Tiene qué ver con la confianza, un bebé por algo es suavecito y un niño lleva sus sentimientos a flor de piel, los cuáles parecieran explotar con la adolescencia. Por algo duele tanto, todo, cuando está uno en esos años delicados. La vida (y las muladas que hace uno), se encarga de irnos haciendo cayo. Y pareciera que sólo nos quedan dos caminos: o dejamos de sentir por completo, nos cubrimos de una armadura que nos protege, pero que no deja pasar ni un rayo de sol; o andamos como babosas sin caparazón, arriesgándonos a morir con el menor grano de sal que nos caiga encima.

No me gusta ninguna de esas dos opciones. Creo que hay que aprender a cubrirse de los ataques externos, pero que también hay que arriesgarse y poner la carita. Si no somos vulnerables y dejamos ir ese aparente control, nunca sentimos. La medida del amor que estamos dispuestos a recibir es proporcional al dolor que estamos poniendo sobre la mesa. No aventurarse y dejarse conocer en lo más suavecito y tierno, es no dejar que nadie se nos acerque. Es vivir una vida solitaria. Y es que los blindajes no nos quitan lo tiernito, no cierran la llaga de nuestros sentimientos, sólo la cubren y, a veces, la infectan.

Hay que abrirse, con sentido común. Es bueno dejar entrar el aire y el sol y sí, va a doler de vez en cuando, pero vale la pena.

Encontrar en Dónde Perderse

Quedarse horas trabajando en algo y no darse cuenta del paso del tiempo, o platicar con alguien hasta que amanece, o meterse tanto en un libro que se cambia de universo, son las cosas que alimentan nuestras almas. Todos tenemos pasiones que nos hacen olvidarnos de lo que nos rodea, eso que nos vuelve la vida más real, aunque sea por una fantasía. Yo sólo tengo que agarrar aviada con una buena historia y ¡adiós LF! Ahora me pasa lo mismo escribiendo, aunque aquí paro hasta que me vacío totalmente de lo que me incomoda y tengo que sacar. Ver a mis hijos concentrarse en un dibujo, en un libro, hasta en una película, es saber que están ampliando sus universos.

Nada es tan real como lo que pasa en nuestros cerebros, allí traducimos el mundo que percibimos con nuestros sentidos, a imágenes, sentimientos, ideas. Poder alimentar esa parte de nuestra humanidad nos aleja de la inmediatez y nos acerca a nuestro potencial.

No se trata de escapar, se trata de complementar. Allí donde uno se olvida de uno mismo, es donde encuentra su esencia. El poder abstraerse de los pensamientos que nos llenan de ruido y concentrarse en una sola cosa. Allí vivimos más plenamente.

Después, cuando salimos a respirar a la superficie, regresamos repletos de nosotros mismos y ya nos podemos compartir. Aunque, ahorita que estoy leyendo Stephen King, no sé si alguien quiera.

La Vida Después

Cuando a uno le preguntan de niño «¿qué vas a ser cuando seas grande?», generalmente es qué profesión quiere. Obvio, yo a los 5 años quería ser pediatra en la mañana y veterinaria en la tarde. Cómo les cuento que ni me gustan los animales y que los niños que me gustan son los míos propios de mí. En fin. A esa corta edad, daba igual una persona (viejo) de 20 que una de 40, que una de 60. Hay tanta diferencia de kilometraje, que no se puede diferenciar y el «cuando sea grande» no va mucho más allá de la mítica universidad que aparece como un espejismo al final del desierto del colegio (son más de 14 años de escolaridad para graduarse, si contamos los prekínderes y demás vainas).

Resulta que uno se gradúa de la universidad y ya es «algo». ¿Será? Yo soy Abogada y Notaria, con una maestría. Mejor dicho, eso estudié. Ahorita, lo que soy es una señora de casi 40 años con dos hijos, tres gatos y casi 10 años de casada. Pero tampoco. Soy escritora, editora, cantante frustrada. Pero tampoco. Y no importa, no me estoy tratando de encontrar a mí misma, me tengo bien ubicada. Hago cosas diferentes, dependiendo de las circunstancias exteriores, pero soy yo, esa de adentro, la que necesita mejorar muchas cosas pero es la misma, siempre. Y estoy muy contenta así.

Hay vida después de «ser grande», así como hay matrimonio después de la boda y pareja después de los hijos. La clave está en saber que un hito temporal es sólo eso, temporal y que hay que tenerse bien medido para aguantar lo que reste de nuestras vidas. Y todavía no soy «grande».

Platiquemos

Sentarme a platicar de cosas que me gustan, a veces es como abrir un dique y no poderlo cerrar. La mitad del problema es escoger un tema y es que, para hablar, el entusiasmo no me falta. Así es alegre juntarse con otras personas, cuando hay tema de conversación. El tiempo (y las botellas) fluyen, hoy se convierte en mañana y uno resulta destrozado pero feliz.

Creo que uno como humano tiene la obligación de alimentarse de información que le parezca interesante. Es la forma más fácil de resultar uno mismo interesante. Así se aporta a la sociedad de la que uno se rodea.

Pero resulta que las personas que más se empeñan en demostrar todo lo que saben, son a las que menos se les acercan. A nadie le parece agradable escuchar a alguien que no se calla.

Me ha costado mucho aprender ese arte de la escucha activa, ésa que está atenta a lo que me quieren contar, mientras aporto con lo (poco o mucho) que sé. Hay muchas otras formas de desahogarse, escribir es la más evidentemente mía.