La (Relativa) Constancia

Durante  mi vida he cambiado de formas de ver el mundo. Dejé de creer en hadas madrinas, magia, Santa Claus. Dejé de ver a mis papás como seres míticos, pasé por considerarlos muy molestos, los conocí un poco como adultos y ahora los recuerdo como seres humanos. Me vi a mí misma como una adolescente gordita y recha, una veinteañera mal casada, infeliz y muy trabajadora, a encontrar en el espejo una (casi) adulta realizada. Mis ideologías de cómo debe funcionar el país también han pasado por transformaciones.

Todo tiene una relatividad inherente. El cambio constante nos empuja a considerar nuestro entorno desde diferentes puntos de vista. Es más, aún cuando queremos revisitar una posición anterior, nos topamos con que no podemos. Bien decía el filósofo que es imposible entrar en el mismo río dos veces. Nuestras experiencias nos (de)forman y obtenemos más información para tomar decisiones. Y es esa apertura a aprender cosas nuevas la que nos mantiene en movimiento y, por lo tanto, vivos.

Nada más triste que una mente cerrada, porque es una mente muerta. Y no estoy hablando de cambiar nuestros valores, éstos sí se mantienen inconmovibles. El punto es considerar otras formas de lograrlos y reconocer en personas que piensan diferente que nosotros, la misma meta. Esa debería ser la base de una sociedad que progrese verdaderamente. Si logramos fijar las metas en común y encontrar el mejor método para lograrlas, aún si eso implica despojarnos de algunas ideas previas, podemos avanzar.

Mis anhelos siguen siendo los mismos: quiero ser feliz. El método que he utilizado es lo que va cambiando y, espero, mejorando. Aunque a veces todavía me gustaría creer en la magia.

Criar Extraños

Pocas relaciones tan complicadas para mí como la que tengo con mis hijos. Y no porque me lleve mal con ellos (a veces). Es porque fueron parte literalmente de mí, me habitaron, los alimenté de mi cuerpo y no son yo. Son dos personas aparte de mí misma, con pensamientos, ideas, experiencias y emociones propios. Pueden parecerse a mí, tener los mismos gestos, pero definitivamente son diferentes. Es la lección de desprendimiento más grande que pueda aprender. Además que me hacen bailar entre la necesidad de estar cerca y la conveniencia de alejarme, sin tener un árbitro que me indique cuándo hacer qué. Sus acciones, poco a poco, ya no reflejan del todo sobre mí. O por lo menos eso creo.

A los que tenemos la dicha de criar pequeños y que necesitamos entregar adultos presentables al mundo, se nos da la tarea de convertirlos en extraños. En personas apartadas de nosotros mismos, con una cosmovisión parecida a la nuestra, pero hecha suya. Forjar gente independiente requiere soltar y, por lo menos a mí, no me gusta dejar ir nada.

Pero no son míos. Son de ellos mismos. Aunque me duela. Aunque recuerde una manita en mi mejilla cuando daba de mamar. Aunque me llegue el olor de una cabecita peluda y vuelva a ver un rostro diminuto y arrugado. Aunque lleve la memoria del movimiento de dos cuerpos dentro del mío.

Y debo repertirme, como mantra, que no soy yo, que son ellos.

Seguir Caminando

Como es lógico, sólo he percibido la vida a través de mis propios sentidos. Eso hace que, aunque puedo aprender de las experiencias de los demás, hasta el hecho de procesarlas las hace «mías» en el sentido que tienen que pasar a mi cerebro. No me gusta decir que la vida es dura: tengo una casa, comida, ropa, transporte, educación, una familia, amigos, un esposo que me quiere y hasta gatos. Pero tampoco ha sido todo rosas y canciones. Tuve una infancia con ciertas limitaciones, una adolescencia desgraciada y dos pérdidas importantes con la muerte de mis papás. Alguna vez hubiera querido que el mundo entero se detuviera ante mi dolor, que dejara de girar, que las nubes ya no pasaran, los pájaros callaran, que desapareciera el universo entero. Obvio, no. El sol seguía saliendo y aún existían otros seres vivientes y el Mundo seguía girando y yo continuaba respirando, latiendo, existiendo.

Vivir es moverse, aunque sea por inercia. Por eso tal vez no sea tan malo un ligero tinte de egoísmo. Porque yo puedo estar muy preocupada por la situación nacional, pero por favor que no sea el paro en el día de la piñata de mi hija. Y no es por falta de sensibilidad, es que entiendo que la vida continúa y que la niña va a cumplir años, haya debacle o no.

Y eso también es lo que nos levanta en momentos en los que desfallecemos. El hecho de ver que las horas se suceden, aún sin nuestra intervención. No queda más que hacer como los niños, llorar un poco, limpiarse la tierra y la sangre, pararse y seguir. Con un poco más de cautela al principio, seguro. También es cierto que al rato se olvida y agarra uno aviada otra vez.

Nada de lo que he vivido, ni bueno ni malo, ha atrasado el paso del tiempo. Sólo son marcas en el camino. Y yo sigo caminando.

Me Enfermé del Estómago

Y no sé por qué. Comimos en casa, yo cociné, todo estaba fresco. Pero me enfermé de la panza y salió todo estrepitosamente de regreso. Cuando me pasa algo así, lo cuál es muy raro porque no me enfermo seguido, no me da por contemplar mi mortalidad como es lo usual. No, a mí me da por renegar de ser adulto sin mamá que me consienta.

Las personas que han vivido fuera y se han enfermado, podrán entenderme bien. Uno mantiene una parte de niño que confía ciegamente en la mano que le revisa la temperatura, le pasa la pastilla y le conjura alguna pócima tipo atol de maicena (que sólo es tolerable en estado de moribundez). Qué rico no tener mayor responsabilidad de uno mismo. Dejarse cuidar.

Ser adulto y el proceso que se atraviesa para serlo, tiene como principal objeto tener responsabilidad de los actos. Uno obtiene todas las ventajas de la libertad, pero también debe tragarse todas las consecuencias de ejercerla. Y está bien. En general, uno deja un poco de ser humano en el momento que prefiere delegar en alguien o algo más su vida y las decisiones que debe tomar. Puede ser que se sienta cómodo no tener que ejercer la libertad, pero ese estado es aberrante y ha sido abolido en todo el mundo. Nadie debería ser esclavo.

Por eso me hago yo el brebaje asqueroso ese con maicena (guácala, pero qué bien me cayó). Soy adulta y, así como tomo mis decisiones, bien puedo cuidarme si me enfermo del estómago. Menos mal no es muy seguido.

Contar Cuentos

Hay cosas que no se pueden expresar en serio. Deseos que no queremos cumplir. Inclinaciones que no nos botan, sólo nos hacen interesantes. Escenarios que nos planteamos como quien habla de una novela de ciencia ficción: «¿Qué pasaría si?» Y de eso salen elementos de nuestra cultura tan estrambóticos como los súper héroes con poderes, magos y hechiceras, mundos paralelos, alternos, historias universales llenas de alienígenas. El lado oscuro de nuestra naturaleza domada por una conciencia permite escribir obras de suspenso sin derramar una sola gota de sangre. Fantasías sexuales que no transmiten enfermedades. Hadas y brujas y maldiciones y conjuros y manzanas que duermen a nuestros hijos por las noches.

El ser humano tiene tanto en el cerebro que trasciende lo que experimenta en el mundo real, que necesita crear otras realidades. Es más, somos tan complicados que, aunque sabemos que los libros, cómics, películas, programas, no son verdaderos, igual nos involucramos emocionalmente y sentimos sentimientos (que sí son de verdad). Y no es que sea ridículo. Es que, yo por lo menos, creo que preferible que matemos miles de personas en películas, que en la realidad. Que pensemos en que existen vampiros (pero que no brillen con el sol, por favor) y exploremos todos esos trabes en novelas, a que andemos exangüinando compadres.

Leer me permite viajar, pero escribir me deja sacar a pasear todo lo que me molesta, cansarlo y seguir con mi vida más tranquila. Apenas puedo articular algunas de mis ideas, pero la ficción no está lejos. A ver qué crímenes me salen de los dedos sobre el teclado.

Einstein se Equivocó

Mi entendimiento de la teoría de la relatividad es muy superficial, pero la ciencia ficción me ha ilustrado: a la velocidad de la luz, el tiempo y el espacio son inversamente proporcionales. Pero resulta que lo relativo no es el tiempo. Es la edad. Hace poco le preguntaba a Mario si se sentía de la edad que le toca cumplir pronto (40) y la respuesta es «sí y no». ¿Ven? Relativo.

El transcurso de las horas y los años linealmente calculado, no tiene variación. Es medible, predecible. Lo que no se puede cuantificar es lo que se vive dentro de ese transcurso de segundos. Pareciera que a algunas personas los años se los comen vivos y les graban más experiencias en la cara y el cuerpo de lo que les corresponden (o, que los rueda paches por La Antigua). Otras, llegan a edades avanzadas con una frescura de flores por la mañana.

Y no tiene que ver con arrugas, ni lonjas, ni canas o falta de pelo. La apariencia física sólo es un elemento de lo que se lleva por dentro. Nadie pasa por este mundo sin experimentar tristezas ni momentos duros, pero la actitud con la que se afrontan y la facilidad con la que se superan, nos mantienen mejor, por más tiempo. Si alguna vez han visto a alguien con la boca torcida hacia abajo en una mueca constante de amargura, me entenderán por qué prefiero las arrugas alrededor de los ojos.

Relativamente, estoy más o menos a la mitad de mi vida. Espero seguir llenándola exponencialmente de vivencias que me permitan sentir que tengo mil años, aunque no los cumpla.

La Eterna Satisfacción Temporal

De vez en cuando, bueno, muy seguido, termino de comer y me levanto con hambre. Y no porque que esté en una de esas dietas de 50 calorías por comida. Es que me quedo insatisfecha, o no me encantó el almuerzo, o quería comer pizza, o cualquier otra tontería. Luego me levanto de la mesa y se me pasa. No he terminado un libro y pensado: «ahora sí, este libro estuvo tan genial, que no voy a leer otro nunca más.» Al contrario, al minuto ya estoy pidiendo recomendaciones y viendo de dónde saco el próximo. Si la ropa durara toda la vida, tampoco así dejaría de comprar nueva. Me encanta aprender y siempre busco quién me eduque.

Esa sensación de insatisfacción es lo que nos hace buscar cosas nuevas. Seguiríamos en cavernas alrededor de un fuego si dentro de nosotros no hubiera un vacío que buscamos llenar. A veces esa necesidad de algo más tiene nombres más feos, como la avaricia, la envidia. Como todo, no podemos pretender lograr nuestro bienestar pasando encima de los demás. Pero negar que la ambición es algo positivo, es pretender convertirnos en seres estáticos, sin crecimiento ni progreso. La vida misma está definida como algo que tiene movimiento independiente. Si nos dejamos de mover, prácticamente estamos muertos.

Tal vez por eso es que las concepciones de un más allá positivo sean una completa tranquilidad y la falta de satisfacer necesidades. Pero para llegar allí, hay que dejar este mundo.

Querer estar mejor nos impulsa. La necesidad de alcanzar metas nos empuja. El hambre nos hace ser mejores. Y, en mi caso, buscar un pedazo de chocolate. Permiso.

«No Soy Tu Amiga»

¿Se los dijo su mamá alguna vez? A mí sí y todavía siento el frío del guacalazo de agua helada. Pues… Es que es feo que a uno la persona que lo sacó del cuerpo le diga que no es su amiga… hasta que uno tiene hijos y lo entiende perfectamente.

Imposible ser amigo de alguien sobre el que tiene que ejercer autoridad, del que tiene la responsabilidad de moldear en una persona decente, al que tiene que consolar ante todo y del que tiene que cuidar sin ser correspondido. Yo a mis amigas no les preparo loncheras, ni comida, ni las llevo al médico, ni sé sus agendas, ni les leo cuentos, ni las corrijo. No son mi problema de educar. Pero a mis amigas sí las puedo dejar de ver. A mis hijos no.

Además, no tengo vida en común con los niños. No vemos la misma televisión, no hemos tenido las mismas experiencias, no entendemos las mismas bromas. Y esas coincidencias de vida son las que unen a dos personas que no son parientes.

Para amigos, mi marido y mis cuates. Mis hijos tienen los suyos propios, con los que pueden bromear y decir malas palabras y tirarse pedos y jugar. Son sus iguales.

No soy su amiga. Soy su mamá. Y soy la única que tienen.

Alabar el Esfuerzo y Premiar el Resultado

Hay una diferencia sustancial entre decir «¡Qué inteligente eres!» a «¡Qué bien lo hiciste!» La primera pone el énfasis en una cualidad sobre la que la persona no tiene ningún control. Es lo mismo que pensar que alguien tiene alguna calidad moral por su apariencia física genética. La segunda abre la posibilidad de mejorar, se fija en un esfuerzo que sí está bajo el control de la persona que lo hizo, deja campo para aprender.

Pero, no podemos quedarnos en el simple reconocimiento de un trabajo hecho con mucha dedicación, porque también queremos resultados positivos. O sea, qué bueno que te mataste estudiando m´hijo, pero perdiste la clase y te toca repetir. O, excelente que hayas entrenado ocho horas al día, pero llegaste de último y no, no te toca medalla. Hasta el hecho de no llegar a tiempo a un lugar le resta mérito a haber salido dos horas antes.

Por el otro lado, tampoco vamos a valorar el resultado sobre todo, sin importar cómo llegamos allí. Yo no quiero una libreta de notas llena de cienes, si el patojo copió en los exámenes.

Esa es la línea delgada y difícil de navegar cuando uno está a cargo de hacer personas de bien. Tengo que fijarme en cómo se preparan y ayudarlos en el camino, pero, si no obtienen los resultados deseados, no se les esconde. Y allí me tienen, desgarrada (tna, qué dramática, pero es cierto) entre aplaudir hasta la última mueca que sacan y mi imperativo de guiarlos a la excelencia. ¿En dónde está la ola que me saque hasta la orilla? Ni idea. En serio, si tienen una fórmula matemática que pueda aplicar, se las encargo.

En nuestro mundo, juzgamos a los demás por sus acciones y a nosotros mismos por nuestras intenciones. Cuando lo único que demuestra verdaderamente de qué estamos hechos ante los demás, es cómo nos comportamos. De igual forma, el resultado del esfuerzo debe ser un éxito más o menos medible. Para eso es bueno tener metas internas y marcas externas. Y a una mamá que esté haciendo porras.

Pedir Ayuda

Más que pedir perdón, creo que pedir ayuda es de las cosas que más me cuestan. «No puedo sola» tiene, para mí, el mismo significado a «soy inútil, no sirvo, no puedo con nada.» Es como una admisión de algo vergonzoso, porque yo debería de poder hacerlo todo, y bien. No es que me crea todopoderosa, sino que no me enseñaron a admitir mis carencias.

Para identificar en dónde se necesita un conocimiento externo, o que alguien más corrija una falta, se requiere mucho valor. Es casi como exponerse al mundo en traje de baño: todos pueden ver de lo que padecemos. Esta costumbre es completamente estúpida. ¿De qué cuenta creemos que es malo aceptar un defecto? Luego vamos por allí, como gallinas sin cabeza, tratando de hacer todo lo que ofrecimos y sabemos perfectamente bien que no podemos cumplir.

Parte de tener relaciones interpersonales exitosas (de pareja, de amistad, de trabajo) es complementar habilidades para lograr un mejor trabajo. El verdadero líder identifica perfectamente en dónde no puede solo, se rodea de la gente que hace las cosas mejor que él y las delega. Eso de ser la persona más talentosa en un grupo se vuelve aburrido muy rápido.

Estar entre gente que lo puede sacar a uno de un apuro, que tiene otros conocimientos y otras habilidades, enriquece la vida, porque uno no puede abarcarlo todo. Y tiene un efecto liberador: el autoconocimiento lo desprende a uno de nociones engañosas y le permite trascender. Y, después de palabras tan profundas, voy a ir a practicar decir otras más cortas, pero más difíciles: «No puedo sola.» Argh.