Parezco caricatura japonesa a lo «Candy» que se le llenan los ojos de agua antes que soltar una lágrima. Equiparo llorar con debilidad, manipulación, incapacidad de razonar. Tal vez ya me agoté mi cuota (en el colegio bastaba con que me dijeran «ya llora» para romper el dique). Las películas románticas/trágicas me parecen ridículas. Salvo por los períodos sobre-hormonales de los embarazos y post partos, obvio, no acostumbro llorar. Y no es ni bueno, ni malo. Simplemente es.
He escuchado varias teorías científicas que explican el por qué del llanto. No hay ninguna certera. Hace poco lograron determinar que, en las mujeres, las emociones fuertes disparan la reacción biológica del llanto mucho más fácil que en los hombres. Entonces resulta que lloramos de enojo, de felicidad, de miedo… No sólo de tristeza. Si logramos separar el acto de un rebalse de agua salada de los ojos y nos concentramos en identificar la emoción, podemos reivindicar nuestros sentimientos y no creer que estamos locas. El poder emputarse lisa y llanamente, sobre todo con razón, es liberador y motivante, sin ponerle atención a la lágrima que se escurre. La verdad, una vez más, hace libres.
También hay algo de razón en eso de que llorar libera. Hay gente que se siente liviana después de sollozar. Limpia, vacía, renovada. Tal vez lo pueda probar. Sí hay cosas que me sacan las de cocodrilo, como fotos de mis hijos cuando eran recién nacidos, ver a mi marido ser papá, cantar alguna canción. Pero sola. Sin que nadie me mire. Y sólo una.
