Ser vulnerable es un acto de valentía, pero recibir esa vulnerabilidad es hacerse depositario de un tesoro. Las personas que te enseñan en dónde están los botones que los desarman saben que esa es la única forma de crear verdadera intimidad. Lamentablemente, esa misma cercanía nos expone a que, inevitablemente, alguien va a presionar donde más nos duele.
Hay una responsabilidad compartida, por un lado, el no hacerlo de forma maliciosa, por el otro, confiar que uno es más fuerte que la debilidad. Desnudarse emocionalmente es mostrar lo más lindo, más frágil. Requiere de mucha fuerza. Con la misma hay que saberse proteger sin enconcharse.
Lo veo con mis hijos. Sé perfectamente en dónde les podría hacer daño y lo evito como a la peste. No se trata de marcarlos intencionalmente, ya suficiente les hago seguramente aún con la mejor de las intenciones. Si bien es cierto no soy responsable de la reacción de alguien más, tampoco es cuestión de dedicarme a ver cuánto aguantan.
