Este año pasé más o menos cuatro meses sin dormir por las noches. Entre que no encontrábamos la dosis correcta de la basal de insulina de la niña, que la manguera del set era demasiado larga y se arruinaba la insulina, que el sensor estaba puesto en un lugar que no funcionaba bien y la ansiedad general de la nueva condición en la que estaba. Cuatro meses. Se dice fácil ahora, pero sí me afectó. Tomé muy pobres decisiones en varias cosas, me pasé zombie durante muchos días y caí en una especie de depresión que, menos mal, no se me fue de las manos, pues aquí sigo.
Necesito dormir. Desconectarme. Cuidarme. Se vale que lo haga, que me tome un tiempo para descansar, porque si no lo hago, no estoy presente para lo que necesito hacer después. También tiene que ver con valorarme en lo que necesito. Necesito afecto. Seguridad. Lealtad. Soy suficiente como para pedirlo y recibirlo.
Llegar a esta conclusión, a poder decir «soy suficiente», me ha tomado años de darme contra la pared de mi propia inseguridad. Me permití aceptar menos de lo que di, o di demasiado, sin guardarme un poco de cariño para mí misma, esperando recibirlo de afuera. Me dejé sin nada, vacía, por darlo todo. Obvio, no recibí lo que di, porque nadie le da a uno todo.
Así que ahora, descanso cuando lo necesito. Y me reservo un poco de lo que puedo dar, para mí.
