Mis últimos cinco años tienen nombre. Y no precisamente por cosas buenas. Describen cambios grandes de mi vida que vinieron de fuera, que he tenido que sortear como piedras en el camino. Ese camino no es el mismo que vi hace veinte años, ni siquiera sé si termina en el mismo lugar. Ha sido eminentemente frustrante que las cosas me sucedan.
Los cambios son inevitables, porque crecer y moverse son las dos definiciones de estar vivo. Si uno deja de hacerlo, algo malo está pasando. Cuando uno es joven, uno tiene más influencia en las modificaciones a la existencia, sobre todo las decisiones grandes, como qué carrera estudiar, con quién salir, con quién casarse, tener hijos, el trabajo y tantos otros etc.
Pero van pasando los años y uno ya deja atrás las cosas que tuercen veredas hacia direcciones radicales, porque de eso se trata también la vida, de ir encaminado. Hasta que algo pasa, de fuera, que le recuerda a uno cómo no son las cosas.
Los cambios autogenerados son una bendición, más aún a cierta altura del partido. Este año que viene pareciera ser uno en el que yo pueda escoger el nombre y, sinceramente, estoy muy emocionada. Ojalá así sea.
