El infinito

Yo estoy segura, completamente convencida, que el infinito es real. Porque la ropa sucia nunca se acaba. (A veces, como milagro en el Tabor, la cocina no tiene trastos sucios, pero la ropa, madre santa, la ropa…) Las labores de todos los días son exactamente eso, diarias. Nos ayudan en el contexto de nuestras vidas y nos aseguran que seguimos y que todo va a seguir aún cuando nosotros no estemos.

El hombre busca la trascendencia. Por eso hemos erigido monumentos. Tumbas elaboradas que aún estamos descifrando milenios más tarde. Escribimos para que otras generaciones nos escuchen. O simplemente tenemos hijos que nos transportan en sus genes. No importa cómo, el ser humano se quiere proyectar. Lo divertido es que no nos damos cuenta que la eternidad se esconde en lo diario y que las costumbres (cuánto detergente, en qué temperatura, cuándo ir al médico, la receta favorita del pastel) que les dejemos a nuestras generaciones venideras nos van a llevar más allá con más fiabilidad que cualquier hazaña. Dios está en los detalles.

Me gusta pensar que, en un domingo en muchos años, mis hijos harán la lavandería y pensarán en mí. O cuando se hagan su comida favorita. O cuando escuchen música. No necesito un monumento. Me parece simplemente perfecto que ellos me lleven consigo en los detalles.

Nueva evidencia

Estoy en la etapa de mi vida en la que mis hijos no creen en lo que les digo. Aún y cuando les demuestro que tengo la razón, siempre. Es una cuestión de la edad y la necesidad de salirse del nido. Lo entiendo. Y también entiendo que, puede ser dentro de muy poco, ellos tengan la razón.

Es bueno que la humanidad se renueve, porque los jóvenes están más dispuestos a abrazar nuevas evidencias, hacerle caso a los avances científicos y a adoptar ideas distintas. Allí es cuando uno se forma. Y ese es el problema: la formación. Lo tomamos como una estatua en bronce que debe permanecer por toda la eternidad. Cuando la realidad es que somos orgánicos y debemos seguir cambiando con el tiempo, aunque conservemos nuestra forma básica.

Sinceramente, yo quiero creer que estaré al tanto de lo nuevo que sucede en el mundo y abierta a aprenderlo el resto de mi vida. Y, si no, les llevaré la contraria a mis hijos en una buena paga kármika.

Enfoque y atención

Hay momentos en que tengo que parar un rato y retroceder los saltos mentales que me llevaron a pensar en comer chicharrones. No es que me cueste llegar allí, siempre quiero comer chicharrones. Pero el camino que toma mi mente puede ser retorcido.

Le ponemos atención a todo, por algo entra en nuestra consciencia. Lo que no hacemos es enfocar esa atención hacia lo que estamos haciendo, sino que la dejamos flotar con la corriente. O, en mi caso, saltar de liana en liana como mono. Es importante agarrar firmemente la atención y llevarla donde uno quiere. Porque se pierde muy fácil.

Meditar me ha ayudado, pero no curado. Tal vez para eso debería pasar un buen tiempo en algún monasterio budista. Lo malo es que allí no dan chicharrones.

Compartir

Tengo un defecto horrible: comparto demasiado de mi vida. No sé de dónde viene esa pulsión tan dañina. A nadie le interesa, en primer lugar. En segundo lugar, los que se interesan, es más por chambre.

Tenemos la necesidad de ser grupales. De compartir lo que nos pasa. Porque nos servía para sobrevivir. Harari especula que desarrollamos el lenguaje para hablar de los demás. Un atajo. Ahora nos sirve para estar enterados de cosas que no son realmente esenciales. Pero a pesar de ello, los programas de chismes tienen audiencia. No nos hemos quitado la necesidad de ser sociales.

Tengo que recordar cómo me siento cada vez que me doy cuenta que hablé demás. Y tratar de no hacerlo.

Cambio

Nos quedamos muchas veces sin tomar decisiones porque cambiar cuesta. Yo me he mudado de casa cuatro veces y todas han sido devastadoras. No importa que haya sido para ir a una parte mejor. Es sacar las raíces y transplantarse. Horrible.

Lo que pasa es que uno siempre está cambiando, aunque se quede en el mismo sitio. La permanencia es una ilusión que nos impide estar en lo que estamos. Desear volver al pasado o quedarse para siempre en el presente es ignorar la premisa básica de la existencia: lo que no se mueve, se muere.

Cuando uno nada en aguas abiertas, hasta para quedarse en el mismo lugar hay que hacer movimientos. Así igual la vida. Si uno no está dispuesto a moverse, la corriente lo lleva donde quiere, que no es necesariamente el sitio que uno quiere visitar. Mejor moverse, mudarse, evolucionar hacia el camino que uno escoja. Y contratar gente que le empaque todo, eso de meter cosas en cajas es una tortura del infierno.

Nueva

¿Tú mudas de piel

cuando te toxo?

¿Pasa el fuego arrasando

lo que hubo antes de mí?

¿Te inunda mi marea

llevándose tus barcos viejos?

Porque yo contigo

siempre soy nueva.

Natural

Mi maestro de karate, cuando quiere decirme cómo hacer bien algo, me dice que lo haga “natural”. A lo cuál yo respondo (para mis adentros), “esto es natural para mí”. Pero resulta que hay una forma de hacer las cosas “como siempre” que no es lo mismo que bien y que nos sale por costumbre.

Nada más difícil que desaprender. Porque uno le pone tanto esfuerzo a adquirir el conocimiento, que dejarlo ir cuesta. Por eso hay tanta resistencia en el ámbito histórico para integrar nueva información que contradice lo que se lleva siglos enseñando. Por eso cuesta tanto dejar de hacer algo malo. Y por eso no avanzamos a veces como humanidad por no cambiar.

Hacer las cosas siempre iguales no quiere decir que están bien hechas. Y haberlas aprendido de una manera tampoco significa que no venga un nuevo dato a desmontarnos la realidad. Siempre, todo se puede mejorar. Y hay que cultivar el hábito de tener siempre mente de principiante. Porque hasta lo “natural” es aprendido.

Un pequeño dolor

Probablemente tenía 5 años la primera vez que escuché “la belleza cuesta”. Nunca se me olvidó. Porque es cierto. Arreglarse cuesta. Sobre todo tiempo.

No es nada moderno tampoco. Las modificaciones corporales existen desde que tenemos ojos y estoy segura que siempre fueron para gustarle a alguien. Y está bien. Si la meta última de la especie es reproducirse, cualquier ventaja competitiva es válida. Hasta que no lo es. No entiendo por qué matarme para verme bien, si no me gusta a mí.

Gasto muy poco tiempo en arreglarme. Pero sí en hacer ejercicio, cocinar, asolearme, meditar. Cuesta estar bien, pero cuesta aún más arreglar lo que se arruina. Prefiero irme por el declive pausado.

Lo que no se ve

Me da risa que sea tan popular el dicho de “lo que se ve, no se pregunta”. Pero no me gusta esa política. Yo creo fielmente en no quedarme con la duda. Sobre todo porque me vuela la imaginación y puedo suponer mil cosas si no compruebo.

En nuestra modernidad se usa el lenguaje más para ocultar que para comunicar. Nos preguntan cómo estamos y contestamos “bien”. Torcemos el significado de nuestras palabras. Nos ocultamos. No hay necesidad de desnudarse por completo, pero sí hay que indagar más allá de lo que hay en la superficie.

Hay más cosas que no sabemos que las que sí. Vale la pena preguntar. Sobre todo con los nuestros. No vivimos en sus mentes. Hay que sacarles lo que guardan. Porque, lo que se ve, no es siempre lo que hay.