Ayer, después de renovar votos en la Iglesia con mi marido, regresamos a casa con unas amigas a comer pizza y tomar vino. Como siempre, las celebraciones enla casa son sencillas, con mucho cariño. Yo tenía meses de no comer harina y la combinación de la pizza con el vino fue fatal. Dos copas bastaron para ponerme cariñosa, prendérmele a mis amigas cual garrapata y, en general, demostrar afecto de forma poco característica.
Hay muchas formas de demostrar cariño. Las caricias y los gestos afectuosos, cocinar una comida preferida, mensajes con palabras bonitas… Y hay muchas clases de cariños. No todo el mundo percibe de la misma forma un apapacho. Y allí es en donde entra un juego entre la preferencia del que da y la del que recibe ese gesto. Si son como yo, que la proximidad física me pone un poco incómoda y que reservo el contacto para ocasiones especiales, la melosidad es agobiante. Pero, si estar amelcochados es lo suyo, que les den palmaditas en la espalda no es suficiente.
El éxito en la comunicación es que el mensaje sea transmitido y recibido de forma clara y sin ambigüedades. El cariño no es la excepción. La gente a mi alrededor que me conoce y ha aprendido mi lenguaje, espero que sepa que la quiero. Y, también, estoy haciendo un esfuerzo por aprender a demostrar mi cariño de formas diferentes a la cocina y la cama.
Como anoche, que apapaché gente. Aunque fuera con el vino haciendo estragos. La goma de hoy casi vale la pena.
