El ¿valor? de la nostalgia

Compramos la 7a película de Star Wars «The Force Awakens» y la vimos y la podríamos volver a ver muchas veces más. No engaño a nadie. Seguro la vamos a ver muchísimas veces más. También regresamos a las tres primeras (4, 5 y 6), pero vemos mucho menos las siguientes (1, 2 y 3). De alguna forma, no sólo son malas, sino que me dejan insatisfecha.

Desde los antiguos griegos hemos escuchado lo de «Todo tiempo pasado fue mejor». Que si ahora el NBA ya no tiene jugadores impresionantes, que si en la NFL ya no se juega con la misma intensidad, que si antes las películas sí tenían sentido, que si antes podíamos salir a pasear, que si antes… Cualquier cosa. Pero la nostalgia es un veneno sutil que nos amarga el presente por estar añorando cosas pasadas que probablemente ni sucedieron como nos acordamos de ellas. Esa magdalena que hacía mi mamá, la puedo reproducir yo porque tengo la exacta misma receta, pero no me sabe igual. Porque lo que yo me acuerdo del sabor está atado a lo que estaba sucediendo a mi alrededor en ese momento y todos los buenos sentimientos y emociones que pasaban.

La humanidad, como tal, va aumentando su expectativa de vida, tiene más acceso a información, está más cómoda y conoce mejores medicinas que hace apenas cincuenta años. Y los avances continúan. Tal vez podemos hablar de un pasado personal mejor, como la persona que pierde seres queridos de forma trágica, pero, como grupo, es difícil asegurar que estamos peor que antes.

Por eso, escuché en un podcast, es que nos caen tan mal los «prequels» de Star Wars. Desde el Capítulo IV tenemos la noción que cuando estaba la República y los Jedis, todo era bueno. Que el Imperio Malvado es lo que vino a arruinar todo. Y luego vemos que no es cierto, que también estaban mal durante la República. ¡Qué bueno que se vienen nuevos capítulos, hacia el futuro! Prefiero avanzar.

La inercia

Ya hace unos años me caí estrepitosamente en un parqueo. Al aire libre. Frente a una calle muy transitada. Yo iba en vestido. Digamos que no fue uno de mis mejores momentos. Ni siquiera pude quitar la cara del todo y sí me bajé a saludar al asfalto. Lo más dañado fue mi orgullo, obvio.

Sentir que nos precipitamos con aviada hacia un fin inevitable es una sensación muy fea. Dejamos el control, vemos venir el trancazo, nos duele antes que suceda. La inercia es una de esas fuerzas físicas que son inmutables y que, curiosamente, también se aplican a la vida emocional. Le encaramamos tanto al carrito que lleva el rumbo de nuestras vidas, que nos cuesta muchísimo cambiarle la dirección. Y la velocidad sólo aumenta.

Durante la vida hay señales, momentos clave que sirven, ya sea para hacer desvíos pequeños que repercuten inmensamente en nuestro destino, o para parar por completo y retomar un camino completamente diferente. Pero, para hacer esos cambios, hay que estar muy atentos a lo que nos está sucediendo en el momento de ahora y lo que nos va a pasar si seguimos por donde vamos. Eso de cambiarnos de carril a último momento pasándonos casi que por encima de tres filas de carro porque no nos acordábamos que por allí quedaba la salida, sólo es otra forma de dejar la carita en el asfalto.

Es cierto que no todo se puede prever, pero hay cosas que son más claras que un vaso de agua. Como el hecho que iba a dejar media nariz en el suelo cuando no me fijé que había un tope en dónde tropezarme.

Ansiedades superfluas

Objetivamente, no tengo nada de qué quejarme: estoy casada con alguien con el que nos queremos, tenemos dos hijos sanos y bien adaptados, casa, comida, amigos, espiritualidad. Y, sin embargo…

Existe la famosa pirámide de Maslow que ilustra cómo el ser humano siempre tiene necesidades qué llenar. A más básicas las necesidades externas, como no tener comida, menos tiempo de introspección tenemos. Pero eso se traduce a lo contrario: si nuestra seguridad física está cubierta, procuramos llenar la afectiva, si ya cumplimos con ésta, queremos completar la intelectual y, por último, la «existencial». No la estoy explicando exactamente como es, porque para eso la pueden ir a buscar. La estoy diciendo como yo la entiendo en mi caso particular.

No me atrevo a decir que es más fácil sentirse contento cuando se tiene poco. Creo que, teniendo mucho, es necesario aprender a necesitar poco. Y a ver hacia adentro. La verdadera satisfacción nunca puede venir de las cosas que pasan, sino del mundo que cubrimos con nuestra piel.

Mi crisis de los casi cuarenta me está enseñando todas las cosas que tengo que cambiar dentro de mí, si es que quiero conservar lo que me rodea. La parte fuerte que me ha ayudado a pasar momentos difíciles está muy cerca de volverse en algo rígido que lastima. Mi búsqueda por perfeccionarme se puede volver en la tragedia de buscar la inalcanzable perfección. La cima de una satisfacción personal es resbalosa y en constante cambio. Sé que si lleno un vacío, seguro descubro otro. Lo importante es querer continuar.

 

(Ob)Tener

Hace ya un par de años, cuando recién había abierto una heladería, hice que mi marido me llevara al otro lado de la ciudad para comprar uno. No recuerdo bien por qué, pero fue una odisea y terminamos llegando peleados al lugar. Tanto así que ya no me lo quise comer. Fatal.

Las cosas que valen la pena nuestro esfuerzo, generalmente son las que más valoramos. Hay una satisfacción proporcional entre lo que obtenemos y dejamos atrás para llegar hasta allí. Pero, si nos hemos obsesionado con algo que no se merece todo ese «sacrificio», la decepción es mayúscula. La habilidad para proyectarnos más allá del mero momento de la obtención de lo que queremos nos ayuda a medir si verdaderamente queremos realizar la travesía para tenerlo.

Eso de «no es lo mismo verla venir que bailar con ella», aplica también para las cosas que uno anhela. Y para las experiencias. Y para las relaciones. Así, poner en peligro una amistad, una pareja, a la familia, por un pequeño momento de satisfacción, debería de ponernos en pausa. O sea, a nadie le suena tan bien la cajita de música como para tirar toda la vida por la ventana.

Al final del día, cada uno sabe qué prefiere, o paga las consecuencias de su ignorancia. Y yo no me volví a comer un helado de ese lugar.

Vivir por otros

Que no puedo usar t-shirts de Batman

Ni me puedo poner ganchos en el pelo

Ni salir sin arreglarme a la calle

Ni querer cantar a todo pulmón.

Que la edad me obliga a ser seria

Que mis hijos necesitan mamá formal

Que ya pasó el tiempo de tener aventuras

Y que tampoco puedo esperar más.

Que la belleza se va

El cuerpo envejece

La piel se cae

El deseo decrece.

Y me miro al espejo y allí estoy la misma yo.

La del pelo largo, el cuerpo joven, la cara fresca.

Aunque me esconda detrás de los casi 40 años.

Con ella salgo, todos los días.

Por ella vivo, porque soy mi mejor yo.

Y con ella vives tú. Y te gustamos.

La yo que cambia y la yo que permanece.

Y las dos te queremos. Porque también conocemos tus dos yo.

Lo que no se puede

Me encanta escuchar podcasts. Hasta he dejado de oír música en el carro, porque me siento más entretenida con la información que me dan los podcasts. Hay de todo, desde ciencia, hasta ciencia ficción, pasando por todo lo que pueda ocurrírsele a alguien con una boca y un micrófono. Entre ésos está uno de Jillian Michaels. Ella es muy simpática y honesta acerca de lo que le está sucediendo y el en el último episodio contó que se le estaba desmoronando su set de creencias: a pesar de sus mejores esfuerzos, intenciones y acciones, su show de tele ya no va más.

Cuando criamos hijos les decimos que, si se esfuerzan y trabajan duro, pueden alcanzar cualquier cosa. Pero eso no es cierto. Hay formatos básicos con los que nacemos que no podemos modificar (aunque, según algunos de mis podcasts, estamos cerca de llegar al transhumanismo, pero eso es otro costal de locos). No podemos cambiar las circunstancias de donde nacimos, ni la educación temprana que nos dieron, ni si nuestra mamá tomó o no ácido fólico. No podemos cambiar lo que piensa o siente la gente acerca de nosotros, sino no habría una sobrepoblación en la Friendzone. Poco podemos hacer por cambiar las leyes del país donde vivimos. Y, si el canal no es nuestro, es poco probable que podamos poner al aire un programa de televisión que no tuvo éxito.

Pero, y éste es de esos buenos «peros», sí nos podemos cambiar a nosotros mismos dentro de nosotros mismos. ¿Que no me gusta estar triste? Pues trabajo en eso y me lo quito. ¿Que quiero esforzarme más? Pues a hacerlo. ¿Que preferiríamos no quejarnos tanto? Nada más fácil que callarse.

El cambio interno, ese que nos alimenta para salir a batallar cada día, depende única y exclusivamente de nosotros. Eso es poder. Y no hay nadie que nos lo pueda quitar.

Las intenciones

Hoy, como ya es (pésima) costumbre los lunes, el niño me dijo que olvidó una tarea. En realidad, es una chingadera, pero no es problema mayor, porque al ishto baboso le va bien y no es que esté perdiendo el colegio. Es una cuestión de orden y responsabilidad y todas esas cosas que importan más que poder poner una tilde (aunque eso también es súper importante). El problema no es el olvido. Es que otra vez me eíncachimbé. De verdad intento no hacerlo. Ya tenemos protocolo, ni siquiera lo tengo que castigar. Pero se me sale el volcán de enojo y paro traspasándolo con los ojos. Estoy escribiendo esto y sigo molesta. Conmigo.

La intención de hacer bien las cosas es un primer paso, muy importante, para mejorar como personas. Cuántas veces lo que nos hace falta es un poco de autoconocimiento para mejorar nuestra vida. Pero las intenciones se quedan por dentro, como semillas en el suelo. Y, si no germinan, se pudren. Es más, si no dan frutos, es imposible conocer lo que los demás tienen en mente. Sólo nosotros conocemos las agendas que tenemos (sin ánimo de ser siniestros, la agenda puede ser buena también). Y, de los demás, sólo podemos ver lo que hacen.

El mundo interior ordenado, bienintencionado, se convierte en un universo de posibilidades cuando concuerda con nuestra realidad exterior. Nuestros mejores deseos, cuando los realizamos, nos dan superpoderes. Yo quiero ponerle una presa a la lava de mis enojos, pero levanto la barda a mi antojo cada vez que se me da la gana. Y así da lo mismo. Pero voy mejorando. Por lo menos le puedo dar un besito a mi hijo cuando se me pasa.

No es por estar triste

Mañana es el Día de la Madre y a mí todavía no me gusta. Tengo ocho años de tener pulgo propio con quién celebrarlo y, de verdad, yo me quedaría en mi casa encerrada. No quiero flores, no quiero salir a ningún lado y, con toda la sinceridad del mundo, me da muchísima hueva ir sentarme a un acto en donde hay cien niños más que el mío.

Ser madre, para mí, ha sido un viaje en el que cada vez me doy más cuenta que, ni tengo mapa, ni conozco el terreno. Sólo tengo una brújula de deseos de cómo quiero que sean mis hijos que me ayuda a navegar. Obvio leo, escucho experiencias de otras personas, me encomiendo a Dios, pero no tengo la menor seguridad de estar haciendo bien las cosas. Es más, de lo que sí estoy completamente segura es que estoy metiendo la pata en alguna parte.

Amar a los hijos es un proceso. Yo no pretendo venir a decir que siempre quiero estar con ellos, que son lo mejor que me ha pasado en toda mi vida, que no podría haber sido feliz sin ser mamá. Pero sí les puedo decir que me quitaría la vida si eso implicara hacérselas un poquito mejor. Que dejé un estilo de vida que me gustaba muchísimo por educarlos como queríamos con mi marido. Que a veces me sobrepasa un amor que no entiendo y que se me desgarra el corazón sabiendo que mi trabajo es hacer que no dependan de mí, porque estoy criando gente para que se vaya y sea independiente.

A la pareja se la ama y se espera compartir la vida. A los hijos se les ama para que tengan una vida propia. Y esa distinción es sana tenerla en mente.

Yo no soy de esas mamás que lloran con cada tarjetita que reciben. Pero llevo grabada en la piel cada beso, cada caricia de manitas pequeñas, cada abrazo. Mi corazón ha crecido con ellos. Y por eso, todavía tengo un vacío en el lugar de mi mamá. ¿A quién más que ella le podría presumir de todo lo que hacen? Además, me hace falta quién me consienta a mí. Y pues, ni modo. Mañana me tocará irme a sentar entre otro montón de mamás a ver a mi hijo entre otro montón de niños. Si me ven llorar, ni me lo digan.

Nada personal

Hace poco tuve un encontronazo con una realidad alterna de forma de educar niños. Y me enojé y me ofendí y despotriqué. Y allí lo dejé.

Vivir en sociedad implica rodearse de todo tipo de personas. En la historia del Buddha, él primero es un príncipe que vive en un palacio. Aislado. Luego se vuelve un ermitaño. Aislado. No es hasta que decide vivir entre la gente que alcanza la iluminación.

Se requiere de una medida de desapego de los propios sentimientos para tener paz, sobre todo con algunas interacciones. ¿El carro se me atravesó? Dele. ¿No contestan un saludo en el elevador? Vaya.

Fijarse tanto en la conducta ajena que nos afecten las acciones de extraños es una forma muy cansada de vivir. Creer que todo lo que hacen los demás es para jodernos la existencia de forma personal, no ayuda a la salud mental ni física.

El mundo, nuestro mundo inmediato, sí gira alrededor nuestro. Pero ese mundo es el que está habitado por nosotros y nadie más. Cada persona vive en el suyo propio y sólo está conectado con pocas personas de forma íntima. No podemos desarrollar todo nuestro potencial de forma aislada, pero para sobrevivir nos tenemos que dejar de portar como florecitas de invernadero.

Me tocó ver al señorcito del incidente hace poco. Y nos saludamos muy amablemente. Como si nada hubiera pasado.

Todo pasa

El día termina

las flores se marchitan

el deseo se apaga

las estrellas mueren.

Y hay un nuevo amanecer

germinan las semillas

se estrenan ganas

y nacen galaxias.

Nada permanece igual para siempre.

Pero contigo, Amor, se transforma siempre en algo mejor.