Como yo pretendo gozar de buena salud durante mucho tiempo, pruebo algunas cosas que van desde lo tradicional (ejercicio, buena alimentación), hasta métodos un poco menos comunes en nuestro medio como acupuntura y meditación. Lo último no mucho se me da. Estoy suscrita a un podcast que le pone a uno meditaciones guiadas. Cada cierto tiempo hago programas de 21 días con Chopra. Me duermo con el primero y me aburro con el segundo.
Pero más de algo le saco. Hoy, por ejemplo, se cuestionaban el hecho de cuándo existe uno verdaderamente. Resulta que nunca se es la misma persona de momento a momento, ni a nivel celular, ni mental y mucho menos espiritual. Argumentan que nuestro «yo» de ayer no existe más, que sólo somos lo que somos ahora.
La noción de estar presente en el momento, ese famoso «mindfulness» que pareciera ser la clave de la felicidad, es tan difícil de alcanzar como mantener agua entre las manos. Y creo que ese es precisamente el punto. Somos fluidos, cambiamos todo el tiempo. Eso nos sirve para nunca quedarnos estancados, liberarnos de lo que nos tenga amarrados al pasado, reinventarnos.
Pero, como todo, supongo que no podemos ser tan radicales. Lo que hemos vivido antes informa lo que conocemos hoy, aún si no nos determina. El futuro nos da la dirección hacia dónde caminar, aún si decidimos cambiar la meta.
La cosa es que, al final del día, ya me cuesta ser radical. Me imagino que eso no es malo. Pero no lo sé. Y, mientras lo averiguo, seguiré tratando de no dormirme mientras «medito».
