Hacer lo que quiera

Viendo un show de Panchorizo (si no han visto alguno, se están perdiendo de algo genial), una de las contorsionistas levantó los brazos y enseñó sus axilas con vello. Mis hijos que viven en una casa lampiña (artificialmente, pero lampiña al fin), se sorprendieron. ¿Qué tiene debajo de los brazos? Pelos. ¿Por qué? Porque salen.

Hay una gran pugna entre las personas que se autoidentifican como feministas para impulsar una imagen corporal más natural y los que tradicionalmente les gusta opinar de la apariencia de los demás. El lema en esta casa es que, si no nos está afectando directamente o haciéndole daño a alguien más, no nos importa.

Pero, más allá de ir por la vida con las piernas peludas, es importante entender el precio de hacer lo que nos viene en gana. Es cierto que estamos «hechos» según un patrón social que sí juzga qué es aceptable o no y que podemos salirnos de esa caja. Pero también es cierto que todo tiene consecuencias que debemos conocer. Todas las reglas sociales tienen una utilidad (que sea buena o mala son otros veinte pesos) y podemos ser quemados en la hoguera por romperlas.

En mi casa jugamos papeles extremadamente tradicionales, pero lo hicimos y hacemos plenamente conscientes, sin imposiciones. Yo tuve la oportunidad de elegir y la sigo teniendo. Luchar por que mis hijos puedan decidir su propio camino es mi mayor meta. Allá ellos la dirección que quieran tomar. Eso ya no es mi rollo.

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