Tenía un almuerzo hoy y me lo cancelaron. Como ya estaba con que iba a salir entre ceja y ceja, llamé a un par de amigas pero estaban ocupadas y ya no salí a ningún lado. Me quité el jeans corta-circulación, me desmaquillé y pasé un glorioso almuerzo en mi casa, con mis hijos y los regaños usuales.
El hecho de vivir en grupos sociales de ayuda mutua, como una familia extendida, es parte de por qué el ser humano pudo evolucionar a nacer con el cerebro aún no terminado de desarrollar. Si no hubiéramos tenido quién le llevara comida a la mamá de una cría que no podía valerse por sí misma, ni estar en la intemperie, ni dejarse sola, no podríamos nacer así de inútiles como lo hacemos. Tenemos necesidad afectiva y de salud mental de otros seres humanos. Nos llama la atención pertenecer a un grupo. Las redes sociales suplen mucho de esta necesidad, pero nada se compara a la compañía que te mira a los ojos, que te da un abrazo, que te escucha solo a ti.
Pero, para poder disfrutar de ese estado de estar acompañado, también es necesario poder estar uno con uno mismo. Uno nunca es mejor «partner» que cuando puede estar solito y ser feliz. Como en todo lo que hacemos, somos complicados hasta para lo que nos conviene. Me pasa frecuentemente que, cuando menos cómoda estoy conmigo misma, menos quiero alguien a mi lado y estoy segura que soy insoportable.
Así que, sabiendo que tengo desde las 7 de la noche para armarme una party loca con mi sombra, ya bajé un libro, ya sé qué voy a comer y a qué horas me voy a ir a dormir. Hoy sí quiero hacerme la compañía.
