Cuando no queda nada qué hacer

Todo lo importante o está fuera de nuestro alcance cambiarlo, o está dentro de nosotros mismos. En el primero de los casos, sólo nos queda adaptarnos y aceptar. En el segundo es la única ocasión de realizar cambios verdaderos. Lo irónico es que, cuando uno cambia lo de adentro, ya no se preocupa por lo de afuera.

Tal vez por eso son tan esenciales las experiencias de ser impotentes que nos regala la vida. Un hijo enfermo, la muerte de un padre, el no gustarle a quien uno le gusta. Nada de eso es consecuencia de lo que hagamos o dejemos de hacer y pretender cambiarlo es ingenuo y peligroso para nuestra salud.

Cuando ya no queda nada más qué hacer, es cuando entramos al único ámbito en donde sí podemos cambiarlo todo. El que llevamos dentro.

Supongo que mañana es miércoles

Y que lo voy a ver. Operamos bajo la esperanza de tener más días que el de hoy. Y no tenemos nada seguro. No sabemos realmente si la última vez fue la última. Esa dicotomía tan extraña de los seres humanos que aceptamos la inevitabilidad de la muerte y nos tratamos de ocultar de ella en el mismo espacio de tiempo que vivimos. Tenemos un número finito de interacciones. Además, la de hoy, ahora mismo, nunca regresa, porque jamás somos iguales a la vez anterior. Estar presente, conscientes de lo que hacemos, potencia cualquier cosa que vivamos.

Por supuesto no se puede estar pensando todo el tiempo que no hay un futuro, si no, para qué hacemos planes. Pero a mí sí me ha costado hacer un balance aunque sea precario entre lo que quiero hacer mañana y lo que estoy haciendo hoy. Sobre todo con mis hijos, en los que miro un futuro. No me imagino que no estén y la realidad es que todos tenemos prestada la vida.

Tal vez por eso ahora abrazo un poco más fuerte y peleo un poco menos por cosas tontas y agradezco lo que tengo enfrente y me caigo peor por no poder dejar de hacer planes que no sé si llegaré a realizar. Hoy es martes y si me toca, veré que mañana es miércoles.

El centro del día

Me gusta mi cama. Está en el último extremo de la casa y puedo ver los árboles de la vecindad e imaginarme que no estoy en medio de una ciudad sin parques. Estoy aislada, aquí leo, escribo, vienen mis hijos a dormir, vemos tele los fines de semana y los gatos me sirven de compañía permanente.

Gravitamos alrededor de centros a los que regresamos, algunos como cometas, otros de forma más permanente. Depende de lo que necesitemos. Recuerdo que de niña, el sillón de mi mamá era ese lugar para mí. Ahora lo tengo en mi cuarto y no lo uso. En días como hoy, que he tenido que leer mucho, apenas salgo de mi cueva.

Pero hay que salir, hacer que los hijos salgan, dicen que hay cosas allá afuera que valen la pena.

Una variable a la vez

Cuando uno se enfrenta a una situación nueva, con muchas partes diferentes qué atender, se puede sentir completamente abrumado. Hay demasiadas cosas a qué prestarles atención y cada una afecta el desempeño del todo. Cambiar más de una variable a la vez, es quedarse con la incógnita de qué verdaderamente sirvió para aliviar el problema.

En los pequeños cambios encontramos la diferencia más perdurable. Es igual que pretender bajar las veinticinco libras que nos aumentamos en seis meses, en seis días. Claro que uno quiere soluciones drásticas, pero éstas rara vez perduran y, si no sabemos cómo las logramos, son casi imposibles de replicar.

Me cuesta tanto aceptar que no debo querer arreglarlo todo, al menos no inmediatamente. Es como cuando jugaba Mortal Kombat y agachaba todos los botones a la vez. Ganaba, pero no tengo idea cómo. Una variable a la vez. Aunque cueste.

El café no estaba frío

Pedí un café con leche

Llegó tibio, peor que frío

Los casis son peor que un fin

Nos dejan insatisfechos, buscando algo más

Que no nos llega, pero que podemos ver

Así se han destruido amores,

Perdido barcos, olvidado fortunas

La piel que casi deseamos

Los ojos que casi nos hechizan

Los te amos que casi decimos

Nos dejan el sabor del café

Casi caliente. Casi.

La siguiente vez, lo pido sin leche.

Las noches son para

Hubiera contestado que para dormir hace tres meses, pero últimamente no me han servido para eso. Los días sí, y no me son suficientes.

Me gusta hacer las cosas cuando tocan. Por eso tengo horas para comer. Para entrenar, para escribir. Soy poco flexible y eso me está matando.

Un amigo me dijo que tengo que soltar lo malo. ¿Por qué uno se lo queda? Somos acumuladores que no queremos dejar nada ir, ni lo que nos lastima.

Así que debo aprender a dormir cuando pueda. Poco a poco regresarán las noches a tener su propósito.

Que las cosas vengan a mí

Quisiera no tener que salir jamás a hacer mandados. Los detesto. Pero no me gusta pedir cosas del súper a domicilio, porque prefiero ver qué necesito. Entonces me quedo en ese estado intermedio de odiar lo que hago, pero preferirlo a cualquier otra alternativa. No sirve, yo sé, para bajarme la ansiedad mediana con la que se convive en una ciudad llena de tráfico.

Así que me hago favores como ir muy temprano, cuando aún están llenando los anaqueles. Igual con el banco, igual con las instrucciones por correo. Todo se puede hacer desde mi casa. Preferiblemente en un lugar pequeño en el que me gusta trabajar.

Lastimosamente no. No todo. Hay que salir al mundo, compartirse, probar ver el sol. Y así me tienen recorriendo los pasillos llenos de gente que se queda parada con la carreta a la mitad, porque todos vamos pensando en lo propio. Es un lugar en el que se aglomera la gente, pero no socializa.

Tal vez en un futuro sí vendrán las cosas a mí y yo sólo saldré por personas.

Eso ya lo escuché

Las historias más viejas del mundo son las que más se repiten. Ya sea gustos por colores en familias, adicciones lamentables que se pasan de generación en generación, hasta las grandes sagas humanas de emociones que escuchamos y leemos en todas las culturas del mundo.

Estamos condenados o bendecidos a repetir las cosas importantes, tanto en nuestros ciclos como en sociedad. Sólo así podemos volver a enamorarnos. Si no, no habrían poemas que cuentan todo de nuevo, de forma nueva. Tal vez es por eso regresamos a escribir y a leer y ver cosas que ya conocemos, porque nos las presentan de forma diferente.

Ver crecer a los hijos nos da la oportunidad de volver a ver de nuevo el mundo como por primera vez, aún cuando ya conocemos a dónde van. Es el privilegio de haber pasado ya por allí. Y la responsabilidad de no arruinarles la sorpresa.

Hoy cumpliría 92 años mi papá

Y, pues, no creo que hubiera llegado a esa edad de todas formas.

Lo vi llegar a ponerse viejo sin estarlo realmente. No lo conocí. Creo que uno no conoce nunca a sus papás. No llegamos a ser adultos juntos, a compartir experiencias, a tener puntos en común. Entre padres e hijos puede haber amor incondicional, es más, creo que es en la única relación en la que lo hay, pero nunca amistad. Uno escoge a los amigos por esa sensación de paridad y camaradería. No se puede ser compinche de alguien que ejerce autoridad sobre uno. Tampoco se puede ser padre de alguien con quien debería uno ser compadre.

Los que ya no tenemos vivos a nuestros padres, vamos descubriendo en dónde se aprende de muchas cosas y comprende algunas de las actitudes que tuvieron con uno, sin el beneficio de corroborarlo con ellos. He visto cómo maduran las relaciones entre ambos con mis conocidos y es un regalo extraño. La vida permite a los hijos cuidar de los padres y hay un cambio de peso de responsabilidad, un sube-y-baja que nos pone en la posición contraria siempre, con muy breves instantes de equilibrio.

Hace poco escribí un relato acerca de mi padre que no salió fácil, pero que me ayudó a revisitar algunos aspectos de nuestra relación. Como no está él, he decidido que puedo moldear mis recuerdos a mi mejor conveniencia y hacerlos más felices para mí.

Tal vez así también se quiere incondicionalmente.

En un olvido

Encuentro la fecha del día después

Como cuando está el lápiz que uno buscaba en la mano

Me salté de lunes a miércoles, repitiendo un día en medio

Para no fijarme en la fecha. Supongo.

Pero el tiempo no retrocede para enmendar olvidos.

Ya hoy son dos días después y me alejo del aniversario.

O me acerco al siguiente. Siempre hay un siguiente.

Lamento haberme olvidado de tu muerte. No te he olvidado a ti.

El otro año no me salto el día.