¿El vacío que dejaste?
allí sigue, igual de infinito,
no lo voy a llenar
tampoco está a tu disposición
no quiero regresar allí
si al fin logré salir
quedará de advertencia
un monumento a lo que eres ahora.
¿El vacío que dejaste?
allí sigue, igual de infinito,
no lo voy a llenar
tampoco está a tu disposición
no quiero regresar allí
si al fin logré salir
quedará de advertencia
un monumento a lo que eres ahora.
Conocer a alguien requiere de atención. De escuchar más que sólo lo que dicen. De hacer preguntas que requieran pensar la respuesta. Cuando uno tiene interés por la otra persona, el proceso se siente como abrir regalos. Cada nuevo descubrimiento es una luz. Cuando uno no tiene interés, de pronto poner atención lo despierta. Es la magia de estar dispuesto a entender.
He leído que uno de los primeros propósitos del lenguaje fue poder transmitir información de otros. Chismear, pues. Pero no sé si se ha estudiado de dónde viene nuestra necesidad de hablar de nosotros mismos. Como si no supiéramos ya los detalles de nuestra historia.
Me gusta hacer preguntas que me sitúen en el presente de la persona que me interesa. No tanto qué hizo, más bien qué piensa. Y qué sabor de helado le gusta. Eso también es importante.
Uno de los principios de aprendizaje es estar abiertos a recibirlo. Si uno entra con la mentalidad de «ya lo sé», ¿a qué va? Me pasa con mis hijos que creen que ya saben todo lo que tienen enfrente… Difícil. Pero también me pasa con las cosas que yo creo que sé.
Aprender implica cambiar. Conocer a una persona, verdaderamente tomarse el tiempo de entenderla, modifica sin remedio cómo la percibimos. No quiero decir que sólo con conocer a alguien que detestamos va a convertirse en nuestro mejor amigo, pero sí se nos pone enfrente la realidad de su correspondencia con nosotros: todos los humanos tenemos más de alguna experiencia en común.
Hay que olvidarse de todo para aprender algo nuevo. Aproximarse a las enseñanzas con mente de principiante. No hay nada que uno haga bien, que no pueda hacer mejor. Es una postura que cae bien recordar.
Hay tanto futuro inmediato que no se parece en nada a nuestro pasado cercano. Estamos caminando por el universo con una linterna, a punto que nos enciendan la luz. Estoy segura que yo voy a leer buenas novelas escritas por computadoras, escuchar buena música y apreciar arte “artificial”. Y claro que da miedo. Todo lo desconocido lo da.
Cada avance que hemos vivido trae un cambio, no sólo de realización, sino de apreciación. De ropa hecha a mano pasamos a la fabricada en masa, por ejemplo. Y cada una tiene sus ventajas y desventajas. No es lo único que ha evolucionado. Pero lo que más me llama la atención es que pasamos como humanos de un rechazo inicial a una integración. Nos termina gustando, se vuelve normal.
Hay personas que pueden poner el grito en el cielo y decir que lo artificial jamás podrá ser tan bueno como lo creado por humanos. Creo que da lo mismo. Si nos produce placer, felicidad, paz, etc. ¿qué más da cómo se haya hecho mientras no sea lastimando a alguien más? El futuro ya está aquí, es inevitable, mejor verle el lado bueno.
Todos crecimos con carencias. Y, cuando nos toca ser padres, igual las creamos. Es lo que hay. Por mucho que nos preparemos y hagamos todo el esfuerzo por crecer emocionalmente, y busquemos ayuda y tengamos las mejores intenciones, siempre vamos a fallar en algo. Es lo que hay.
El cerebro es plástico y llega un momento en que lo podemos moldear conscientemente. No es sencillo, requiere tener los ojos bien abiertos y la voluntad de trabajarlo. Pero se puede. Nos hacemos cargo de nuestras propias carencias, examinamos el vacío y lo llenamos.
Yo estoy a favor de ser consciente del motivo de nuestras preferencias. Y de afrontar nuestros vacíos sin sentirnos víctimas. Pero a veces también siento que dejar el vacío así, vacío, no es tan malo. Se puede vivir con algún grado de inconformidad y usarlo para motivarnos. Sentir que falta algo y salir a buscarlo. Querer más. Yo sé que va en contra de todo lo que estoy aprendiendo en mis meditaciones. Supongo que es reflejo de todo el camino que me falta por recorrer. Pero el no estar totalmente satisfecha es precisamente lo que me hace meditar… Las incongruencias son humanas y nos hacen interesantes, a veces.
¿Estabas allí?
Si te hubiera visto
te habría sacado
tomada de la mano
suave, con paciencia
no tienes nada que hacer allí
nadie te ve
ni yo, que siempre te busco
había demasiado alrededor
te perdiste, te perdí
¿ya nos encontramos?
sujétame del brazo
seamos nuestras madejas
aunque sea para no salir
pero juntos.
No quiero hablar mal de gente que ya no está y que hizo lo que pudo con lo que tenía. Así que lo voy a poner en términos neutros: aprendí a querer de mi mamá y a aceptar cómo me quieran de mi papá. Mi responsabilidad ahora es, que si ambas no me satisfacen, tengo que cambiarlas.
Hacemos patrones emocionales desde la infancia y, por ser los primeros, los que nos hacen nuestros padres son los más profundos. Nos acompañan el resto de nuestras vidas, igual que la estatura, el timbre de voz, la forma de nuestras manos. Esas preferencias sentimentales que repetimos aunque duelan, las pequeñas carencias con las que convivimos, la voz incansable del crítico interno. Todo eso lo forjamos de niños y lo perpetuamos de adultos a fuerza de repetirlo sin pensar.
Me ha tomado tantos tantos años aceptar mi preferencia por una cierta distancia emocional que no me hace bien. Pero ahora que la conozco, la acepto y la reconozco, es totalmente mi responsabilidad hacer algo al respecto. No se vale saber dónde está la herida y seguirla hurgando en vez de sanarla.
Yo creí que alimentar un niño mañoso de dos años era complicado. Ahora que ambos están en la adolescencia, entiendo que no sabía nada. Tiempos aquellos… resulta que no les gusta lo mismo de una semana a la otra.
El proceso de la adolescencia está subinvestigado. Es hasta hace poco que los neurobiólogos se están interesando en averiguar lo que sucede en el cerebro durante esta etapa, que va mucho más allá del desarrollo sexual. Si a eso le sumamos que los seres humanos han alargado social y culturalmente el momento de procrear, pero que el cuerpo tiene otros tiempos biológicos, nos quedamos con seres en el pico de su madurez corporal y en lo más estúpido de la mental. Linda combinación.
Por mucho que haya leído y, según yo, me haya preparado para afrontar las etapas sensibles en la adolescencia, admito que a veces me sobrepasa. Días como hoy, que hago comida rica y ninguno de los engendros la quiere ni probar, he aprendido a servirme lo mío, sentarme a comer y esperar lo inevitable. Poco a poco, los adolescentes salvajes se aproximan a la mesa, dándole un rodeo con desconfianza, olfateando el aire ante olores que les atraen. Uno se acerca y le doy un poco de mi comida. El otro se sirve un plato. Y así se van domesticando.
Llega diciembre y, aunque ya no horneo ni la décima parte que antes, siempre regreso a ver las recetas de mi mamá. En mi vida normal, pocas veces reviso mis libros de recetas, siempre recurro al internet. Hasta que necesito algo con sabor específico, como la magdalena o el pollo con almendras y me voy a lo conocido.
La gente frecuentemente dice que las cosas ya no saben “como antes”. Es más preciso decir que ya no les saben a ellos como antes. Porque uno crece y ya no está en las mismas circunstancias, ni con las mismas personas. El recuerdo del sabor está incrementado con el de todo lo demás. Unámosle a eso el paso de los años y, aunque le trajeran la comida exacta con una máquina del tiempo, no le sabría igual.
Me sirve de consuelo. Voy a hacer Stolen y no va a ser lo mismo. Pero eso me da libertad a que me guste algo distinto y no me frustre. Mis recuerdos siguen bien guardados. Todos felices.
Me ha tocado llevar al niño a partidos de fuchibol este año. Ha sido lindo porque lo tengo conmigo en el carro y platicamos. Los momentos en que todavía es mío. Los partidos son aburridos, no me gusta el soccer. Pero todo, hasta el tráfico, se compensa.
Tenemos la bendición de ver crecer gente y moldearlos, guiarlos, conocerlos. Agradezco cada momento que paso con ellos y hablamos, no importa cuál sea la circunstancia. Incluso concuerdo con otra mamá que decía que el carro es el lugar ideal para hablar de cosas serias, porque no hay contacto visual y uno puede sentirse más libre. “Vamos a comer un helado”, se convierte en la invitación para pasar tiempo juntos.
Me aburre ver fútbol. Pero lo hago con gusto, con tal de estar cerca de gente que pronto se va a ir. Y todo eso está bien.