Aprender a querer

No quiero hablar mal de gente que ya no está y que hizo lo que pudo con lo que tenía. Así que lo voy a poner en términos neutros: aprendí a querer de mi mamá y a aceptar cómo me quieran de mi papá. Mi responsabilidad ahora es, que si ambas no me satisfacen, tengo que cambiarlas.

Hacemos patrones emocionales desde la infancia y, por ser los primeros, los que nos hacen nuestros padres son los más profundos. Nos acompañan el resto de nuestras vidas, igual que la estatura, el timbre de voz, la forma de nuestras manos. Esas preferencias sentimentales que repetimos aunque duelan, las pequeñas carencias con las que convivimos, la voz incansable del crítico interno. Todo eso lo forjamos de niños y lo perpetuamos de adultos a fuerza de repetirlo sin pensar.

Me ha tomado tantos tantos años aceptar mi preferencia por una cierta distancia emocional que no me hace bien. Pero ahora que la conozco, la acepto y la reconozco, es totalmente mi responsabilidad hacer algo al respecto. No se vale saber dónde está la herida y seguirla hurgando en vez de sanarla.

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