Aprendí a tocar mi voz
para cantarte sueños
en los que no te vayas.
Hice un espejo de mis ojos
en el que te guste verte
y sea el portal que atravieses.
Te voy a enseñar mis partituras
tú también puedes aprender
a tocar la música que nos gusta.
Aprendí a tocar mi voz
para cantarte sueños
en los que no te vayas.
Hice un espejo de mis ojos
en el que te guste verte
y sea el portal que atravieses.
Te voy a enseñar mis partituras
tú también puedes aprender
a tocar la música que nos gusta.
Quiero hacer splits. Siempre me pareció la hazaña atlética más formidable sobre la tierra y, como buena niña inútil y haragana, jamás pude estar ni cerca de hacerlos. Conseguí un programa que promete ayudarlo a uno a lograrlos y lo he estado haciendo religiosamente las últimas dos semanas y media. Duele. Como la gran madre. Es un buen esfuerzo. Mis compañeros de karate me miran haciéndolo después del entreno. Uno trató hoy y me dijo que mejor la otra semana.
Todo puede hacerse después. Sobre todo si duele ahorita. Pero es una estrategia un poco ilógica. Sobre todo si es para cambiar algo que nos molesta ahora. El dolor nuevo que anuncia mejoría más tarde, vale la pena. Es todo lo bueno de la gratificación diferida. Pero…
El dolor que conocemos ya lo conocemos. Y cualquier cosa nueva se acumula, nos sorprende, cansa. Y preferimos seguir con lo viejo. Hasta que o nos desespera, o encontramos la motivación para cambiarlo. Prefiero empezar ya. Después igual me va a seguir fastidiando y habré perdido tiempo.
Estar iluminado se supone que se alcanza con introspección y desprendimiento. La primera para entenderse a uno mismo, lo segundo para soltarlo todo. El problema es que nuestro cerebro no está entrenado para ninguna de las dos cosas y el camino a ser una mejor persona está empedrado de nuestros mejores pensamientos.
Tal vez lo más difícil es darse uno cuenta en dónde se falla. Ese bucle infinito de ideas obsesivas que reinician el fuego de los sentimientos dañinos que nos hacen tener dolor. La primera cosa que hay que hacer es fijarse. Aceptar que hay algo malo allí. Y luego mejorarlo. No se puede llegar de un punto al otro sin pasar por un puente.
Yo trato. Con grados variables de éxito. Procuro mantener flexible la mente, aprender de lo malo, encontrar el aguijón en el dolor, no confundir miedo con enojo. La verdad, la luz que he metido a mi vida para lo que me sirve es para alumbrar mis defectos. Y está bien. Al menos ahora los ejerzo de forma consciente.
Ayer en el desayuno, comenté que, por lo menos desde Valiente, Disney y aledaños ha presentado las relaciones mamá/hija como conflictivas, algo qué resolver. Pareciera que no se puede retratar una familia en la que la madre y la hija simplemente se lleven bien. A lo que mi hija respondió: «Mama, es que antes en todas las películas, las mamás estaban muertas»…
Por supuesto que nos reímos demasiado. Porque tiene razón. La mayoría de cuentos comienza con que se muere la mamá y entra la espantosa madrastra a arruinarlo todo. Claro, poco se le reclama al padre que permite que traten mal a sus hijos, pero eso es para otro día. En realidad, yo creo que no es necesariamente el hecho que sean mamá/hija lo que dificulta una relación, sino que es cuestión del crecimiento normal y la búsqueda que tiene cualquier adolescente de encontrar su individualidad. Los hijos necesitan romper con uno y uno de papá (mamá) tiene que poder darles su espacio seguro para que lo hagan. Aferrarse a ellos es la mejor manera de perderlos.
Así que, sí, nos reímos de la respuesta. Y la he estado masticando porque, sin fallar, con la adolescencia de mis hijos, estoy sintiendo esas rajaduras de alejamiento que tienen que hacer. Duelen, pero nos caen bien a todos. Al menos prefiero eso y verlos a dejarlos con una madrastra malvada.
Hace siete años, se cayó un gatito entre un tubo en mi casa. Pasó de sábado a lunes allí, atrapado, hasta que lo pudimos sacar. Lo llevé a revisar y milagrosamente estaba bien. Era pequeño, apenas tenía dientes y se pegó con nosotros de inmediato. Se le escuchaba venir antes de verlo de lo fuerte que ronroneaba.
Los seres humanos convivimos con animales de una forma peculiar. En la naturaleza hay relaciones simbióticas entre especies. O posesiones casi demoniacas como lo que hace cierto tipo de avispas con las hormigas. Pero nosotros a veces tenemos animales sin aparente utilidad alguna. Mis gatos no salen de la casa y jamás han cazado un ratón (sólo una me llevó una culebra viva que maté a zapatazos). Los integramos a la familia, los saludamos, se vuelven parte del ritmo de la casa. Nuestros hijos aprenden a ser responsables de otra vida y a conocer la muerte pronto. (Ya tenemos cementerio de mascotas en el jardín entre una gata y los hámsters.)
El gato rescatado es ahora el indudable espíritu guardián de la casa. Juega con JM, tiene su cama, se esconde cada vez que vienen trabajadores y, en general, es feliz. Espero que haberle dado una buena vida a un animalito que seguramente iba a morir, cuente como algo bueno en mi rueda.
Siempre hay distintos lugares
dónde pararse y ver
todo cambia, depende del ángulo
cualquier cosa deja de ser fea
con la luz correcta.
Para cambiar la experiencia
sólo hay que cambiar de lado.
Ya estoy grande, aunque no he llegado a la edad en que me tuviste. Habías vivido tres vidas ya. No puedo imaginar lo que te hizo la muerte de tu papá cuando tenías seis años. Tal vez ahora podríamos tomarnos un café y platicar de todo lo que me gusta preguntarle a la gente. Conocerte mejor. Tal vez ahora hay suficiente distancia de sentimientos encontrados, esos que se anudan. Con el tiempo, uno alarga la madeja y se desenreda sola.
Quisiera tomarme el tiempo de ir por partes de tu vida. De darte el espacio para soltar.
No imagino cómo sería eso. Hay muchos cabos sueltos y ya no nos dejaron más lazo para atarlos.
O antes. A veces antes. Porque esas horas son mías y puedo perderlas jugando a aprender francés si quiero. Nadie me habla. Me busca. Está bien que no haya sol. Las calles están en verde y yo me voy un rato.
Los humanos somos diurnos. Por mucho que haya personas que reniegan de las mañanas. Nada de nuestros sentidos está hecho para andar parando la cola de noche. Si fuera así, no necesitaríamos luz artificial. Tampoco habría historias de miedo. Lo que no podemos ver, nos asusta. Todo lo siniestro es oscuro. Si uno quiere descansar, las horas dormidas antes de la medianoche cuentan el doble. Y los malos hábitos de protocolos de sueño se pueden revertir.
Tal vez necesito cambiar mis hábitos para ser más sociable. Digamos que trasnochar no es lo mío. Pero sí tengo hasta la ropa lavada, súper (dos distintos), almuerzo, sol y niños listos antes de las 4pm. Hasta que vuelve a comenzar el día.
Todos tenemos la capacidad de cambiar y un impedimento para dejar de hacerlo. La transformación es inevitable. Pero está limitada por las cosas que no podemos mover. Estamos hechos de ladrillos genéticos, culturales, sociales, familiares, que son casi imposibles de derrumbar. Se puede tratar de hacer girar el edificio a un ángulo totalmente diferente. Pero a veces eso no es sostenible.
Harari dice que la persona más feliz es la que mejor conforme está con el marco de su vida. Yo creo que vamos tomando decisiones que nos llevan más adentro en cierta dirección y que regresar a un punto casi cero implica demasiada destrucción. Demasiado esfuerzo.
Claro que se puede. Sólo hay que medir si el precio vale la pena lo obtenido. Y a hacerle ganas a lo que decidamos. Se puede también ser feliz sin todo lo todo que uno quiere.
Quité la alarma de mañana. Es feriado. Tampoco escribo (tanto). Hay momentos pequeños de la vida en que uno puede hacer pausa, sin que sea para algo trascendente. Sólo por ser. Estar.