Soltar el bulto

Me hinché. Casi seis libras en dos o tres días. Me siento como sapo y no hay mucho que pueda hacer más que esperar. Pasa de vez en cuando. La sensación es incómoda, no está localizada y no es necesariamente evidente. No puedo decir: ve, aquí me duele. Y esa falta de especifidad lo hace confuso. Como si no existiera. Pero sí.

En mucho se parece a los sentimientos sin resolver. Nos molestan y no los podemos nombrar y menos sacarlos. Es el recuerdo de alguien sin cara ni nombre que sale en nuestras pesadillas. Es la picazón en la espalda que no alcanzamos. A veces es preferible un golpe evidente a esos fantasmas contra los que no podemos pelear. No se puede golpear el humo. Pero sí respirar y sacarlo. Esparcilo por el viento.

Así que esperaré, respirando, a que se me pase la hinchazón y la incomodidad.

El gusto personal

Nada tan particular como los gustos de comida. La belleza visual tiene parámetros objetivos, matemáticos inclusive. Pero lo que a uno le gusta comer es completamente subjetivo. Como los sentimientos.

Tiene también qué ver con la educación que uno le da a su paladar y lo abierto que está para probar cosas nuevas. Nada tan sin sentido como el instinto de decir que a uno no le gusta algo que no ha probado, pero todos los que vivimos con niños sabemos que esa es la primera reacción. El enseñarles a aventurarse y a no hacer juicios sin evidencia es parte del largo camino que toca para darles las llaves de un mundo más amplio.

Me gusta pensar que ampliarles la escogencia de comida es hacerlos mejores. Al menos tendrán más oportunidades de comer en muchas partes.

No existe

De todas las cosas que no existen

me gusta la forma en que no me has visto

el timbre de tu voz que no dice mi nombre

una mano, la derecha, sin tocar mi muslo debajo de la mesa

el vino que no está en una botella y que no he comprado

esa canción, la que nadie canta, que no nos gusta todavía

el ruido de tus pasos que no se acercan a mi puerta.

Todo eso que no existe y me gusta, es mío.

Mi libro favorito

El niño acaba de terminar Ender´s Game y le traté de dar The Hitchhiker´s Guide to the Galaxy, pero aún no lo entiende. Está bien, cuando se ría de la primera estupidez genial, sabré que ya creció. Porque ese es mi libro favorito. O por lo menos el que pensé que era mi favorito en el momento en el que se lo di. Pero también me recuerdo con cariño de El nombre de la rosa. O de la saga de Dune. O de Anne of Green Gables. Y se me va la memoria de todos los otros que han sido mis favoritos. El problema, o la ventaja, es que con los libros me pasa lo mismo que con la música: me gusta más el que me está gustando ahorita.

Cambiar de cosas favoritas es una ventaja enorme, porque nos mantiene buscando algo más. La gente que se queda parqueada en una época de su vida es como ese adolescente del colegio popular y guapo que ahora de bastante adulto sigue contando las mismas historias porque ya no continuó con su vida. Pensar que lo mejor de tu vida está atrás, es no tener futuro. Tampoco se puede vivir para adelante, porque eso aún no ha sucedido. Y, aunque es algo muy facilón y «moderno» hablar de vivir en el presente, la sencillez de aceptar que eso es lo único que tenemos de verdad es liberadora.

Como no pudo leer el que le di, le pasé The Road, porque es fantástico y cruel y ya tiene edad para leer cosas que lo incomoden. Y yo tengo muchos años para pasarle mis libros favoritos.

Ya hago frijoles a mi gusto

Pocas cosas como la comida para hacer viajes en el tiempo. Por eso atesoramos las recetas de las abuelas. Cuando me regresaron el libro de mi mamá y pude hacer mi pollo con almendras, recuperé un pedazo pequeño de felicidad, de infancia. Hay cosas que definitivamente no he podido replicar, como los frijoles, porque nunca vi cómo los hacía. Y, obvio, no me quedan igual.

Los recuerdos y los gustos tienen un sitio en el presente. Nada mejor que aprender lo que uno realmente quiere. Agregarle lo personal a lo familiar e integrarlo a la tradición es lo que nos hace humanos. El cambio y la permanencia, una torre que se construye sobre uno mismo, la base que le dejamos a nuestros hijos, nuestra trascendencia.

Como los frijoles. Que hoy hice a mi gusto y al de mis hijos. Me va a gustar probar cómo los hagan ellos en sus casas.

La última que uno prueba

Estoy armando un rompecabezas cuya tercera parte es beige. Todas las piezas tienen la misma forma básica. Y sólo me queda ir probando una por una. Hasta que encuentro la correcta.

Probar hasta que encaja puede ser un buen lema para la vida. Otra forma de tener esperanza, tal vez. Vamos probando piezas hasta encontrar la que queda bien y si no queda bien, seguimos. La necedad se llama perseverancia cuando logra su cometido. Es una pura cuestión de consistencia.

Siempre queda una oportunidad siguiente para intentarlo. Hasta que salga. Aunque uno se tarde. Lo peor que pasa es que no venía la pieza en la caja. Pero lograr armarlo casi todo, también tiene su mérito.

Convertir el tiempo

Me toca cambiar un horario al local para una reunión de la niña. Hablo con un amigo que ya vive en mañana y con otra que sólo tiene medio día de diferencia. La forma que medimos las horas tiene más qué ver con el lugar en donde estamos.

Los griegos creían que tres diosas tenían en sus manos nuestras vidas, una madeja qué tejer y cortar. Los budistas lo miran como una rueda de la cual escaparse. Nosotros creo que lo hemos banalizado al número en nuestros teléfonos.

Convertirse en la vida que uno lleva, no el tiempo que uno pasa. Tal vez allí está la eternidad.

El agua que se mueve

El agua que respiro se desprende de la lluvia

que no ha parado en siete días, el mar en el aire,

un sol dormido, tal vez se cansó de vernos.

No es el frío lo que me duele,

es la piel que no se seca.

Las orillas están mojadas, las de adentro y las de afuera,

todo es líquido, se agolpa detrás de los ojos.

Me quiero derretir y sólo logro disolverme

un mar revuelto en mi cuerpo.

Y el agua, que no se sabe estar quieta,

hace marea para tocar tu playa,

imagino la lluvia recogida entre tus manos

me bajo en gotas cayendo desde mis ojos.

Cuando todo esté seco, el agua en su lugar,

el aire con luz, las nubes escondidas,

seré un náufrago que busca otra ola.

No es lo mismo

Mi vida es muy parecida a la de cualquiera y aún así, cuando quiero decir “yo sé, a mí ya me pasó”, me muerdo la lengua. Porque nada es igual, porque aunque lo fuera, no nos sirve de nada el concurso de anécdotas y porque es una cosa demasiado egoísta pensar que porque yo ya pasé por una situación, sé lo que hay qué hacer.

Las experiencias semejantes ayudan para que uno pueda empatizar con el otro. Pero no para dar instrucciones. Los seres humanos no somos sólo algoritmos (aunque casi) que se puedan resolver. Somos más complejos. Hasta la misma creencia que lo somos, nos hace distintos. Sí, el hecho de ser “únicos e irrepetibles” es la condición más repetida sobre la existencia. Y eso debería también servirnos para nosotros. Nunca para hacer sentir de menos a alguien.

Que te cuenten su historia. Aunque la hayas escuchado miles de veces. La narrativa tal vez no te sea nueva a ti, pero sí a quien la vive por primera vez. Y nunca es igual.

Olvidé que era tu cumpleaños

Lo recordé hoy, una semana y pico después y me sentí muy, muy mal. Es interesante cómo nos puede hacer sentir mal un muerto, porque somos nosotros mismos los que le metemos algo que no existe. No hay relación más constante que la que no existe más, y alimentamos de recuerdos. Creo que no me haces falta, lo siento, pero sí siento la necesidad de recordarte, aunque esa idea se me desdibuje entre emociones contradictorias. Estoy segura que hubo cariño, pero no puedo decir con la misma confianza que haya habido una relación qué echar de menos. No tengo una sola pieza en mi corazón que se sienta vacía sin ti. Y eso me da tristeza. Tuve la oportunidad de hacer algo distinto entre nosotros y simplemente no hubo tiempo. O ganas. O ambos. Difícil eras, definitivamente, pero eso no me quita la parte de la responsabilidad que me corresponde. Las relaciones son de dos vías y ahora una está deshabilitada permanentemente.

En fin. Se me olvidó tu cumpleaños, tanto el de tu muerte como el de tu nacimiento que están convenientemente cerca. ¿Se vale decirte feliz cumpleaños? A ti seguro no te es importante y para mí debió haberlo sido. Lo siento.