La medida perfecta

Medimos el infinito en razón del tiempo

cuando es su total ausencia

no se puede medir algo

con lo que está dejando atrás.

Lo mismo el infinito

que concebimos como el espacio sin límites

pero que no podemos imaginar

sin la presión de encontrarle el borde.

Las cosas sin tiempo y sin espacio

son sueños que no terminan

hasta que despertamos.

Y la única medida perfecta

de distancia y tiempo sin límites

es tu ausencia.

Tener que tomar decisiones

Llevo ropa escogida el día anterior dos o tres veces por semana para bañarme fuera de mi casa. Me sucede muchas veces que saco ropa con un clima y al día siguiente hay otro. Lo cual me ha hecho salir con varia capas, casi dispuesta a afrontar cualquier temperatura. Pero… confieso que, parada frente a mi ropa, que ni siquiera es mucha, sí me quedo más tiempo del necesario tomando decisiones que no tienen la menor de las relevancias. Como la cantidad de pensamientos desperdiciados en si me corto el pelo o no.

Todas las cosas que escogemos cobran peaje de energía en nuestros cerebros, que no distinguen demasiado entre una cosa pendeja como qué zapatos ponerme, a qué carrera elegir. Se lleva un proceso de análisis de opciones y se trata de agarrar la mejor, siempre sabiendo que hay un margen para equivocarse y sufrir las consecuencias.

Las peores elecciones, además, no son entre una cosa buena y una mala, sino entre dos de igual categoría, pues es allí en donde no tenemos una inclinación clara. Obvio, la consecuencia de elegir mal el vestido es tener frío al día siguiente, no morir de hambre por no saber qué hacer. Pero igual quisiera no tener que tomar ciertas decisiones tontas todos los días, para poder liberarme y tener más energía y poder hacer mejor papel en las importantes.

Tal vez usar lo mismo todos los días no sea mala idea.

Mañana es miércoles

Y anoche no dormí. La glucosa de la niña horriblemente alta, tengo que pasar una serie de cosas para corregirla, hasta encontrar la razón del fallo de su máquina y la insulina. Dos horas y media después, decidí cambiarle algo en el set de infusión y ya todo se resolvió. El problema no es necesariamente la subida del azúcar, que sí lo es porque no es bueno para ella, sino el no saber desde un principio qué hacer.

Si en todos los retos que enfrentamos, tuviéramos siempre la respuesta adecuada a la primera, no serían tales. De algo valen los experimentos fallidos, los fracasos que enseñan y los golpes de rodillas. Nos dicen por dónde no irnos.

Prefiero empezar por lo simple y escalar a lo complejo, no siempre las cosas necesitan cirugía mayor, a veces sólo una curita y meterse a complicar el asunto puede resultar en un mayor estrago. El ejemplo de matar un zancudo con un martillo, se puede, pero no es lo más adecuado.

En este casi año que tengo de ir poniendo protocolos, ya son cada vez menos las noches como la de anoche y eso está muy bien, porque no aguanto muchas de éstas. Y se me ha quitado un elemento de angustia, porque sé que, aun cuando no tengo la solución de inmediato, la voy a encontrar.

Hay pocas cosas certeras en el futuro. Los problemas y la necesidad de resolverlos es una. Que mañana es miércoles es otra. Por ahora, mi cerebro no puede procesar mucho más.

Saber y saber

He leído y escuchado y hablado y probado mil maneras de llevar a los niños por una infancia productiva y feliz. Sé muchas cosas. A veces no me sirve de nada.

Para tocar un instrumento es necesario conocerlo en teoría. Y practicar y practicar y practicar. A costa de los oídos de todos alrededor. Se equivoca uno muchas veces, masacra la música, vuelve a intentar. No siempre se alcanza la excelencia, pero siempre, con perseverancia, se puede sacar al menos una canción bonita.

Estoy haciendo escalas con mis hijos. Probando y probando. Con la mejor de las intenciones y con todo lo que puedo aportarles. Estoy segura que no siempre van a sonar bien. Pero espero que alguna vez sean una linda melodía.

Las cosas buenas

Fue una semana movida en cuanto a desastres de disciplina con los niños. Ambos perdimos los estribos y eso creo que no debería suceder, pero es lo que pasa y ya.

Siempre hay espacio para cagarla, como ahora mismo que acabo de decirle a la niña que me espere porque estoy escribiendo. Supongo que los psicólogos no tendrían trabajo si no existiéramos los padres. Pero me di cuenta que hay momentos que marcan aún más: los de la recapitulación luego de los desastres. Después de un buen pleito, un hámster muerto y dolores de cabeza, logramos tener un almuerzo en paz, con muchas cosas por hablar.

Cuando al fin se logra tomar consciencia de lo que sucede y sacarle las lecciones, es el momento de agradecer. Yo agradezco que mis hijos miran mis defectos y cómo trato de compensarlos. Nadie somos perfectos (salvo mi madre, que ya está muerta) y sacarle provecho a las lecciones derivadas de lo malo nos puede reivindicar.

Seguimos un poco con dolor de cabeza y seguro los niños tampoco tuvieron un domingo ideal. Pero terminamos la semana con una buena dosis de carcajadas.

Llueve en Chicago

Llueve en Chicago y hace frío

Lo leí en algún lugar 

Y yo siento calor en donde estoy.

Sentada con una taza de café,

Recuerdo que aún no hemos hecho

Suficientes memorias juntos

Para pasar las tardes aburridas

Y entretenerme pensando en tu piel.

En alguna parte del mundo

Alguien se toma un mezcal

Y yo tengo sal de gusano.

Pero la botella de mi casa está vacía.

Tengo el vino que te compré

Me lo beberé yo

Buscando tu sabor en el fondo.

Siento el deseo de sentir frío

Como hace en otra parte

Una excusa para pedirte un abrazo

Que tampoco está aquí.

El resto de años que tengo prometidos

Pero no contados, nadie cuenta los años,

Los saco para enseñártelos

A ver si los quieres.

Pero me quedo el color de mis ojos

Para poder cambiarlo 

Cada vez que me pongo una camisa distinta

Y te los muestro

O para ver si aún sigo allí

Detrás de la piel que cambia.

Creo que me haces falta.

Tal vez sería mejor que lloviera aquí también.

Ocupar espacio

Tengo dos niños que gritan como indios mohicanos haciendo la danza de la guerra, dejan zapatos hasta en la cocina, ocupan todas las superficies planas de la casa y hacen sentir su presencia. Las cosas son mucho más calladas, ordenadas, limpias y aburridas cuando no están, por mucho que nunca vaya a admitírselos mientras paso detrás de ellos haciéndolos que recojan su vida.

Yo puedo levantarme de mi escritorio en la oficina y que nadie sepa que yo trabajo allí, me llevo hasta mi computadora.

Recientemente escuché que las mujeres tendemos a hacernos pequeñas, desde nuestra obsesión por perder peso, hasta nuestra preocupación por no ser molestas. Y confieso que tengo que revisar mi vida. Ocupar espacio emocional en la vida de la gente que tengo cerca, no pasar desapercibida para no incordiar, minimizar las cosas que hago bien. Más aún con mis hijos, sobre todo con la niña, que con el carácter que tiene, lo peor que puedo hacer es apagárselo. Encauzarlo sí, urge.

Lejos está mi casa de aparecer en una revista y, aunque sí necesito que no me dejen el reguero por todas partes, que de pronto aparezca un muñeco en la sala no es tragedia. Es la vida que llevamos.

El engaño

Toqué la piscina antes de decidir si ponerme la calzoneta o hacer elíptica. La sentí tibia. Total engaño, era mi mano la que estaba helada y me hizo percibir distinta el agua a su realidad.

Todo lo que experimentamos pasa por nuestro filtro. No existe lo objetivo, salvo en lo abstracto, sin vivirse. Todo lo que pasa por los filtros de los sentidos ya se vuelve subjetivo. Y lo que no lo hace no existe en términos de la realidad como la conocemos. Una partícula química sólo es un olor en una nariz. Y sólo un cerebro, con asociaciones personales, puede interpretar esa sensación.

El verdadero secreto es encontrar la forma de transmitir esa experiencia propia hacia afuera para poder compartirla. Tal vez no sea objetiva, pero, en mi propio sesgo de vida, me estoy dando junto con mis experiencias.

El agua no estaba tibia, pero al final no me molestó.

Tamaños intermedios

Quiero cambiarme el pelo. Está en esa etapa intermedia en la que no es ni corto ni largo y sólo se mira despeinado. Me lo corté para donarlo, fue un buen gesto del que he renegado tanto que seguro ya le quité todo el mérito. No hay nada qué hacer para remediarlo, más que esperar.

El verdadero problema de las cosas que se quedan a medias es que uno no sabe qué hacer con ellas. O las corta o las deja que sigan y para mientras sólo puede uno observar hacia dónde van. No siempre es bueno terminarlas, y tampoco puede uno saber si el resultado de la espera va a ser bueno. Tal vez por eso me identifico tanto con lo de «no sean tibios».

Las cosas que no se definen molestan, una canción que no gusta, pero que tampoco quiere uno volver a escuchar. O la gente que no es que sea desagradable, pero que no hace lo suficiente para un lado o el otro como para recordar su nombre.

Pero no todo tiene una definición concreta y las transiciones también son importantes. Hasta las que desesperan, como con el pelo.

Nadar

Regresé, por fin, a nadar el sábado. El agua estaba gloriosa, mi resistencia hecha a pura elíptica rabiosa por la necesidad de cansarme me aventó los 750mts y la falta de peso, todo, se conjugaron para que yo no sintiera nada más que la felicidad de estar allí. No pensé en nada, no se me ocurrieron cuentos geniales, no resolví ningún problema. Sólo estuve.

Encuentro pequeños momentos de dejarme ir, los horarios de los niños, los míos, el trabajo, las zanjas que cavo y en las que me meto sola. Tengo el cuerpo lleno de recordatorios acerca de cómo no abrumarme y a veces saber que lo sé, no me ayuda.

El resto del sábado la pasé con la cabeza desconectada por la migraña que me hace escuchar la luz como una pulsación y que me recuerda que seguro tengo dolor, pero que no lo siento. Termino agotada, con ganas de salir corriendo y necesidad de una copa de vino que me va a doler más aún.

Pero nadé y regresaré de nuevo el martes a hacerlo. Tal vez ese día sí se me ocurra algo genial qué escribir.