Porque me aferro a ti para volar.
Suéltame.
Porque mis pasos sólo andan con los tuyos.
Suéltame.
Porque sólo respiro de tu aire.
Suéltame.
Porque hasta en mis noches sueño contigo.
Suéltame. Y nunca me dejes ir.
Porque me aferro a ti para volar.
Suéltame.
Porque mis pasos sólo andan con los tuyos.
Suéltame.
Porque sólo respiro de tu aire.
Suéltame.
Porque hasta en mis noches sueño contigo.
Suéltame. Y nunca me dejes ir.
Tengo un ritual entero para combatir mi inclinación al mal humor, entre el ejercicio, la comida, muchos abrazos a mis hijos y, últimamente, sol. Mucho sol. Corriendo, nadando, o simplemente tirada en una silla. Y resulta que el sol no ha salido desde el lunes y yo ya estoy con la batería casi agotada.
Conocerse uno de dónde flojea como persona agradable ayuda a tapar ciertas carencias, de la mejor forma posible. Si sabemos que cansados gruñimos, pues habría que dormir más. Si el hambre nos hace ser ogritos, tal vez no sea bueno andar en ayunas por la vida. Nos movemos para acelerar procesos químicos que nos alegran la existencia. Escuchamos música que nos sube el ánimo. Nos rodeamos de gente que nos eleva.
O, por lo menos eso deberíamos tratar de hacer. Ya tengo dos días de estar hablando de lo mismo, porque, uno de mis mejores remedios contra el mal humor ha estado escondido detrás de nubes de lluvia y yo no he podido asolearme. Así no me dan ganas de hacer mucho más que quedarme dormida, con la ventaja que hoy mi niña dulce me pidió que la abrazara y nos olvidamos del mundo un buen rato.
Pero hasta en sueños me persigue el mal humor: soñé que me quitaba un diente para ponerme un dragón. Seguro que quiero fuego. O que se vaya la lluvia y salga el sol.
Despertarme antes que suene la alarma es un reto tonto personal. Tal vez alguna vez leí que era bueno. Eso y despertar con los ojos cerrados. No sé. Se ha vuelto en algo diario y casi siempre lo logro. Bajar la ventana del carro cuando paso al lado de árboles al amanecer para escuchar a los pájaros comenzar el día. Escuchar música al bañarme. Hacer el desayuno de mis hijos.
El día a día que se suma para dar una vida lo llena uno de cosas pequeñas que repite. Pequeñas costumbres internas que son como el campo sobre el que construimos lo grande, lo «importante». Es el clima de nuestra existencia y elegimos llenarlo de nubes o de sol. Vestimos de forma que nos hace sentir bien, comemos lo que preferimos, nos rodeamos de la gente que queremos. Si no, ¿para qué sacrificamos horas en hacer cosas que no nos agradan del todo? Estudiamos para tener una ocupación, aprendemos a gustar de la soledad para ser mejor compañía, reparamos nuestros corazones para poder amar con más fuerza.
Mi pequeña existencia la tengo llena de rituales que me ayudan a sobrevivir a mí misma. Así puedo afrontar las cosas grandes. O, al menos, tengo un orden a dónde regresar cuando todo se va al caño.
Escribo para no pagar terapia (aunque ya la pagué, sí sirve eso). Escribo para sacarme las palabras que me hacen presión en la cabeza. Escribo para vaciar el corazón. Escribo para darme una luz a mí misma de lo que me está pasando. Escribo porque me gusta.
Todos tenemos una forma de expresarnos en la que vamos plasmando los momentos de nuestras vidas. Pero lo hacemos también para dejarlos como una marca, un recordarorio, un cuento. Y así construimos nuestros recuerdos y nuestras vidas mismas. De lo que nos decimos a nosotros mismos. Las cosas rara vez son como las recordamos, pero eso es irrelevante. Lo que queda grabado en nuestra cabeza, eso es lo que nos mueve o nos detiene.
Escribir, pintar, bordar, meditar, salir a bailar. Lo que sea que hagamos para integrarnos con nuestras vidas y poder darle un hilo conductor a las historias que se traducen en la memoria que nos queda. De eso se trata.
Lo mejor sería aprender a almacenar sólo las que nos ayudan a trascender. Lástima que a veces se nos cuelan algunas de terror. También para eso escribo, para exorcisarme. No siempre funciona.
Hace poco, me contaba un amigo que no tiene WhatsApp ni Telegram. «¿Y cómo te hablas con la gente?», le pregunté, horrorizada. Pausa. Incrédula. «Pues, por teléfono», me respondió de lo más natural. Y me quedé completamente sorprendida.
Yo ya casi no hablo por teléfono con nadie. Me siento invadida cuando entra una llamada de alguien con el que no quedé de hablar. Como si fuera obligatorio contestar el teléfono. Los mensajes de texto me parecen mucho más amables: se pueden contestar cuando uno quiera.
El problema verdadero no es, en sí, el vehículo de las palabras, sino la capacidad de ser entendidas. Con la emoción que llevan. Y, de forma ideal, la intención con la que se dicen. Todos hemos visto esas conversaciones entre dos personas que no se entienden ni con dibujitos. O hemos participado activamente en una.
El lenguaje deja de tener sentido cuando ya no comunica la idea del que lo envía. Cuando el canal está tan dañado que deja escaparse la verdadera intención y permite que se contamine de cosas externas que no vienen al caso. Encontrar que, no importa qué y cómo uno diga algo, se recibe como una patada entre las cejas, es desgastante y hace que las relaciones terminen a un lado del camino.
Yo prefiero escribir, porque puedo revisar mis palabras antes de enviarlas. Aún así, no siempre soy clara. Porque sólo puedo controlar mi parte del mensaje. Estoy comenzando a pensar que la idea de los dibujitos no es tan mala después de todo.
Porque nos dolemos.
Porque nos amamos.
Porque nos extrañamos.
Porque estamos alegres.
Porque estamos tristes.
Lloremos porque podemos, porque nos sale, porque los ojos dicen más de lo que pueden las palabras.
Lloremos porque es bonito, porque es feo, porque es lo que podemos hacer.
Y, luego de llorar, sigamos riéndonos como siempre.
Vacaciones de los niños y los tengo conmigo todo el día. Todo. El. Día. Y, creo que por primera vez en mis 9 años y pico que tengo de ser mamá, me los estoy gozando. Verdaderamente. Un poco estoy cosechando tanto año de tenerlos militarizados y que me hacen caso siempre-ish. Otro es consecuencia que, a mi avanzada edad, también ya me tomo las cosas un poco más relajadas.
Aprender a educar humanitos es algo que jamás se tiene seguro si se hace bien. Es más, lo seguro es que uno está haciendo algo mal. Y está bien. Porque si pudiéramos hacer seres perfectos, creo que no necesitaríamos existir. El reto es dar uno más de lo que cree que puede. Porque hay noches en vela y días en los que uno sólo quiere estar solo y decisiones que ya no puede tomar sin considerar a terceros y discusiones eternas diarias de por qué no le compro teléfono… Los duerme uno, respira pidiendo que no se levanten vomitando a media noche y a volver a repetir el proceso al día siguiente. Y así. Hasta que se acaba. Y se acaba muy rápido. Qué alegre. Y qué triste.
Por el momento, en tres días ya les pinté el pelo de colores, jugaron hasta cansarse en la piscina, dejé que le echaran pinta labios morado a la niña y comimos en una cafetería lo que ellos quisieron. Y les dije que no comieran con la boca abierta, que bajaran los codos de la mesa, los llevé al karate, los hice bañarse y, no, no les voy a comprar un teléfono. Porque he aprendido a decir que sí a más cosas, pero no a todas. Y está bien. Aún me hace falta mucho de las vacaciones.
Tengo examen de karate en tres semanas. Es una meta que me pone nerviosa. El cinta negra con más años de entrenar en el dojo tiene examen la otra semana. Esta cosa no se termina nunca, hasta que uno mismo decide terminarla.
Pero hay muchas otras cosas que sólo tienen éxito cuando terminan: el colegio, una carrera, la universidad… Finalizan y toca pasar a lo siguiente. Ordenadito y cerrado, así como no es la vida.
Porque la vida termina sólo cuando terminamos. De allí seguimos siempre cambiando y pasando a más. O deberíamos. Terminamos con las cosas que ya no nos hacen crecer. Terminamos con las relaciones que ya sólo nos hacen daño. Pero nunca terminamos de ser nosotros mismos.
Lo más divertido es que a veces terminamos con algo, para volver a comenzarlo, sólo que diferente. Uno aprende eso muy rápido cuando se es papá y pasan cerrando cada etapa. Y son las mismas personitas, pero van cambiando.
Poder trasnfomarnos, aún con las mismas piezas. Tal vez esa es la lección más importante que nos toca hacer nuestra. Y tal vez cuando ya nos la sabemos bien, es que se termina esta cosa. Mientras tanto, sigo aprendiendo mis katas. Porque nunca terminamos.
La culpa de que yo siempre quiera hacer dos cosas a la vez es de mi mamá, que me ponía a bordar mientras mirábamos tele. Claro que yo lo llevé al extremo y me bañaba leyendo (apoyaba el libro entre el shampoo y el rinse), entre otras cosas. En ninguna clase he podido poner atención sin rayar un cuaderno. Y pocas veces estoy por completo en donde estoy.
Tenemos más capacidad de hacer conexiones neuronales internas que en recibir información de afuera. Pareciera que estamos diseñados para llevar vidas más interesantes dentro de nosotros mismos.
Además, nos distraemos tan fácil… Niños persiguiendo cosas brillantes y llamativas, queriendo exprimirle hasta la última experiencia a la vida, porque no sabemos qué pasa en el próximo minuto.
Y nos pasamos así, entre cosas que imaginamos y que no existen y en dividir nuestra atención porque tenemos demasiado a nuestro alrededor. La meditación se supone que ayuda a situarse en el «aquí y el ahora». No hay mejor ofrenda en una relación que la atención activa. Ni mejor forma de quitarse el mundo de encima que soltar todo eso que nos ocupa el cerebro.
Me gustaría vivir así, aunque sea cinco minutos. No estoy segura de aguantar más.
Toda mi vida he tenido una relación muy mala con mi peso: siempre quiero menos y el ingrato regresa. Nunca se me sale de control, pero sí me pasa que, por mí, aplicaría el dicho de la Sipson: «nunca se puede ser suficientemente rico, ni suficientemente delgado». El problema es que mi cuerpo no opina lo mismo, le doy un poco más de peso en el ejercicio, tomo un poco más de vino y ¡zas! se ensancha a sus anchas y, pues, aquí me tienen, sabiendo que me tengo que volver a amarrar (más) la boca. Ooootra vez.
Y es que todos tenemos un punto de inflexión en el que nos gusta estar, pero que nos es casi imposible sostenernos. Como si la vida entera se viviera sobre la cuerda floja, en la que todo se trata de sostener un balance y todo conspira para que lo perdamos. ¿Que si nos gusta un tipo un poco? No es suficiente, nos enamoramos hasta el tuétano. ¿Que si hoy sólo voy a tomar un poco? Mentira, nos ponemos hasta las manitas. ¿Que si ahora sí vamos a correr sólo dos veces? Terminamos inscritos en una maratón (yo no, conste).
El término medio ese del que hablaban los griegos uno sólo lo pasa rozando de vez en cuando mientras nos paseamos de un extremo al otro. Nos hamaqueamos entre círculos viciosos y virtuosos, tratando, por una vez tan siquiera, poder sostenernos en la cima por más de la décima de segundo que pareciera suspendernos en el aire. Y, pues, no. Es imposible.
Tal vez la meta sea que nuestros extremos no sean tan distantes y poder pasar más veces por el medio. No engordar diez libras, sino dos. Tal vez. Y, tal vez, lo que tengo que hacer es dejar de tomarme una botella de vino yo solita. Tal vez.