Tengo un ritual entero para combatir mi inclinación al mal humor, entre el ejercicio, la comida, muchos abrazos a mis hijos y, últimamente, sol. Mucho sol. Corriendo, nadando, o simplemente tirada en una silla. Y resulta que el sol no ha salido desde el lunes y yo ya estoy con la batería casi agotada.
Conocerse uno de dónde flojea como persona agradable ayuda a tapar ciertas carencias, de la mejor forma posible. Si sabemos que cansados gruñimos, pues habría que dormir más. Si el hambre nos hace ser ogritos, tal vez no sea bueno andar en ayunas por la vida. Nos movemos para acelerar procesos químicos que nos alegran la existencia. Escuchamos música que nos sube el ánimo. Nos rodeamos de gente que nos eleva.
O, por lo menos eso deberíamos tratar de hacer. Ya tengo dos días de estar hablando de lo mismo, porque, uno de mis mejores remedios contra el mal humor ha estado escondido detrás de nubes de lluvia y yo no he podido asolearme. Así no me dan ganas de hacer mucho más que quedarme dormida, con la ventaja que hoy mi niña dulce me pidió que la abrazara y nos olvidamos del mundo un buen rato.
Pero hasta en sueños me persigue el mal humor: soñé que me quitaba un diente para ponerme un dragón. Seguro que quiero fuego. O que se vaya la lluvia y salga el sol.
