Pequeños rituales

Despertarme antes que suene la alarma es un reto tonto personal. Tal vez alguna vez leí que era bueno. Eso y despertar con los ojos cerrados. No sé. Se ha vuelto en algo diario y casi siempre lo logro. Bajar la ventana del carro cuando paso al lado de árboles al amanecer para escuchar a los pájaros comenzar el día. Escuchar música al bañarme. Hacer el desayuno de mis hijos.

El día a día que se suma para dar una vida lo llena uno de cosas pequeñas que repite. Pequeñas costumbres internas que son como el campo sobre el que construimos lo grande, lo «importante». Es el clima de nuestra existencia y elegimos llenarlo de nubes o de sol. Vestimos de forma que nos hace sentir bien, comemos lo que preferimos, nos rodeamos de la gente que queremos. Si no, ¿para qué sacrificamos horas en hacer cosas que no nos agradan del todo? Estudiamos para tener una ocupación, aprendemos a gustar de la soledad para ser mejor compañía, reparamos nuestros corazones para poder amar con más fuerza.

Mi pequeña existencia la tengo llena de rituales que me ayudan a sobrevivir a mí misma. Así puedo afrontar las cosas grandes. O, al menos, tengo un orden a dónde regresar cuando todo se va al caño.

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