La vida en espera

Yo creo que paso la mayor parte de mi tiempo esperando que pase algo: que lllegue el bus de los niños, que sea hora de irlos a recoger al curso, que los pasen en el doctor… son momentos transitorios entre una actividad a otra. Termina una sentada, con el teléfono en la mano y poca movilidad.

Cuando se es niño, esperar es una tortura. Queremos estar en constante movimiento. Más si nos acostumbraron a que nos tienen que entretener. Momentos de no hacer nada, nos molestan como varas de bambú bajo las uñas.

Lo cierto es que siempre estamos esperando que suceda algo. Y a ese algo se sucede algo más. Porque la vida no tiene una sola meta más que la muerte. Todo lo demás es un constante cambio de estado.

Habría que aprender a disfrutar el simplemente estar cuando hay que esperar. Ahora me acompañan mis palabras y el momento que me escapo de mi entorno para escribir. Pero también he aprendido a disfrutar de la espera en sí. Se puede sentir la vida alrededor de uno. Fijarse en la demás gente. Hasta escucharse uno mismo y sus pensamientos.

Por eso, aunque diga que estoy dejando lo que me queda de juventud en el tráfico, puedo aprovechar a dejar que mi mente cocine las ideas que luego saco. Para eso también sirven los consultorios.

Sellos

Últimamente he estado poniendo de foto de perfil la impresión del sello que me compré. Era un puesto en un mercado de artesanías que me llamó poderosamente la atención por la mesa llena de las figuras de barro. Resultaron ser sellos con símbolos. Desde pequeña me han fascinado los sellos y cualquier otra cosa de escritorio que exista. Gusto heredado y exacerbado.

Como seres humanos sublimamos muchos aspectos mundanos, tanto de nuestro carácter, como de nuestras actividades y de las cosas que nos rodean. Puede ser una búsqueda de trascendencia. O establecer la importancia que tenemos en el hoy. O un atajo para entendernos a nosotros mismos. Por eso nuestra existencia misma está rodeada de símbolos y rituales y enigmas y representaciones.

Las mismas palabras que utilizamos son receptáculos que llenamos de emociones y recuerdos, compartiendo algunas con las personas más cercanas a nosotros. Sirviendo como brechas de falta de entendimiento con otras.

Los símbolos ayudan a conferir, en un cortísimo espacio, un océano de significado que nos sería muy trabajoso hacer cada vez. Señales de tránsito, luces en semáforos, rótulos en paredes… Emoticones, stickers, hashtags… Poesía, cuadros, fotos… Escudos de armas, banderas, himnos…

En estos tiempos de abundancia de facilidad de comunicación, en el que nuestra peor tragedia es no poder escribir en más de 140 caracteres, hemos perdido el imperativo de darnos a entender por medio de representaciones. Pero sigue siendo algo casi místico que nos puede transportar a un estado diferente con muy poco esfuerzo.

Así como mi sello. Que significa «muerte», y que, en la cultura Náhuatl, es el símbolo de reflexión previa a la creatividad. Perfecto para lo que me gusta hacer ahora.

Encontrar pertenencia

Hay ciertos grupos en la vida a los que uno llega sin haberlos escogido: la familia, el colegio/universidad, el trabajo. Allí hace uno gala de su empatía (los que la tienen) y de su sociabilidad (ídem) y se acopla, o no, a lo que le haya tocado a uno. Mi nivel de éxito en esas circunstancias es escaso.

Pero hay otros grupos que se unen por pura afinidad de intereses: música, literatura, deporte. Y eso hace que ya haya algo en qué resonar. Es encontrar un sentido de pertenencia que hace una verdadera comunidad. Es lindo saber que hay una forma de sociedad a la que uno puede recurrir como apoyo.

Me pasa con mis amigas, con las que hemos hecho tal conexión que podríamos vivir juntas. Con el grupo del karate, con el que compartimos una energía especial. Con la familia que he hecho para mí.

Necesitamos conectar con la gente a nuestro alrededor, no en igual grado de profundidad, por supuesto. Los seres humanos necesitamos compartirnos, porque nuestros talentos sirven mejor cuando se ponen al servicio de los demás. Y, también, es rico saber que uno es parte de algo más grande, con más trascendencia que la de uno solito.

Crear

Cuando hacemos algo nuevo

morimos a lo anterior

y nos renovamos.

Aunque duela

(y siempre duele)

lo hacemos a pesar del dolor.

Porque no podemos dejar de crearnos.

Porque si lo hiciéramos,

si nos quedáramos estáticos

allí sí moriríamos para siempre.

Y una taza de café

Las vacaciones de lo niños son un período de readecuación de horarios y rutinas. Principalmente porque los tengo que llevar y traer al curso. Pasamos mucho más tiempo juntos, almorzamos más temprano y tenemos menos presiones de estar rápido en alguna parte.

Y nos exasperamos más entre los tres, se pelean más entre ellos dos y tengo menos tiempo para mí. En las vidas estructuradas, las variaciones pueden verse, o como desastres que lo arruinan todo, o como pequeños oasis de frescura y novedad.

De forma realista, los cambios son ambas cosas a la vez. Nos empujan a salir de nuestra comodidad y eso se siente horrible. Pero, una vez fuera, nos permiten ver con nuevos ojos lo que nos rodea. Y tampoco tienen que ser radicales. Sólo porque no tienen colegio, no quiere decir que se acuesten a la media noche. Los horarios de división del día no dejan de tener vigencia. Nos sirve a todos conservar alguna medida de continuidad de nuestras vidas.

Por supuesto que a mí me toma como una semana reestablecer una rutina que me tranquilice. Ni siquiera he podido nadar. Pero me siento con ellos a almorzar y me disfruto hacerlo más relajada, sin hablar de tareas pendientes. Hasta me da tiempo ahora de tomarme una taza de café.

Adolescencias Infantiles

A la pobre niña se le están cayendo dos dientes a la vez. Lo más divertido es que no son simétricos: uno está abajo del lado izquierdo y el otro es el diente de enfrente, arriba del lado derecho. Estamos en etapa de transición entre ser una niña pequeña y una personita más independiente. Y se nos está haciendo un poquito doloroso. Por un lado, me hace voz de bebé, lo cuál me puede desesperar y, por el otro, quiere hacerlo todo sola.

Todas las transiciones, al parecer, son dolorosas. Por eso cada cambio de década cuando cumplimos años es un acontecimiento portentoso que marca una época distinta. Como si, de un día al otro, sólo porque cambia el numerito, cambia toda la esencia. Nuevos trabajos, nuevas amistades, nuevas casas, nuevos horarios. Todo nos saca de nuestras zonas cómodas y nos sacuden.

Hay dos formas de aceptar estos cambios: nos relajamos y seguimos la corriente, haciendo que nos fluya mejor lo diferente; o nos atrancamos y resistimos y quebramos ante la avalancha inevitable. Está bien querer conservar las cosas que más nos gustan, pero hay algunas que necesariamente se tienen que dejar ir. No es resignación lo que se necesita, es alegría y emoción ante cosas nuevas, verle lo bueno al futuro.

Este año que viene le toca a Fátima entrar a prepa, usar uniforme, llevar bolsón, traer deberes… Son muchas primeras veces para una niña tan pequeña. Y estoy segura que todo eso está pesando en su corazoncito. Si tengo que confesarlo, a mí tampoco me va muy bien con las transiciones y también me dan ganas de resistirme. Pero me he pegado ya suficientes trancazos contra lo inevitable como para por lo menos hacer la prueba de relajarme y disfrutar la corriente.

Regresar al Centro

Acabo de probar un baklava que me supo a los que me hacía mi mamá para mis cumpleaños.  Un pequeño pedazo de nostalgia y cariño y tristeza y dulzura en dos bocados que aún llevo en mi corazón. Fue un momento feliz.

Cuando pensamos en un lugar que nos da paz, generalmente regresamos a un momento de nuestra niñez en la que estuvimos entre los brazos de alguien que nos quería y que nos hacía sentir que todo en el mundo iba a estar bien. Que podíamos escondernos del Lobo cerrando los ojos. Que la vida tenía solución porque estábamos agarrados de la mano de alguien fuerte que podía contra todo.

Luego nos rebelamos en contra de esa seguridad, las hormonas empujándonos a separarnos de quien nos protege, porque tenemos que aprender a volar. Las confrontaciones adolescentes, si se conducen y resuelven bien, tienen como resultado un ser autónomo, que puede ver los peligros de la vida con los ojos abiertos y enfrentarse a ellos para salir victorioso.

Ya de adultos, cuando se nos agota esa energía desafiante y tenemos encima años de lucha y recompensas y cicatrices y ausencias y compañías, añoramos por un momento poder sentarnos sobre las piernas de alguien más sabio y fuerte que nos proteja. Que nos diga que todo está bien.

Para los que ya no tenemos vivos a nuestros padres, esa ilusión murió con ellos. No hay vuelta al hogar de antes. Pero nos queda el hogar que hayamos podido crear, donde nos reciben con los brazos abiertos y una sonrisa feliz. Donde hay dos pares de brazos pequeños que se sienten seguros y tranquilos entre los nuestros. Y otro par más grandes que nos envuelven con amor y que, aunque no pueden asegurarnos que todo vaya a estar bien, sí nos pueden ofrecer compañía para enfrentar lo que se presente.

Caminos alternos

Le acabo de contar el cuento de la Caperucita Roja a JM. La versión moderna, menos macabra que la original en la que se comían a la abuela y a la niña sin vuelta atrás. Sin entrar a por qué servía de moraleja el cuento, siempre me pareció un detalle súper curioso el que se volviera culpa de la niña el distraerse en el camino con flores y mariposas y no pudiera llegar rápido a la casa de la abuela. En otras versiones, el lobo la engaña y le dice que se vaya por un atajo el cual resulta ser el camino más largo. De cualquier forma, la niña igual llega a su destino, con más flores en su canasta que lo que tenía antes. (Dejemos del lado el hecho que hay una masacre después, igual iba a suceder.)

Hay formas de llegar más rápido a las metas que nos proponemos. La sistematización de procesos sirve precisamente para hacer más eficiente la obtención de ciertos resultados. En matemática, el camino más corto entre dos puntos siempre es una línea recta. Para hacer un pastel, hay que seguir la receta sin cuestionarla, es un proceso químico delicado. Pero la vida es complicada y desordenada y caótica y confusa y no siempre se puede sumar dos más dos para obtener un cuatro.

Hay demasiadas variables que se escapan de nuestro control, cosas que cambian, personas que se alejan y hay que pararse un momento en el camino para reajustar el rumbo. O simplemente para recoger las flores que se nos presentan. Las metas son excelentes, cuando son faros hacia algo grande, como «la felicidad», o «ser mejor ser humano». Cuando lo que buscamos es trascender de los defectos que nos habitan, podemos encontrar varios caminos para lograrlo. Algunos más fáciles que otros. Lo divertido es que no siempre llegamos a donde queremos por el camino fácil, cae bien atravesar desiertos y escalar montañas y cortarse las manos y ampollarse los pies. La meta última de la vida es haberla vivido plenamente y eso rara vez se logra sin heridas y cicatrices.

Por mucho tiempo pensé que tomar el camino largo era un desperdicio de tiempo. Ahora empiezo a ver que hay varias maneras de llegar a lo mismo. Y, también, que puedo detenerme a recoger más de alguna flor.

Complejidades simultáneas

Comenzando con una de mis patéticas historias de cuando era adolescente, a mí no me sacaban a bailar en las fiestas de quince. Era frustrante. Allí estaba yo, toda arreglada, viendo cómo todo el mundo bailaba menos yo. Sinceramente me han dado miles de explicaciones, unas más satisfactorias para mi ego que otras, pero ninguna cambia la realidad del recuerdo. No me sacaban a bailar. Y bien pudo haber sido enteramente mía la culpa.

Yo me sé complicada. La cabeza me da muchas vueltas sobre una misma idea, hasta que, o la desmenuzo o la mareo. Mis entusiasmos son intensos y cortos. La duración de mis emociones no es la más estable. Y, entre todo, prefiero estar guardada de mi corazoncito a sacarlo a pasear.

Y todo eso no sirve de excusa para nada. Todos tenemos pequeñas (o grandes) aristas de nuestras personalidades que hacen que raspemos un poco con el trato. Nuestra responsabilidad como personas que queremos tener relaciones duraderas es limar esas aristas lo más posible, encauzarlas hacia algo positivo, aprender a ser empáticos. Salirnos de nuestras propias mentecitas y abrirnos a las necesidades de los demás, nos hace automáticamente más agradables. También, nuestros defectos nos mantienen centrados: si los podemos reconocer, aceptamos que los demás también los tienen y aprendemos a querer a la gente a nuestro alrededor como es.

Encontrarle lo bueno a cualquiera sólo requiere de un poco de atención e interés. Todos tenemos por lo menos una historia interesante qué contar, un sentimiento genuino qué compartir, una aventura qué planear. Esos momentos «simpáticos» que nos marcan, como el estar sentada en una silla hasta la media noche, nos hacen como somos y nos enseñan a salirnos de nosotros mismos. En mi caso, me enseñó a sacar a bailar a mis amigos. Poco convencional, pero por lo menos no me quedaba frustrada.