Habemus estudio

Año y medio después, aún no tenemos la licencia de construcción de la casa. He aprendido a vivir con esa parte de mi vida en suspenso, como si existiera en una dimensión alterna en la que no pasa el tiempo. Eso me tiene extremadamente feliz, por supuesto. Los pobres niños siguen durmiendo juntos, tengo la biblioteca de manualidades entera en mi cuarto y no hay un espacio de la casa en el que no haya una cosa fuera de lugar.

Entre eso, el estudio mítico de la casa, servía de bodega de fácil acceso para cualquier fauna de cosas, desde bicis, hasta herramientas. Y, para mientras, mi marido haciéndome cara de niño abandonado pidiéndome un espacio propio. Y yo haciéndome la bestia.

Estoy en negación. Total. No quiero mover un dedo más en la casa porque no veo que avance. Hay situaciones que nos sacan por completo de nuestro eje. El mundo deja de girar en la dirección que llevábamos. Da vértigo. Dan ganas de bajarse. De no hacer nada. Y resulta que es imposible. Porque la vida continúa y ni modo que uno se va a ausentar de ella sólo porque las cosas no están saliendo como uno quisiera.

Aprender a sacarle lo mejor a cualquier situación en la que uno esté, es de las lecciones más duras que he tenido que aprender. Pero porque me he resistido. Y no tiene ninguna razón de ser.

Sacamos las repisas, las cajas, carruajes, bicis, pinturas… (Están regadas por toda la casa, ni me pregunten.) Pero el estudio está disponible y el hombre lo ha estado pintando feliz. Es un paso. Pequeño. Que ha hecho una enorme diferencia.

Predictibilidad / Espontaneidad

Mi vida entera se pasa entre mi natural inclinación hacia lo metódico y estructurado y mi anhelo por algo inesperado. O sea, quiero mis horarios y mis planes y mi orden y mi universo girando al compás de mis órdenes. Pero me aburro y me desespero y siento que me ahogo y quiero salir corriendo a donde no tenga yo que tomar una sola decisión.

Roy H. Williams citando a una amalgama de personas, llega a la conclusión que, el contrario de una verdad profunda es otra verdad profunda. Algo así como que la justicia no es lo contrario de la injusticia, porque uno nunca diría que lo segundo es bueno. Es que la justicia es contraria a la misericordia y ambas son buenas y deseables y se queda uno a veces bien jodido sin saber qué elegir.

Los humanos somos lo suficientemente complejos como para movernos entre dos cosas buenas que no son complementarias y vivir. Vivir felices. Porque resulta que es cuando uno sólo se queda de uno de los lados de la balanza, que ésta se desnivela. Yo no puedo siempre ser «justa» con mis hijos, porque ellos necesitan de mi suavidad.

Y tampoco puedo pretender todo el tiempo tener en mis manos los hilos que manejan mi vida, sin cansarme. Tal vez el truco de magia está en crear los espacios que permiten que las cosas grandes funcionen como reloj y pequeñas burbujas aisladas, pero no menos importantes, salgan flotando a donde quieran y me lleven un rato a pasear. Siempre sabiendo que éstas se revientan y hay que regresar a la normalidad. Lo cuál, también está bien.