Regresar a la normalidad

Las vacaciones de mis hijos empezaron ayer. Llevan ya dos semanas sin colegio, pero los he tenido bajo mi (zapato) supervisión todo el día. Pasaron una noche donde mis primos que son como mis papás y estuvieron gloriosos. Tele, helados, tele, desvelos, juguetes, tina, cereal, leche… No sé. Entiendo que es rico salirse de la rutina.

Cuando yo era pequeña, me iba una semana en vacaciones a la casa de una amiga sin horarios… Y regresaba a casa ansiando tener rutina. Para bien o para mal, uno tiene una zona de confort. Es necesario salirse de ella para lograr cosas fuera de lo común, pero, creo yo, también es bueno tenerla para partir de un punto de referencia.

Así con todo. Ya lo he dicho otras veces, Picasso decía que hay que saberse bien las reglas para poder romperlas. Pregúntenle a un buen chef, les dirá que hay que aprenderse las salsas bases, esas que se llaman las «madres» para poder innovar.

Saltar desde un punto desconocido nos deja sin rumbo. Apoyarse en algo que está afianzado, nos da la dirección de donde queremos ir. La rutina sirve como ese muelle.

Hoy los niños duermen en la casa y mañana comienzan una semana entera donde sus abuelos. Veremos cómo nos va.

Y eso ¿para qué?

Ah, las ansiadas vacaciones… Los dos mejores días de las mamás son el primero y el último, por lo menos eso decía mi mamá. Esta vez no llegué ni al primero. Ya pasaron castigados desde la primera semana. Y no es (necesariamente) por mi falta de paciencia, es que se ponen especialitos de la falta de rutina.

Tener una vida regimentada tiene amplias ventajas, sobre todo porque libera la mente para pensar en cosas más importantes que «qué me voy a poner hoy», o «a qué horas voy a comer». Si no, pregúntenselo a cuaquier padre con hijos de uniforme. La maravilla de no gastar de más, de no perseguir las modas, el respiro de no tener que escoger la ropa por las mañanas. La rutina tiene una función muy loable y es quitarnos preocupaciones.

Pero (siempre hay uno, me los he tratado de quitar y no hay modo), no podemos vivir de la rutina, porque nos morimos por dentro. El método no puede ser más importante que la meta. Si la creatividad está ahogada por un horario, hay que quitarlo de inmediato y reinventar el esquema. Las vacaciones sirven para eso, precisamente: sacarnos un rato de lo esperado, hacer que nuestro cerebro se ocupe en otras cosas y regrese al camino con otros ojos.

Todo lo cual no es sencillo para los niños que, ni diseñaron su propia rutina, ni pueden disponer con libertad de su tiempo libre. Se les quita la seguridad de estar entretenidos y se les lanza a un mar de horas vacías que se supone que tienen que llenar. Con razón se ponen insoportables. Y, justo cuando ya le están agarrando la onda al asunto, es hora de volver a clases. En 27 largos días.

La bendita rutina

Al día siguiente del que estoy sentada escribiendo esto, es lunes. Y a mí los lunes (y los jueves, pero eso es otro post), me encantan. Saber que me voy a levantar a cierta hora y que sé más o menos qué va a pasar el resto de mi día, me da paz. Me encanta planificar mi vida en pequeños hitos y que lo «mágico» se desarrolle en los espacios en medio.

La rutina ha adquirido una muy mala reputación y muchos agarran de excusa para sus veleidades, el no querer caer en ella. Cuando es precisamente una rutina tomada como perseverancia, la que nos lleva a la excelencia. No hay músico famoso que no se sangre los dedos practicando las escalas más repetitivas. Desconozco de algún atleta de alto rendimiento que no le meta a sus músculos esa «memoria» que le permite ganar. Ningún idioma fue aprendido sin repetición.

Así también la costumbre de tratarse bien, de saludarse con un beso, de pedir las cosas con una sonrisa, de decir un «te amo» todos los días y de tomarse un tiempo especial como parte de algo constante, sienta las bases sobre las que se construyen las relaciones más formidables.

La rutina nos sirve de puente entre los momentos de despegue loco. Nos mantiene sobre el rumbo que queremos seguir. Hasta nos invita a dejarla de vez en cuando para apreciarla mejor. Este fin de semana (y la semana entera) fue diferente. ¡Qué alegre que mañana vuelvo a mi normalidad!