Una cuestión técnica

Me preguntaron cómo escribir y no supe. Es igual que cómo leer. Se sienta uno y lo hace. Qué más ideas pueden haber que esa. Quisiera tener fórmulas para todo lo que me gusta hacer.

Es igual que amar. Se hace. Tan extraño que resulta no poder dar instrucciones para cosas simples. ¿Cómo le explico a un pez cómo se respira el aire? ¿O a un ave cómo se corre? Pero allí está la magia: el poder llevar a la comunicación de todos los días las cosas que hacemos todos los días. Tratar de escribir una receta es el mejor ejemplo.

Hace poco, le pedí al niño que no usara efectos especiales para hablar, que lo describiera con palabras. Es una pura cuestión técnica: el uso del lenguaje para comunicarse. De otra forma, es lo mismo que pararse a gritar galimatías frente al mar. Pero no es para eso que escribo.

Soltarse

«Las relaciones deberían ser más sencillas.» Pues, ya llevamos más de 20 años de conocernos, uno diría que ya podríamos leernos la mente. Allí está que no. Todavía tenemos que recurrir al arcaico método de hablarnos.

Los humanos nos comunicamos a través del lenguaje. Pero éste es mucho más que sólo palabras con una definición en el diccionario. Primero, a veces no estamos de acuerdo en la definición, luego le encaramamos sentimientos, le unimos recuerdos. Ya sólo con eso hacemos que cada palabra pueda hacernos reaccionar en una forma muy particular. Por último, interpretamos el tono, inflexión y volumen de la voz, junto con los gestos y la proximidad. Y ya nos jodimos.

Cuando uno tiene una relación que quiere que sobreviva al largo plazo, aprender a hablar con claridad es una habilidad útil. Aprender a recibir lo que nos dicen sin buscarle tres pies al gato es una destreza vital para sobrevivir emocionalmente y que las cosas vayan avanzando.

Llegar a una discusión acarreando resentimientos, malos recuerdos y desconfianzas, alimenta la paranoia. Por algo le dicen a uno que siempre se habla de lo concreto y nunca se dice «es que siempre pasa xx».

Es triste que uno de verdad no se pueda enchufar al cerebro del otro para que todo quede completamente. Cansa tener que tener una de «esas» charlas. Pero resulta que eso no es complicado. «Esto es sencillo. ¿Has visto la mara que se tira los platos?» Pues sí. Más fácil hablar.

Un torrente

Tengo un par de días sin niños. Sin gritos. Sin regaños. Sin ruido. Me paso sola con mis libros y mis podcasts y mis proyectos. No puedo decir que me la pase mal. Es más, me ha servido para escarbar mi centro de donde estaba engavetado debajo de los juguetes. Me gusta estar sola. Me gusta estar en silencio.

Hasta que viene mi marido y me salen todas las palabras que no he dicho en el día como agua de una presa rota. Nada trascendental, lo realmente importante ya probablemente lo dije por Telegramm. Es todo ese nudo de ideas y emociones que se juntan en un día normal.

Cuando uno tiene costumbre de estar acompañado, se vuelve de todos los días eso de exprimirse la cuota de palabras que se supone que tiene uno al día. Es lo que nos hace crecer con las personas con las que vivimos. El punto de compartir un espacio físico con alguien es que lo conozcamos a diario. No sirve la cosa si me tengo que sentar con uno de mis peques y averiguar qué ha estado pasando en su cabeza y en su corazón los últimos seis meses. O que lo sepa por dónde está el camino emocional de mi marido. Tampoco funciona no expresar cómo me siento.

El chiste de vivir es que cambiamos. La función de tener pareja y familia es conocer ese cambio y adaptarnos todos.

Y el resultado de pasar sola todo el día es marear al pobre hombre cuando viene a la casa.

El arte de desahogarse

Imposible saber qué le pasa a otra persona aunque la mire uno todos los días. A veces quisiera meterme en la cabecita de mis hijos para entenderlos, la comunicación con ellos todavía no está del todo establecida (seguirles el hilo narrativo entre vacíos de lenguaje, constructos gramaticales simpáticos y efectos especiales, es una adivinanza). Pero hay que aprender a abrirse, quedarse quieto y callado y entrever el sentido último de lo que quieren contar.

Escuchar y aprender son importantes. Uno se hace merecedor de la confianza de los demás con ese tipo de actitudes. Se vuelve un magnífico hábito. Y llega el día en el que hay que darle la vuelta a la moneda. Si uno quiere tener relaciones profundas, también tiene que aprender a sacarse lo que uno piensa.

Difícil pasar por la vida lamentándonos que «nadie nos comprende», si jamás nos explicamos. Y no se trata de ir uno revelando su rollo ante cualquiera, porque ni es el caso y a la mayoría poco le importa. El asunto es no dejar en gallo a los que sí afectamos con nuestros silencios. Las palabras mesuradas y bien dichas construyen los puentes que nos unen con los demás. Son una luz que ilumina el lugar en donde estamos parados en una relación. Son una caricia que se da de lejos. Un pedazo de nuestra vulnerabilidad que entregamos para mostrarnos.

Desnudar nuestros pensamientos es tan importante como hacerlo con nuestros cuerpos si queremos intimidad. Sólo es cuestión de tener delicadeza para entregar esos paquetes y no tirarlos como piedras contra un cristal.

Mis hijos están comenzando con lo básico: sin ruidos y, si no es algo bueno, no lo digas. Yo no voy mucho más lejos que eso. Pero por lo menos ya escribo.

Estoy de goma

Ayer, después de renovar votos en la Iglesia con mi marido, regresamos a casa con unas amigas a comer pizza y tomar vino. Como siempre, las celebraciones enla casa son sencillas, con mucho cariño. Yo tenía meses de no comer harina y la combinación de la pizza con el vino fue fatal. Dos copas bastaron para ponerme cariñosa, prendérmele a mis amigas cual garrapata y, en general, demostrar afecto de forma poco característica.

Hay muchas formas de demostrar cariño. Las caricias y los gestos afectuosos, cocinar una comida preferida, mensajes con palabras bonitas… Y hay muchas clases de cariños. No todo el mundo percibe de la misma forma un apapacho. Y allí es en donde entra un juego entre la preferencia del que da y la del que recibe ese gesto. Si son como yo, que la proximidad física me pone un poco incómoda y que reservo el contacto para ocasiones especiales, la melosidad es agobiante. Pero, si estar amelcochados es lo suyo, que les den palmaditas en la espalda no es suficiente.

El éxito en la comunicación es que el mensaje sea transmitido y recibido de forma clara y sin ambigüedades. El cariño no es la excepción. La gente a mi alrededor que me conoce y ha aprendido mi lenguaje, espero que sepa que la quiero. Y, también, estoy haciendo un esfuerzo por aprender a demostrar mi cariño de formas diferentes a la cocina y la cama.

Como anoche, que apapaché gente. Aunque fuera con el vino haciendo estragos. La goma de hoy casi vale la pena.

Cambiar juntos

Estamos a punto de cumplir 10 años de casados (tenemos más de 20 de conocernos, pero esa es otra historia) y me parece poco y mucho tiempo a la vez. Mis papás llegaron a cumplir 30 años, pero ni de chiste quisiera acercarme a una relación tan mala como tenían ellos. Y es que llegaron a no conocerse, porque les era imposible hablarse.

El cambio personal no sólo es inevitable, sino que es bueno. Lo que no se mueve, crece y se transforma, está muerto. Igual son nuestros gustos, intereses y conocimiento. Obvio no nos llama la atención hoy lo mismo que cuando teníamos 15 años (al menos eso espero).

Y en una relación ese no es el problema. Lo que jode el asunto es cuando, de un día al otro, uno despierta con un extraño por no haberse tomado el tiempo de hablarle. No vale sólo abrir la boca para pedir comida, saludar o alegar. Se necesita un genuino interés en conocer a la persona con la que uno pretende compartir su vida. El conocimiento alimenta la confianza, refuerza el respeto y aviva el cariño.

La vida es complicada, los horarios son apretados y el cansancio abunda. Me cuesta quedarme despierta después de la 10pm, pero, en 10 años, si pasan más de tres días sin tener una plática de por lo menos media hora con mi marido, me siento un poco perdida. Menos mal tengo el excelente ejemplo de mis papás y de cómo no quiero pasar mi 30 aniversario.