El filo

La cosa más importante en una buena cocina es tener cuchillos con filo. De ese que corta una hoja en el aire. Es más seguro manejarlos cuando se deslizan sin esfuerzo al cortar, se hace menos presión y hay mucho menos riesgo que se resbale y adiós falange. Parece un contrasentido, pero es cierto. Claro, para tenerlos así, hay que darles mantenimiento, porque el mismo uso los va limando. Tomarse un momento para pasarles la piedra también es un acto de cariño.

Lo mismo pasa con la atención, que debe ser enfocada hacia las personas que queremos. Fijarnos en nuestra gente es indispensable para mantener frescas las relaciones. Cuando diluimos el interés, se nos escapan cosas importantes que luego nos pueden lastimar. Por supuesto que toma tiempo detenerse a fijarnos. A regresar a escuchar la voz que nos dice que nos quiere, a dar un beso por las mañanas al despertar a los niños, a ver los ojos que nos pierden. La alternativa es el desvanecimiento en el más aburrido de los casos y el derrumbe en el más aparatoso. Ninguna de ambas opciones es buena.

Yo uso la piedra de afilar navajas que era de mi papá. Les paso los cuchillos con mejor filo a mis hijos cuando me ayudan en la cocina. Y me tomo una pequeña pausa para recordar qué es lo que me tiene feliz en donde estoy.

Preparar

Las cosas que más ricas me salen son las más simples. Requieren únicamente dedicarles tiempo. Como la salsa verde que pasa un día y medio en la olla de cocimiento lento. Yo no necesito estar allí, pero sí hay que planificarse para no sacar la panza y que no haya salsa en qué cocinarla. O cuando quiero comer arroz frito con ajo, sé que debo hacerlo una hora antes, al menos y ya teniendo el arroz cocido. En general, lo que cocino necesita más tiempo y dedicación que ingredientes especiales.

Hay momentos extraordinarios en nuestras vidas que ciertamente nos dejan los recuerdos tatuados. Para eso hay fechas apuntadas en calendarios. Pero si nos ponemos a contarlas, no son ésos los días que forman la mayor parte de nuestras vidas. Éstas transcurren más bien entre momentos que tendemos a dejar pasar como agua tibia entre las manos. No nos marcan.

Al final es lo mismo darse cuenta del aire que entra en nuestros pulmones y hacer el esfuerzo por darle la importancia que tiene, que hacer un buen huevo estrellado. Ningún cocinero que se precie de serlo puede darse el lujo de hacer mal los huevos, por muy sencillos que sean. Debería uno tener el mismo cuidado y planificación para los momentos de siempre.

Más de un color

¿Has visto el azul imposible

del cielo antes de sacar a jugar al sol?

Te enseña la profundidad del universo

el momento cuando estalló.

Salieron todos los colores y ese azul.

No se puede pintar, ni poner en una tela.

También el del mar frente a la playa negra,

cuando está revuelto y no sabes si es gris,

o trae todo el verde del mundo,

mezclado con sal, arena, deseo de romper.

Tal vez ese es el color de la muerte, bello, frío, un poco sucio.

El anaranjado del fuego sobre la madera,

todo calor, peligro, huele a noches juntos.

Y luego está el color que se va,

cuando tú no estás.

Liberar

El último tatuaje que me hice es mi mantra: “El control no es poder”. Me ha costado dolor, desvelos, pérdidas y años aprender qué significa. Hasta que entendí a soltar la ilusión de quererlo todo ordenado y planificado. Las cosas se deben preparar, claro, pero también dejarlas ir. Como una buena salsa verde que lleva los mismos ingredientes básicos con las variantes del día.

La base, lo fundamental no cambia. Pero dudo que un árbol, hasta el de raíces más profundas, pueda y quiera saber exactamente hacia dónde se tuerce cada una de sus ramas. Se vale liberar la necesidad de tenerlo todo de cierta forma.

Me permito cambiar la receta de mis cosas. Puedo hacerlas ricas siempre. Allí está mi poder.

Racional

Hago muchas cosas que parecen no tener causa. Pero si lo escarbo un poco, todo tiene un fundamento. No es siempre el mejor ni el más racional, pero algo de sentido me hace.

En muchos casos, tomamos decisiones emocionales y las vestimos de consideraciones lógicas: yo quiero comprar x o y porque tiene estas ventajas, cuando la verdad es que lo compré porque me gusta el color. No todo debe ser algo tan pensado como para escribir una defensa de tesis. Pero en nuestra vida diaria, encontrar las causas sí es importante. Porque tal vez no estamos haciendo lo mejor para nosotros y no entendemos por qué.

Personalmente, todo lo que hago tiene lógica. Y siempre es bueno encontrarla. Aunque la misma no resuene con los demás.

Mal hechas las cosas buenas

Debo confesar que es primer año de mi vida que forro libros y cuadernos. Mi mamá me hizo los míos siempre y Glenda hizo los de los niños hasta este año. Cómo la extraño… Sobre todo porque me quedan horrendos. Tres cuadernos parecen forrados por un niño de dos años. El resto por uno de diez. No, mentira, mi hija de diez años forró mejor sus cuadernos que yo.

Pero lo estoy haciendo. Hay cosas que mejor terminar, no importa el grado de excelencia, porque ponerse tikismikis sólo impide el progreso. El chiste es que los cuadernos estén protegidos. Lo están. Que tengan cierto color. Lo tienen. Y que los tenga ya. Ya estuvo ya. Desgastarme en la perfección de cosas que no la valen, me quita demasiado espacio emocional y ya de por sí ése es escaso.

Las cosas buenas, como dedicarle el tiempo a mis enanos para forrarle sus libros, hacerles comida, escucharlos, pueden no ser perfectas todo el tiempo. Pero tienen qué hacerse de forma constante para compensar las burbujas de aire y las arrugas en el forro. Espero. Si no, ya tendré el siguiente año para volver a practicar.

Las piedras

Qué difícil ver los cimientos de los edificios una vez están construidos. Pero allí están, sin dudarlo. Nosotros, todos, estamos construidos de igual forma sobre piedras angulares que nos dan forma. Los recuerdos fundamentales de nuestras vidas nos limitan la resistencia que tenemos a los elementos, nuestra sanidad, nuestra felicidad.

La maravilla de ser seres humanos con cerebros plásticos es que podemos cambiar hasta los recuerdos, al menos colgarlos con otros marcos y así, transformar nuestras vidas.

Realmente yo no sabía que una de las experiencias más importantes de mi infancia no la había compartido jamás, hasta que escribí acerca de ella. Ha sido el marco de referencia para mucho de mi comportamiento, creí que la gente cercana a mí la conocía. Y no. Pero ahora que pude hablar de ella, deja de tener el peso de antes y me permite reenmarcarme . Tal vez todo eso sí es una mejor forma de arquitectura.

No saber

No sabemos, al término de nuestros días

cuántas veces no nos escogieron

ni de quién podemos ser

el riesgo no tomado que se lamenta.

Contemplaremos nuestras vidas

con recuerdos de lo hecho

y añorando lo evitado,

sin tener la historia completa.

Alguien más se recuerda

del camino no escogido

y se lamenta

de lo que dejó de hacer.

Ella no, nunca supo.

Una abeja entre el pelo

Admito que cuando las vi paradas a medio camino, con una carreta llena de cosas tapando el paso, mi primera reacción fue de molestia. No es que yo no pudiera hacerme a un lado y rebasarlas, fue toda la narrativa que brotó en automático dentro de mi mente: “en serio la gente no puede hacerse a un lado para detenerse”.

Y es que todos llevamos un guionista que saca parlamentos y nudos narrativos de su bolsa de disparo rápido. Es el mismo que nos alienta a soltar la primera idea (generalmente impertinente) que se nos ocurre acerca de alguien. Por ese poco amable es que muchas veces nos metemos en problemas.

Abundan los desatados en redes sociales, donde la gente cree que conoce a los demás por lo que postean. Si a veces ni a mis hijos conozco sin preguntarles bien qué les pasa, ¿cómo pretender saber lo que está atravesando un extraño a quien seguro no reconozco en la calle?

La chava tenía una abeja tamaño caricatura enredada en el pelo, la mamá, quien llevaba cargado al bebé de la chava, estaba tratando sin éxito de quitársela. Las ayudé. Callé al impertinente. Y recordé mantenerlo en mute.

Cada vez me gusta menos la ropa

O sea, no estoy diciendo que no me guste usarla. Aunque, sinceramente, hay cosas como los zapatos altos que ya deberíamos dejar atrás. Lo que me pasa es que cada vez me parece menos interesante comprarme ropa nueva. Sobre todo cuando las cosas de moda no son de mi agrado. Mi preferencia es por cosas sin adornos y podría bien andar en jeans y t-shirt blanca siempre. Admiro a las personas con un sentido más divertido del estilo y disfruto verlas. Me parece casi mágico cómo algo que a mí se me mira como un saco de penitencia, a otra persona la transforma en realeza.

No estoy segura que la pandemia no haya contribuido a mi desprendimiento estilístico. Probablemente vino a poner aún más énfasis en la falta de necesidad de una décima blusa negra. Pero también se va traduciendo a los ingredientes de mis comidas: no son extravagantes, sólo están preparados con esmero.

Me gusta evolucionar en mis inclinaciones y estar segura que son algo tan indiferente e inocuo hacia terceros, que puedo bien darme el lujo de ir cotra la corriente. Total, si me gusto yo, los demás que hagan cola.