Saber

Te encontraría a mitad del océano

entre todos los carros del mundo

mezclado con mil clones

porque aunque no sepa dónde estás

sé quién eres.

Dejarse llevar

Yo puedo fluir perfectamente, siempre que sepa dónde y cómo. Y no es una broma sin sentido, es que me siento más cómoda soltando, cuando entiendo los parámetros dentro de los que me estoy moviendo. Las relaciones son mucho mejores cuando uno sabe en dónde está parado. Eso requiere regresar a preguntar las veces que sea necesario qué expectativas hay de ambas partes.

Yo me dejo llevar. Cuando tengo confianza en mi compañero de baile. Cuando entiendo qué es lo que quieren de mí y estoy dispuesta a darlo. Cuando tengo una expectativa razonable de conocer la situación. Obvio, nunca nada es totalmente predecible y uno ni siquiera no sabe lo que no sabe. Pero siempre es bueno tener el mínimo de los entendimientos de las reglas del juego.

He aprendido a que no soy yo la única que tiene derecho de decidir hacia dónde se debe mover la pieza. Que puedo dejar que los demás de mi cariño hagan sus movida. Pero sí necesito saber al menos cómo se llama a lo que estamos jugando.

Adaptaciones

Yo sólo he visto la más reciente película de A Star Is Born con Lady Gaga. Pero hay por lo menos tres más. Y cada una ha sido un éxito en su momento.

Como humanos nos encanta contarnos la misma historia. Siempre es igual y siempre la contamos de forma distinta. Porque los sentimientos que tenemos son repetitivos, aunque las circunstancias cambian.

No siempre me gustan distintas versiones de algo que conozco. Pero sí me encanta sentir de nuevo cosas familiares. Yo misma soy otra sobre un molde que no cambia.

Verse al espejo

Los espejos son inventos recientes. Durante la mayor parte de nuestra existencia como seres humanos, el otro nos servía de reflejo, referencia, auto imagen. Bueno y malo, porque la identidad amarrada a los demás nos quita un poco de autonomía y la total separación del grupo nos da un poco de autoengaño.

Es bueno conocerse a uno mismo. Para eso sirven los espejos, pero no sólo los de cristal y metal. Las personas que nos conocen también son nuestros reflejos. Muy necesarios, aunque no siempre muy dulces. La gente cercana nos pone a la vista nuestros defectos, esos que no podemos vernos a nosotros mismos. Y sólo así mejora uno.

Es bueno tener espejos. Y un grupo de reflejos que nos ayuden a darle profundidad a nuestra autoimagen. Porque no es suficiente tener un personaje qué enseñar. Hay que ser una persona.

A estas edades

A mi edad, uno puede tomar una decisión consciente de cómo va a pasar el resto de su vida: amargado o no. Y sí, es algo que uno puede decidir, de preferencia, porque la vida tiene la mala maña de ver un vacío en las resoluciones personales y llenarlo como se le da la gana. La consciencia es una gran cosa, pero también implica bastante más trabajo y asumir responsabilidades.

Resulta que la menopausia se parece demasiado a la adolescencia en cuanto a la metamórfosis cerebral. En la pubertad, se aprende a ser independiente. En la menopausia se aprende a ser libre. Por eso a las señoras mayores (ejem, ejem) se les van los filtros y dicen las cosas mucho más claro que cuando están queriendo quedar bien con todo el mundo a su alrededor. Es maravilloso dejar de preocuparse de la opinión de los demás. Pero… No hay qué abusar. Porque una cosa es vivir uno su realidad y otra querer hacer que los demás se la traguen sin ni siquiera un poquito de azúcar.

Yo quiero ser una vieja feliz. Reírme, ayudar a que los míos vean la vida con más ligereza. Acercarme a los que quiero sin tantos obstáculos tontos de falta de seguridad en mí misma. Quiero ser más auténtica conmigo. Y no quiero ser impertinente, ni grosera. Es una buena determinación qué ponerme para el resto de mi vida.

Nada

Se me apaga el sistema

es demasiado estímulo

como encauzar un océano

en una pajilla.

Mejor cierro el dique

un momento, o diez.

Apatía

He estado apática. Y hoy pinté una pared, sin ganas y todo. Es como hacer ejercicio porque toca, no porque uno quiera. O ser amable aunque uno esté enojado. O tener empatía aunque uno esté dolido.

Las cosas que uno hace cuando uno no tiene ganas son las que cuentan. Son las que nos mantienen en la dirección correcta aunque bajemos la velocidad. Son las que nos consuelan. Y son las que no nos dejan alejarnos de lo que nos ha costado alcanzar.

Mañana pinto más. O lavo ropa. O plancho. No tengo ganas de hacer nada, pero no quiero hacer nada.

Pollito

Hice el pollo que me gusta. Con papas y limón. Tal vez así le agarro un poco de gusto a comer. No siempre tengo ganas. En general, sólo estar feliz me da hambre. Raro. Nunca me consolaron con comida.

Comer está íntimamente ligado a nuestro estado de ánimo. Las reacciones químicas, la energía, la sensación de bienestar. Hasta ciertos neutotransmisores se procesan en el estómago. La salud de nuestros bichos digestivos determina hasta si somos obesos o no. La comida es la manera en que mejor podemos tener control de nuestro cuerpo. Y por lo mismo la relación con comer se vuelve compleja.

Hoy comí con gusto. Hasta un poco demás. Mañana hay que volver a hacer el esfuerzo.

Malas decisiones

Es fácil no meter la pata. Simplemente toca no hacer nada. Y, aun así, uno se equivoca.

La vida es una eterna posibilidad de cagarla. Y la oportunidad de salir adelante. Aunque el error no sea de uno.

No me gusta equivocarme. Pero sí me gusta seguir avanzando y no detenerme. Hasta la próxima metida de pata.

Buenas conversaciones

Tener hijos adolescentes es toparse con lo que uno ha sembrado durante años de crianza. Al final de los años más complicados, el hecho de conocerlos y platicar es el fruto de haber estado atento, dejándolos crecer, poniéndoles límites y siendo papá, no amigo. Es difícil. Lo que más me ha costado es darles espacio, cuando lo que quiero es tenerlos pegados como con goma de carpintero.

Los seres humanos somos los animales que más tiempo vivimos con nuestros padres. Porque nada tenemos de instintivo, todo aprendido. Y así, nuestra composición emocional, social, lógica, todo, tiene qué ver con esa voz interior que nuestros padres nos dejaron grabada. No quiere decir que no podamos trascender cualquier carencia. Simplemente es que tenemos un adn emocional y que nos toca navegar la vida con ello. Es lo que hay.

No siempre logro estas conversaciones. Nunca pienso que creen que soy su amiga. No es lo que quiero. Yo quiero ser su mamá. Sólo tienen una, al final del día. Y eso requiere un balance entre la distancia y la cercanía que todavía no termino de afinar. Para todas las metidas de pata, que seguro las hay en abundancia, está la terapia.