Soltar donde duele

Comí arroz a sabiendas que no me hace bien pero tenía antojo y le di dos bocados. Rico. Tenia elotitos. Pocas cosas tan nostálgicas como el arroz con elotitos que sólo se comía en ocasiones especiales.

Pienso que la vida se nos va llenando de cosas que nos gustan y que nos lastiman, pero que seguimos consumiendo porque en algún momento nos hicieron bien. Como tomarse una medicina demasiado tiempo. Aceptamos los efectos secundarios, aunque sobrepasen los beneficios, porque ya nos acostumbramos a lo malo y queremos seguir teniendo lo bueno. Así las relaciones. Así hasta los enojos, que nos queman por dentro pero que nos hacen sentir algo que ya conocemos y que en su momento nos sirvió.

Soltar es abrir y dejar que se vaya lo que tenemos aferrado. A nadie le gusta perder lo que tiene, aunque sea nocivo. Pero abrir también implica poder recibir algo nuevo. Yo entiendo que lo nuevo da miedo, que no sabemos lo que pueda ser, que estamos cómodos sentados en una silla llena de tachuelas, porque ya sabemos en dónde están y cómo duele.

Pero. Siempre hay un pero. No podemos vivir así sin deteriorarnos. La presión constante sobre la piel hace callo. Eso no sana fácil. La piel debe ser suave y flexible, aunque sea más fácil de abrir, porque se recupera mejor.

El arroz estaba rico. La próxima tal vez no como.

Las cosas sin contexto

Suelo meter la pata como si fuera posición de yoga y estuviera practicando. Puede ser que sea por ser socialmente tonta. Por tener expresiones faciales cruzadas. O porque digo las cosas fuera del contexto del que las pienso, como si los demás pudieran meterse en mi cerebro para entender de dónde viene el comentario. No sé qué hacer al final, porque no sé hablar de otra forma, por mucho que he aprendido a la empatía.

Tenemos claves sociales de cómo comportarnos y, generalmente, son fáciles de seguir, sobre todo en situaciones superficiales. Pero en las más delicadas y complejas, las reglas se vuelven menos útiles. Buscar la conexión con los demás implica dejar lo preconcebido por un lado, no tomarse las cosas personales y dar espacio para explicaciones cuando no entendemos. Saltar a conclusiones que tienen más qué ver con lo que nosotros sentimos y entendemos que con lo que nos están diciendo es fácil, pero hace que las comunicaciones se tiñan con suspicacia y desconfianza.

Entiendo que debo dar el contexto para mis comunicaciones. Por lo. menos para las que más me interesan. Para lo demás, esos pensamientos aleatorios que se me salen por los dedos como síndrome, está Tuiter. Y, si no se me entiende lo que escribo, me pueden preguntar.

Volvamos a ver Batman

Estamos viendo Batman, la primera de Nolan, por enésima vez y por primera con los niños. Es una película fácil de querer por buena, por bien ejecutada y por interesante. Suficientemente compleja como para que nos entretenga varias veces y suficientemente sencilla como para que nos entretenga varias veces.

Hacemos cosas que sabemos que nos gustan, releemos libros que no cambian el final con cada lectura, comemos la misma comida en los restaurantes de siempre. Buscamos consistencia como el más preciado de los bienes, porque nos es elusiva. Nada en nuestra vida es constante. Ni siquiera tenemos el mismo cuerpo cuando morimos porque cambiamos todas las células. Crecemos. Nos convertimos en otra cosa. Y buscamos regresar a lugares que conocemos para tener una sensación de seguridad. Ya sabemos cómo termina la película. Por eso la vemos. No sabemos cómo va a terminar el día, pero lo vivimos.

Los horarios y los ciclos y las celebraciones periódicas nos sitúan en esos lugares. No sabemos qué nos espera en realidad al salir de la cama, pero planificamos como si lo pudiéramos saber.

Y terminamos viendo Batman, comiendo poporopos como me los hacía mi mamá. Me da miedo la incertidumbre. Pero vivo con ella. No me queda otra opción. Espero que a mis hijos les guste tanto como a mí.

Una casa de verde

Hoy vi a un hombre

pintar una casa verde

de color gris.

Desde el portón

que estaba entreabierto

se miraba la oscuridad.

Todavía no sé

si la esperanza se le había escapado

o la estaba encerrando.

No es suficiente

Creo que hago suficiente ejercicio como para mantener sanas a cuatro personas. Y como como para media. Además de la meditación y afirmaciones positivas y todas esas cosas que se supone que uno tiene qué hacer. Y tengo panza. De esa que se mira en las fotos que deberían ser sexys y sólo me hacen llorar. Yo sé que es superficial, tonto, remachón y cansado. Pero me molesta porque poco más puedo hacer y no hay forma.

A veces no importa todo lo que hagamos. No es suficiente. Hay trabajos que perdemos, libras que ganamos, personas que se van. No hay nada que podamos hacer para cambiar ciertas circunstancias. Sólo podemos hacer nuestro mejor esfuerzo, aunque no sea suficiente.

Allí es en donde es bueno aprender que uno está completo, que las circunstancias externas no afectan nuestro valor, que todo es cíclico y que somos suficientes porque somos. Punto.

Me cuesta verme la lonja en una foto y no querer dejar de comer para siempre. O comer hasta reventar. Podría fijarme en el resto de cosas que tengo bien. Supongo que, o me ilumino, o espero a que se me arruine la vista lo suficiente como para ya no verme los defectos.

Estar nerviosa me hace hablar más

Y estar enojada. Y estar contenta. Supongo que cualquier cosa me hace hablar más, así que mi medida es hablar mucho. A veces. Otras, paso días enteros sin hablar de conversar con alguien. No está mal. Es una realidad. Lo malo es que no siempre me puedo frenar la boca cuando hablo mucho y luego me doy cuenta que dije muladas. Lo peor es cuando el darme cuenta va un segundo en diferido de decirlo, pero ya las palabras se escaparon de mi boca como pájaros en vuelo, que es una forma muy poética de decir que me fijo hasta que ya laca.

Tenemos muchas formas de comportarnos. Es raro eso que no siempre podamos contenernos. No todo lo que hacemos es deliberado. Vivimos en piloto automático en mucho. No es del todo negativo, porque ponerle atención enfocada a absolutamente todo lo que pasa a nuestro alrededor es imposible. Pero pareciera que nos perdemos creyendo que ya lo hacemos bien. Las cosas siempre pueden hacerse mejor. Hablar sin decir tonteras involuntarias es una de ellas.

Quisiera que saber que hablo mucho me pusiera el bozal de forma inmediata. No. Me tomo un café con una amiga con la que estoy hablando de cosas que me importan y cuando salgo del lugar tengo que pedir disculpas.

El espejo miente

Entre los muchos podcasts de información irrelevante que he escuchado, el que más me ha perturbado es uno en el que hablaban acerca de los espejos y cómo éstos jamás nos dan una imagen real, por la simple cuestión de la óptica. No recuerdo bien el principio, pero me quedó la enseñanza que ese reflejo de luz nunca es totalmente fiel y que jamás nos percibimos exactamente como somos. Un poco el mismo asunto que uno no sabe cómo suena en realidad, porque se escucha desde adentro.

Las cosas observadas desde sí mismas son incompletas. El que se para sobre una montaña no la puede ver, aunque observe lo que está a su alrededor. Igual nuestras vidas. He escuchado que la iluminación es salirse de uno mismo para poder observarse. ¿Cómo despojarse enteramente del propio ser que se lleva siempre con uno? No sé si sea posible. Ni siquiera sé si sea deseable del todo. Para verlo a uno de fuera, tiene que haber alguien allí, afuera, que le dé mil vueltas a uno sobre su propio eje y desde allí encuentre los puntos débiles.

Cada uno tiene la perspectiva interna de lo que hace, las intenciones, las emociones, los pensamientos que acompañan cada una de las cosas que saca al exterior. Pero la gente que no conoce todas esas interioridades sólo puede juzgar por lo que mira, por el resultado final. La intención no siempre es lo que cuenta. Pero tampoco importa siempre. Porque nadie tiene nunca el cuadro completo, sólo fragmentos.

Los espejos no nos dicen toda la verdad. Nosotros no nos decimos toda la verdad. Nadie la conoce. Sólo podemos trabajar con lo que tenemos y tragarnos las consecuencias de lo que sacamos al mundo, sabiendo que no siempre corresponde con lo que queríamos.

La suspensión de la adultez

A los niños les tapamos los ojos y jugamos escondite. O les decimos que les quitamos la nariz con los dedos y se las volvemos a poner. Les contamos historias fantásticas. Los abrazamos y les decimos que todo va a estar bien. Y se lo creen. Porque somos sus referentes y porque aún tienen la capacidad de entregarse a una idea. Ir al teatro con un niño y observar la forma en que se mete en la escena es un buen ejercicio para uno de adulto cansado.

No se puede ir por la vida creyéndolo todo. La razón crítica es lo que nos hace avanzar como raza, en ideas, en filosofía, en ciencia. El no aceptar las cosas a la primera, poder desmenuzarlas, llegar a conclusiones propias, nos da el fundamento para nuestra vida, sus principios, sus valores. Nada más rico que descreer de lo que hemos recibido de antes, revisarlo, analizarlo y adoptarlo de nuevo, pero ya con nuestra propia valoración. Pero, como todo lo llevamos a los extremos, rapidito se nos olvida que también es lindo dejarse llevar. Ver una película de superhéroes encontrando los errores científicos no es más que un ejercicio en frustración. Obvio que tiene errores.

Lo mejor es encontrar ese botón para suspender el descreimiento, aunque sea para gozarse una obra de teatro bien montada. Para creer que a uno lo quieren también sirve.

El café

A veces me gusta

tomar café con cardamomo.

Tal vez llevo sangre beduina

y recuerdo desiertos.

Las dunas en su oleaje,

doradas y calientes.

Las alfombras sobre la arena

con miles de nudos de colores.

El agua tan preciosa

como el amor para un abandonado.

El saberse intruso y en peligro

y seguir a pesar de todo.

O tal vez, simplemente,

me gusta el sabor.

Estoy cansada

Como buena adulta funcional. Estoy cansada. De levantarme temprano, de despertarme muchas veces en la noche, de hacer tanto ejercicio, de no darme a entender. De no entender lo que pasa a mi alrededor. De manejar tanto. Tanto. De no comer todo lo que me gusta porque me engordo y de que me dejen de gustar algunas cosas que antes me encantaban. Estoy cansada de quejarme, porque es la vida que he escogido, aunque no sea exactamente como me la imaginaba. Estoy cansada y quiero hacer una siesta, pero no puedo porque hay cosas que hacer, niños qué recoger del bus, conversaciones qué arruinar. Estoy cansada, pero supongo que en algún momento podré descansar. O me acostumbraré.

Hoy estoy cansada, pero recuerdo cuando no lo he estado y espero volver a sentirme que puedo seguir. Las cosas nunca se quedan en el mismo estado, siempre estamos cambiando, aunque a veces den ganas de sentarse en una esquina a ver el mundo pasar. Pero ni eso es estático. La vida es un constante movimiento y, o vamos sobre ese impulso o nos arrastra y es peor.

Quiero descansar. Luego recuerdo de todo lo que quiero hacer, de lo que tengo por escribir, de todos los besos y abrazos que me quedan por darles a mis hijos, de toda la risa que seguro se me va acumulando, de todo el cariño, hasta de las películas y libros y series que tengo pendientes. Y se me pasan las ganas de no tener ganas, no el cansancio.