Los días veganos

Decidimos, para no quedarnos con las ganas de probarlo, hacer días veganos en casa. Quedan justo después de mis días de ayuno, así que a la hora del almuerzo los martes, podría comer casi cualquier cosa y pensar que sabe rico. Y, sí, saben rico los garbanzos y los vegetales rostizados. Pero me hace falta la proteína y tal vez los miércoles son mis días favoritos.

La ventaja de tener días que se salgan de la rutina, es que nos ayudan a reinstaurarla. Sólo porque creemos que no tenemos disciplina, no quiere decir que no hagamos cosas consistentemente, lo que pasa es que no necesariamente hacemos las cosas que mejor nos caen. Como ejercicio, o escribir, o meditar. Es fácil decir que lo único que se necesita para hacer algo es hacerlo. Fácil y suena tonto. Pero es lo más importante. Vencer el microsegundo de rutina ya instaurada que nos impide levantarnos y simplemente comenzar.

Los martes instauramos los días veganos y ya son parte de la rutina, aún cuando lo que hacen es interrumpir la que siempre llevamos. Ya lo hago en automático, el menú varía y la inversión de pensar cómo ponerles los vegetales a la gente de la casa para que se los coma es intensa, pero gratificante. Pero no quiere decir que no ansíe el pollito de mañana.

Una taza grande

Hay cosas que me gustan grandes. Las tazas, por ejemplo. Así tomo todo el café de un solo y no voy por más. Cuando lo hago en tazas pequeñas, termino tomando tres o cuatro veces lo de siempre. Pura cuestión de percepción. Igual que comer “boquitas”. Nunca sacian, porque siempre cree uno que fueron pocas. O servirse en un plato pequeño la comida para que parezca mucha.

Hay demasiadas formas de engañarnos. Es divertido que uno mismo sea quien lo hace y se lo cree. ¿Será que podemos ocultarnos de manera efectiva las cosas? Lástima que creer que lo que uno come parado frente a la refri no engorda no sea suficiente para que no lo haga.

Y ese es el problema de los autoengaños. Siguen siendo mentiras y tarde o temprano debemos enfrentar la realidad. Tener esa conversación incómoda. Aceptar el error. Sentir esa emoción negativa. Querer ver una cosa distinta de lo que es, sólo enferma. Y tomar demasiado café también.

Me tomo fotos

En todas partes, con todo el mundo. Le tomo también a la comida y a mis gatos. Obligo a mis hijos, les pido a la gente que quiero. Las fotos me sitúan en un momento bonito y me hacen regresar.

Me gusta verme en una foto, porque sé que jamás voy a volver a ser igual y, probablemente, tampoco haya sido como lo recuerdo. Y está bien. Es un acto de magia que perdura y se multiplica. Las notas de resumen de la vida que luego juntamos y volvemos a contarnos, aunque no sean tan fieles. No importa.

Hoy hicimos las empanadas de ciruela de la receta de mi mamá con la niña y las fotos nos tienen sonriendo juntas luego de una semana complicada. En un año voy a regresar a las sonrisas y ni voy a recordar las peleas. Mejor así.

Llevar agua

Poblamos la tierra cuando aprendimos a llevarnos el agua en el cuerpo

Nos habita y mueve, la lloramos salado y besamos dulce, humedece los amores nocturnos

Al pararnos a la orilla del mundo, dejando que nuestro cuerpo crea que aún es líquido

Las olas nos llaman, quieren que les devolvamos lo que robamos dentro de la piel

Nuestra memoria está hecha de agua, de las veces que nos derretimos por las calles

La mezcla de sudor que dejamos en una cama, la saliva que compartimos

Mis mareas se mueven al ritmo de tu planeta, que también es líquido y me bautiza.

El tiempo se detiende

La mejor forma de hacer que pare el tiempo es sostener una plancha (las de ejercicio). O estar debajo del agua. O estar aburrida. Tan aburrida. Como hoy que vamos a mitad de la semana y ¿en dónde se meten las horas para multiplicarse? ¿También ellas engordan con la pandemia y por eso son más lentas?

Aunque lo podemos medir con exactitud, nuestra percepción del tiempo es completamente plástica. Miren si un minuto, el mismo, no se les hace eterno bajo una ducha fría e inexistente con un beso. Tal vez la cura del aburrimiento sea poner atención aguda a lo que está sucediendo, examinar cada segundo que pasa entre nuestras manos como una piedra preciosa, flotar en ese río que nos lleva a todos.

Puede ser que sólo esté aburrida hoy. O que el día fue lento para durarme, porque la vida corre de prisa.

Todo se vuelve normal

Cualquier estado nuevo es uno alterado. Si hace más frío que ayer lo sentimos. O si nos duele algo por primera vez. Todo lo que modifique nuestra realidad constante es una piedra que desvía la corriente por la que vamos navegando. Generalmente nos fijamos aún más si la variante es desagradable.

Al contrario, la familiaridad le quita el filo a las experiencias, hasta las más placenteras. Comer nuestra comida favorita por quinta vez deja de ser igual de agradable que la primera. Y, aunque pasa lo mismo con lo que duele, no creo que sea el estado en el que debemos pasar la existencia.

Una de las cosas que más quiero aprender es a vivir todo como si fuera nuevo. A ver las caras de mis hijos como por primera vez. A comerme ese pedazo de carne como si nunca lo hubiera probado. A palpar el dolor con toda su intensidad. Porque la vida está para fijarse, no para pasar hipnotizada (iba a decir idiotizada) no queriendo darme cuenta de lo que hay a mi alrededor. Así que, hasta esto, que es ponerle el sensor de glucosa a la niña, algo que en sí me causa dolor emocional y a ella físico, vale la pena experimentarlo.

Consistentemente cualquier cosa

Seguir una rutina es el mejor camino para llegar a alguna parte. Que sea el lugar a donde queremos ir no es necesariamente correcto, pero que tiene un final, seguro. Y allí vamos, acercándonos todos los días a una meta, lo sepamos o no.

Las cosas que hacemos de forma consistente definen quiénes somos, no quiénes queremos parecer. Importan poco las intenciones rectas en actitudes torcidas. Y, si no estamos teniendo los resultados que queríamos, lo más importante es revisar la operación. Como cuando uno está haciendo divisiones largas.

En lo personal, mi rutina me ayuda a estar en camino de algo que me gusta. Y cada cierto tiempo, reviso si todavía quiero llegar allí. Porque se vale cambiar de meta.

Yo me puedo hacer mi pie

Encontré la receta de pie de melocotón que hacía mi mamá para mis cumpleaños. Tengo sentimientos encontrados con ese postre: siempre pedía pastel de chocolate, siempre hacía pie de melocotón. Es una de esas cosas de temporada que, además, hay que comer de inmediato porque al día siguiente se ponen espantosos. Pero tampoco puede ser recién salido del horno porque el relleno se hace sopa. O sea… lo efímero hecho postre.

Estoy tratando de tener “mente nueva” para mis experiencias. Si lo pensamos bien, no hemos vivido ni el aliento que respiramos antes, todo es nuevo y todo es maravilloso. Efímero. La belleza se puede volver a sentir como por primera vez y el dolor no importa porque no es acumulable. Todo es nuevo.

Pronto va a ser mi cumpleaños. Ese día no voy a comer pie de melocotón, me lo comí hoy en el momento exacto. Entendí la belleza de hacerlo para alguien que uno quiere. Y el día que me toque, tal vez me haga un pastel de chocolate.

El olor de caminar

Se filtra un poco

el olor del bosque cuando paso al lado

una flor que nunca he visto

y siempre me acompaña.

Un abrazo que me envuelve en perfume

un poco desviado en estos tiempos;

no sirve de mucho ponerse esos adornos

cuando usamos mascarillas.

¿Cómo voy a saber

si alguien me cae bien de verdad

si no puedo olerlo cuando está cerca?

Un desperdicio de intuición.

Camino con un sentido tapado

los demás van a tientas

la memoria se queda dormida

ya no hay olores que evoquen recuerdos.

De todas las cosas que extraño

cuando salgo a caminar,

la nariz tapada detrás de un trapo,

es el olor de la vida.

Un problema de perfume

Me encantan los perfumes. Los ácidos para mí. Los que sean ricos en cualquiera. Mi papá siempre me traía de viaje y yo les regalo a mis hijos. Mantengo una ramita de lavanda en la refri. Y ya no me pongo perfume. Porque cocino todo el día y las flores con ajo y aceite no mezclan bien.

Los olores son puertas directas a recuerdos. Pareciera que etiquetamos los momentos de acuerdo al aroma. Así, la lavanda me recuerda a mi papá y el collar de perlas de mi mamá huele a ella y me siento abrazada cuando lo uso. Es algo tan etéreo que apenas puede describirse. Y necesitamos usar referencias de otras cosas para hacerlo.

La gente que huele bien me tiene ganado la mitad del camino a caerme bien. Y los que me dejan su aroma cuando me abrazan, me hacen que los recuerde con una sonrisa.