Las cosas que no se miran

Las casas se construyen sobre fundamentos debajo de la tierra, la ropa queda mejor cuando se tiene buena ropa interior, el lenguaje suena bien sólo cuando se sabe la gramática. Hay cosas que se esconden a los ojos y determinan lo que uno ve.

Las personas tienen todo un laberinto de fundamentos en el que se adentran en sus momentos callados. Todo lo que sucede allí está oculto a los demás. Y es alli en donde sucede todo lo que luego nos encanta o repulsa. Es tan oscuro allí a veces, que ni el mismo dueño del espacio sabe bien qué hay.

Habrá ocasiones de reconstruir. Las casas se caen, la ropa se rompe. Pero lo profundo, eso permanece.

Las piezas con forma

La vida tiene una manera dura de lijarlo a uno para darle la forma que quiere. Y puede ser algo más o menos constante, pero siempre es doloroso. Hay desgaste, presión, calor, movimiento, todo eso que tienen las placas tectónicas y que permiten la vida como la conocemos en este planeta.

No es que uno se tire a dejarse tallar, porque algo de agencia conserva. Pero sí se pueden aprovechar esas sacudidas para dejar tirado lo que no sirve. Y para ayudar a sacar la forma que uno lleva dentro.

Tal vez no todos seamos un David en potencia, pero seguro que tenemos un centro definido y simplemente hay que quitarle lo que sobra. Un poco como hacer dieta. Y, a lo mejor, la forma que lleguemos a tener encaje mejor con otra.

Una vez

Alguna vez

diré que había una vez

de ésas que se le cuentan por las noches

a veces, a los niños a la orilla del sueño.

O recordaré cuando la mente

de vez en cuando salga flotando

entre el océano de lo vivido

y lo anhelado.

Y si tuviera que contarlo

ya pasadas tantas veces

con la memoria dorando los momentos

igual no lo haría.

Hay historias que se guardan

a las que no se les pone de tope

un “fin”, aunque ya no estén

la eternidad también es no contarlas.

¡Feliz cumpleaños!

Bueno Mami. No me toma mucho sacar las cuentas, tendrías hoy setenta y seis, todavía joven para la expectativa de vida moderna. Estarías tan preocupada por Fátima, tan orgullosa de ella. ¿La has visto? Es una niña valiente, generosa, divertida, habilidosa, testaruda, dulce… te llevarías bien con ella. ¿Y el Canche? Entrando a la adolescencia sigue siendo un buen chico. Y taaan guapo. Con mi humor negro y toda la vanidad de la familia. Parece nieto de mi papá. Lo tendría loco.

Yo estoy bien. Mejor de lo que he estado en años, aún en este 2020 tan difícil. He leído tantos libros que te hubieran gustado, escrito tantas cosas que tal vez no, cocinado, lavado, ordenado… Ya me estoy haciendo vieja, Mami, y no está mal. Te miro en todas las cosas tuyas que uso en la cocina. A veces te escucho cuando canto. El dorso de mis manos me recuerda a ti.

Catorce años más tarde, sigues acompañándome y nunca habrá una Navidad que no te extrañe. Gracias por dejarme las recetas de las cosas que me saben a tu cariño. Muy feliz cumpleaños.

Me gusta invitar

Compartir lo que hago y escuchar a la gente que viene a mi casa. Que se les mire en la cara que les gusta lo que les ofrezco. Hay una especie de rito, tal vez hasta ofrenda. No por nada las hospitalidad era sagrada y al invitado no podía agredérsele.

Abrir las puertas de mi casa no me pesa, a pesar de apreciar mi soledad. Es el balance perfecto, porque sigo en mi lugar. Tal vez tenga mucho qué ver con formas de querer. Y seguro está directamente relacionado con que estoy en un lugar feliz que puedo compartir.

Si de mí pueden decir que les di de comer rico cuando ya no esté, me doy por satisfecha. Hasta de epitafio sirve.

Lista de cosas para sobrevivir la época

No es secreto para nadie que la Navidad y sus alrededores no son mi vecindario favorito. Desde la tensión entre mis padres cuando yo era pequeña, a la muerte de mi mamá en días cercanos a su cumpleaños, que caía en Nochebuena. Siento una presión inadecuada de para estar feliz, para olvidar lo malo del año, para juntarme con gente en los últimos días del calendario que de igual forma va a continuar en la siguiente página.

Pero… Entiendo el poder de los rituales, la maravilla de darnos un espacio específico para celebrar, una excusa que nos obligue a vernos y compartir. Este año tan extraño, que ha cambiado todo en nuestras vidas, necesita en especial una lista de cosas que ayuden a pasar bien esta época. Yo tengo cerca a los míos y alrededor a gente que me quiere bien. No puedo pedir mucho más (aunque lo hago, cómo no). Así que estas son las cosas (ojo que pondré cosas, no personas) que tendré cerca:

Música, chocolates, vino, café por las mañanas, sol en mi terraza, viento fresco entre mi pelo, olor a flores, cielos abiertos, nubes barridas, libros por leer.

Sorprendentemente, la lista de cosas para sobrevivir diciembre es la misma que el resto de la vida. Ve pues.

Avanzar para ir de vuelta

A veces uno se aleja del camino. En cualquier cuento de antes está la imagen del desvío, de la pérdida. No por nada Odiseo se tardó más de veinte años en regresar a Ítaca. Tantas, tantas distracciones. Pero uno de los propósitos principales de los seres humanos pareciera ser regresar a casa, donde sea que eso quede.

Hay un trabajo maravilloso de Campbell llamado El héroe de las mil caras y nada de lo que yo pueda decir en menos de doscientas palabras va a agregar a eso. Sólo puedo asegurar que cada vez me hace más sentido el pensar en la vida como una travesía de descubrimiento que lo lleva a uno, inevitablemente al principio. Con la transformación de uno mismo se trasciende el origen y se le mejora.

Yo quiero regresar a ser muchas cosas que dejé atrás y a transformar todas las que no me sirven ahora. El crecimiento no termina nunca.

Una tormenta

Me acerqué a besarla

los pasos iluminados

en segundos eléctricos.

Todo inmediato

impulsivo por precario.

La tormenta tuvo calma

el viento suspendido

en la pausa antes

y yo también esperé.

Poco puede hacer

una mujer deseada por la tempestad,

sólo dejarse llevar.

Un día cualquiera

Es miércoles, pero pudiera llamarse de otra forma. Los días son iguales hasta que son distintos y se nos graban cuando nos sacuden. No todos los terremotos son malos, ni todas las destrucciones fatales. La vida a veces quiere hacer nuevos paisajes con los pedazos y nos trata como legos para volver a armar.

Pero eso es ocasional y si uno permite que el flujo tranquilo de los días cualquier le pase encima sin mojar, se pierde de lo que está hecha la existencia. Si me despierto y no miro por la ventana, me pierdo la estrella en el cielo de madrugada. Si no me fijo en los niños, parpadeo y dejan de serlo. Si no me doy cuenta de mí misma, me pierdo. Y eso sólo puede hacerse en la calma de lo cotidiano.

Tal vez son más emocionantes los terremotos. Y ahora les doy la bienvenida. Porque sé que todo lo que se derrumbe va a encontrar su forma de nuevo sobre la base de las cosas que permanecen. No importa cómo se llame el día que suceda.

La importancia de no fijarse

Tenemos la dicha de ser la casa a donde quieren ir todos los amigos de mis hijos. Aunque no lo entiendo, porque yo trato a esos niños como a los míos y eso no es especialmente dulce. Tal vez es porque comen bien y los dejo ir a gritar como acuchillados al jardín. Lo cierto es que no ando encima de ellos, viendo qué hacen. Así como era en mi tiempo. Yo no soy de las mamás que andan organizándoles la agenda a sus hijos cuando tienen visita. De lo que más me gustaba era hablar con mis (escasas) amigas. Apenas tenía noción de tener que hacer algo con ellas más que estar.

No fijarme también ayuda a darles espacio. Deben estar desesperados por tener un tiempo sin mí. Es extraño, sobre todo porque en casa no se mira tele todo el día, ni se tienen aparatos electrónicos pegados a las manos. Tal vez esa sea la idea.