Tan fuerte como mi vulnerabilidad

Hablar acerca de lo que hago bien es energizante. Me hace sentir feliz, entera, pongo una buena coraza entre el mundo y yo y me siento invencible.

Todos tenemos un lado fuerte con el que nos presentamos y que nos es fácil de manejar. Aunque es rígido y nos hace menos ágiles, más dispuestos a quedarnos en donde estamos. Las armaduras son pesadas y, una vez se quiebran, difíciles de reparar.

Las usamos para proteger el lado suave y blando que no mostramos porque duele. Lo guardamos en una caja fuerte y hasta nos olvidamos que existe. Pero esa debilidad es la verdadera fortaleza que tenemos. La capacidad de dolor nos dice qué mejorar, en dónde crecer. Y allí está cómo dejar del lado lo rígido y quebradizo y salir con nuestra propia fuerza.

Mi vulnerabilidad me ayuda a ser fuerte, porque tengo que enfrentarme a mí misma.

Perder ego y ganar conexión

Creo que uno no debe hacer cosas que vayan en contra de las preferencias personales por satisfacer a otra persona. Pero también hay que adaptarse en una relación a ceder. Así se camina en el filo del ego y la conexión, cosa que aún no aprendo a hacer del todo pues soy hija única y nunca aprendí a compartirme.

El ego sirve para preservarnos, para forjar nuestro carácter, para levantarnos cuando estamos solos. Pero también para construir barreras y apartarnos de las personas que podrían ayudarnos si tan solo nos dejáramos. Muchas de las molestias que sentimos cuando estamos con los demás tienen más que ver con nosotros que con ellos.

Tengo un poco herido el ego y me siento incómoda en el lugar en donde estoy. Supongo que debo valorar más las conexiones que estoy logrando, pero ahorita mismo no puedo sentir mucha satisfacción. Espero llegar a ese lugar más sano pronto.

Explicar pasados en diferido

El niño no sabe qué es una casetera ni un walkman. Explicar cómo esperábamos a grabar nuestras canciones de la radio suena a operaciones complicadas sin mucho sentido. Ir a una tienda de discos cuando tenías dinero, aguantarse a los locutores que interrumpían las canciones, enseñar qué es un cassette. Cosas que no tenemos en común con los niños y que marcan una forma de ver el mundo.

Luego leemos costumbres del pasado más lejano y no nos parecen tan distintos, tal vez porque nos concentramos en la parte humana y no en las costumbres incidentales. El ser humano no cambia en sus necesidades básicas, los sentimientos son universales y tenemos las mismas emociones que una persona en la prehistoria. Es más, también tenemos las mismas motivaciones, aunque tengan diferente forma.

Logramos encontrar historia compartida si nos vamos a lo básico. Con cualquiera. Y eso es tan valioso para reconocer la humanidad en el otro como indiferente es la mayor parte de externalidades, aunque éstas sean más evidentes.

El tamaño de la grieta

Hay dos pares de manos

que aún son más pequeñas que las mías

se aferran a mí

como si yo pudiera protegerlos

del carro que no miran en la esquina

del dolor de estómago por comer mucho

de la vida que se quieren devorar

de las enfermedades.

Yo las sostengo

calientes y pegajosas y sucias

sorprendida de su peso y tamaño,

ya no son tan pequeñas

y quisiera que no se pudieran despegar jamás.

Aún cuando sé que no puedo hacer nada,

nada,

para protegerlos de lo que se les viene

y se me parte el corazón,

sus manos ensanchan la grieta,

me dejo para que siempre sea tan grande

que quepan dentro.

No me gustó

Hice algo en contra de mi mayor defecto y el resultado es que tengo la vanidad herida. Pero fue por algo bueno.

Todos sabemos en dónde guardamos un orgullo no justificado por cosas que no son nuestro mérito. La nariz recta, la piel suave, el pelo colocho. Como decía mi papá, nada de eso es gracia de uno. Es sólo circunstancial. Pero nos encanta presumirlo.

Las cosas que verdaderamente son para darnos orgullo, el vencer adversidades, ser gentiles, tener empatía, esas no las alardeamos. Hay un entendimiento especial tal vez. Esas cualidades sí tienen mérito y como nos cuestan, su existencia es suficiente.

Hasta que chocan contra las superficiales y está uno todo conflictuado.

Hay un martes

Existe el marte en que nado y no tengo prisa por salir de la piscina. En que le pegué a las mascotas hasta que sonaron a trueno. En que me comí todo el chocolate que tenía en la mesita de noche. Hay un martes en que mis hijos no almuerzan en casa y yo tengo tiempo de escribir.

Hay otro martes en que trabajo sin parar, que paso en el carro todo el día, que no puedo ni salir a traer a los niños al bus.

Y hay otro martes en que una señora me invita a tomar un café en su casa y me cuenta de su vida, la cual ha sido infinitamente más difícil que la mía. Una señora que huele a humo y telas y máquinas de coser y que bajo todo eso, aunque no se le parece en nada, me recuerda a mi mamá.

Hasta que llega un martes, como hoy, que siento que hice todo eso, porque lo estoy recordando.

Lo terminé

Tengo un proyecto desde hace cuatro meses que no me había sentado a terminar. En primer lugar porque era cuestión de ponerle formato a un documento y eso toma tiempo sin diversión. En segundo lugar porque me era emocionalmente cansado.

Cuando no quiero enfrentar algo, lo dejo. Mucho tiempo. Y me queda el cargo de conciencia por todo lo que no hago. Y eso me hace querer hacerlo menos. El círculo vicioso de procrastinar.

Pero ya lo hice.

Sé qué hacer

Y por qué. Conozco el resultado que busco. Pero no tengo ni idea de cómo llegar hasta el final. Debo comportarme en una manera en la que no soy, porque lo que deseo es mucho más importante que mí misma y mis preferencias egoístas. Porque soy egoísta como buena hija única que no se comparte a sí misma aunque sea capaz de quitarse la comida de la boca por las personas que quiere.

Hay un momento para uno y muchos para otras personas. Tenemos que encontrar el balance: sólo hacia adentro, no tenemos relaciones, vamos hacia afuera siempre y nos fatigamos.

Por mucho que ame a los míos, debo saber retirarme y llenarme de nuevo. Para poder ofrecerles algo bueno. Ahora sólo debo encontrar cómo dar el siguiente paso, que implica abrir la caja de lo que siento y compartirlo, por mucho que sienta que no les va a gustar.

Se pasó el día

Salió el sol por el horizonte que se mueve para darle entrada

sonó la alarma antes que viera una luz

los desayunos se cocinan a pesar de mi cansancio

y viene un bus a la misma hora: temprano.

Entre ese bus y el siguiente, me ocupo

como si fuera importante

dejo de hablar con gente adulta

o me gasto las palabras de ese día.

No puedo dejar de hacer

la rutina me pone en la dirección que he trazado

desde hace varios años

hacia una meta lejana en el futuro.

Y se vuelve a mover el sol, girando la tierra,

se oscurece el día y quiero dormir,

las cenas se ponen sobre la mesa

las camas acarician cuerpos cálidos.

Y se me pasa otro día, como el anterior,

extrañándote.

Las manos de mis hijos

El viernes caminaba con la niña, agarradas de la mano y de pronto me di cuenta que ya no se pierde su manita entre la mía. La pude apretar, sentir que me pesaba. Me dolió en esa forma dulce en que duelen los hijos cuando crecen. Esa niña era más pequeña que el antebrazo de su padre cuando nació y pesaba menos que mi gata. Al niño ni hablar. Ya me quedan sus zapatos y ni siquiera hemos entrado a la adolescencia.

La forma más evidente de medir el tiempo es en el crecimiento de los hijos. Uno a esta edad no se mira los cambios (a veces porque ya no mira bien) y puede creer que enero es igual a diciembre. Además, uno tiene la impresión que los hijos siguen siendo bebés. Los momentos de darnos cuenta golpean duro. Nos hacen detenernos un momento, aún en medio de la calle, para abrazar al cuerpecito que tenemos al lado y que todavía es pequeño.

Ya no tengo bebés, ya tampoco quiero. Me gusta verlos crecer. Pero no deja de cortarme el filo de la pérdida.