Traté de dormir

Llevo un mes durmiendo a pedazos y muy cansada. Hoy pudiera haber dormido hasta las 4 y ni cerca. Estoy tan cansada que no puedo hacer nada y tan agitada que no puedo dormir.

Necesitamos descansar de lo que nos rodea porque sólo hay pocas cosas que podemos hacer. Entrenar el cerebro para no adelantarse y sentir angustia o ver hacia atrás y sentir tristeza. Dormir es eso. Desconectarse de lo que no podemos hacer.

Me gusta más dormir de noche. Cuando toca. La oscuridad da la impresión de quietud. Las siestas me hacen sentir culpable de no estar haciendo nada productivo. Pero el otro martes, sí me voy a dormir hasta las 4.

El gusto por lo de uno

A mi papá le daba alergia la cebolla. Los frijoles en casa nunca tuvieron cebollita frita y a mí se me deshacía la boca del antojo de los frijoles de la vecindad. A las 6:30 de todas las tardes se colaba el olor de la cebolla lista para la cena. Pocas cosas me gustaban más en casa ajena. Creo que sólo los frijoles. De allí, todo sabía mejor en mi casa. Mi mamá tenía el don de hacer que hasta el agua caliente supiera bien.

O al menos así lo recuerdo. Es muy probable que lo que sucediera es que uno va haciéndose el paladar por lo de uno, por lo cercano y que contra eso mide todo lo demás. Costumbres de ponerle más o menos sal a la comida, tomar agua en vez de fresco, pasar sopa… Lo importante al final es que es como uno se lo ha hecho y allí se siente bien. En los años que vivimos con nuestros padres, nos formamos para el resto de la vida y con dificultad superamos lo impreso por esa época. Tal vez hasta se puede decir que allí nos damos forma, el resto de vida sólo coloreamos el fondo.

Lo mejor es aprender qué verdaderamente corresponde con lo que a uno le gusta. Como en mi casa que yo hago la mantequilla de maní y la comprada ya no nos gusta. Pero porque es nuestra. Y yo sí le pongo cebolla a los frijoles.

La felicidad es celeste

O roja o el color del helado que me comía camino a casa. Sabía dulce, salada, fría, caliente. La felicidad me acompañaba en un día que terminaba cansada y con abrazos en la cama o me seguía como perro a un teatro. La felicidad es elusiva, nos espera en cada esquina para llevarnos a la siguiente. O nos empuja desde abajo para que alcancemos otra cosa. La felicidad me sabe a un beso con la boca recién lavada. A un lugar entre los brazos abiertos de alguien que me quiere. Huele a la cabeza de mis hijos, al pastel de cumpleaños, a mis gatos.

Todos conocemos la felicidad y es diferente para cada uno. Se escribe de ella como del amor: pasajeros e inconstantes. Cuando lo cierto es que ambos habitan dentro de nosotros y sólo los tenemos que saber visitar. Ser feliz tiene más qué ver con los lugares comunes a los que regresamos una y otra vez, que con la euforia de lo novedoso e inconstante. La ropa que nos queda bien, la mano que nos calza la piel, la voz que nos dice buenas noches con cariño.

Mi felicidad se viste de celeste, es fría, sabe a hielo. Me derrite por dentro y me deja esperando que brille el sol.

Acompañar

Mis hijos tienen preguntas existenciales para las que encontramos (o nos inventamos las respuestas). Y luego tienen sus dilemas personales para los que no tengo absolutamente ninguna solución. Los escucho llorar, se me parte el corazón y sólo puedo estar allí. Los miro, quisiera tomar su dolor para mí y me toca quedarme sin una solución facilona. ¿Qué me queda?

Del otro lado, he tenido ocasiones en las que sólo quiero que me escuchen. Que no hay nada qué hacer, no quiero ninguna solución porque probablemente ya se me ocurrieron todas y únicamente estoy esperando un abrazo. A veces ni siquiera quiero que me digan mi mentira favorita («todo va a estar bien»).

Acompañar así, sin ofrecer nada más que la presencia, es difícil. Es aceptar que uno no puede hacer nada. Que no puede solucionar nada. Pero también hay algo hasta sublime al asumir que el simple hecho de estar sea suficiente. Porque hay un universo de amor detrás de esa compañía callada y por eso es que nos están buscando.

Quisiera contener el mundo a orillas del corazón de mis hijos para que no los lastime. No hay dique que lo logre ni vida que sería mejor si se pudiera. Los debo dejar doler. Y seguir allí, acompañándolos.

No ha pasado suficiente tiempo

El tiempo es la moneda de todo. De la vida misma. Compramos con tiempo lo que queremos alcanzar y lo intangible de las emociones se refuerzan o desvanecen con su paso. Acostumbrarnos a nuestra realidad cuando cambia, toma días, meses, años y luego vuelve a cambiar y por eso nunca estamos adaptados, aunque siempre lo intentemos.

No hay forma de medirlo linear, porque no transcurre como una acumulación matemática de segundos, aunque lo podamos contar. ¿Quién le dice a un corazón que ya es tiempo suficiente de estar triste? ¿O a una madre con un hijo enfermo que ya pasaron los meses necesarios para adaptarse? ¿Cómo aseguramos en una relación que a cierta cantidad de años ya no van a tener más contratiempos?

Sólo sabemos que ya pasó el tiempo necesario, después. Cuando estamos sentados en un lugar cómodo y no sentimos la necesidad de movernos. Mientras no lleguemos allí, aún tenemos qué pagar.

La importancia de lo frívolo

Recuerdo haber cortado con un novio que cuando me cortó me devastó. Y llorar, y llorar. De esas tragedias adolescentes que deshidratan de sólo rememorarlas. Y también recuerdo haber reído con mi mamá, aún con las lágrimas en la cara, hasta ya no saber si estaba triste o no.

Es muy fácil sumirse en la gravedad de un asunto doloroso. Quedarse en el fondo del lago de las cosas “importantes” y ahogarse. Tendemos a ponerles puntos brillantes de atención a nuestros momentos oscuros para poder regresar a ellos y sentir la desgracia.

Encontrar cómo reírse, no sólo en la tragedia, sino de la tragedia misma, es la llave que suelta las cadenas. Últimamente me había costado. Tal vez me hacía falta con quién hacerlo. Pero en esta última “tribulación” he sacado un par de chistecitos que me han ayudado a no quedarme hecha un ovillo en mi cama. No sirvo de nada allí. Y sí puedo seguir adelante con la cara indecisa entre las lágrimas y la risa. No es tan atractivo como una expresión de tragedia, pero definitivamente es más saludable.

¿Y si era yo?

Anoche tuve un sueño raro: perseguía a un tipo por un corredor de paredes blancas, lo alcanzaba, le daba un abrazo y le decía «te amo». Cuando vi la cara de terror que me puso, le dije que eran mentiras, que en realidad no lo amaba y que simplemente me caía bien. Recuerdo que no recordaba al pobre hombre y que me alejaba avergonzada del impulso.

¿Por qué nos cuesta tanto decir que queremos a alguien cuando no estamos seguros de ser correspondidos? Los niños lo hacen todo el tiempo y son felices simplemente de sentir que quieren. Los míos se saben profundamente amados y eso les da la confianza para voltearse y querer a su vez. Nosotros de adultos nos guardamos y somos avaros con nuestras demostraciones de afecto. Sentimos que algo se nos atrofia de la adultez si queremos mucho, si lo decimos, si lo demostramos.

Peor aún: nos da miedo no ser correspondidos. Uno puede querer y no esperar reciprocidad. El querer no se desperdicia. Y si nos malcorresponden, nos volteamos con nuestro cariño, que es nuestro para dar y quitar y lo llevamos para otra parte.

Espero encontrarme al tipo de mis sueños de nuevo y decirle de nuevo que lo quiero, dejarle el regalo de ese cariño para que se voltee y lo regrese. Igual dentro de mis sueños, todos somos yo. Y yo sí me quiero querer.

Buscar entre lo vacío

Me busqué las letras escondidas

entre el cansancio de las noches de desvelo

todas las que bailan sin sentido

cuando me siento a esperar poder regresar a dormir.

Estoy llena de nada, de falta, de vacío.

Lo único que existe es la búsqueda.

Voy a llenarme del desorden al dormir,

para que las palabras vuelvan a ponerse en fila

haciendo algún tipo de sentido.

No sé cuándo volveré a caminar con otro propósito

que el poner un pie frente al otro porque hay que avanzar.

Vivir día a día hace todo nuevo cada vez,

pero cada vez hay que volver a comenzar.

Quiero desdoblarme

Vine a una piñata con el niño y dejé a la niña en casa. Es primera vez en más de dos semanas que no está conmigo o con Mario y yo quiero llorar. Porque no quiero dejarla sola nunca y porque siendo delicioso estar sin ella un rato.

No sabía a qué tanto me metía al tener hijos. Nadie lo sabe. Menos mal porque si antes de tenerlos, me hubieran dejado sentir el peso de la responsabilidad que llevo ahorita, me la hubiera pensado demasiadas veces. Y es que tener a cargo a personas en construcción es abrumador a veces. Para mí ahorita está siendo de tomármelo un día a la vez y hasta eso se me complica con la falta de sueño.

Respiro, despejo los ojos y comienzo a hacer recuento de las risas y de las preguntas y de las canciones. Los cuerpecitos que se me pegan como imanes y que buscan mi piel para protegerse. Los malabares mentales que necesito practicar para convencer intelectos agudos con poca experiencia. Las risas, ¿ya dije las risas, verdad? Me siento abrumada, pero porque corresponde al amor que les tengo y eso me hace mejor a mí. Amarlos y preocuparme y entregarles mi atención me saca de mí misma y me ha hecho crecer. No tengo cómo agradecérselos, porque voy a terminar siendo una mejor persona de lo que sería sin ellos.

Y sigo queriendo desdoblarme. Tal vez así lograría dormir.