Compartir

Sé muy poco de compartir mis cosas, soy hija única. Lo cual no es lo mismo que egoísmo o falta de generosidad. Soy la primera en regalar lo que tengo o en preocuparme de la gente a la que quiero. Pero detesto compartir algo que creo que es mío, como si se pudiera gastar.

Hay cosas en la vida que sí se disminuyen cuando se comparten, todas esas cosas finitas que se acaban. Pero lo que realmente importa, crece cuando la damos. A cualquiera que tenga más de un hijo, entiende bien cómo se multiplica eso que uno creyó sólo poder sentir por una persona.

Estoy aprendiendo a que nada de lo que es mío, me puede faltar, aún si lo comparto.

Me patearon la cara

Y aún me duele la mandíbula. Fue en el combate del examen de karate, contra un niño mil veces más rápido que yo, a quien ni vi venir.

No pasa nada. Pues. No pasó a más el asunto, aunque me cuesta masticar. Es parte tan esencial del deporte, que si no hubiera estado al menos consciente de que eso podía suceder, mejor me hubiera metido a clases de acuarela.

Las expectativas tienen una pésima reputación, pero creo que es porque las confundimos con consecuencias lógicas de lo que hacemos. Si tocamos un cuchillo con filo, la consecuencia lógica es que nos cortemos. Nuestra expectativa puede ser diferente, porque a la regla le agregamos la experiencia personal que modifica o pretende modificar qué resultado tiene dos más dos. Es difícil escaparse de las consecuencias y muy fácil crearse expectativas falsas.

Siempre queremos torcer el mundo a nuestro antojo, porque sólo lo podemos percibir desde nuestro punto de vista. Pero una patada a la cara que es probable que suceda, no nos la podemos quitar tan fácil como nuestro deseo podría ser. En mi caso, sabía que me iba a ir como en feria, pero igual asumí las consecuencias de mi decisión de deporte. Todo lo demás, eran meros deseos.

Matar el entusiasmo

No entiendo cómo de adulta se me ha olvidado qué es tener el entusiasmo por las cosas pequeñas que mueven a mis hijos. Y luego los miro y hay una voz que no tiene mi edad que me recuerda qué era tener la de ellos. A veces gana y nos reímos como locos en el carro burlándonos hasta de las cosas que hago de adulta con ellos. Como el juego de palabras que empiezan con las letras del abecedario y me toca a mí la letra «n» y digo que mi palabra favorita es «no».

Hacemos escándalo y nos reímos y el papá hace cara de «esta gente está loca». Creo que estoy aprendiendo. A relajarme. A ponerle atención a las cosas importantes. A poner primero el amor a la disciplina. Igual hoy los castigué sin tele y me reí mucho con ellos cada vez que me pedían apelación. No sé. Puede que de vieja no sea tan cascarrabias. Y puede que haya agarrado una perspectiva diferente de lo que importa.

Lo cierto es que quiero acordarme más del entusiasmo de las cosas pequeñas. Y tengo los dos mejores maestros para hacerlo.

Me gusta la sal

Ahora mismo, me como un melocotón con sal. Prefiero las piñas menos dulces y lo mismo con las manzanas. Al menos ya no le agrego sal a la comida antes de probarla, como hacía mi papá. Tenía un salero especial que no he vuelto a ver y sacaba una verdadera lluvia con la que cubría todo. Era “el” salero. Recuerdo que ya viejo mi papá, se rompió y fue como asistir al funeral de una tía querida. Nunca encontramos otro igual y los demás no le gustaban.

Yo meto los dedos en el trasto de plástico de la cocina en donde está en granos gruesos que puedo calcular al tacto. Así los siento crujir cuando mastico y me da más satisfacción que la capa fina que llenaba el plato de mi padre.

Cada uno toma las costumbres de sus casas y las vuelve propias en ese juego constante de conservar y renovar. Las tradiciones que son rituales que quitamos y retomamos, porque somos de donde venimos, pero también de la dirección que escogemos.

Me gusta la sal, pero no los saleros.

Las primeras

¿Por qué les asignamos tanto valor a las primeras veces de las cosas que hacemos? Generalmente no son las mejores, la experiencia siempre ayuda y el acto en sí no cambia de una vez a otra. Pero las atesoramos y las llevamos para compararlas con las siguientes en una forma un poco masoquista porque nada compite contra el recuerdo. Ningún beso es tan lindo como el que guardo en mi memoria que ya poco tiene que ver con el real.

Al contrario, casi nunca experimentamos lo que hacemos como si fuese la última vez. Se nos olvida que todo tiene un número finito que vamos gastándonos. Sobre todo porque vamos cambiando. No siempre vamos a poder cargar a nuestros hijos, ni llevarlos a sus clases, ni recibirlos del bus, porque crecen y se van. Así con todo. Y aunque hay cosas que es bueno que terminen, no es en ésas en las que verdaderamente nos fijamos.

Las primeras veces de una actividad son un paso cierto. Le podemos poner fecha. No sabemos cuándo es o fue la última y eso nos debería hacer querer ponerles más atención. Tal vez ya lo pasamos y no nos dimos cuenta.

Esta semana

Es la segunda de vacaciones, no tenemos planes, los niños parecen felices de vegetar. Y yo de verlos. Tan bonito es que no tengan nada qué hacer. Aunque del cole sí les han dejado tareas, no es como que tengamos que despertar temprano y salir corriendo. Recuerdo que mis últimas vacaciones de verdad fueron esos meses en limbo entre el colegio y la universidad. No he vuelto a sentirme así de libre.

También esta semana tengo mi examen de karate y es un evento en la casa. Cuando comencé a practicarlo, me dijeron que me iba a tardar unos cinco años en llegar a este punto y, cosa extraña en mí, en vez de sentirme desinflada, sólo me dieron más ganas de empezar lo antes posible. Igual iba a pasar el tiempo. Ahora una amiga a quien le dije que se metiera conmigo, me dice que por qué no me hizo caso.

Dos formas de aprovechar el tiempo, poniéndose en pausa de lo que uno hace siempre y no dejando que transcurra sin usarlo para lo que se quiere. La vida igual pasa y el única manera de desperdiciarla es gastándosela en lo que uno no quiere.

Comí demasiado

Y regresé a casa con el estómago lleno. A reventar. Quisiera poder comer más los domingos, pero no puedo hacer que algo cambie de un día para el otro. Se supone que hoy es el día que puedo comer lo que quiera y resulto comiendo hasta menos, porque llega el desayuno y abuso. Así paso lo que me queda de libre completamente imposibilitada de meterme un solo bocado más a la boca.

Cuando habitualmente hacemos algo, tenemos una costumbre arraigada, es difícil salirnos de esa rutina. Como dormir más temprano o tarde, comer de forma distinta, ser más amables, no enojarnos. Las cosas que realizamos con frecuencia son a las que regresamos sin pensarlo mucho, la famosa memoria muscular de los atletas que instauran el mismo movimiento, una y otra vez, hasta que se les olvida haberlo hecho de otra forma.

Salirnos de lo normal es excelente. Ejercitamos partes distintas y pueda ser que hasta encontremos algo más que agregar en la rutina. Pero pretender que al primer cambio nos sintamos cómodos y no revirtamos a nuestro modo usual, es ilusorio. Como pretender adelgazar en un día lo que hemos venido acumulando durante años.

Yo no quiero comer libre todos los días, aunque me gustaría una sucursal de mi estómago de vez en cuando para poder aprovechar y meterme el helado del que tengo ganas pero que no me cabe porque hasta respirar me cuesta. Tal vez lo logre el otro domingo.

Cuando no queda nada qué hacer

Todo lo importante o está fuera de nuestro alcance cambiarlo, o está dentro de nosotros mismos. En el primero de los casos, sólo nos queda adaptarnos y aceptar. En el segundo es la única ocasión de realizar cambios verdaderos. Lo irónico es que, cuando uno cambia lo de adentro, ya no se preocupa por lo de afuera.

Tal vez por eso son tan esenciales las experiencias de ser impotentes que nos regala la vida. Un hijo enfermo, la muerte de un padre, el no gustarle a quien uno le gusta. Nada de eso es consecuencia de lo que hagamos o dejemos de hacer y pretender cambiarlo es ingenuo y peligroso para nuestra salud.

Cuando ya no queda nada más qué hacer, es cuando entramos al único ámbito en donde sí podemos cambiarlo todo. El que llevamos dentro.