Consecuencias

Llevo 16 años de ser mamá y, por muchos libros que lea, voy aprendiendo en el camino. Porque cada reto presenta diferentes oportunidades. Al menos así me lo estoy vendiendo a mí misma. Es jodido criar gente. Siempre está la inevitable realidad de que, por mucho que uno no quiera, mete la pata.

Entre todo eso, creo que lo más importante es enseñar a que todo tiene consecuencias y que mejor se afrontan con la misma energía que uno gastó para crearlas. Romper las reglas conlleva cierta valentía. Recibir lo que sigue, también.

Yo no puedo, ni quiero, estar 24/7 decidiendo por mis hijos. Sí puedo acompañarlos a disfrutar de las cosas buenas y a afrontar las malas. También es parte de las decisiones que yo misma tomé al ser mamá.

Hoy sí me acordé

¿Será que es porque ya pasaron 18 años? Han ido y venido tantos 21 de mayo y yo olvidando la fecha. Como si fuera un punto ciego en el calendario. De tu cumpleaños sí me acuerdo. De tu aniversario no. Hasta hoy.

¿Viste los chuchos que tengo ahora? Nunca tuvimos unos tan grandes porque no te servían para ir de cacería. Pero igual creo que te parecerían simpáticos. El Canche creo que tiene mucho de ti, en mejorado aunque te cueste creerlo. La Nena te sacaría de tus casillas y te tendría de la nariz. Al menos quiero creer todo eso. Es mi fantasía imaginar que te hago algo de comer y te gusta… uno puede soñar.

Tú ya eras, de sobra, un adulto a tus 18. Tal vez es tu número de ciclos y por eso hoy sí me di cuenta de la fecha. Lo que sea. Lo importante es que te recuerdo, hoy y muchos otros días. Un beso al cielo, Papa.

Las cosas que dan miedo

He estado enferma y me desespero porque no estoy acostumbrada a no hacer todo lo que hago. Ya voy mejorando, porque eso es lo normal. El dolor no me asusta. Es el no poder hacer mi vida normal lo que me da pánico.

Uno sabe qué le da pánico. Lo ha sentido suficientes veces como para no identificarlo.

Quiero estar bien. Ya mañana me toca hacer pesas.

El mayor detonante

Uno conoce qué lo enciende como canchinflín en Navidad. Ese botón que le presionan a uno y causa la tormenta del siglo. Porque siempre es el mismo y, probablemente es la misma persona la que lo apacha. Detonantes, les digo, porque sí exploto.

Cuando uno se va conociendo, esos detonantes son menos y uno los hace más pequeños, menos catastróficos. Es parte, no de dejar se sentir, pero sí de no reaccionar sin pensar. Quitarle importancia a lo que no debe tenerla es uno de los regalos de la edad.

Pero poder estallar tiene sus ventajas, sobre todo si impulsan acciones concretas que nos ayudan a protegernos, a avanzar o a cambiar lo que no nos gusta. Los ratos colorados, con propósito, son constructivos. No se trata de ser rinoceronte en cristalería, pero sí se vale romper lo que no sirve. El reto es diferenciar lo uno de lo otro.

Me duele la mano

Me corté, ¿te enseñé dónde?

fue en la cocina,

ah, ¿dónde en mí?

la mano, el nudillo, de hecho.

Sí, sangré mucho.

¿Por qué preguntas?

Me dolió tanto que te pensé.

Historias de miedo

Stephen King es mi autor favorito. Tiene una prosa casi perfecta y siempre me sorprende. Pero tengo bastante tiempo de no leer uno de sus libros. De joven aguantaba más el miedo/suspenso tal vez. Ahora ya me perturba.

Como sociedad, rehuimos las situaciones desagradables, pero creamos arte que nos inquieta de forma controlada. Tal vez, por ternos que cuidar de los depredadores en la jungla, desarrollamos alguna dependencia al estrés que nos hace buscarlo para no aburrirnos. Y luego pasamos el resto de la vida haciendo meditación para quitarnos el sufrimiento… tan lindas nuestras contradicciones.

Ya no leo libros de miedo. Pero… estoy viendo una serie muy buena. Basada en un libro de King. Estoy enganchada, pero inquieta. Mejir hubiera leído algo.

El protocolo

Uf… eso de seguir reglas no se me da por naturaleza. Tengo que estar convencida. Y aún así veo si tienen alguna laguna. Culpa de mis padres, seguro. Cuestionar era obligatorio en casa, mientras no fuera a ellos. Eso no funciona.

Todas las sociedades tienen caminos probados para obtener resultados. Las costumbres no surgen antes de la necesidad, es al contrario. Lo que pasa es que a veces nos quedamos con lo externo cuando éste ya no tiene sentido. Muchas de nuestras manifestaciones sociales son resabios de otros tiempos. Pero romperlas conlleva su propio riesgo.

En la vida uno está casi obligado a conocer con profundidad las reglas externas. Y sólo entonces romper las que no funcionan. Todo tiene consecuencias, hacerlo o no. La cosa es conocerlas para tomar una decisión informada. Y luego no quejarse.

Nadie cambia siempre

Dos verdades irrefutables: nadie cambia y todos cambian. La capacidad de retener dos verdades contradictorias en la mente al mismo tiempo y poder seguir funcionando es un regalo. Pero viene con tarea: darle vueltas a esa moneda queriendo ver ambas caras al mismo tiempo. Y eso no se puede.

Creo que los seres humanos venimos con una estructura básica y que construimos sobre la misma. Intencionalmente o no. Y de allí que reconozcamos esa parte inmutable debajo del cambio inevitable. No deja de ser complicado.

Es como hacerle cirugía a una cara. Aunque sea extrema, al fondo se ve quién es. O debería poder hacerse.

Una carga pesada

Tengo un par de meses de andar cargando un enojito. Me lo estoy tomando tranquilo, porque, como bien decía mi mamá, tengo dos trabajos: enojarme y desenojarme. El problema es que el primero de los trabajos se va en bajadita. Tan fácil que es. El segundo ya necesita otras cosas.

Las emociones son efímeras. Se sienten en un momento tan corto que necesitamos recordarlas y hacer un esfuerzo para volverlas a sentir. Además, que tenemos que saber que no es esa misma emoción, no es la o.g., es otra, nueva, que recuerda la anterior. Un castillo de naipes que armamos. Y aún así, a veces nos quedamos trabados alimentando un animalito que nunca debió existir.

El hecho que yo sepa que estoy enojada por algo que ya pasó, sin embargo, no me quita ese desagrado. Porque, lamentablemente, las emociones no le hacen caso al cerebro. Uno tiene que aplacar el corazón, sanar el ego herido, bajarle dos rayas a la vanidad y entender que uno no es tan importante como quisiera y que más vale soltar, antes que el enojo envejezca y se convierta en amargamiento (palabra personal, no la busquen en la RAE). No quiero estar amargada. Tal vez hoy haga el segundo trabajo.