Los domingos como más

Fuimos a desayunar a un lugar nuevo que no nos gustó tanto como al que siempre vamos, pero que estaba bien. De almuerzo, salchichas, polenta frita y cerveza. De cena creo que pediré un estómago nuevo, porque no creo que me quepa nada hasta mañana. Los domingos comemos cosas que se salen de nuestra normalidad y todos en la casa los esperamos. Pero no tanto como la primera vez que tuvimos un domingo “libre”. Ha sido una cuestión de retornos disminuidos, porque ya no tenemos tanta ansiedad, tal vez. Por lo menos eso me pasa a mí, que mi estómago protesta y mi boca no se emociona tanto como antes.

Será cuestión de costumbre, eso de comer de cierta forma, hablar de cierta forma, caminar de cierta forma, toda mejor que lo que hacíamos antes. A veces dan ganas de regresar a lo que uno era, se prueba, hay alguna felicidad en hacer las cosas “mal”, pero no compensa.

Espero que mis hijos también aprendan que está bien salirse del camino trazado con cuidado de vez en cuando, pero que sólo un poco y que es mejor regresar. Yo también. Y mejor si ya no ceno hoy.

Recuerdos de cosas que no pasan

Escribí el número en el dorso de mi muñeca, esperando que se borrara antes de aprendérmelo de memoria. Un recuerdo por hacer que se escapa por el drenaje cuando me lave las manos y regrese a la mesa vacía porque ya te fuiste, esperando que te llame. No te llamé mañana, ni en el futuro que no pasamos juntos. Recuerdo muy bien ese cumpleaños del año entrante, cuando me diste una mañana de piel haciendo calor entre sábanas de regalo y fui feliz, como no lo voy a ser nunca. Siento todos esos momentos por no venir cuando te veo a los ojos en los que me pierdo como en una noche sin estrellas. Te despediste, eras quien roza una piel casi por descuido porque espera un saludo al día siguiente y yo te respiré como quien no tiene más aire porque no tenía intención de volverlo a hacer. Fui a lavarme tu posibilidad en el lavamanos precario del bar de siempre, desprendiéndome de una esperanza demasiado grande. Salí para no verte más y terminarme la cerveza que ya no tenía gracia, igual que mi vida sin ti.

Me saludaste al día siguiente para volverme a saludar todos los días siguientes de los siguientes, porque tú no te borraste el número que olvidé a propósito que te había escrito en la muñeca.

La tristeza también sirve

Tengo un par de días triste. No como el año pasado que no podía comer y me quería morir de tristeza, ni como cuando murieron mis papás. Pero triste al fin, un pequeño velo que oscurece un poquito mi alrededor. Supongo que es porque murió la gata. Porque no quedó de ella nada que un saquito de piel y huesos que enterré en una caja en el jardín (de Zacapa XO, porque me pareció linda). O porque tengo un fin de ciclo hormonal que me agarró por ese lado y no por enojarme. O porque aún estoy lidiando con que la vida no es como yo creía.

Escondemos la tristeza como si fuera una peste. “¡No estés triste!”, le decimos a los niños cuando lloran porque perdieron un juguete, a la gente cuando termina una relación, a un amigo cuando pierde un trabajo. Negar la tristeza no nos hace más fuertes, nos debilita, porque no abrimos esa herida para que sane.

A mí me cuesta mucho admitirme triste. Prefiero el enojo, es más dinámico, me da energía, la impresión de estar haciendo algo. Y no. Cada cosa tiene un camino y no querer recorrerlo nos empantana.

Hoy estoy triste. Quisiera quedarme leyendo. No puedo. Y está bien. Como está bien estar así. Ya se me pasará. Todo pasa.

Preservar la inocencia

Veo a mis hijos crecer y los aliento a ser lo más independientes que pueden dentro de sus capacidades y madurez. Les enseñé a bañarse, vestirse, comer, hacer deberes, estudiar y todas esas cosas, solos, porque la intendencia de la propia higiene es una cualidad básica. Les pido que piensen por sí mismos aunque eso implique muchas veces que me lleven la contraria y me saquen un poco de quicio. Les contesto lo mejor que puedo hasta sus preguntas más incómodas.

Pero lucho con todas mis fuerzas para preservar su inocencia. Esa cualidad de la infancia que no es tan antigua como creemos, pero que en la modernidad logramos identificar como algo precioso. Nuestros antepasados de hace menos de mil años se casaban a los 13 años. Si se casan ahora a los 30 es que los pescaron temprano. Pero en ese limbo no hemos logrado ponerle atención a la cualidad de no meterle información que no pueden digerir a los cerebros de los niños antes de tiempo. Tanta, tantísima información dispersa al alcance de un teclazo en un celular sin supervisión, y el niño de 10 años ya anda pensando en cosas que no puede comprender.

No pretendo tenerlos en una burbuja, pero sí que no se salten las etapas que les tocan. Hoy, sobre todo, que me tocó enseñarle a mi enano cómo usar desodorante y quiero mandarlo al Japón a que lo hagan bonsai, sé que cada día es más de sí mismo, mucho menos mío. Pero no quiero que se pierda la felicidad y la pureza de su mente por andar metido en cosas que no le corresponden.

La espera de las cosas

A los niños les pregunto qué quieren de regalo para sus cumples. A mí me hacían hacer una lista vaga de deseos que a veces se cumplían y a veces no. Me encantan las sorpresas, pero pocas cosas se aproximan al placer de las cosas esperadas y cumplidas. Es ir de viaje. O uno tiene un plan y le exprime hasta el último momento al tiempo, o va como veleta sin rumbo y sin saber lo que se mira.

Los planes son propuestas a futuro que nos ayudan a disfrutar las cosas por adelantado. Algo así como la línea preliminar de un dibujo que hay que colorear después. No siempre, bueno, casi nunca salen hasta el último ítem. Hay cosas que nos hacen cambiar de rumbo. Hay que estar preparado para no estarlo y que eso no arruine la experiencia. Algo así como la flexibilidad es una señal de fortaleza. Qué lindo poder disfrutar de todo, aunque no lo esperemos.

A mí me gusta planificar, investigar las mejores rutas, adelantarme hasta a los menús disponibles. Pero también me gustan las sorpresas y los mejores días han sido los que me desvío. No siempre.

Puedes nadar, pero no escapar

Estaba nadando en el lago el sábado. El agua está muy lejos de ser transparente y estoy segura que me tragué un par de renacuajos. ¿Será que tomar toda esa cosa verde cuenta como un shot de clorofila? Imposible estar calmada en una situación así, por mucho que mi elemento de ejercicio favorito sea el agua. En una piscina, la ingravidez me sirve para salirme de mí misma. En un lugar con algo de oleaje, tengo que estar completamente presente, por mucho que no exista (espero) un monstruo que me quiera llevar al fondo para tenerme de mascota.

Nos vamos a otras partes para meditar acerca de lo que hacemos todos los días. Las famosas vacaciones que sirven para regresar a la vida real. Pero lo cierto es que la vida real es la que nos debería de dar la paz para ser nosotros, ser el refugio de lo malo. En el peor momento se nos olvida que necesitamos un descanso de nosotros mismos y que eso es sólo posible con esfuerzo, no con un escape. Porque nos sustraemos de lo que siempre hacemos, pero no de lo que llevamos con nosotros y que es eso lo que nos agrede. 

El enemigo, el que nos quita la felicidad, es el sádico que escondemos en la mente, el que tiene la voz que nos hace de menos, el que nos encuentra los defectos al espejo, el que nos recuerda todas las carencias con las que crecimos y por qué nadie nos quiere ni nos va a querer jamás. A ése hay que destruir. Y no huyendo de nuestro ambiente. Enfrentándolo y cambiándolo. 

No me llevó ningún monstruo, aunque sí me enredé en la alguita esa que da asco y pánico cuando lo roza a uno. Nada tan malo como las ahogadas que me doy solita en mi propia mente. 

Actos presenciales

Hay momentos que suceden

aunque no haya nadie para verlos

el universo estallando

un pez al fondo del mar

el pájaro que saluda la mañana

la muerte de un animal.

La vida no necesita de testigos

para transcurrir

pasa aunque no la veamos

es a nosotros a quienes presenciarla nos transforma.

Buen viaje Mina.

Muchos puntos juntos

Los cuadros impresionistas no se pueden ver de cerca. Mejor dicho, no sirve verlos de cerca. Están como pixelados, la imagen es borrosa, las personas no tienen facciones definidas. Pero basta con alejarse unos pasos y todo el conjunto cobra sentido. De puntos salen parasoles, de pincelazos salen personas, de brochazos salen b… (me quedé sin palabra para lo que sale, pero algo sale).

Es igual que tener la capacidad para unir varios puntos en principio inconexos. Es uno de los rasgos de la genialidad el poder traer de un campo de acción, soluciones a otro, el poder ver cómo cosas que no se tocan, se influencian y poder encontrar el camino que todo eso le da a lo que tiene enfrente. Hay una rama del periodismo que se dedica a encontrar esos puntos. En un estudio reciente leí cómo vinculaban el microondas a los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Y para uno mismo. El darse la oportunidad de retroceder, alejarse y ver la imagen de forma más amplia, muchas veces nos deja unir todos esos puntos de nuestras vidas que aparentemente no se tocan, pero que forman parte del cuadro que nosotros estamos pintando mientras vivimos. Todo nos afecta. En todas partes. No podemos descuidar una parte para atender exclusivamente a otra. El chiste es que el cuadro entero quede bonito.

Lo que se sabe es porque se pregunta

Tuve la dicha de ir a ver a Juan Gabriel en concierto. Fabuloso, en casi todas las acepciones de esa palabra. Su famoso “lo que se ve, no se pregunta” es un lema de protección a la privacidad contra la curiosidad mal intencionada de personas a las que uno no debe darles ni la menor explicación. Un poco como lo que dan ganas de responder cuando extraños preguntan insistentemente por el significado de los tatuajes que uno lleva. Mis puntos en el brazo son frecuentemente objeto de interrogaciones que yo tengo pocas ganas de seguir.

Pero… hay cosas que no se saben si no se preguntan. Dentro de un círculo que uno hace grande o pequeño, el interés es parte de los ingredientes con los que se cocina la intimidad. Estar en una relación, de la índole que sea, implica estar consciente de que las personas cambian, los sentimientos fluctúan, los humores giran y que uno no puede decidir que, sólo porque está cercano a la otra persona, uno ya tiene poderes psíquicos y le lee los pensamientos.

Preguntar, acerca de cambios de expectativas, de estado de satisfacción, de gustos, ayuda a saber por dónde va el barquito y si no hay que ajustar el timón. Hasta hacerlo con uno es necesario. Tal vez lo que uno mira no se pregunta, como si el otro está enojado cuando el humo que le sale de las orejas podría servir de señal. Pero sí preocuparse del porqué.

Incorporar cosas nuevas

Hoy, el niño se queda a fut y viene más tarde. Es una actividad nueva que apenas hace unos meses metimos a la rutina. Implica que yo tengo que cambiar la información del bus para que me avise si ya viene cerca. Y no lo hago, porque se me olvida. Porque es una cosa más qué hacer entre el caminito de cosas que ya hago como en automático: sirvo el agua, la pongo a calentar, muelo el café, hago los huevos, preparo loncheras… Y así, les puedo describir mi día con la rutina.

Las cosas que repetimos nos sirven un poco de colchón de seguridad contra los cambios que sabemos que están sucediendo, aún en contra de nuestra mejor voluntad. Nos echamos cremas contra las arrugas que igual aparecen, como me dijeron amablemente mis hijos hace unos días. Mantener una rutina es pedalear hacia el destino más lejano que ya dispusimos alguna vez que queríamos. Pero hay un problema enorme en no darnos cuenta si los cambios nos cambian de dirección cuando no los incorporamos: podemos perder el rumbo.

Es bueno ser lo suficientemente enfocado en el final como para permitir la flexibilidad de los movimientos. Es parte de ser fuerte, eso de poder doblarse sin romperse. De adaptarse sin perderse. De cambiar sin desaparecer.

Hoy me olvidé, otra vez de hacer el cambio del bus. Pero no me olvido de salir a traerlo.