La ilusión de lo inmóvil

Hoy no tenía ganas de vestirme. Ya había gastado las ganas del día en el súper, regresé con lo justo para bañarme y me quedé parada, paralizada, sin poder ni pensar en qué ponerme y contemplando la posibilidad de acompañar a los gatos en la cama. 

Esa necesidad de salirse del camino que uno lleva, aunque sea una mañana, se parece a disfrazarse de niños. Sabemos que seguimos siendo los mismos por dentro, aunque llevemos una máscara de protección contra el conocimiento del mundo. Nos vamos de vacaciones, nos sentamos, dejamos el libro a medias, vemos una pared sin cuadros. Podríamos hasta querer dejar de respirar. Hay varias leyendas que cuentan de personas que se pierden del mundo varios años, con variadas consecuencias. 

Igual que uno. La inmovilidad es sólo una ilusión, porque el tiempo sigue corriendo y toca alcanzarlo para que no lo arrastre a uno. Así que respiramos hondo, nos vestimos y continuamos. Aunque a veces se nos pierda la mirada. 

Como si fuera el fin del mundo

Ayer me tomó dos horas hacer un tramo de media hora en circunstancias normales y, aunque ya la canción de queja contra el tráfico es vieja y todos la conocemos hasta el cansancio, nos sigue persiguiendo. Dan ganas de no salir, pedir todo a la puerta de la casa y esperar que llegue el fin del mundo, porque eso es lo que parece que está sucediendo.

Tan difícil que es acomodarse a las circunstancias cuando éstas no se acomodan a lo que queremos. Las expectativas, al contrario que el esfuerzo, es tener una idea fija de cómo debe ser algo y muy rara vez caza en el molde que le hicimos. Algo leí de eso para las precuelas de películas: nos encasillan a una sola imagen de algo que en nuestra mente tal vez tenía otros escenarios. Imposible abarcarlos todos y nos quedamos insatisfechos.

La realidad es que ahora hay tráfico y que hay que hacer de tripas corazón si uno quiere trasladarse en carro hacia cualquier parte después del mediodía. Ayer fue porque los niños tenían entrega de cintas nuevas en el karate. Hoy llenan de globos el dojo, pero sospecho que no iremos. Salvo que pudiera agarrar uno y volar de regreso.

En busca de lo que no existe

Me gustan las cosas que me gustan. Tautología ridícula hasta que me siento a ver qué realmente me emociona, me conmueve y es todo lo que quiero compartir con la gente a la que quiero. Tanto, que me paso de vehemencia, tratando de hacer que les guste igual que a mí. El sobreentusiasmo es una de mis fallas más grandes, junto con ser binaria, que supongo son una y la misma cosa: o me gusta o no, o es blanco o es negro. 

Examinamos las cosas que vemos y que disfrutamos desde lo que nos da placer, aún en lo que nos duele o atemoriza como una película de miedo, una montaña rusa, una relación medio rota. Nos aferramos a los lugares que pueden ser recuerdos de personas que ya no existen aunque las tengamos enfrente, porque la felicidad como nos la han vendido no es más que una euforia efímera y nunca nos explicaron que estar contento poco tiene que ver con reírse a carcajadas. La felicidad es una mujer plácida, sentada sobre una mecedora, completa en su movimiento estático.

Nada existe como lo imaginamos, pero tampoco importa, porque no hay forma de vivirlo de otra manera. Tal vez sólo podemos ser entusiastas y contagiar a quien queremos con las cosas compartidas. Y dejar de buscar lo que creemos que debería existir.

Sin backups

Por alguna razón que aún no me he puesto a averiguar, mi computadora no tiene backups desde hace un chorro de días. Lo cual es un poco preocupante teniendo en cuenta que guardo aquí mi vida en fotos y palabras. Alguna vez he perdido imágenes de cosas que fueron importantes y me ha dolido casi tanto como la partida de un ser querido.

Dicen que de pequeños recordamos las cosas que nos cuentan y lo creo. Ver álbumes de fotos con los regalos de Navidades pasadas y creer que tengo memoria del carrito de bomberos es una linda fantasía, aun y cuando sé que no es verdad. Todos los recuerdos los distorsionamos al revisarlos, así que puede que esa noche no haya visto a mi mamá vestida de negro, pero sí haya sentido que era la mujer más linda del mundo.

Hay una cosa que permanece: los sentimientos. Ésos no conocen del tiempo, ni de cambios, ni de pérdidas de memoria. Lo que sentimos se queda con nosotros impreso en nuestro ADN personal, ése que nos cambia a nosotros para el resto de la vida. 

Estoy segura que sería muy interesante hacerse un backup propio de las vivencias para poder revisarlas con precisión. Pero no sé si eso nos cambiaría la forma en la que sentimos. Eso sólo lo podemos hacer nosotros, como ejercicio de liberación. Siempre es personal y, de adentro hacia afuera, nosotros tenemos la llave.

Soltar

Una carcajada

la lágrima presa tras las pestañas

las palabras que se quedan entre los dedos

el recuerdo de lo que ya no es

la mano sujeta a la fuerza

la esperanza cautiva

todo. 

Era Hércules

Acabo de pasar una mañana entera pensando que no es Ulises de quien quería hablar, pero no recordaba el nombre del otro héroe. Repasé mi mitología, recordé las pruebas a las que lo sometieron, pensé en un capítulo de Asterix y Obelix, pero el nombre se me escapaba con más éxito que Ícaro. 

Tal vez nuestros cerebros no están hechos para recordar nombres. No debe haber sido esencial en la época en que éramos tribus de no más de 150 personas. Teníamos que conocernos entre todos y ya. Los de las otras tribus, irrelevantes. Además que eso de la identidad propia, separada del clan, es algo muy moderno. Tantos nombres que quieren decir “hijo de, hija de, panadero, cabalga cerdos…” Un nombre propio, seguido de un apellido diferenciado, eso con lo que nos presentamos y sentimos que nos define, es más de estos tiempos. Somos individuos y no nos identificamos con lo que hicieron nuestros antepasados. Es más, hemos cruzado tantas fronteras y mezclado tantas etnias, que no podemos asegurar de dónde venimos. 

Creo que es irrelevante. Que hay libertad en identificarme como persona y seguridad en saber a qué grupo pertenezco, aunque ése también sea ficticio. Y, tal vez, preferiría hacer cosas lo suficientemente importantes como para que perduren en la memoria, mucho después que se desvanezca mi nombre. 

Me refugio en la rutina

La piscina estaba fría. Es diciembre, el sol no calienta el agua, menos genera suficiente energía para que alcance el exiguo calentador, hay viento que ondea la superficie y hace frío. Perro frío. Paso todo el camino pensando que no me voy a meter y termino nadando como perseguida. Es mi rutina. 

Igual así escribo por aquí, porque tengo otras cosas que quisiera escribir pero no me da la fuerza emocional y regreso a abrir esta página en mi navegador y a gastarme las doscientas palabras, un dulcito para aliviar mi ansiedad. Debería estar terminando un par de cuentos, sacándome emociones que no quiero sentir. Pero sigo aquí y ya escribí y con eso me doy por satisfecha. 

Lo mismo paso de un amanecer a otro para ir a los mismos sitios. La comodidad es un placebo adictivo. Un puente entre experiencias. Un tubo de agua en qué desplazarse sin tormentas. Pero todo se quiebra en algún momento y hay que salir a navegar al agua abierta y desconocida, porque la rutina no es más que una balsa y la vida una travesía que no podemos predecir. 

Mañana tengo cosas qué hacer. El jueves también. Y regresaré aquí a hacer lo que hago cuando no quiero hacer lo que debo. Hasta que se me rompa el envase de tanto usarlo y me toque hacerlo nuevo de nuevo.

Las metas que no se logran

Este año no tenía ningún propósito personal aparte de terminarlo. No suena a mucho, pero después del período 2016-2017 de mi vida, era suficiente. 

Me encantan las personas que se sientan a trazar las metas de su vida, con cosas concretas y planes detallados. Cuando se tiene un fin específico, se puede un concentrar en poner la energía y la atención a obtenerlo. El colegio, la universidad, un negocio, un contrato, todo eso es tangible y fácil de medir si se logra o no.

Lo mío en estos años ha sido efímero, abstracto, recurrente, insustancial. Ni siquiera puedo afirmar haber logrado algo más que despertarme todos los días. Escribir es otra forma de respirar para mí y no lo estoy contando como un logro. Haber llegado a diciembre con mi vida más o menos por el mismo camino que como lo empecé, sabe a victoria de ésas que se celebran en un cuarto sin fanfarrias. 

Mis metas tienen qué ver con que mis hijos crezcan sanos de cuerpo y espíritu y que se sepan amados. No sabré si lo logré hasta que yo ya no tenga influencia sobre ellos. También tienen qué ver con darme un espacio a mí misma para fallar. Aún no sé si sirve de algo más que para meter la pata, pero la terapia ayuda a no salirse demasiado. Y terminan relacionadas con crear lazos emocionales edificantes con personas a las que quiero. En este año nadie salió de mi vida y agradezco la compañía que he obtenido.

No tengo metas concretas. No sé ni siquiera si logro las que tengo. Pero ya viene otro año y toca volver a empezar con una rutina que tal vez me entregue alguna satisfacción al final. Aunque no lo mire. 

Lo que se hereda…

Ver a los hijos implica tratar de encontrarse en ellos. Mi madre decía que si los niños eran bonitos se parecían a mi familia y, si no, a la tuya… Pero más que eso, uno mantiene ese instinto de preservarse en algo concreto como la línea de la quijada o el arco de las cejas de otro ser que lo lleva a uno en sí. Tal vez es la única certeza que tenemos que vamos a trascender. 

La humanidad entera ha evolucionado para poder propagarse, aún a costa de la especie misma. Se dice que antes de ser agrícolas, teníamos vidas más interesantes, mejor dieta, mejor salud y más tiempo de descanso. Yo sí creo que mi cerebro no está hecho para andar tres horas en un vehículo de un punto conocido al otro todos los días. Ni siquiera estoy segura que estar sentada sea la posición ideal para mi cuerpo. Pero la revolución agrícola nos sirvió para poder tener más hijos y aumentar nuestro número. Ese imperativo de perseverar, multiplicarnos, replicarnos. 

El verdadero peligro para uno que tiene hijos es creer que su única función es ser pequeñas copias del original. Que les toca llevar alguna especie de estandarte que nos continúe. Antes se hablaba de preservar “el apellido” como si un conjunto de letras fuera importante. 

Yo sólo me maravillo haberle pasado algo de mí al exterior de mis hijos y me preocupo de lo que les pueda estar dando en el interior. Porque más que perpetuarme en ellos, quiero no pasearme y eso tiene mucho más qué ver con lo que les enseño que con lo que les he heredado.