Tienes que querer

Para curarse uno tiene que saber que está enfermo. O sea, ni modo que me voy a poner una pomada en el pie si me duele la cabeza. Lo primero es entender qué pasa. Y querer salir de allí. Llevo conviviendo con la depresión hace cinco años y lo peor es la imposibilidad de encontrar las ganas de ya no estar deprimido.

Lo más peligroso siempre es que uno no sabe todo lo que no sabe. Da miedo. Y uno se aferra a lo poquito de lo que tiene certeza, aunque sea malo.

Tal vez me toque aceptar muchas cosas, pero seguro no estoy cerrada a buscarlas. Quiero. Siempre quiero.

Tiempos definitivos

Fue lindo

mientras quedaron ganas

pero ésas también se van

como se evapora el deseo

con los días repetidos

el calor que desnuda

nos consumió

me quedé sólo

con las palabras que te escribí

ahora nos sirven

para recordar

que fue lindo.

Diferencias

Hay un elemento que distingue la necedad de la perseverancia: el éxito. Y la sabiduría está justamente en identificar si se puede obtener o no. Aunque a veces uno no lo sabe hasta que se topó contra una imposibilidad. Es extraño, porque también en cosas delicadas, como la incomodidad y el interés, la diferencia puede ser simplemente una cuestión de subjetividad: hay o no atracción.

Una parte de nuestro cerebro se ocupa en encontrar patrones, clasificarlos y diseñar rutas de comportamiento para que se mantengan más o menos inamovibles. Es el agente determinado que repite sus procesos porque le han servido otras veces. Abstrae la realidad y la vuelve una categoría. El otro lado del mismo órgano se preocupa de la realidad como es: cambiante todo el tiempo. Como tal, no tiene procesos, sólo observaciones. Es flexible y extrae la información del contexto, no reinterpreta lo que ve. Entre ambos hay comunicación que no siempre es exitosa para nuestra salud mental. Y encontramos que en esas sutiles diferencias se esconde la fuente de la felicidad.

Todo a nuestro alrededor cambia, siempre es diferente. No podemos contar con que lo que hicimos ayer sirva para lo de hoy. Pero tampoco podemos empezar de cero cada vez, sería imposible. Habrá que estar abierto a cambiar nuestros procesos antes exitosos para adaptarlos a las nuevas realidades que nos encontramos todos los días. O pasar simplemente por necios.

Sé poner malos títulos

Lo difícil de escribir un cuento, tal vez no sea escribirlo, sino nombrarlo. Como hacer un niño. ¿Por qué necesitamos titularlo todo? Conozco hasta casas con nombre, generalmente de mujeres muertas hace generaciones, de quienes ya nadie recuerda cómo caminaban.

Me dedico a ponerle palabras a emociones, a través de la única herramienta que tenemos para hacerlo: el lenguage. Y, aunque una imagen pueda decir más que mil palabras, nada es tan elocuente como una cosa bien dicha. Para eso sirven los nombres, para separar e identificar. No es lo mismo cualquier hombre que el que responde a mi voz cuando lo nombro. Es que hasta el gato con mejor récord de ignorar a su humano sabe cómo se llama, aunque no le guste admitirlo.

Me gusta ponerle títulos a las cosas, a las relaciones, a las horas para hacer algo en especial. El martes es el día de lavar las sábanas y con suerte tú y yo somos amigos. No es encasillar las cosas, es otorgarles un lugar propio, aceptando que todo puede cambiar. Hasta el nombre. Sólo no me hagan ponerles títulos a mis cuentos.

Pintar de nuevo

Me gustan las paredes blancas. Es un color que no complica el resto de ambientes, siempre se puede conseguir, no hay que mezclarlo y se mira… amplio. Como si uno viviera dentro de una página por escribir. Pero también me dan ganas de poner murales por toda la casa, que me saluden colores vivos.

Tengo amigos que hacen un verdadero espectáculo de sus ambientes, cada detalle, hasta las plantas, con intención. Mi idea de decorar es poner todo lo que me gusta junto y dejarlo allí. Así están los libros en la mesa de la sala y las plumas en una librera. Los platos bonitos cuelgan de una pared y en mi cuarto están los cuadros que ha hecho la niña. Diseñadora no soy. Y no importa.

Mis paredes seguirán siendo blancas.

En esta casa se baila mal

Hay un par de canciones con las que nos ponemos a bailar los engendros y yo, no importan las circunstancias. Lo hacemos muy mal, porque esa es la idea. Si uno no puede brincar sin ritmo en la intimidad de su propia casa, está más amarrado por dentro de lo que se imagina. Y se nos mueve todo, sin pensarlo, un poco siguiendo la música y mucho siendo felices.

He encontrado que, mientras más me dejo ir con impulsos que me hacen feliz sin dañar a más gente, no importa si son ridículos, me ayudan. Como cantar en la ducha del club, aunque me escuche más gente. O ponerme los shorts cuando hace calor. O darle un abrazo apretado a los míos.

Creo que nos importa demasiado hacer las cosas bien, cuando deberíamos hacerlas felices. Nada en esta vida (bueno, pocas cosas), son tan tremebundas que no se puedan arreglar. ¿No quedó bien ese pastel? Habrá que volver a hacerlo. Y así con todo.

Hay más felicidad en bailar mal que en nunca bailar bien.

El arroz a lo bruto

Desde hace quince años, hago el arroz en arrocera. Porque ha sido tan sencillo. Y porque, para ser algo que se come siempre, el arroz resulta ser una cosa muy quisquillosa de hacer. Todo iba bien en ese vecindario de mi cocina, hasta que la bendita maquinita se arruinó.

Hay tantas cosas que funcionan perfecto hasta que ya no. Y tal vez los resultados no sean los mejores, pero son consistentes y a uno lo gana la ilusión de poder predecir los resultados en un mundo tan lleno de incógnitas. Hasta que se arruinan las formas conocidas y hay que aprender algo nuevo. Siempre llega ese momento, ni la forma de maquillarse puede quedar igual toda la vida. Menos cómo llevamos nuestras relaciones.

Así que se vale tener una manera cómoda de hacer las cosas. Pero hay que saber que, alguna vez, eso ya no va a funcionar. Hoy haré arroz en olla, como una cavernícola. Y me va a salir rico.

Limpié la bodega

Tengo varias cajas con telas y encajes, hilos y bastidores. Además de los juguetes de mis hijos que guardo. Y herrajes de caballos. Y herramientas viejas. Y mis trofeos de cuando tiraba y ganana campeonatos. En una bodega en l esquina del jardín, un cuarto grande, en el que he metido lo que no quiero ver todo el tiempo pero de lo que no me quiero deshacer.

Sentí delicioso hoy limpiarlo. Tirar todo lo que de verdad no quiero. Quedarme con el resto porque sí lo quiero. Que es distinto que no quedármelo por no sacar cosas de mi mamá. Lo vi todo y puedo hacer algo con ello.

Limpiar espacios es hacerle lugar a cosas nuevas, aunque sea la nada. Y eso es perfecto. Pobre la gente que venga después de mí y le toque ordenar eso, si no lo hago yo primero.

Una lista de eventos

Si tuviera qué confesar, diría que me gusta cómo soy ahora. Pero que hubiera querido ahorrarme un par de “lecciones” que me llevaron hasta aquí. Obvio no se puede tener una cosa sin la otra, pero tal vez me gustaría ser de otra forma también.

Hacer una lista detallando las cosas que nos han formado es más complicado que hacer una historia clínica. Además está el problema de la transitoriedad de nuestro propio estado y de cambiar de opinión acerca de qué y cuánto ha sido importante en nuestras vidas. Porque no vemos el pasado igual hoy que mañana y lo que nos pesaba antes puede ni siquiera registrar un sentimiento hoy.

Todo lo que hacemos nos define. Pero nada nos limita. Porque siempre vamos corriendo esa definición a otra cosa en la que también nos estamos convirtiendo. Lo mejor es reconciliarse con lo que vamos siendo.