Las nuevas formas de las cosas viejas

Desde siempre me han encantado los membrillos. Recuerdo comerlos con sal y no aguantar terminarme uno por ácido. Las jaleas que hacía mi mamá para comer con pan y queso. Luego descubrimos que, quitándoles la tapa y haciéndoles un agujero, los podíamos llenar de sal, dejar reposar y comerlos sin que lo ácido molestara.

La humanidad repite las mismas historias una y otra vez, no porque le guste recordarlas, sino porque las olvida. Cada nuevo corazón que se enamora por primera vez, vuelve a contar los mismos cuentos y decirse las mismas palabras. Pero es nuevo para él y por eso es nuevo.

Los que escribimos, sabemos que no hay nada verdaderamente original que podamos poner en papel. Sólo lo podemos presentar desde nuestro punto de vista particular. Y allí esta el secreto de la vida. Trabajamos con herramientas y materiales milenarios para enseñar una parte diferente. O al menos eso tratamos.

Como las formas distintas de preparar el mismo membrillo. Hoy lo horneé y resultó una mezcla entre la fruta imposiblemente ácida de antes y lo dulce de la jalea. Igual y nuevo.

Lo que hace el Mundial

Hay mundial. Perdón, The Múndial. Yo no soy fanática del fútbol, pero entiendo perfectamente ese sentimiento avasallador que hace que gente adulta le grite a la tele, como si le fueran a contestar/escuchar a uno. Actitudes de niños de menos de dos años que creen que los muñequitos esos existen.

No tengo equipo que me apasione, pero si tengo que irle a alguien, le voy a Alemania, al fin y al cabo fueron varios años de colonización en el colegio. El domingo fuimos a verlos perder al Club Alemán, lugar que, cosa entendible, estaba lleno de descendientes en varios grados de inmediatez o lejanía de antepasados teutones, algunos más tostados que otros, pero todos con la expectativa de la supuesta fácil victoria. El ambiente se fue desinflando conforme iba avanzando el tiempo y, no sólo no lograron ganar, sino que perdieron.

Todo puede pasar en una cosa de éstas y era el primero de muchos partidos. Hasta allí, todo bien. Lo que no me entra en la cabeza es que había más de una persona engalanado de pies a cabeza del equipo mexicano, gritando el gol, felicitando cada atajada y poniéndose a imitar con el mejor galío de mariachi a la Tortrix un grito charro cuando terminó el asunto. O sea, qué valientes. Y está bien, pero estaban en la casa del otro equipo…

Como si yo hubiera llegado con camisola de die Mannschaft a la embajada mexicana. No sé, no me cuadra porque yo no lo haría. Y también entiendo que no es el fin del universo, nadie les dijo nada, todos se fueron muy tristes o felices y no sucedió ningún incidente.

Hoy hice hamburguesas

Tenemos diez años de vivir en la casa en donde yo viví toda la vida. Entre una y otra remodelación que no terminan, siento que siempre hay paredes que necesitan repello, lámparas que no se han puesto y muebles por hacer. Un proceso tan largo que podría equipararlo con la vida y esas cosas, pero no tengo ganas. Lo cierto es que hay baños sin terminar, las duchas no quedaron como yo las quería, cuando pusieron las puertas arruinaron las paredes y no quiero que arruinen las puertas cuando arreglen las paredes. Eso. Tantos “esos” que había dejado de invitar gente, porque no estaba terminado el asunto.

Pero no se puede vivir en suspenso. Siempre hay algo qué hacer y uno se fija en lo que falta no en lo que está. Y hay tanto que está. Están los cuartos de los niños, está mi clóset, está mi cocina. Mi cocina. Ese lugar mágico en el que me transformo en hechicera y hago cosas que a todos les gustan. Está el jardín con flores, ni una rosa. Está el lugar en donde está mi escritorio, aunque todo el mundo pase y me interrumpa.

Y hoy hice hamburguesas para mi familia en donde siempre hemos ido a comer los domingos. Este domingo tocó en mi casa, a la que le falta mucho, pero no comida y sillas y mesa en donde sentarnos y platicar y tomar vino y comer. Comer y comer y comer.

Uno nunca está terminado. Supongo que así será siempre. Y qué alegre. Mientras haya comida.

Lo que nos mueve

Los niños están de vacaciones y lo único que logro a veces es que se bañen. Y esto sólo bajo promesas de helados y cosas así. O con amenazas de no dejarles ver tele. O jugar con el play. Detesto el play. Es malo si juegan y malo si no.

Pero motivar niños resulta sencillo. Uno de padre conoce en dónde están los botones, tiene la autoridad y es dueño de las herramientas de entretenimiento. Con uno es mucho más difícil. De adultos debemos encontrar la razón para hacer las cosas desde muy adentro. Engañarnos inclusive para sentir que sí, que queremos hacerlas. Como ejercicio por las mañanas, dejar de comer el helado por las tardes, la copa de vino por las noches.

Porque encontramos muchas mas razones para no hacer lo que sabemos que nos conviene, porque duele, incomoda, da pereza. Queremos tener todos los beneficios de las cosas buenas, sin hacerlas.

A mí me motiva el dolor. El de no querer disgustarme en el espejo, el de no querer estar como mi mamá tan deteriorada cuando murió, el de la vocecita insistente que me levanta y empuja, aún venciendo mi desidia. Confieso que yo pasaría leyendo acostada todo el día y podría ser feliz. Pero no útil. Ni estaría bien.

Al final me mueve mi propia voluntad y aprovecho porque no sé cuánto tiempo ésta sea lo suficiente.

Las fuentes de Versalles

Pusieron en Netflix una serie acerca de Versalles y cómo Luis XIV decide construirla. No está lejos de ser una novela con intrigas y pasiones y amantes. Producida con un sentido estético bello, obvio deja del lado la peste de la gente sin bañarse, las pulgas en la ropa, las ratas en las pelucas… todas esas pequeñas cosas sórdidas y asquerosas que se nos pasan por alto cuando leemos novelas de esa época.

Hoy amanecí con una fuga de agua en el jardín que elevaba un chorro cual fuente en palacio francés. A cerrar la llave de entrada y a apagar la bomba, empaquetar niños y huir hasta la llegada del plomero. Pocas cosas agradezco más que el agua corriente, los artículos de higiene personal y los antibióticos en esta era moderna. Me parece mentira que no todo el mundo tenga acceso a esos adelantos básicos.

Me fascina la época de Luis XIV, pero para verla delejos. Con un vaso de agua pura al lado y luz para leer. Los jardines y el poder deben haber sido gloriosos, pero pocas cosas le ganan a un inodoro que funciona.

Ya vino el plomero y espero poder conectar hoy mismoel agua.

No quiero soltar

Soy abogada. Al menos eso estudié. Tengo dos hijos menores de edad. El mayor de 10 años. Y no había hecho testamento. Detestable eso. Ni idea por qué, porque morirme no me molesta. Tal vez dejar a los bichos pequeños sí.

Dejamos cosas desagradables pendientes de hacer. Como si el olvido las fuera a terminar. O a desaparecer. Y no. Las cosas no se van, no se finalizan solas, no nos dejan. Hasta que nosotros mismos las hacemos.

No siempre lo dejamos de hacer por desagrado. A veces lo inconcluso es el último eslabón de algo que se esfuma, como no ponerle lápida a la tumba de mis papás porque no los he terminado se soltar. Somos complejos. Ni siquiera entender las conductas irracionales las elimina. El cerebro sólo nos da el panorama del curso que nos hace tomar el corazón. Supongo que algo es algo.

Hacerse la bestia es reconfortante, igual que meter la cabeza entre las sábanas para esconderse. No soluciona nada, pero se siente como si sí lo hiciera. Hasta que ya no basta y hay que sentarse a escribir con quién se quedarían los niños si no estuviéramos. Espero no tener que hacer la prueba.

Dos hijos únicos

Soy hija única. No es ni bueno ni malo, sólo es lo único que conozco. Yo sí quise tener más de un hijo. Cuatro, de preferencia. Tengo dos porque es lo único para lo que me dio el cuerpo. Está bien. Uno en cada mano. Generalmente somos los tres juntos en todo. Hasta el karate lo hacemos juntos. Tele, juntos, comidas, juntos, cuentos de noche, juntos, canciones de cuna…

No entiendo bien cómo es la dinámica entre hermanos, pero sé que me gusta que estos dos tengan a alguien de su grupo etario con quien compartir la intimidad de una crianza. Aunque sea sólo para quejarse juntos de mí. Pero sí entiendo la necesidad de pasar un momento a solas con los papás, de sentir que toda la atención es de uno.

Eso hice este fin de semana. El sábado con la niña y hoy con el niño. La dinámica es totalmente diferente, se relajan, se puede ser más tranquilo, más cariñoso, más juguetón. Comimos rico, paseamos y regresamos con un pedacito de recuerdo que es sólo nuestro. Bonito eso. Restaurador. Espero que les siga gustando hacerlo por mucho tiempo.

Las relaciones en las casas son esa mezcla extraña de poder y control y soltar para tener independencia. Espero que, cuando sean grandes, tengan más presentes los momentos en los que simplemente nos hicimos compañía y comimos un helado viendo perros que no son nuestros pasar.

En tus ojos

Quisiera ver con tus ojos

la noche fría cuando sales

el mar inmenso que te llama

el árbol que usas de sombrill.

Las cosas desde donde estás

cómo te fijas en sus bordes

los colores que se te prenden en las retinas

la forma que distingues como frontera.

Sobre todo quisiera usar tus ojos

para verme como tú lo haces

descubrirme en dónde está el lugar

que te vuelve a llamar a mi lado.

Los días entre días

Hay rutinas diarias que no se cambian como la hora de comidas y la de dormir. Otras que van en ciclos más largos, como semestres y vacaciones. Pero todo lleva un ritmo. A veces no lo podemos ver, porque los movimientos son más largos y no siempre entendemos ese flujo.

Todo tiene orden, aunque no todo regresa. Nuestras propias vidas tienen un arco que termina en el mismo lugar, siempre. A veces repetimos círculos que nos son nocivos porque no sabemos cómo cerrarlos. Otros nos ayudan a avanzar porque nos dejan movernos en campos que conocemos.

A mí me cuesta mucho salirme de los lugares que ya habito. Como si no hubiera pasado suficientes cambios como para saber que no pasa nada. Aunque pase todo.

Ahora mismo, los niños están de vacaciones y se me cambia la rutina de la casa. Pero hago otra que se ajuste a las nuevas circunstancias. Y así todos contentos. O, al menos, ordenados. Mi mayor logro en estos días es que se bañen. Casi siempre tengo éxito. Y sí se van a dormir a la misma hora.