Cosas que no cuento

A veces me quedo dormida haciendo meditación.

No logro ver un capítulo entero de Mindhunter por la noche.

No me gusta el brócoli.

Escribo sin editar.

Abro los ojos un momento cuando beso.

Me río mucho, lloro poco, pero no es que siempre esté feliz.

Prefiero enojarme a sentirme triste.

Todas las cosas que no contamos también son nuestras o somos de ellas, porque nos forman desde lo más profundo. Son las vigas de nuestra estructura subconsciente. Ese dolor de corazón roto que tapamos con la ropa y la sonrisa nos puede impulsar a ser más empáticos o a escondernos.

Lo que nos quedamos nos atrapa. Hay que aprender a soltarlo.

Alguien que te conozca

Tan divertido el «quien no te conoce, que te compre», para recordarle a alguien que uno sí le sabe las mañas. Hay relaciones así, en las que uno se conoce todo del otro. Y es mentira.

Nadie puede suponer conocer del todo a la otra persona, por la sencilla razón que ninguno somos iguales todo el tiempo. Es cuestión de lógica, no podemos comportarnos igual con todos, porque nuestras relaciones son diferentes. Así que mostramos una cara distinta según con quien estemos. No es doblez, es la simple realidad.

Quedarse estancado en la creencia de conocer a alguien nos veda la oportunidad de acompañarlo en su crecimiento. Nos pasa muy seguido a los papás, que volvemos a ver a nuestros hijos pequeños, aún mucho tiempo después de no vivir juntos. O nos comportamos como cuando éramos adolescentes en el colegio con nuestros compañeros de clase en las reuniones de veinticinco años de graduados.

El estancamiento es la muerte. De las relaciones, del crecimiento personal, de la curiosidad. Creer que ya sabemos todo y no aprender cosas nuevas son caras de la misma moneda.

Así que, aunque no estemos dispuestos a comprar a nuestros cuates, porque le hemos sabido algunas mañas, guardemos un espacio de duda acerca de si sí pueden cambiar. Es lo que nos gusta que hagan con nosotros.

La herida sana a su tiempo

El gato tonto, luego de dos operaciones, dos diferentes conos de la vergüenza, un traje para gatos postoperatorio (que tuve que acomodar para que no se llenara de pipí), una sacada de puntos casera y dos meses de cuidados, al fin sanó. Coserlo fue menos complicado que curarlo y parece que su piel tarda en cerrar. Creí varias veces que se moría y ya estaba buscando caja para enterrarlo en el jardín.

Las heridas sanan a su tiempo. Claro que requieren cuidados especiales, no puede uno pretender dejarlas estar así sin curarlas, porque se infectan. Y tampoco se pueden ignorar porque matan. Las cosas que nos duelen hay que ventilarlas, darles la medicina necesaria y ayudar a que cicatricen. Pero tampoco podemos pretender que se desaparezcan sólo porque ya no queremos que nos duelan.

El tiempo no es una cura en sí misma, sólo el ritmo al que nos movemos. Tanto para lo bueno como para sanar.

En pedazos

Desmadejo mis venas

Te entrego un hilo

Mi sangre la dirección

Para que llegues a donde estoy.

Allano con palabras

El camino

Las formo del aire

Que dejo de respirar.

Hago yesos de mis manos

Las gastas en paredes

De esquinas confusas,

Pasillos oscuros.

Me deshago entera

Haciéndome camino.

Vacía por dentro

Lo peor que uno puede sentir es que no es suficiente. Que no importa cuánto sepa hacer, cuánto sea, cuánto dé, nunca va a ser suficiente. Es una piedra con filo que desgarra y le recuerda a uno que siempre falta algo.

La pesadez oprime. Dan ganas de salir volando, aunque sea de un puente.

El remedio puede ser dejar ir todo lo que uno cree que es y quedar vacía, ligera. Sin querer dar, sólo ser. Tal vez por eso nado, para sentir que floto.

Todas las pelotas al aire

Estar en medio de una negociación es como hacer malabarismo con demasiadas pelotas. Y también así se siente organizar vida con hijos y esposo y trabajo y amigos y uno mismo. Es emocionante pero inevitablemente alguna tiene que caer.

Lo malo es que frecuentemente la que se cae es la que implica darse uno mismo su tiempo y ponerse atención. Es la más sencilla de dejar fuera y la que más afecta en el mediano plazo no cuidar.

Tal vez necesito dejar todas las otras guardadas un rato y sólo jugar con una. No es un espectáculo muy impresionante, pero sí el que me hace bien. Además no es para siempre.

¿Te dolió?

Las emociones que sentimos alrededor de los demás tienen todo qué ver con nosotros y poco con lo que nos pasa, menos con lo que otra persona haga. La reacción primaria es sólo eso, un momento inicial en el que no tenemos control y que luego se desarrolla en nuestro interior. Lo que sentimos, generalmente, se alimenta de nuestras vivencias anteriores, de la cosmovisión que tenemos y de las creencias acerca de nosotros mismos que probablemente llevamos desde niños.

Ese dolor que nos aplasta porque la persona que queremos no nos quiere como nosotros queremos que lo haga, ni le quita fuerza al cariño, ni nos indica cómo se siente el otro. Sólo nos sirve de faro para entender en dónde está el agujero de autoestima que carcome nuestro interior. Es el ego lo que lastima. El poner en causas externas el motor de nuestra vida. En esperar cosas de los demás.

Yo vivo recordándome en dónde me falta y tratando de ocultarlo para no ser vulnerable. Lo cual me hace aún más propensa a salir lastimada si no obtengo lo que quiero. Cuarenta y tres años de vida no son suficientes para trascender eso y no creo que me basten otros cincuenta más. Pero sí puede tomarme un momento para respirar y hacerme dueña de las emociones que surgen, no dejarme aplastar por ellas.

Sí. Duele. Qué bueno. Allí hay que trabajar.

Te dejo una marca

Tengo amigos de muchos años con los que nunca hablo y amigos recientes con los que tampoco hablo. Supongo que soy un poco arisca y me acaban de decir que acepto a menos gente a mi alrededor. Tiene qué ver con mi adolescencia, cosa de la que no vamos a hablar, todos tenemos historias de infancias y adolescencias complicadas y llenas de carencias.

Pero todos pasamos por la vida de los demás dejando alguna medida de huella. No vivimos aislados y no podemos estar sin mezclarnos con la gente que nos rodea. Aunque no nos demos cuenta, hasta en el tráfico incidimos en el día de la gente y marcamos nuestra presencia.

Si puedo elegir, quiero pensar que mi huella es liviana y que no duele.

Por escrito

Te lo puse todo por escrito

Palabra por palabra

Metiendo mi voz en la tinta

Mis ojos en los espacios.

Verlo sobre el papel

Inerte hasta que lo leas

Igual que mi piel

Mientras no la tocas.

Las conversaciones difíciles

El niño estaba de tragedia por algo que le importa mucho y me pidió salirse. Del colegio, de sus amigos, de su círculo. Es algo remediable, pero que requiere quedarse en un lugar incómodo. Y a mí me toca decirle que le tiene que hacer huevos.

Me encantaría quitarle todos los obstáculos y que no tuviera ninguna de estas crisis, porque me duele verlo doliendo. Me toca a mí aguantarme y decirle que no se va a ir a ningún lado, porque los problemas se enfrentan y solucionan. Que se forma el carácter. Y que yo estoy a su lado, apoyándolo.

Supongo que el aprendizaje es para ambos y no sé si lo estoy haciendo bien. Pero sí quiero creer que él sabe que lo quiero y que estoy allí para él. Siempre.