Olvida

Si vas a borrar algo de tu memoria

que sea el recuerdo de mis ojos

para que te vuelvas a sorprender

cuando te miren como yo lo hacía.

Una pequeña ayuda

Las cosas difíciles de alcanzar se ponen allí por una razón: esforzarse más o pedir ayuda. A los niños les quedan muy alto los aparatos que no queremos que usen. Alguna vez escuché que la regla de la casa para leer libros era que se podía agarrar cualquiera que pudieran alcanzar.

Luego está lo que no podemos hacer solos. Como llevar una relación. Tener una amistad. Jugar tenis.

Yo detesto pedir ayuda. Detesto pedir cualquier cosa. Como si pudiera obtener lo que quiero por telepatía. Lo que me da miedo es que me digan que no. Que no me lo quieren dar. Que no me lo merezco. Pero así lo más importante siempre queda fuera de mi alcance.


Tantos libros

La queja de siempre es que hay tantos libros por leer y tan poco tiempo. Yo creo que he leído bastantes y hablo con alguien que ha leído el doble y me da envidia. Tal vez también porque ya no puedo meterme tanto en la lectura como cuando no tenía otras distracciones. O tal vez porque me distraigo y no leo.

Me siento abrumada muchas veces con todo lo que tengo por hacer y me quedo como venado lampareado, estática, sin poder decidir en dónde comenzar. Es como estar parado viendo marcas de papel. Hay tantas, tantas opciones y uno sólo quiere que limpie, pero igual no se decide. Muchas formas y en muchas cosas puede uno perder (invertir) su tiempo, ese que no regresa. Hasta en la nada. Pero bien hecho, con decisión y no simplemente por no poder hacer otra cosa.

Tengo libros por leer en mi librera, cada vez menos, eso sí. Y demasiados libros qué comprar y leer allá afuera. Tal vez pueda convencer a quien corresponda que me regresen un par de vueltas por acá para poder entrarle sólo a la lectura. Y distraerme lo suficiente como para volver a usar esa excusa.

El estado de la mente

Los estímulos vienen de fuera y los procesamos internamente. Eso nos hace una amalgama de cuestiones que nos pasan y que recibimos. El estado de nuestra mente es algo que sólo podemos cambiar nosotros, aunque algunas veces necesitemos terapia o fármacos. Preferiblemente no lo hacemos con sustancias peligrosas. Creo que hay algo enternecedoramente humano en nuestra búsqueda de alterar la percepción de la realidad. Tal vez porque entendemos en un plano muy profundo que eso que llamamos realidad sólo es otra forma de interpretar lo que nos pasa.

En un proceso de terapia, parte del triunfo sobre el problema es identificarlo, estar conscientes del mismo y darle una interpretación que nos permita continuar. Internalizarlo, dejar de tratar de separarlo de nosotros, aceptarlo y ser mejores. El estado de nuestra mente determina la forma en la que vemos la realidad. Y lo que recibimos incide en nuestro estado. Una serpiente mordiéndose la cola. Siempre me ha llamado la atención la imagen de algo devorándose a sí mismo y siempre me ha dado miedo hacerme eso a mí misma. Es tan fácil perderse en divagaciones sin fin en las que recreamos momentos a los que les asignamos importancia. Todo puede tener importancia. O nada.

Hoy tuve un momento sumamente desagradable en mi día y lo he estado procesando desde el lado de la emoción primaria que surgió: el enojo. No le doy mayor importancia al evento, ni trato de buscarle una explicación cósmica. No puedo dejar de sentir las secuelas de la adrenalina, ahora mismo me duele la cabeza. Pero es una cosa más que pasó y ya. Pasó. Al menos ese estoy tratando que sea mi estado.

Comenzar mal las cosas

De esos días que despiertas con medio ojo abierto, duele la espalda al levantarse, se revienta la yema del huevo y el café sale aguado. O las amistades que tienen cosas desagradables en común. O los trabajos que dejan un mal sabor en la boca desde el primer día.

Las cosas que comienzan mal, terminan mal. O no. Porque siempre pasa suficiente tiempo como para arreglarlas. Tal vez es más importante arreglarnos nosotros mismos. Todo puede saber, verse, sentirse mejor. Cuesta lo que cuesta volver a contarse la historia del día.

La narrativa con la que vivimos es la que está contándonos la vocecita del cerebro. Esa que nos ayuda a encontrar hasta el último defecto en el espejo. Pero, al final del día, somos nosotros los que escribimos el guión y damos las direcciones. Yo quisiera que me contaran una historia lo suficientemente buena como para dormir sin problemas todas las noches. No importa cuán mal puedan comenzar mis días.

Un pozo

Caminé al borde de tus ojos,

incliné la cabeza para verme reflejada allí

intentando encontrarme en cómo me miras

me caí dentro de ellos

no tienen fondo

estoy flotando sin corriente en un espacio vacío

todo brilla en esta oscuridad

de un cielo sin estrellas.

Aún no sé cómo me miras.

Tres deseos

Para ser feliz, hay que alinearse con las creencias imperantes de la sociedad en la que uno vive. Al menos eso dice un historiador. El hecho de sentirse uno con un propósito, cualquiera que ese sea en el momento en el que está, le da a la vida la sensación de satisfacción, que es la única que puede equipararse a la felicidad como estado emocional constante. Hablar de un estado basal emocional es situarse uno dentro de sí mismo y saber hasta dónde uno vive contento, o no. No estamos hablando de la euforia de un momento emocionante, sino de el sentimiento que rige como energía y con el que nos levantamos todas las mañanas.

Yo creo que tengo un nivel elevado de felicidad. Como cosa contradictoria con mi cara de “resting bitch face” y la fama de enojada que me he logrado gracias a ser directa y clara. Una cosa nada tiene qué ver con la otra. Tal vez por eso en un ejercicio de pedir deseos, no escogí “ser siempre feliz”, porque hay que experimentar todas las emociones y porque eso simplemente sería muy aburrido.

Tres deseos creo que podemos tener en la vida, sin necesidad de genios que salen de las lámparas. Yo quisiera comer sin engordar, no tener que preocuparme de cosas materiales de mi familia, el tercero sería difícil. Pero por lo que deseamos podemos conocernos mejor.

Hoy no soy igual

Ven, que te quiero platicar de todo lo que no somos iguales a ayer. Pasó una noche, buena o mala, comimos rico o no y estuvimos cerca de personas a las que queremos, o al menos eso espero.

Todos los días que pasan puede que hagamos lo mismo, pero no somos iguales. Porque siempre hay una pieza menos en nuestro cuerpo, una célula nueva que la sustituye, un patrón de pensamiento distinto porque ya tiene otra información. La diferencia entre nosotros y un programa de computadora normal es que incorporamos todo lo nuevo a nuestro acerbo de experiencias y nos adaptamos al cambio, aunque sea para no aceptarlo.

Hoy no escribo igual que hace tres años, me falta la frescura de los temas primeros, pero lo hago con más soltura y por eso sigo. Supongo que aprender a mejorar, no sólo a cambiar, es la clave para encontrar más felicidad de la que voy dejando atrás.

¿Ves cómo cambiamos siempre y dejamos de ser los mismos?

Vivo revisando

Cuando organizo los viajes, siempre me entra la preocupación de no haberlo dejado todo bien. Reviso y reviso y reviso. Que si estén los pasaportes, las visas, los pasajes. O que si dejo encargados a los gatos, la casa, suficiente comida. Casi es un poco obsesivo.

Pero también me pasa con las cosas que hago. Es como si agarrara el recuerdo y le diera vueltas y vueltas. Lo reviso y lo reviso y me atormento cuestionando lo que dije. O lo que no dije. Si fuera crítico de cine y mi vida una película, sacaría cero. Siempre ha sido así. Mi voz interior es una cosa cruel que me demuestra una y otra vez cómo hago mal las cosas.

Ya le estoy dando clases de amabilidad. Trato de hablarme como les hablo a las personas que quiero. Aunque vuelva a revisar. Tal vez algún día logre encontrar todo lo que hice bien.

Vamos a regresar

No tengo voz. No sé si fue el aire acondicionado o tener que hablar tanto. Pero sueno a cuerda vieja. Así me siento también luego de días mezclados entre tensos y de sociabilidad forzada.

Es increíble cómo todo se nos gasta, hasta las palabras y cómo suenan. Recuerdo que mi mamá ya no podía cantar en sus últimos años de vida. Los ojos también se ponen grises y ni hablemos del pelo con las canas.

Pero tal vez este desgaste es tan solo la forma que tiene la vida de lijarnos para encontrarnos la forma esencial que a veces llevamos escondida. La raspada duele, pero termina uno mejor acabado. Hay muchas cosas que ya no acarreo conmigo más que como referentes del espacio que ya no está lleno de fantasmas pesados. Ha dolido quitarlo, pero estoy más liviana y puedo regresar a los lugares de antes sin ahogarme por exceso de peso.

Vamos a regresar siempre. Pero cambiados. Tal vez sin voz. Pero ojalá sin equipaje que no necesitamos.