La utilidad de las opiniones

Estoy en un taller de escritura genial. El profesor es sumamente culto, con consejos prácticos muy atinados y ejercicios interesantes. Todos debemos escribir y opinar acerca de lo que hacen los demás. Y lo detesto. Con todo mi ser. No es que no esté abierta a recibir opiniones, si no porque creo deben venir acompañadas de un qué hacer para arreglar lo que te gusta o no.

Tenemos muy enraizado el temor a ofender y siempre decimos que algo nos gusta, hasta que salimos del lugar y podemos decir anónimamente que nos desagradó. No creo que haya usuarios y pilotos de Uber con mala puntuación, porque “qué pena”. Luego están las redes sociales plagadas de quejas y tiradas de lodo a todo lo que hacen los demás y no concuerda.

Hay ámbitos en los que nuestra opinión es tan útil como un patines para una culebra. La apariencia, los atuendos, los gustos de terceros que jamás nos han ni dirigido la palabra es uno muy claro. Luego están las ocasiones en donde es necesario darlas, como en el caso del taller.

Igual que los consejos, una observación a otra persona sólo cuando es solicitada y aún así, con tacto y utilidad. La opción de verse más bonito porque uno se quedó calladito también es válida.

No hay cómo esconderse del tiempo

De muy pequeña vi una película que no me tocaba: Logan´s Run. Me dejó marcada, porque yo habré tenido como ocho años y me impresionó mucho que todos esos viejos fueran jóvenes. Pues, a mis ocho, la gente en sus veintipicos de la película me parecían ancianos y no entendía muy bien cuál era el problema de envejecer más.

Tengo bastante más de ocho. Bastante. Estoy en esa edad rara en la que ya no soy joven, pero casi lo parezco, pero ya me comienza a cambiar la cara, pero casi no se mira. A una movidita de edad para que me caiga toda junta.

Las mujeres, pasada cierta edad, pareciera que dejamos de servir. Ya no podemos tener hijos, ya no somos atractivas, ya nos arrugamos y encanecemos (tengo tres canas visibles y prominentes en el principio de la frente, cuatro si quieren ser exactos). Ver a una mujer famosa que no trate de disimular su edad es tan raro como un unicornio rosado. Hasta que sale una Sarah Jessica Parker, en toda su arrugada gloria y, además de darnos un pequeño halón en medio del vientre un poco flácido, uno de mujer más de su edad que de veinte, no quiere verse así.

Nos pega muy duro eso de tener unida la autoestima a la apariencia. Y digo “nos”, porque soy esencialmente vanidosa y no sé cómo despegarme de lo superficial sin quitarme algo de mí misma.

Lo cierto es que la edad nos alcanza a todos. Sólo hay que hacer lo posible porque no nos pase encima.

Lo que se hereda, se pinta de turquesa

Bueno. Al fin me decidí y pinté el dichoso comedor antiguo de color turquesa. Porque es mío aunque me haya dado miedo que mi papá me llegara a halar los pies en la noche. Quién sabe si no fue por eso que tuve pesadillas.

Nos hacemos una vida propia con cosas que halamos de atrás. Han descubierto que los comportamientos pueden ser transmitidos a través de los genes. Resulta que uno, no sólo no existe molecularmente, termina el fin de sus días siendo más bacterias que uno mismo, si no que hasta los patrones de conducta son de alguien más.

No somos más que lo que decidimos ser con todo eso que no somos. Porque lo único verdaderamente nuestro son nuestros sentimientos y esos nos dicen hacia dónde ir. Hay corrientes psicológicas que explican cómo las emociones son el mejor aparato de medición de nuestro bienestar. Ya con esa base, podemos escoger ir a favor o en contra.

Y allí es en donde nos encontramos. En nuestras decisiones, tomando en cuenta todo ese revoltijo de cosas que nos vienen de otras personas.

Por eso, mi comedor, el que ha pasado por tantas manos, sigue siendo el mismo, pero diferente.

Interpreto sueños

He tenido pesadillas las dos últimas noches. Desde molestias muy primitivas como tener que ir al baño en un lugar público y asqueroso, hasta la de anoche que fue la ganadora. En resumen, yo estaba perdida y dos tipos muy grandes me querían violar. Horrible el sueño. Desperté con el corazón en la boca y no pude volver a dormir.

Cuando soñamos es como si nuestro cerebro no lineal ni lógico se encargara de proyectar una película. Haciendo una simple asociación de ideas, halamos imágenes que creemos que se sienten como lo que nos está pasando. A veces resolvemos problemas. Otras los magnificamos.

Es interesante tratar de entendernos y descifrar qué nos quisimos decir. Como si supiéramos más de lo que creemos que sabemos. El problema es que la parte nuestra que sabe, no habla y se tiene que comunicar en símbolos. Y ésos no siempre son claros.

Yo creo que me dije a mí misma que, aunque lo que ha pasado en los últimos años ha sido horrible, no es mi culpa, está fuera de mi control y es superable. Al menos eso quiero creer. Porque no me gustaría simplemente ser una masoquista que disfruta verse sufrir y por eso manda pesadillas.

A veces hay que decir lo obvio

¡Qué grande está la luna! Lindo el cielo azul. Hace calor/frío/sol/hambre. Hacemos observaciones de cosas evidentes. Todo el tiempo. Como si necesitáramos partir del mínimo en común para establecer una relación con alguien desconocido: si los dos sentimos calor, en algo coincidimos y ya podemos hablar.

Pero también creo que nos sirve para sentar claridad en las relaciones. Porque no siempre lo que es obvio para mí, lo miran los demás. Sobre todo en cuestión de cosas internas. Uno de adulto ya tiene años de hacerse el fuerte y no demostrar emociones. Uno no se enoja, no llora, no ríe fuerte. Todo debe ser mesurado.

Así, ¿cómo pretendemos que nos entiendan qué sentimos? Sólo sería obvio si lo manifestáramos. Y a veces ni así. Porque uno puede estar llorando sin explicar por qué.

Es bueno verbalizar lo que nos parece evidente. Para entendernos y dejarnos entender. El permitir que alguien nos conozca es la última aventura de suspenso de nosotros los adultos que llevamos encima tantas máscaras como golpes hayamos recibido.

Quitárselas y hacerse obvio, sin que eso sea una confrontación, si no la simple afirmación de una esencia es la razón por la que uno va a terapia. Porque el primer lugar en el que cuesta hacer eso es cuando se tiene que ver uno. Y gustarse.

Hoy hace calor.

Costumbres

Desde el colegio, nunca me he sentido juzgada por mi apariencia. Me ha tocado, como a todas, empujar contra la resistencia de hombres mayores cuando les digo qué hacer en cuestiones profesionales. Pero mi experiencia ha sido muy benévola y me he llenado de historias divertidas, no de terror. He tenido el privilegio de sentirme cómoda entre una diversidad de personas de todas clases. O sea, vivo en una burbuja.

Lo cual hace tanto más shoqueante encontrarme con un grupo de personas que pretendan verme de menos por el idioma que hablo. Recientemente, en ocasión de unas vacaciones, me vi rodeada de gente con el prejuicio grabado en la cara. Más que indignarme, me dio risa.

Juzgarse mejor que otro por cosas externas que no se sostienen luego de la menor y más superficial investigación es absurdo. No lo entiendo. Es cerrarse a conocer cosas nuevas. No pasar de comer lo mismo. Dejar el mundo en pequeñito.

Pobres. En serio. Y no hablo de no querer interactuar con extraños. Pocas personas tan hurañas como yo. Pero soy democrática. Me pasa con todo el mundo. Y cuando quiero hablo con todo el mundo. Hasta con grupos de ignorantes pretenciosos que ponen cara de asombro cuando descubren que hablo mejor que ellos su idioma. Y tres más.

Logré no hacer nada

Apenas respirar. Leer un poco.

En unos días de no hacer nada quiero volver a hacerlo todo. Tal vez por eso es que se perdían los héroes de antes en islas remotas y sin señal de internet.

Lo que no se dice

Ayer escuchaba una muy mala canción, pero con una pausa genial. En el espacio de los segundos que dejaba de cantar, cabía cualquier cosa. Como aquella molestadera de niños “pican, pican los mosquitos”.

Las pausas, los espacios en blanco, los vacíos, las ausencias. Todos son torbellinos que halan nuestras mentes. Sentimos la necesidad de llenarlos. Detestamos los agujeros en la vida, esos saltos de memoria, la falta de información y tendemos a taparlos con nuestras propias suposiciones.

Así, el silencio en una conversación se convierte en una confirmación de nuestros peores miedos. Un cuarto sin luz que parece vacío y que poblamos de monstruos. Cuando, en realidad, sólo no sabemos qué hay.

Hacer conexiones para unir puntos está bien. Es más, es necesario para poder proyectarse uno en el futuro y entender el pasado. Lo que no está bien es pretender que esa “información” extra que estamos imaginándonos acerca de otra persona, es cierta. Nada como suponer intenciones ajenas para estar frecuentemente equivocados.

Siempre es mejor preguntar. Tal vez la respuesta nos sorprenda tanto como la siguiente estrofa de una canción en doble sentido.