La realidad inverosímil

Leer noticias es adentrarse en un diálogo interno que comienza, muchas veces con un “¡No puede ser!” La capacidad de los seres humanos para cometer actos que se salen de lo que nosotros consideramos normal es infinita. Como la imaginación. Pareciera que, junto con poder escribir acerca de mundos que no existen, también podemos decrear el nuestro, negar nuestra humanidad, comportarnos como cualquier otra cosa que seres pensantes.

O, también, está nuestra incapacidad para concebir formas de vida diferente a la que tenemos día a día. Y surgen las intolerancias, las persecuciones, el mismo desvalorar al otro por ser eso, otro.

Todos hacemos cosas diferentes a los demás. Algunas se salen de lo jurídicamente permitido en una sociedad. Otras, no. Y luego están las que todavía no son legales, pero no son inmorales y se hacen con gusto. Hay de todo. Habemos de todo. Y cambiamos en nuestras tolerancias, comportamientos, hasta leyes.

A mí no me gusta leer de los horrores que nos podemos infligir unos a los otros, porque me dan ganas de renunciar a mi especie. Pero entiendo que hay muchas cosas que me molestan, que no dañan a nadie y sobre las que poco o nada debo opinar. Supongo que hasta para eso hay imaginación.

Casi me olvido de escribir

Porque estuve ocupada haciendo cosas chilenas hoy en la tarde. Decidimos que, para portada de mi libro de cuentos basados en mitos, quería una foto maquillada de Medusa. Más bien, mitad Medusa, mitad yo. Nos tardamos toda la tarde y fue genial. No sé cómo terminen las fotos, espero que bien, pero lo lindo fue sentirme parte de un entusiasmo comenzado por mí, pero tomado por más gente.

Las ideas que se pueden pasar con energía entre personas, ésas son las piezas inmortales que dejamos. Anónimas, con vida propia, se expanden y extienden. Como los dichos populares que uno repite aunque no tenga ni idea quién los dijo primero. “El agua observada no hierve”,  dicha por mí hoy, por ejemplo, esperando que hirviera una ollita con agua, viene de algún lado, originalmente en inglés, que no tengo ni idea de cómo llegó a mi boca.

Tenemos muchas formas de trascender. Las obras físicas se van arruinando. Hasta el Coliseo está en ruinas. Las personas, todas, morimos y una generación más o menos no recuerda nuestro nombre, menos el color de nuestra risa. Pero la ideas, esas que se pueden repetir, que calientan por dentro, que podemos traspasar sin imponer… Ésas nos hacen inmortales.

Hoy no tuve una de esas ideas, pero igual casi se me olvida escribir.

Shhhh…

No pude nadar más que una vez esta semana pasada. Eso implica que no escribí ni una palabra de ficción y que hay un zumbido en mi cabeza constante que antes estaba y que ahora he logrado ahogar en la piscina. No soy una persona necesariamente ermitaña, pero sí aprecio ese momento de no tener que hablar que me da nadar.

El silencio como conductor a mejor comunicación, interna y externa, es un elemento poderoso en la sanidad mental. Poder estar solo con los pensamientos y que éstos no lo destruyan a uno, que el diálogo interno sea reflexivo y no devastador, creo que se logra con terapia y silencio. Las voces internas que más sanas a veces son las más calladas y hay que poner atención para escucharlas. “Me gustas, me caes bien, esto lo hiciste bien, vales, eres suficiente”, casi no tienen volumen. Las sofocamos con expectativas externas, recuerdos dañinos, emociones sin análisis. Y luego estamos enfermos, tristes, sin inspiración.

Allí es en donde uno se recupera, recoge pedazos que ha ido dejando tirados, sana, en lo profundo de nuestro silencio y soledad. Vale la pena sumergirse en ese mar interno y salir con más ganas para estar en el mundo externo después.

Esta semana espero nadar por lo menos tres veces. Tampoco necesito tanto silencio.

una ola

Las olas me traen tu nombre

una tras la otra, doblándose para pasar

y dejarlo a la orilla donde se siembran

mis pies en la arena, esperándote.

Se alejan con la marea

y se llevan todo, agua, sal, nombre,

me dejan clavada

con poco más que espuma.

Como me dejas tú,

vacía,

hasta que regresas,

siempre regresas.

Salgamos a cazar vampiros

Mi papá no comía ajo. Nunca. Ni cebolla. Le hacía mal y le ofendía mi presencia cuando yo salía a comer y regresaba con el tufito característico de los restaurantes. Es que es un atajo para potenciar el sabor de cualquier cosa. Estamos tan acostumbrados, que no nos damos cuenta salvo cuando la ofensa pasa a injuria y no podemos ni hablar porque nuestro propio aliento nos desmaya.

Hay tantas cosas a las que nos acostumbramos que son así. Pequeñas actitudes ponzoñosas, tonitos de voz hirientes, desfases en nuestra coherencia. Y, como todos los tenemos, no nos damos cuenta y seguimos, aunque apestemos, pero sólo un poco. Incluso es más fácil identificar lo malo en los demás. Al fin y al cabo nosotros nos olemos todo el tiempo y sentimos que es normal. Pero basta con que alguien que huele diferente se siente al lado nuestro, que ya estamos como si fuéramos sabuesos, olfateando el aire. Todos, todos, todos apestamos. De alguna forma u otra. Sólo nos queda bañarnos y empezar de cero para que no sea tan malo el asunto.

Pero hoy comí comida coreana que sabía a gloria. Y estoy lista para salir a cazar vampiros hoy por la noche.

El eco por dentro

Me gustan los mitos. Específicamente los griegos. Las explicaciones sobrenaturales para fenómenos psicológicos resuenan en las historias de la humanidad. La cosmovisión de la época queda retratada en esas tradiciones y ponerse a revisarlas desde nuestra perspectiva es ilustrativo. El de Eco, la ninfa, es especialmente triste. Alguien que sólo puede repetir lo que le dicen está prácticamente anulado. Espera impulsos externos para poder sacar algo.

Pero nosotros mismos tenemos un poco de ecos. Las cosas que nos pasan rebotan en nuestras experiencias y muchas veces sólo devolvemos. Todas esas palabras que nos disparan recuerdos de la infancia y nos sitúan en un lugar indefenso, que nos hacen reaccionar de forma exagerada y que nos destruyen, nos dejan anulados como personas. Lamentablemente es un caso frecuente y lo repetimos, por algo gritar la misma palabra en una caverna siempre va a tener el mismo resultado.

Generalmente los ecos se forman en los vacíos. Siempre me imagino un lugar oscuro y desierto, cerrado por todas partes menos una pequeña apertura. Se acabaría esto si lo abriéramos. Si nos abriéramos. Iluminar eso que llevamos guardado, para darnos cuenta que ya no hay nada allí. Que todo el dolor que metimos se disolvió con el tiempo y que sólo quedan paredes en donde rebota el ruido exterior.

Eco se desapareció. Yo no quisiera que me pasara lo mismo.

Y un café

La niña sacó 100 en un examen de mate porque ya se aprendió la tabla de multiplicar. Eso merecía celebrar con lo mejor que se puede para esas ocasiones: un helado. Es la comida universal de lo bonito, lo alegre, de estar triste y consolarse. Una cosa deliciosa, fría, imposiblemente cremosa. Mi papá le pedía a mi mamá que le hiciera y alegaba cuando compartía. Yo siempre quiero uno. De limón.

Hay que pararse y celebrar. Un examen de niña que se ha esforzado, o aprender algo nuevo, hasta no pelear y ser insoportable un día es motivo de alegrarse. Creo. Me enfoco tanto en lo que hago mal que ahora mismo escribiendo esto no recuerdo la última vez que celebré por algo mío que yo haya hecho. Mi cumpleaños no cuenta, allí sólo tengo que existir. Pero hacer algo porque logré lo que quería… Puedo decir con lujo de detalles en dónde he fallado últimamente.

Es fácil darse cuenta de lo que hacemos mal. Porque nos marca, nos da vergüenza, nos hace sentir que nos falta o que faltamos. Nada como una conversación con gente cercana que le ilumina a uno dónde está el espacio, cómo es difícil uno, para reexaminar la vida bajo esa lupa. Complicado.

Fuimos a por el helado de la niña. Y yo me tomé un café. También lo celebro con ella.

La edad para hacer las cosas

Mi mamá era de esas señoras que se cortaba el pelo a los 40. Porque “ya no tenía edad para tenerlo largo”. No me dejó maquillarme hasta  los 15, cosa que se lo agradezco ahora que no me maquillo ni porque me mire medio muerta. Por lo mismo. Muchas cosas que se hacen “a cierta edad”, cosa que fluctúa dependiendo hasta del barrio en el que uno se crió.

Hay cosas para las que definitivamente hay un reloj biológico indicado. Tener hijos antes de cierta edad y después de otra, complica la vida de cualquiera. Estudiar, trabajar a cierto nivel, ponerse camisetas de caricaturas y vestidos cortos van más por el lado de lo que los demás opinan qué es lo correcto. Recuerdo ver algunos vestidos sofisticados a mis veintes, con el cuerpo de una veinteañera que no ha tenido hijos, y considerar que no tenía la edad correcta para usarlos. Ahora, a mis cuarentas, lo considero porque ya no tengo el cuerpo. Ridículo, lo sé.

Todo es cuestión de la decisión: quiero verme como yo quiero y que los demás me importen un carajo. O me quiero ver como los demás quieren que me vea y encajar.

No hay respuesta única. Lo escribo en calcetas de cómics, vestido corto y botas de hule amarillas. Sigo usando el pelo largo. Añoro el cuerpo que tenía. Y no sé en qué edad estoy para qué.

Espera

Te estaba esperando

sin que lo supieras

guardada en un pensamiento

sin apenas respirar.

Nunca llegaste

tardaste mucho en llegar

me confundí tanto con la sombra

que desaparecí.

Y tú nunca supiste.

Me tronaron como Lego

Tenía trabada la espalda. Fui al quiropráctico a ver si me alineaba. Me despegó la piel de los huesos y sentí como si la columna fuera una especie de líquido que truena. Raro. Aún no sé si rico. Puede que el shock del tratamiento me esconda lo trabada que estaba.

Si tan sólo fuera tan fácil enderezarse por dentro como es tronar un par de huesos. Que en verdad se alinearan los centros de energía para que uno pudiera fluir mejor, con más ánimo, menos trabas. Pero ese trabajo no es superficial ni se va con una crema que se calienta sola. Abrir en donde uno duele de sentimientos y mejorar es tan difícil como reencauzar un río. Y a veces las emociones quieren regresar a donde estaban antes. O el rebalse se rompe y lo inunda todo. Sumergirse en el interior líquido que ahoga es tan fácil como hacerlo en una tormenta en el océano.

Yo sé qué hace que me duela la cintura. Lo evito con ejercicio y dieta y a veces una tronada. Lo de adentro aún lo estoy trabajando porque es una corriente que regresa y me vuelve a arrastrar cuando menos lo pienso.