Dime adiós

Antes de irte,

porque te vas a ir,

dime adiós

aunque la palabra me corte.

Prefiero caminar sobre sangre

que no saber si te fuiste

o te perdiste.

Dime que se acabó

y recojo los pedazos del alma

que dejé regados en el suelo

para ofrendártelos.

Vísteme de claridad

como haces ahora con tus manos

no me tengas compasión

no la tienes para tomarme.

Yo sabré qué hacer después.

Decir adiós

Le puse la palabra «fin» al pie de la página de un libro que he gestado en dos años. Linda palabra, pequeña, portentosa, una buena mentira también. Siempre hay cosas que vienen después del fin, aunque sea la nada, porque la nada existe.

Cuando uno se da cuenta que las relaciones no terminan, que las llevamos con nosotros porque son parte de nuestra historia, que podemos sacarlas de la caja del recuerdo y examinarlas, entendemos que los «adioses» tienen sólo un valor simbólico. Todo lo que nos toca, nos acompaña, sin importar si está físicamente allí. Las palabras de nuestros padres, la mirada del amante, el dolor del rompimiento. Se acumula en el pozo que llenamos, no de monedas para hacer deseos, sino de la memoria de nuestra vida. Sacar el cubo de allí y beber la pócima que nos hace recordar es un hechizo.

Me gusta decir adiós y poner la palabra fin y decir «ya estuvo ya», porque me hace creer que puedo continuar. Lo de antes y lo de ahora y lo que vendrá es el paisaje y yo voy caminando, pero están allí para siempre. Cuando te vayas, dime adiós. Aunque te lleve conmigo.

Un dragón nuevo

Los dragones son lo mío. O yo soy de ellos, tal vez. Me encanta la figura de animales mitológicos que vuelan, con fuego adentro y tesoros guardados. En todas las historias de culturas con personas que se pasan la estafeta de la realidad a lo imaginado, hay serpientes que vuelan. ¿Será que le tememos tanto a los reptiles que necesitamos verlos volar?

Tengo tatuado uno en la cadera derecha, uno sobre el otro, porque fue el primero que me hice y me lo volví a hacer. Tengo uno nuevo ahora en la mano derecha, a veces en el dedo de en medio, a veces en el índice, como ahora para escribir. Y tengo uno dentro, que sale como serpiente a devorarme o a quemarme con su fuego.

Supongo que me gusta pensar que soy un dragón, fría por fuera, guardando mi tesoro, capaz de quemar a quien se me acerque. Pero tal vez me equivoco y los dragones son seres que mueren por dar calor. Quiero uno, otro más.

La medida de la respuesta

Cuando recibí una foto de Glenda, creí que era de la muerte del hámster, quien dentro de poco pasará a ser enterrado en el jardín (esa vaina ya va pareciendo cuento de Stephen King). Resultó que la niña llenó de agua la gaveta de su mesa de noche para hacer una tina. Una. Chingada. Tina.

Me reí y me dieron ganas de nalguearla. Exasperante y ocurrente en partes iguales. Simplemente no sé ya cómo reaccionar. Hay una medida correcta de responder a las cosas de los demás y a mí generalmente se me pasa. O no me importan cosas que deberían, o me encienden otras que no son tan importantes.

Tal vez lo que vale es fijarse si el acto trae una consecuencia en sí mismo, como en este caso en que la niña simplemente se quedó sin gaveta. O aceptar que nada de lo que uno diga va a cambiar al otro y que la que tiene que alejarse es uno. Es más importante saber reaccionar que amenazar para próximas ocasiones o dejar que se vayan acumulando las cosas no hechas.

Tal vez aprenda a dejar ese fluir. Y a largarme cuando me lleve el río.

El molde nos da forma

Estoy escribiendo en el jardín, el clima está espectacular, comimos afuera con la familia, es domingo y hasta un croissant me pasé. Es el día de soltar amarras aunque las tenga que recoger en un rato porque mañana es lunes.

Puede ser que el entorno nos forma hacia lo que hacemos. Dicen que por eso los japoneses construyen casas de techos bajos, porque sienten el mar encima todo el tiempo.

Hoy entiendo esa libertad, porque me solté sin pensar mucho en la historia y sólo me puse allí. No sé si sirva de mucho lo que escribí, pero la forma en cómo me siento al terminar vale la pena.

Lo que nos rodea nos forma. Nuestros pensamientos más aún, porque nos moldean por dentro y esa influencia es permanente. Tal vez voy a estar menos entre paredes y más en libertad, o por lo menos voy a desatar los pensamientos que me apachan.

Lugares para guardar

Llevo la cuenta de los besos ofrecidos

al lado del lugar donde guardo tu voz diciendo mi nombre

De los besos saco intereses

tu voz se me escapa cuando la recuerdo

me seguiré cobrando lo que me debes

y pidiéndote que vuelvas a nombrarme.

Conocimiento superfluo

Hay cosas indispensables de conocer, como que no hay papel de baño en la casa. Con dos niños pequeños, es el comienzo de desastre. O que hay algo que hacemos que destroza a la pareja. Cosas de inmediatez que afectan nuestras vidas.

Hay otras que son tan verdaderas, que no cargan consigo un bagaje emocional, como que el agua moja y el fuego quema. Importantes para sobrevivir peo no al interactuar.

Y luego está todo lo que ya pasó, que no se ha repetido. Muchas veces la ignorancia sí hace la felicidad.

El té me da náuseas

Le tengo que poner leche para que no me sienta mal. Ya he probado con té de cualquier clase, tal vez el blanco es menos malo.

Después de almuerzo nos sentamos a tomar té con la niña. Ella de pericón, yo verde. Y me mira del otro lado de la mesa con esos ojos del color del té que me tomo, haciendo desastres con una servilleta. No necesita mucho para hacer desastres, le salen natural. Y aún así, tiene un imán.

Terminamos de tomar entre la plática y me da náusea, que me aguanto. Porque estoy con ella y aunque me moleste, no me quiero levantar.

El regalo perfecto

Mis papás siempre regresaban con una cosita para mí. Un juguete, un dulce, hasta una piedra. De hecho, lo de la piedra se me convirtió en una tradición personal de muestra de cariño. Si te vas de viaje, tráeme una piedrecita. Una forma de pedirte que pienses en mí.

Los regalos tienen eso, son perfectos siempre, porque implican que la persona que te lo da, estuvo contigo en mente. Y ese es el verdadero chiste del asunto: el tiempo que implica.

Me encanta dar regalos signiticativos, no caros. Esos que me llevan en la entrega y que van a hacer que se recuerden de mí cuando lo miren.

Al final de cuentas, las cosas sólo nos representan.

Un sentimiento sin valor

Desperté feliz. En paz. Como si se me hubiera olvidado el mundo. ¿En qué momento dejamos que lo que nos rodea nos angustie? ¿Será cuestión de voluntad el aplacar eso que nos desasosiega?

Creo que confundimos expectativas con anhelos y sufrimos cuando no coinciden. Podemos querer muchas cosas y no necesariamente estarlas esperando. Allí está la diferencia esencial.

Probablemente por eso amanecí feliz. Sólo quiero, no espero.