Todo se olvida

El niño está aprendiendo fracciones y le expliqué cómo se dividen. Pero creí que no recordaba bien el asunto y tuve que revisar. Porque era algo que antes hacía todos los días, durante años y hoy titubeé. ¿Cómo puede uno olvidar las cosas así?

Se supone que los hábitos y las cosas aprendidas en lapsos largos de tiempo se quedan permanentemente grabadas. También hay períodos sensitivos en los que estamos más dispuestos a ciertos aprendizajes. Pero el cerebro es plástico y así como aprende, olvida.

Vi una foto de hace cinco años y creo que he olvidado ser así de feliz. No importa cuánto tiempo lo haya sido. Quiero recordar sentirme así. Y cómo hacer cálculos avanzados.

Esto es lo que me ha pasado

Comienzo a hacer un recuento de los eventos en mi vida y creo que son coloridos. El peor fue el de hace tres meses. Podría contarlo, es más, casi lo hago. Pero es irrelevante. Porque todos hemos pasado por algo. Reconocerlo en los demás, hasta en las personas que nos repugnan, no hace que toleremos las cosas desagradables, pero sí nos acercan a la humanidad en el otro.

Escuchar con interés es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos, nos entra en la corriente de la vida y nos ayuda a compartir el mundo que sólo se puede ver a través de los ojos del otro. Decir que uno está allí para entender y servir de espejo, a veces es todo lo que se necesita para ayudar a alguien. El dolor sí se disminuye al compartirlo.

La vida nos rompe a todos y es una oportunidad para dejar entrar a los demás por las grietas. Espero poder contar lo que me pasa cuando sirva el compartirlo. Y deseo escuchar.

Hay que saber ser banal

Conversaciones en las que se cambia el mundo, se revisa la literatura, se abren nuevas ramas filosóficas y se explora lo más recóndito de nuestra psiques, que duran horas y hasta cansan, son vitales para sentir que las relaciones que las permiten son importantes y profundas. Pero no se puede tener todos los días porque se ahoga uno en tanta importancia.

Luego están las charlas livianas, que se mueven sobre cualquier tema y lo convierten en broma y no saben más que de superficie. Ésas nos hacen reír y dejar de pensar. Aunque tampoco pueden ser la norma porque aburren igual que comer un algodón de azúcar.

Si uno sólo puede mantener un nivel de intensidad, da lo mismo que sea uno muy banal o muy profundo. La línea recta no hace más que aburrir. Pero cuando se aprende a cambiar, a ser peligroso en sus honduras y divertido en las orillas, la vida pesa menos y las relaciones duran más.

Buscamos las conversaciones que nos conmuevan y creemos que sólo las pesadas lo pueden lograr. Hay que saber ser y apreciar la banalidad como una fuerza ligera pero cierta. También riendo cambiamos y hasta más permanentemente que con las cosas serias.

Un círculo

Dejamos cosas abiertas

Puertas qué atravesar

Caminos en direcciones contrarias

Los círculos que no se cierran

Son espirales para deslizarse

Y regresar al punto de partida

Cerrarlo es morir a ese momento

Salir rodando al siguiente

Ya no abiertos, sino completos.

Recuerdos de otras personas

Es lindo cuando tenemos amistades tan cercanas que les conocemos las vidas. Esos momentos que los hicieron las personas que son y que nos cuentan para integrarnos. Es otra forma de volver a crecer con ellas. Igual que escuchar historias propias que nos cuentan nuestros papás. Yo tengo recuerdos de mi infancia que me contaron otras personas. No son míos, aunque hablan de mí.

No importa, creo. Cada memoria en nuestro cerebro la construimos con el paso del tiempo y compartirla la altera, porque la contamos diferente. Me pasa que sé que no sucedió algo exactamente como lo estoy refiriendo, pero no puedo recordarlo de la manera en que fue. Así que me quedo con lo que cuento.

Es parte de construirnos como las personas que queremos ser. Y cuando entran en conflicto los puntos de vista entre varios que vivieron lo mismo, podemos quedarnos con que lo que ellos están relatando tampoco es del todo realidad, aunque sea cierto para ellos.

Los recuerdos nos forman y nosotros los deformamos hasta moldearlos a lo que queremos y así nos hacemos las propias historias. Es buena oportunidad para aprender a escribirnos guiones que nos hagan mejores.

Tenemos una programación inevitable

Hay tantas cosas que se nos forman antes de tener acción sobre ellas, que cuando estamos en terapia ya adultos sólo nos toca reconocerlas. Pedazos fundamentales de nuestro carácter se moldean en las manos bienintencionadas de la vida a nuestro alrededor y terminamos con cada creencia acerca del mundo y nosotros mismos que le hacemos a veces la competencia a los terraplanistas.

Cambiar nuestra percepción del mundo y cómo funciona, es relativamente sencillo. Si tenemos la voluntad de aprender, examinar evidencias irrefutables nos hace ver la curva del mundo. Lo que parece una hazaña titánica es cambiar lo que creemos acerca de nosotros mismos. No hay evidencia que refute sentimientos.

Además, esa programación primaria a veces simplemente no se puede cambiar, sólo se puede aceptar para trabajar con lo que hay. Igual que el sistema inmunológico se forma entre los cero y cuatro años y después poco se puede mejorar, así el mapa de nuestras fuerzas y debilidades afectivas. Creo que lo que tengo que hacer para salirme de la parte de mi diálogo interior que me trata grosero y al que le creo todo lo que me dice, es volverme un poco sorda y olvidadiza. Y seguir en terapia para ver si le metemos algún virus al programa y lo crasheamos.

Declinar verbos para jugar con el tiempo

Cuando leemos una historia con tiempos mezclados, nos choca y pensamos que está mal escrita. No hay forma de decir “recuerdo cuando vas a morir” y que no suene ilógico. El tiempo fluye en una línea, al menos así lo percibimos.

Pasa diferente con nuestra forma de recordar el pasado, sobre todo emociones. Porque se actualizan cada vez que sacamos a pasear las memorias que las formaron y se nos hacen tan presentes como allí. Los sentimientos no conocen de pasado y por eso es tan difícil dejar atrás dolores y alegrías. Siguen vivas.

Hay algunas prácticas de terapia que ayudan a imaginar en el presente lo que uno quiere para el futuro. “Hacer como que es así, hasta que así sea”. Allí también jugamos con los verbos.

Aunque el simple lenguaje no modifica la realidad, si nos puede cambiar la forma en que la percibimos. Supongo que eso también es un viaje en el tiempo.

Las profecías que nos creemos

«¡Eres un dolor!», «¡Qué difícil es hablar contigo!», «Estás un poco gorda, ¿verdad?»… no sé pero en mi vida estas frases me acompañaron la infancia y adolescencia. Gracias a padres hipercríticos y a cero habilidades sociales en el colegio. Es una programación de la cual no puedo salir, lamentablemente. Sólo puedo contemplarla desde unos años de distancia y navegar a partir de esa dirección general.

Contamos profecías en nuestros días: está lloviendo, va a ser un día triste; el café estaba amargo, va a ser un día difícil; hay tráfico, va a ser un día de porquería. Así nos vamos determinando el futuro de antemano, mejor que una gitana con bola de adivinación. Pero no sabemos. Para nada. Todos los días están en blanco y los llenamos de lo que queremos. ¿Por qué nos empeñamos en que sean repletos de cosas negativas? Entre las posibilidades no comprobadas, sería más positivo que nos entregáramos a lo bueno. Nos da lo mismo emplear la imaginación en cosas que nos dan placer que en las que nos causan angustia. Si embargo allí vamos gastando toda nuestra energía en colorear los escenarios más sombríos.

Tengo que tener cuidado con las historias que me repito. Son el guión con que escribo mi vida y, en lo particular, ya estoy harta de contarme sólo cosas deprimentes. Tal vez entre tantas palabras que escribo, encuentre la fórmula para salirme de lo usual y comenzar a contarme una historia diferente.

En el libro que me diste

Abro el libro de poemas que me diste

En una página cualquiera

He visto a devotos

Abrir así los libros sagrados

Buscando una respuesta profética

Aunque sea para cosas mundanas

Esperan escuchar la voz del dios al que le rezan

En palabras escritas por humanos

Yo sólo busco un poema cualquiera

Escrito hasta por Nicanor

Que me diga que me quieres.

Ayer, que no fue hoy

Ayer me dieron una buena noticia, que me dediqué a dar vueltas como se juega un anillo favorito entre los dedos. Las argollas que no tienen principio y se pueden girar sin fin. Hoy ya no es lo mismo y ayer lo supe, así que me dediqué a sentir cómo se me aflojaba un poco la tuerca de l angustia que hoy regresó a apretarme ese lugar que no existe más que para pesar de vacío en el pecho.

Poder sentarse en el momento y decir “esto, ahora, esto es lo que tengo. Mañana va a ser diferente o no. Pero tengo esto ahora”, es soltar la carga de las cosas sin sustancia que le asignamos al futuro. El futuro siempre llega, y lo que vaya a suceder después, también.

Ayer pude respirar tranquila y hoy no y no sé qué va a pasar mañana, pero no importa ahora.