Absolutos

Lo único absoluto

incontestable

inminente

irremediable

inevitable

es la muerte.

Y es en lo único que no tenemos certeza qué sucede después.

Infotografiable

Veo fotos de un amigo que recoge escenas perturbadoras. Mareros en una cárcel, pies con zapatos sin suelas, prostitutas viejas en cantinas baratas, la desesperación hecha hombre en un bus. Puedo hacer una historia de cada una de ellas, porque me llena de palabras, todas tristes, profundas y pesadas. Pareciera que en los tiempos en que tenemos cámaras en la mano y podemos enseñar cada momento de nuestras vidas, nada está exento de ser enseñado.

Pero somos, esencialmente, imposibles de plasmar en un medio plano. Es como tratar de tomarle foto a mi gata negra. Se le borran las facciones y aparece como una masa amorfa de pelos. O, traten de tomarle una foto a un niño y verán que no capturan lo que es. Me pasa con mis hijos. No hay cámara que les haga justicia. Hasta conmigo misma. No miro en una pantalla lo que miro al espejo y jamás podré saber cómo me mira alguien más.

Va más allá de la simple representación visual. Y es que, aunque una foto captura un momento y uno puede reconocerse en ella y recordar, ya no es el que está allí, ni siquiera un segundo después. Me encanta tomar fotos con mis hijos, para que me recuerden, pero sé que esa imagen va a cambiar la que tienen en sus cabezas, así como me pasa con las fotos de los últimos días de mi madre, que se imponen sobre la mujer guapa que debería tener en la mente.

Somos infotografiables. Qué maravilla de necesidad de dejarnos quietos en un cuadrito. Aunque sea para saber que ya no estamos allí.

Sincronicidad

Estábamos hablando del concepto de libre albedrío y de cómo muchos pensadores consideran que es tan sólo una ilusión, porque las decisiones que tomamos siempre se basan sobre vivencias anteriores sobre las que no tuvimos control. Los genes que tenemos, el ambiente, los hábitos que adquirimos antes de quererlos. Y, justo esa noche, vimos un capítulo que hablaba exactamente de eso. Nos asustamos. Era precisamente de lo que habíamos discutido y nos sale en la tele.

Las coincidencias sólo son eso. Coincidencias a las que a veces les damos más importancia de la que tienen porque nos gusta encontrar patrones, razones de existir, una forma de creer que somos más importantes en el entablado de la Vida que lo que realmente somos. Lo cierto es que nos fijamos en lo que nos interesa. No tenemos otra forma de ver el mundo más que desde nuestro punto de vista. Como cuando estamos vestidos de blanco y vemos personas vestidas de ese color por todas partes.

No creo en un patrón infalible de destino que nos lleva a alguna parte y tampoco creo que todas las decisiones que tomamos son enteramente libres. Debe haber un intermedio. Y las coincidencias seguirán sucediendo.

Las hormigas

En el 2017 escribí mi primer cuento después de muchos años de no escribir ficción. Este 2019 me encuentra revisitando ese cuento, no para volver al pasado, si no para ver desde dónde comencé y hacia dónde voy. Se los dejo y les deseo un muy feliz año nuevo.

Parecían olas pequeñas y rápidas sobre la grama del jardín. Las vi cuando volteé la cara para ocultar las lágrimas que se me escapaban. Se estaban entrando por debajo de la puerta, tantas y tan juntas, que parecían un manto negro pulsante. 

Nunca había visto algo parecido. El miedo y el asombro llenaron un momento el agujero que me 

acababas de hacer y pude levantarme de la silla de donde no me hubiera podido mover un segundo antes. 

“¡Trae un trapo!”, grité y fui en busca del insecticida. “¡Rápido! ¡Antes que entren en el cuarto de los niños!”

Visiones de miles de millones de hormigas negras devorando a mis hijos me hicieron moverme más rápido que los bichos que comenzaban a invadir mi casa. 

Rocié los vanos de las puertas y ventanas. Eso las detuvo. Una barrera invisible contra un peligro desconocido. Así como uno espera que funcionen las oraciones contra las enfermedades, las ausencias, los abandonos. 

Pero el insecticida sí funcionó y el mar de hormigas que pasó esa noche por mi jardín no entró a llevarse a mis hijos, ni a mí, ni a las maletas puestas al lado de la puerta. 

Ésas te las llevaste tú, junto con los años de amarte. 

Cambios de hábitos

Hay piano y batería en la casa porque es parte del plan que los niños toquen un instrumento. Mientras no han comenzado las clases, hemos tenido ruidos con más entusiasmo que pericia. Justo el tipo de vecinos que nadie quiere. Y probablemente, aún con las dichosas clases, el estruendo continuará durante mucho tiempo. Simplemente porque nadie agarra una baqueta a la primera y puede tocar en un concierto. Se necesita práctica y persistencia.

Hàbitos. Que son la parte positiva de la rutina. Eso que lo lleva a uno a decir buenos días siempre, a comer bien siempre, a esforzarse siempre. Precusores de los resultados que buscamos, aún cuando no sabemos que eso es lo que estamos persiguiendo. Porque todo lo que hacemos de forma repetitiva y sin fijarnos, nos lleva a una parte, buena o mala.

Estoy incorporando un nuevo hábito a mi rutina. Uno. Eso es todo el cambio de este año. Espero que sea suficiente para mejorar en todo.

Y que este año que empieza mañana martes, sea gratificante para todos.

Cuando no queda de otra

Salí a correr. En lo que podía, porque tenía más de un año de no hacerlo. Tampoco es que esté entrenando para una maratón, así que me lo tomé con calma. Detesto correr. Me duele la cintura, no he logrado encontrar mi ritmo y no avanzo. Pero lo hago. Porque la piscina está helada y no quiero morir en el agua, congelada. Traté, me dolió hasta el recuerdo de la juventud perdida. No hay forma que me meta a esa piscina antes de febrero. Así que tengo que hacer algo diferente. Ergo, correr.

Las cosas que hacemos no siempre nos gustan, pero las terminamos porque nos llevan a un lugar que buscamos. Como practicar un instrumento, o hacer planas, o escribir estas tonteras todos los días. El ejercicio repetitivo nos permite liberar la mente al momento de ejecutar. En el karate se dice que hay que hacer las katas tantas veces como para que se nos olviden. No lo entiende uno hasta que está en el examen y no quiere estar pensando cuál movimiento toca, porque igual no lo recuerda. Pero el cuerpo lo hace solito y allí se va uno. Haría la analogía de montar bicicleta y nunca olvidarlo, pero nunca aprendí, así que no me queda bien.

Todos necesitamos un momento de descarga, algo que nos exija un esfuerzo incómodo, porque eso nos enfoca en lo que hacemos y nos libera la menta de todo lo que andamos arrastrando. Antes, cuando decidí que iba a correr, decía que lo hacía, no para alejarme de mis problemas, si no para alcanzarlos y patearlos. Ahora nado con la misma mentalidad, pero no hasta que caliente el sol.

Me mordió un perro

Hace añales. Pero a veces lo cuento como si hubiera sido ayer. Así como uno cuenta del día que conoció a la pareja, de cómo fue el emba rade sus hijos, la vez que lo despidieron y no tenía ni para regresar a casa.

Hay eventos personales que nos marcan la vida y podemos partirla en un antes y un después. Lo malo es que a veces nos quedamos reviviendo esos momentos fuertes y nos perdemos los que vienen. Porque siempre vienen más. Y no sólo los que parecen grandes y portentosos, sino todos los que se suceden. Es igual de vital un día en el que no pasa nada memorable que uno en que sí.

No ponerle atención a lo que sucede ahora por estar pensando en lo que nos sucedió se puede volver un impedimento para ser feliz. Me refiero a la felicidad como la línea base de la personalidad, no a las alegrías de momentos específicos.

Trato de fijarme en lo que tengo enfrente todos los días y guardarlo bien. Porque las cosas que pasaron y me marcaron, sólo son eso, cosas que dejaron alguna huella pero que yo puedo decidir cómo seguir. Como el perro. No me dan miedo. Aunque nunca me han gustado.

Comí demasiado

Entre el desayuno con la familia de mis hijos y el almuerzo con mi familia y la cena en mi casa, pareciera que celebramos las fiestas comiendo. Supongo que es una forma tangible de sentir el cariño, nada tan poderoso como la química de la comida para disparar sensaciones de felicidad. Si no piensen cómo se sienten después de un plato de pasta o unas tortillas o un helado.

La comida es un atajo hacia las emociones y los recuerdos. Abre las puertas del tiempo junto con el olfato y nos regresa a personas y situaciones especiales. A mí me es más sencillo recordar acontecimientos por lo que estaba comiendo que por la ocasión en sí. Una de esas tarjetas de memoria que disparan los conocimientos asociados.

Es rico comer con la gente que uno quiere. Hacerles las cosas que les gustan. Lo que me cae mal es engordar tan fácil. En mi interior luchan una gorda reprimida y una vanidosa. Algún día dejaré que triunfe la gordita y tal vez seré feliz.

Espero que todos hayan pasado unas felices y celebradas fiestas. Que se hayan rodeado de personas que les demuestren que los quieren. Y que, si estuvieron tristes, les hayan dado un buen abrazo.

Recurrir al recuerdo

No hay veinticuatro de diciembre para mí sin sentirlo agridulce. Me hace falta mi mamá, las cosas que cocinaba, no me sale igual el Stolen ni el mazapán, no he vuelto a comer jamón así de rico y ya no bordo cruceta para hacer botas y colgarlas. Era su cumpleaños y eso lo hace doblemente difícil, además que murió un veintiséis de diciembre y yo ya no sé si ponerme muy triste o celebrar las fiestas con mis hijos muy feliz. Termino haciendo ambas cosas, horneando galletas que desaparecen en cuanto salen del horno y visitando casas de familias que no son la mía, pero sí las de mis hijos y donde, aunque yo no tengo raíces, soy bienvenida.

Pertenecer es una de esas necesidades tan humanas que nos aferramos a las cosas que la construyen. A casas, batidoras, hilos y agujas. Aunque no las usemos por no arruinarlas. Buscar hacer uno su propia maceta en dónde echar raíces es un poco complicado también, al menos para mí, porque no tengo ese lugar en dónde sólo seguir la corriente de una tradición que me acoja. Mis tradiciones personales de la familia que tengo desde hace doce años no llevan ni una generación y aún huelen a nuevo.

Si puedo ser sincera, a veces me aferro (palabra fuerte, complicada) a las personas con las que hago amistad, porque busco esa interconexión que he sentido me falta y eso no siempre me deja satisfecha. No es culpa de los demás, es mía por pretender una correspondencia de algo que nunca fue pedido.

Lo cierto es que estas fechas son complicadas para mí (no soy la única ni de cerca), que a mi edad sigo siendo una persona con pocas raíces y que lo que más quiero es que mis hijos sientan que pertenecen.