Las piedras

Qué difícil ver los cimientos de los edificios una vez están construidos. Pero allí están, sin dudarlo. Nosotros, todos, estamos construidos de igual forma sobre piedras angulares que nos dan forma. Los recuerdos fundamentales de nuestras vidas nos limitan la resistencia que tenemos a los elementos, nuestra sanidad, nuestra felicidad.

La maravilla de ser seres humanos con cerebros plásticos es que podemos cambiar hasta los recuerdos, al menos colgarlos con otros marcos y así, transformar nuestras vidas.

Realmente yo no sabía que una de las experiencias más importantes de mi infancia no la había compartido jamás, hasta que escribí acerca de ella. Ha sido el marco de referencia para mucho de mi comportamiento, creí que la gente cercana a mí la conocía. Y no. Pero ahora que pude hablar de ella, deja de tener el peso de antes y me permite reenmarcarme . Tal vez todo eso sí es una mejor forma de arquitectura.

No saber

No sabemos, al término de nuestros días

cuántas veces no nos escogieron

ni de quién podemos ser

el riesgo no tomado que se lamenta.

Contemplaremos nuestras vidas

con recuerdos de lo hecho

y añorando lo evitado,

sin tener la historia completa.

Alguien más se recuerda

del camino no escogido

y se lamenta

de lo que dejó de hacer.

Ella no, nunca supo.

Una abeja entre el pelo

Admito que cuando las vi paradas a medio camino, con una carreta llena de cosas tapando el paso, mi primera reacción fue de molestia. No es que yo no pudiera hacerme a un lado y rebasarlas, fue toda la narrativa que brotó en automático dentro de mi mente: “en serio la gente no puede hacerse a un lado para detenerse”.

Y es que todos llevamos un guionista que saca parlamentos y nudos narrativos de su bolsa de disparo rápido. Es el mismo que nos alienta a soltar la primera idea (generalmente impertinente) que se nos ocurre acerca de alguien. Por ese poco amable es que muchas veces nos metemos en problemas.

Abundan los desatados en redes sociales, donde la gente cree que conoce a los demás por lo que postean. Si a veces ni a mis hijos conozco sin preguntarles bien qué les pasa, ¿cómo pretender saber lo que está atravesando un extraño a quien seguro no reconozco en la calle?

La chava tenía una abeja tamaño caricatura enredada en el pelo, la mamá, quien llevaba cargado al bebé de la chava, estaba tratando sin éxito de quitársela. Las ayudé. Callé al impertinente. Y recordé mantenerlo en mute.

Cada vez me gusta menos la ropa

O sea, no estoy diciendo que no me guste usarla. Aunque, sinceramente, hay cosas como los zapatos altos que ya deberíamos dejar atrás. Lo que me pasa es que cada vez me parece menos interesante comprarme ropa nueva. Sobre todo cuando las cosas de moda no son de mi agrado. Mi preferencia es por cosas sin adornos y podría bien andar en jeans y t-shirt blanca siempre. Admiro a las personas con un sentido más divertido del estilo y disfruto verlas. Me parece casi mágico cómo algo que a mí se me mira como un saco de penitencia, a otra persona la transforma en realeza.

No estoy segura que la pandemia no haya contribuido a mi desprendimiento estilístico. Probablemente vino a poner aún más énfasis en la falta de necesidad de una décima blusa negra. Pero también se va traduciendo a los ingredientes de mis comidas: no son extravagantes, sólo están preparados con esmero.

Me gusta evolucionar en mis inclinaciones y estar segura que son algo tan indiferente e inocuo hacia terceros, que puedo bien darme el lujo de ir cotra la corriente. Total, si me gusto yo, los demás que hagan cola.

Me reía mucho

Hoy vi a Lesbia al salir de PriceSmart. Ella es una de las personas que le revisa a uno el ticket al salir. Nos abrazamos mucho. Cuando yo era bebé, ella fue mi niñera. La única que tuve, porque en realidad mi mamá siempre se ocupó de mí. Pero algo de ayuda tuvo y Lesbia me cuidó durante mis primeros meses. Me contaba mi mamá que escuchaban carcajadas desde mi cuarto (no pude haber tenido más de seis meses) y mi papá le decía que fuera a ver porque ya eran demasiadas las cosquillas que me estaba haciendo. Varias veces se asomó mi mamá para encontrar a Lesbia parada al lado de mi cuna, sin tocarme. Y yo sin poder parar de reír.

Ella es la última persona que queda viva que me dice “Nena”. Aunque sólo nos vemos cuando voy a esa tienda, el cariño que nos tenemos sigue de siempre. Hay pedazos de la infancia que siguen vivos para recordarnos que fuimos felices. Y que nos reínos mucho.

Propósitos << Necesidades

Resulta que sólo el 8 por ciento de la gente que se pone propósitos al principio del año las cumple. Pero la gran mayoría los hace. Y así, año con año. No aprendemos. ¿Y entonces cómo llegamos a donde se supone que queremos?

El niño dice que quiere no enojarse por cosas tontas. Primer error: querer cambiar su naturaleza. Nadie puede suprimir sus sentimientos sin enfermarse. Segundo: creer que, por el hecho de sentir, ya no queda nada qué hacer. Lo mejor en este caso es identificar el resultado que se desea. Y después de eso toca ver cómo se logra.

El último componente es encontrar el dolor. En qué postura duele más estar. Y huirle.

Los propósitos son vacíos. Hay que establecer caminos para hacer feliz la travesía. La meta, a veces, no nos motiva lo suficiente. Porque, nunca, el fin justifica los medios.

Verte arder

Quiero sentarme

a la orilla del mundo

el calor del fuego en la cara

la sombra del futuro a la espalda.

Le prendí fuego a los barcos

ya no los necesito

no pienso volver.

Verte arder, corazón,

necesitó quedarme

a encender la mecha

soy la que se quema con las naves

y la que las mira en la playa.

No hay regalos

sin sacrificios.

La maldición

Me incliné con miedo a olfatear la caja de madreperla donde guardo el collar de mi madre. Hace años que no siento el olor de nada, la comida no tiene sentido, el amor se quedó sin sustancia, da lo mismo comer cualquiera y a cualquiera. No había querido acercarme al lugar del recuerdo de mi madre para no comprobar que hasta eso perdí.

Durante la plaga que azotó a la humanidad, en la que todos perdimos a alguien, lo que más nos lamentamos fue la anulación absoluta de nuestro sentido del olfato. Aún existimos los que tuvimos la experiencia de sentir el aroma de nuestros hijos recién nacidos que huelen a leche y nuevo justo en la punta de la cabeza, lugar en donde toda madre que amamanta a un bebé querido fija su filiación con ese pedazo indefenso de carne. Los que enterramos la cara entre los vellos corporales del amante recién disfrutado para sellar la entrega, la memoria embotellada y guardada entre olores a pan recién horneado, mar, sal, sol y calor. Los que evocamos los años pasados y a los seres queridos perdidos por su aroma, un fantasma más entre los que se quedan a acompañarnos. Y los que disfrutamos de la comida desde el primer encuentro con el vapor que sale de la olla, la primicia que se escapa del horno anunciando una galleta. Las flores siguen siendo lindas, los colores impactan los ojos. Pero ¿cómo explicarles a los que vinieron después a qué huele un campo de lavandas cuando no hay nada contra qué compararlo? 

Desde que los seres humanos no tienen sentido del olfato, nos hemos convertido en versiones más eficientes y menos románticas. Ya nadie pide una camiseta usada para dormir envuelto en placeres pasados y futuros. Todos estamos delgados, comemos lo que necesitamos para vivir y ser cocinero ya no es un arte, sino simplemente una ciencia. Les dejamos los restaurantes a los químicos. La gente ya no siente arrebatos de pasión que cabalguen sobre el olor particular de la persona deseada. Es más transaccional y dudo que tan satisfactorio como antes.

Todas las industrias de las fragancias quebraron al mes siguiente de haberse propagado la pandemia y sospecho que debemos apestar peor que en la Edad Media. Eso de bañarse con jabones que quién sabe a qué huelen y dejar de usar desodorantes es tan primitivo que agradezco que no me sirva la nariz. 

Qué maldición se cernió sobre la existencia, porque vamos perdiendo los recuerdos de la infancia que ya no se graban de forma indeleble y aunque nos ha obligado a vivir en el momento, ya no tenemos un pasado del cual asirnos. La falta de olfato nos está borrando de la Historia. 

También nos hemos dejado de reproducir. Puede que no oler nos quite la necesidad de tener tribu, de sentir un lugar común. Nos da lo mismo un bebé que otro y así no tiene mucho sentido tener el propio, son demasiado trabajo para tan poca satisfacción. 

Creo que nos iremos extinguiendo poco a poco, por puro desinterés, observando nuestra propia desaparición con curiosidad clínica. 

Abrí la caja octagonal que siempre he tratado con reverencia y que no tocaba desde hace treinta años. Mi madre, su olor, siempre me abrazó desde ese pequeño collar de perlas que absorbieron su esencia y que me la devolvían en momentos difíciles. Estoy a punto de morir y quiero imaginarme que ella me acompaña ahora, aunque no la pueda sentir. La vida es tanto más solitaria desde que no podemos respirarnos que menos mal mis hijos murieron con la primera ola de la enfermedad, porque los conservo intactos en mi recuerdo, con su olor a vida por delante.

No fue tan malo

Haciendo el típico recuento del año, en éste tan peculiar, me he fijado que no fue tan malo. Detesté la incertidumbre, la presión del miedo sobre nuestras vidas, la impotencia y la falta de autogestión. Pero todo eso ya me disgusta desde siempre. Si soy completamente sincera, he tenido peores años. Enterré a ambos padres un mismo año. He tenido crisis existenciales los últimos cuatro años. La niña casi se muere el año pasado. En definitiva, esta pandemia no llega al top cinco de años malditos en mi vida.

Por otra parte, volvimos a comer los cuatro juntos todos los días. Tuve un año más de infancia de mis hijos. Afiancé la rutina que me gusta. Cociné. Taaanto. Me tomo una taza de café platicada con mi marido después del almuerzo, a veces con un poco de chocolate y el peso al otro lado de la cama me ayuda a dormir. Pasé la Navidad más feliz desde hace 14 años, por el simple hecho de tener más apertura a contemplar la tristeza causada por la ausencia de mi madre.

Me siento querida.

Definitivamente, no ha sido un mal año. Se puede ir tranquilo.

El tanque lleno

Detesto prestar mis cosas. Simplemente no tengo la costumbre. No nos prestábamos cosas con mi mamá, menos con hermanas que no tengo. A mis amigas he preferido regalarles lo que tengo para no esperar una devolución incómoda.

… Hasta que llegó la niña que agarra todo sin pedírmelo y a mí me puede dar un pequeño derrame. Entre perder mis pinceles, acabarse mis acuarelas y acaparar mi secadora de pelo, ella se lleva todo lo que mira en casa. La lógica es que, si está bajo el mismo techo es de todos. Socialista me salió, sobre todo para cosas ajenas. He ido aprendiendo a darle espacio entre mis cosas, a dejarle mis pantuflas, regalarle mi plancha de pelo y encontrar pinceles debajo del sofá.

A veces vale la pena compartir, me obliga a involucrarme en lo que hacen con las cosas que presto. A desprenderme de lo que no uso realmente. Y a exprimir un poco mi corazón que no es necesariamente abundante de generosidad.

Eso sí, la regla de la casa, establecida desde ahora para niños que no llegan aún a la adolescencia, es que, si les presto el carro, me lo tienen que devolver con el tanque lleno.