Morir por cosas que no pasan

Hoy fui a despertar a la niña por la mañana como siempre lo hago y, durante menos tiempo de lo que dura un parpadeo, ella no reaccionó. Estaba enrollada en su frazada, pálida y creí que se había muerto. Me tardo cien veces más escribiendo esto que lo que se tomó suceder todo, pero perdí tres vidas en ese instante. He pasado el día con el corazón apretado. Yo sé que no pasó nada, que ella está bien y que las posibilidades de encontrarla muerta en su cama son ínfimas. Todo ese saber no me sirvió de nada en ese momento, no fue algo racional, para cuando reaccioné, la niña ya estaba hablándome.

Nos acongojamos por cosas que no suceden, devanamos las posibilidades horribles como una madeja de problemas que se nos enredan entre los huesos y nos manejan a su antojo. Arruinamos relaciones por lo que pueda suceder. Dejamos de enamorarnos porque podríamos ser lastimados. Nos secamos por dentro con tal de no ser rechazados cuando ofrecemos nuestro cariño. Morimos sin vivir.

Podría pasarme al cuarto de la niña y velarle el sueño. O podría hacer lo que hago y dejarla en paz. Olvidar lo de hoy, exorcizarlo al escribir y confiar que mañana, ella se va a despertar cuando entre a su cuarto. Como hoy y como el resto de días de mi vida.

Confundida

A veces hago cosas que he dicho que no quería hacer. Muchas de ésas tienen que ver con comida y el exceso. Es como si mi mano y mi boca estuvieran en conspiración contra mi cerebro y termino terminándome la tercera galleta, que ni siquiera me pareció tan rica desde la primera.

Hacemos como humanos muchas cosas que no concuerdan. Dicen que un signo de inteligencia es poder sostener dos verdades absolutas, pero opuestas al mismo tiempo. Pero hacer y decir cosas diferentes, aún cuando nuestra determinación se haya decantado por el lado perdedor, es aún más humano que el poder contradecirnos en nuestras ideas.

Creo que vivimos con dos dirigentes: uno el del cerebro que es capaz de ordenarse de forma lógica y tomar decisiones desprovistas de emoción. Y el otro en los sentimientos que nos halan por donde nos duele menos, sin tomar en cuenta que ese camino nos puede hacer más daño al final.

Así terminamos muchas veces confundidos entre lo que realizamos y lo que queríamos. Como yo, ayer, con la bolsa de las galletas feas a medio terminar.

Inmutable

Tan linda esa palabra. Piensa uno en montañas, templos de dioses que olvidaron sus nombres, propósitos, sentimientos. Quisiera uno tener un corazón enmarcado en sustancias que lo conserven sin mancha ni cambio. No digamos del rostro y las arrugas.

Ser inmutable debe ser profundamente aburrido. Hasta las piedras se desgastan con el tiempo y todo en el universo se mueve (de dónde a dónde, ni idea, pero se mueve). Poder cambiar nos permite adaptarnos a lo que hay a nuestro alrededor. Y, eso mismo, nos ayuda a conservarnos por el mismo camino que queremos seguir. Porque el faro es el que no se mueve, el barco sí y muchas veces hasta en direcciones que parecieran contrarias al destino fijado.

Tal vez hay que cambiar esa linda palabra por otra igualmente sonora: infatigable. No suena tan bonita y el sólo hecho de pensar en no descansar, cansa y así nos aproximamos a lo que verdaderamente nos toca hacer: seguir.

Tómame una foto

Como que no sé que lo haces

Para quedarte un momento

Con el momento que ya se fue

Y que no quise darme cuenta

Que ya se había pasado

En el momento que la tomaste.

Estoy entrenando

En junio me dan examen para sacar la cinta negra. He estado entrenando tanto, que espero se me olvide todo y me salga en automático. Como eso de aprenderse las reglas para poder romperlas.

La repetición, la disposición de estar en constante aprendizaje, el tener muy claras las cosas básicas, ayuda a trascender. Entrenamos para que no nos sorprendan cosas que no esperamos. Aunque sepamos que no estamos preparados para todo.

Yo sé que ese día del examen, voy a tener la mente en blanco. Y va a estar bien. Porque espero haber entrenado lo suficiente para que mi cuerpo haga el trabajo.

Quiero un pájaro

Me encantan los pájaros. Siempre he querido uno pero me rehúso a tener encerrado a un animal que puede volar.

Nos gustan las cosas libres, que se mueven por los aires, quisiéramos poder hacerlo. Y por eso las apresamos, les cortamos las alas, les enseñamos a hablar. Un loro vive lo mismo que un humano. Qué tristeza pasar toda la vida sin cumplir el propósito de la vida.

Algo así con las relaciones, que nos atrae alguien tanto, que sólo lo queremos tan cerca como para no dejarlo ir jamás. Los hijos más que a nadie.

A los míos los quiero para dejarlos ir. Nunca tanto como ahora que la niña tiene una condición que me hizo perder la poca calma que me quedaba. Que quisiera nunca perderla de vista. Pero no puedo. Porque si no quiero tener un pájaro con tal de no encerrarlo, cómo no dejar libres a los niños…

Quiero un pájaro. Tal vez si le dejo comida en el jardín, puedo compartirlo con el cielo alguna vez.

Los días libres

Esos que saben a pasta y vino. Nos despertamos igual de temprano y nos volvemos a dormir. Vemos tele. En todas las teles de la casa. Comemos chilaquiles al estilo en que yo los hago. Nos bañamos o no.

Estos días tan distintos ahora de otros días iguales porque a la niña hay que cubrirla con insulina. Pero siguen siendo los mismos porque igual hice tiramisú.

Los días libres nos llenamos de la parte de nuestras vidas para las que trabajamos el resto. Comemos rico, nos abrazamos, jugamos a la felicidad y siempre ganamos.

Qué ricos estos días libres.

Lo vi venir hace quince años

Estoy en un lugar en donde esperé estar hace quince años. Y donde jamás pensé encontrarme hace tres.

A veces trazamos el camino de nuestra vida por adelantado y ponemos el barco con un curso hacia el faro que sabemos se encuentra lejos. Navegamos aún en medio de la tormenta que nos desvía. Salimos a ver las estrellas cuando el mar está en calma y no queremos movernos. Creemos que el puerto hacia el que nos encaminábamos no existe después de todo. Pero la ruta está determinada por alguien con una idea fija en mente. Nosotros mismos. Y seguimos.

Me encuentro reconociendo el lugar en donde estoy, aunque nunca he estado aquí, porque es en donde quería estar. Aunque haya llegado por una puerta distinta.

Hago lo que puedo

A veces puedo muy, muy poco,

Un pequeño beso, un rápido abrazo.

A veces puedo menos

A penas una sonrisa.

Pero he encontrado que hacer lo que puedo

Es todo lo que puedo hacer.

Vivir por otros

Si por mí fuera, hubiera seguido siendo una bola de egoísmo total de esas que consumen todo lo que tienen a su alrededor. Para eso aprendí, siendo hija única. Pero miento. Ninguno podemos vivir así, porque estamos hechos para compartirnos. ¿De qué sirve ser cualquier cualidad si no hay nadie con quien hacerlo? No podemos hacernos reír a nosotros mismos, platicar (pues, de forma sana) sólo con uno, sentir para dentro nada más. Estamos hechos para abrirnos, para sacar ese universo que construimos por dentro y enseñarlo. Somos sociales y queremos una tribu a dónde pertenecer y un espacio en donde ser nosotros mismos.

Si por mí fuera, supongo que no haría nada diferente. Hasta las madrugadas me quedan bien. No sería la misma sin las personas que conforman mi vida. Tal vez no vivo por los demás. Vivo por mí para compartirme con ellos. Y tal vez eso siga siendo egoísta, pero en bonito.