Todos tenemos muletas

Cuando uno se escucha hablar, primero cuesta reconocer la voz y luego viene el bochorno de la cantidad de muletillas que usamos. Da vergüenza porque creemos que somos elocuentes, o al menos que deberíamos serlo. Nos comparamos a los personajes de la tele que hablan de corrido, exponiendo sus ideas sin trabas y que nunca, nunca, dicen un “entonces”, de más.

Resulta que el uso de palabras extra en una conversación no es del todo inútil. Sirven para reunir las ideas, para poner un poco de tiempo. Usamos muchas muletas físicas y metafóricas. Nos ayudan a avanzar. El problema es que a veces nos quedamos dependiendo de ellas en vez de fortalecer el músculo débil. Y allí es en donde perdemos.

Según yo, cuando voy a hablar ya tengo hecho el argumento y va a salir como de película. A la mitad de la frase me doy cuenta que ni siquiera me recuerdo de la palabra precisa que tenía en mente. Y uso muletas. Espero algún día no necesitarlas.

La misma distancia

Hoy saca su licencia el niño y, obvio, me siento avanzada en años. ¿A qué horas tengo un hijo que ya maneja? ¿Y cómo es que sigo pensando en él como un ishto? Mi mamá decía que siempre iba a pensar en mí como su hija pequeña, porque siempre me iba a llevar el mismo número de años.

La edad de madurez se ha corrido tanto, hasta de unas generaciones para acá, que sinceramente me cuesta afinar la puntería para identificar adultos. Les pedimos a los adolescentes que tomen decisiones que alteran para siempre sus vidas y les quitamos responsabilidades que podrían darles mucha más agencia sobre su futuro. Creo que lo estamos haciendo muy mal.

Sí, siempre voy a ser más grande que él. Pero también es cierto que va creciendo y se me acerca en experiencias. Y eso me hace sentir feliz.

Se fue el día

Llegan las 6 de la tarde y, hoy, me acompañan a a acompañar a que coma la niña. Hay días que mi gente se turna para pedirme atención y otros que me huyen como si tuviera la plaga. Cuestión de tener adolescentes.

Entiendo que en nuestra modernidad, hemos perdido mucha de la red de apoyo que tenían nuestros antepasados para ayudar en las cosas de la casa. Al menos para enseñar cómo hacerlas. También es cierto que las personas eran adultas mucho antes y que se valían por sí mismas. Ahora compensamos, tal vez, esa falta de ayuda con un madurar lento y eventual que nos permite mantener más tiempo a los niños dependientes de nosotros.

No estoy diciendo que quiero sacar al mundo a mis adolescentes. Pero no los quiero dependiendo de mis cuidados. Mientras menos sientan una obligación rayando en chantaje emocional para estar conmigo, mejor trabajo creo que estoy haciendo. Que no quita que cuando cualquiera de ellos quiere que lo acompañe a cenar, aquí me tienen. La vida pasa muy rápido.

Como tren

La vida se le abalanza a uno sin frenos. Tal vez le pusimos rieles, pero la mayoría del tiempo, va por donde quiere y a uno sólo le queda hacerle ganas. Por eso tomar decisiones es un acto de fe. Implica creer que el panorama va a seguir existiendo en el futuro.

Yo creo que el origen de todas las religiones fue poder hacer profecías. Querer conocer el futuro antes de tiempo. Tener una medida de certeza acerca de lo acertado de nuestras decisiones. Cientos de miles de años más tarde, seguimos adivinando y cruzando los dedos.

Me gusta entrenarme para tener resistencia. Es la única garantía de que, tarde o temprano, las cosas mejoran, sólo hay que aguantar el tiempo suficiente. Allí viene otro tren, tal vez éste se quede en sus rieles.

El arroz como me gusta

Mi parte favorita de la paella es el arroz tostado de las orillas. Creo que es lo único que me gusta. A mi papá le gustaba el arroz blanco suelto y a los de mi casa, blanco y masudo. Todos tenemos un arroz favorito. Y tenemos que estar abiertos a probar hasta encontrarlo.

Es una realidad inescapable que sabemos menos de lo que existe. Ni siquiera sabemos qué no sabemos. Por eso es que el espíritu humano siempre está buscando expandirse más allá de lo conocido. Barcos lanzados a mares sin fin, naves espaciales suspendidas en el firmamento… No nos gusta una pregunta sin respuesta. Y, a la vez, nos aferramos a lo familiar a tal punto de trasladar especies de plantas y animales a donde nos mudamos, la naturaleza originaria no es suficiente.

Está bien que a uno le guste lo que le gusta. Es mejor aún dejar una ventana de posibilidad abierta a probar cosas nuevas y encontrar nuevos favoritos. Y está muchísimo mejor haber aprendido a hacer el arroz tostado, sólo el arroz.

La estabilidad

Uno obtiene la verdadera estabilidad cuando aprende a navegar los cambios. Si han hecho posturas de balance en yoga, saben que para estar quietos por fuera, hay que moverse por dentro.

Tenemos la noción errónea que la calma se debe a la ausencia de molestias externas. Cuando se trata de conservar el plomo, ese peso que lo aterriza a uno con todo y los vaivenes. Y hasta ese peso cambia de lugar. Ni el sol es estático.

Creo que esa es la lección que me toca en esta vida. Los pájaros se mantienen en el mismo lugar porque se adaptan a las corrientes de aire. Y qué delicioso debe ser poder flotar.

Todo duele. Y está bien

Si la gente se queda mucho tiempo junta, algo sale mal. Si se dejan pronto, hay tristeza. Quedarse e irse, ambos duelen. El cambio incomoda, da miedo, nos paraliza. Pero no cambiar es imposible y ese estado también duele.

Desde que dejamos de ser animales y nos proyectamos hacia el futuro como si estuviéramos seguros que existe, creamos sufrimiento innecesario que nada tiene que ver con nuestra biología. Dormir, comer, procrearnos, lo básico, claro que tienen sus molestias, pero tiene una lógica irrefutable. Si no comemos, nos morimos. Que nos provoque lágrimas la pérdida de algo intangible, es una mutación.

Igualmente no tiene aplicación práctica el hecho que creamos que un amanecer es hermoso, pero el placer que derivamos nos hace humanos. Ese dolor por querer, por permanecer o cambiar, por temer al futuro o buscar el pasado, también nos hace humanos. Estamos más allá de nuestros imperativos biológicos. Eso nos hace vulnerables. Y está bien.

Lo sorprendente de lo conocido

Tengo tiempo de no ponerle atención especial al camino de regreso a casa. Ya me lo sé, puedo hacerlo hasta con los ojos cerrados. Es inclusive un desperdicio de energía querer fijarme detenidamente en detalles que ya conozco.

Nuestros cerebros están hechos para ser eficientes. Entre eso, está hacer una primera imagen mental a consciencia y luego sólo verificar rápidamente que sea la misma. Por eso es que las personas que viven juntas mucho tiempo, no perciben los cambios de la edad tan fácil. Ya tienen una foto y, salvo variaciones muy grandes, no necesitan alterarla. Pero es un principio ineludible de nuestra vida que todo cambia y que los detalles ocultan el propósito del universo. Fijarse en lo familiar requiere más atención que aprender lo nuevo. El premio es que si lo hacemos, siempre estamos rodeados de cosas nuevas e interesantes.

Tengo que volver a ponerle atención a mis caminos. Demasiadas cosas cambian, o se me olvidan. Y qué mejor que descubrirlas en las cosas que ya conozco.