Historias favoritas

Últimamente me ha costado engancharme con un libro de ficción. No sé si es que las tramas nuevas no me parecen novedosas, si los romances imaginarios ya no son aspiracionales o si, simplemente, he tenido mala suerte para escogerlos. «Silo», una trilogía de ciencia ficción me dio claustrofobia, aunque fue muy interesante. Después leí el libro en el que está basada HoC (del mismo nombre) y me encantó. Pero luego he comenzado y dejado tres más de los cuales ya no recuerdo ni el nombre.

Y, aunque me están aburriendo las nuevas historias que puedo predecir, me dan ganas de regresar a las viejas novelas que ya me sé. Es como una forma de volver a visitar una ciudad querida, de volver a hablar con un viejo amigo, de comer una comida reconfortante.

Como humanos modernos, hacemos cosas como reuniones de colegio que nos transportan en el tiempo y nos regresan a la adolescencia (por eso no voy). Celebramos fechas importantes que nos recuerdan cómo iniciamos cosas trascendentales de nuestras vidas. Conmemoramos la muerte de nuestros seres queridos para volverlos a sentir cerca.

Las tradiciones nos anclan a una herencia emocional que nos debería permitir salir a navegar con seguridad por aguas nuevas. Lo que no es sano es que nos quedemos siempre en el mismo puerto.

Así que leeré de nuevo algún libro que me gusta y luego me obligaré a invertirme en una nueva aventura. A lo mejor encuentro a un nuevo amigo que me llamará a que lo vuelva a visitar años después.

Y eso ¿para qué?

Ah, las ansiadas vacaciones… Los dos mejores días de las mamás son el primero y el último, por lo menos eso decía mi mamá. Esta vez no llegué ni al primero. Ya pasaron castigados desde la primera semana. Y no es (necesariamente) por mi falta de paciencia, es que se ponen especialitos de la falta de rutina.

Tener una vida regimentada tiene amplias ventajas, sobre todo porque libera la mente para pensar en cosas más importantes que «qué me voy a poner hoy», o «a qué horas voy a comer». Si no, pregúntenselo a cuaquier padre con hijos de uniforme. La maravilla de no gastar de más, de no perseguir las modas, el respiro de no tener que escoger la ropa por las mañanas. La rutina tiene una función muy loable y es quitarnos preocupaciones.

Pero (siempre hay uno, me los he tratado de quitar y no hay modo), no podemos vivir de la rutina, porque nos morimos por dentro. El método no puede ser más importante que la meta. Si la creatividad está ahogada por un horario, hay que quitarlo de inmediato y reinventar el esquema. Las vacaciones sirven para eso, precisamente: sacarnos un rato de lo esperado, hacer que nuestro cerebro se ocupe en otras cosas y regrese al camino con otros ojos.

Todo lo cual no es sencillo para los niños que, ni diseñaron su propia rutina, ni pueden disponer con libertad de su tiempo libre. Se les quita la seguridad de estar entretenidos y se les lanza a un mar de horas vacías que se supone que tienen que llenar. Con razón se ponen insoportables. Y, justo cuando ya le están agarrando la onda al asunto, es hora de volver a clases. En 27 largos días.

No me necesiten, por favor

Este fin de semana mi hijo mayor (8 años) ha estado un poco «pegoste». Por alguna razón se me pega y quiere llamar mi atención. Y no de alguna forma agradable: pelea con la hermana, se para en mi pie lastimado, me habla con la boca llena… Y contagia a la otra (5 años) hasta que terminan ambos castigados. Encerrados en su cuarto, los oigo jugar felices de la vida y me río por dentro.

Mis hijos no me necesitan. Saben vestirse solos, encuentran comida en la refri, hacen sus deberes sin ayuda… Soy completamente remplazable en sus vidas. Y eso me hace feliz. Yo no quiero que me necesiten. Quiero que me aprecien y quieran estar conmigo, pero que también puedan estar consigo mismos.

Entiendo que ser independiente da ansiedad. A veces a mí también me gustaría que alguien más tomara todas mis decisiones. Hasta que me recuerdo que probablemente no me guste lo que me escojan y se me pasa. Entiendo que vivir en sociedad es estar en una red de interacción y que necesitamos de todos. No pretendo tener un huerto (se me mueren hasta las malas hierbas), ni una vaca, ni pollitos. Pero busco colaboración, no esclavitud, sobre todo la emocional, de esa que da satisfacción cuando se tiene y no ansiedad cuando no.

Creo que a mi hijo le está dando miedo dejarme ir. Y ni modo. Pero también tendrá que entender que no puede llamar mi atención de forma negativa. O va a pasar todas las vacaciones en su cuarto.

Lo suave/ lo oculto

Eres abierto y firme y plano

Yo soy oculta y suave y redonda

Seco, alto, angular

Húmeda, baja, curva

Te miro y te muestras

Me miras y me escondo

Y juntos somos fuertes, vulnerables y nos volvemos uno.

La iluminación sobrevalorada

Estoy trabada de la espalda. Otra vez. Se me atrasó la menstuación un día y troné. Tenía más de un año que no me pasaba eso. Pero ya fui a la acupuntura y me sientl mejor. Lo divertido de la cita fue el interrogatorio previo a la pinchada. Hasta la lengua me vio. Y es que, salvo por algo como una picadura de insecto, yo sí creo en eso que las enfermedades son consecuencia de reacciones del cuerpo ante emociones fuertes.

Y es que de alguna forma tenemos que manifestar lo que tenemos en el cerebro. Al final del día, es desde allí de donde salen todas las instrucciones. Y, nos demos cuenta o no, lo que sentimos como un dolor, nos tiene que dañar. Las tristezas nos oprimen el corazón, los nervios nos retuercen el estómago, el estrés nos estalla la cabeza. Dicen que quedarse con palabras nos da carraspera. Tragarse las lágrimas nos da catarro.

El hecho es que, tampoco entenderlo nos hace inmunes. Porque saber de dónde viene una consecuencia, no quita el acto que la provocó. Si decimos una mentira y eso nos tiene agobiados y eso nos enferma, el conocimiento no nos sana.

Pero es un primer paso. Yo sé que se me atrasó la regla, porque acabo de comprar ropa de bebé para un baby shower y me entristeció que ya no voy a volver a estar embarazada. Saberlo no me quita la trabazón. Igual siento que me estoy partiendo en dos. La iluminación, en este caso, sólo me sirve para ver mejor el problema. Pero no me hace poder volver a tener otro hijo. Sobrevalorado el auto-conocimiento.

Proteger dejando en paz

Cuando mi primer hijo era bebé, lo manteníamos sin calcetines. No se enfermó nunca. Luego, aprendió a gatear a los dos meses y andaba por toda la casa (hasta una cucaracha se comió). Los dos niños se han subido a una bici desde pequeños, los golpes han sido pocos y las enfermedades menos. Pero todo eso lo aguanto. Poner curitas, dar medicinas, medir fiebres. Todo eso es fácil.

Mandarlos al colegio y no saber qué les vaya a pasar emocionalmente, eso me cuesta. Sobre todo si me recuerdo demasiado de mi propia mala experiencia. ¿En dónde le pone uno una pomada a un dolor de corazón? Y lo único que se puede hacer es equiparlos lo mejor posible en casa para que fuera de ella tengan cómo salir adelante.

Una mezcla de amor para que se sepan querer a sí mismos, consecuencias de sus actos para que se midan, disciplina para que se puedan auto-motivar y hasta ignorarlos un poco para que sepan estar solos. Todo eso que aún de adultos nos cuesta. Porque queremos amor y apapachos y pasar impunes por la vida y que nos aguanten todo y nos lo solucionen todo.

Yo no quiero que mis hijos no puedan funcionar allá afuera. La vida es dura y hay que formarles un caparazón. Pero tampoco quiero que estar en la casa se les vuelva insostenible. Y todavía me cuesta ese estira y encoge entre lo que quiero protegerlos y lo que tengo que soltarlos. Y me paso de pesada. Y sé que me estoy paseando en ellos. Ni modo. De algo tienen qué vivir los psicólogos.

Promover

«¿Hoy no tienen clase de yoga? ¿No tienen quién se las dé? Tenga, éste es el user de una amiga que da clases buenísimas.» «¿Ya probaste las donas de XX?» «¡Conseguí el mejor shampoo!» Y así. Fantástica para promocionar a otra gente, jamás me he podido vender (en buen sentido), ni las pocas cosas que he intentado hacer de negocio.

Crecí en una familia de gente «bien venida a menos», lo cual es simplemente otra forma de decir que éramos pobres con ínfulas. Nosotros no éramos comerciantes, ¡uy no! Cosa más ridícula.

Todos en la vida necesitamos vendernos de alguna forma. Si queremos pareja, hay que enseñar los atributos que podemos ofrecer. Si queremos convencer a alguien, nos tiene que comprar la idea que estamos transmitiendo. No digamos conseguir un puesto. Siempre estamos proyectando lo que queremos enseñar, lo sepamos o no. Y eso que ponemos allá afuera determina quién se nos acerca y con cuáles intenciones.

Tal vez yo no sirva para vender cosas que yo hago, pero seguro soy la mejor promotora de las cosas que me gustan de otros. A lo mejor tendría un futuro en relaciones públicas. El problema es cómo consigo clientes.

La bendita condicionalidad

Supongo que todos, sin depender de nuestras convicciones religiosas, hemos escuchado alguna vez el pasaje del amor en el que dice cómo es. Que si es servicial, que si todo lo aguanta. Que si es paciente, no se enoja, todo lo puede. Que si es más fuerte que cualquier otra cosa.

Los griegos distinguían entre el «eros» y el «agape». El primero describe ese sentimiento que existe entre una pareja, que podríamos describir como pasión. El segundo es ese ideal de fraternidad en el que debemos vivir como humanos. «Quiere a tu prójimo como a ti mismo.» «Trata a los demás como te gustara que te trataran.»

Las relaciones interpersonales, esas que son uno-a-uno, necesariamente tienen condiciones y límites. Es parte de establecer una buena convivencia, de mantener el respeto, de conservar la admiración. Pretender que alguien al que maltratan tiene que seguir amando al otro, porque «el amor nunca pasará», no sólo es ingenuo, sino injusto. Pero, lo que no se puede perder jamás es el amor general por la humanidad. Por ese amor uno tiene hijos y los cría para ser personas de bien. Por ese amor uno se mejora a sí mismo. Por ese amor hay avances e inventos y progreso. Si perdemos ese amor, mejor nos retiramos de la sociedad. Apaga y vámonos.

Yo no amo incondicionalmente ni a mis hijos. Los amo precisamente por eso, porque son hijos míos, esa es la condición.

Lento

Este año se me está pasando lento

como aletargado, amodorrado, arrastrado.

Un día le pide permiso al otro para amanecer.

Tal vez no quiero que terminen mis treintas.

Tal vez he saturado mi vida de mil cosas.

Tal vez se me está multiplicando.

Pero ya casi es junio.

Tal vez, después de todo, no va tan lento.

Mi cansansio

Tengo un amigo médico que turna y va al karate (sí, tú LP). Frecuentemente se mira cansado, como es obvio y lógico. Hace poco le comenté que yo me sentía cansada y creo que por poco me lanza por las gradas. Y, es cierto, yo no paso noches en vela en un hospital.

Mi mamá decía que «mi catarro siempre es más fuerte que el tuyo». Y es que no tenemos forma objetiva de medirlos y ponerlos en una escala. Es como el dolor. Si te duele, pues te duele. ¿Cómo saber si te duele más o menos que a mí?

Parte de la inteligencia emocional (una buena parte), estriba en la capacidad de sentir algún tipo de camaradería con los sentimientos de los demás. A eso se le dice empatía. Pero, para poder tenerla, yo creo que debemos agregarle la imaginación y el respeto.

La primera sirve para proyectarnos a una situación que tal vez nos es ajena y que seguro no hemos pasado de igual forma que otra persona, porque cada quien vive sus experiencias de forma única. Lo segundo es primordial para darle el espacio de sentirse como se le dé la gana, sin juzgar su reacción desde nuestro propio lugar. ¿Por qué va a tener que sentirse igual que yo en circunstancias similares?

La imaginación la tengo. El respeto… Me cuesta más, sobre todo cuando pretendo que mis hijos se sientan y actúen como yo quiero, porque así lo quiero. Y, LP, si de hacer cuentas de cansancio se trata, mi hijo tiene 8 años. Eso equivale a estar de turno 24/7/365 desde hace 8 años, por 2 desde hace 5.