Las mejores conversaciones

Si no lo han notado, soy mandona. O por lo menos eso parezco. Lo divertido es que, mandar, mandar, sólo le doy órdenes a mis hijos. Con el resto del universo, lo que hago es sugerencias directas, pueden o no seguirlas, me tiene sin cuidado. Sigo sin entender en qué momento nos quedamos sin la capacidad de aceptar conversaciones directas.

Es cierto que las redes sociales de caracteres limitados dan muy poco espacio para sutilezas, colores de tonos y demás facilidades del lenguaje. Poco se puede hacer en un tuit más que una invitación. Pero no es como que en un uno a uno yo haga demasiado esfuerzo por echarle betún a mis palabras.

Me he topado muy raras veces con alguien que se siente frente a mí y me pregunte claramente qué es lo que quiero. Es refrescante y bonito y tranquilizador. Pero entiendo que no se puede navegar así por la vida, porque mi tono, mis palabras y mi lenguaje corporal son un poco intensos y no sirven para todos los días.

Lo fantástico es que la gente que me conoce de cerca, ésa que come conmigo seguido, me ve que puedo estar callada y tiene idea que hay alguna medida de suavidad dentro de la coraza, ésa simplemente me ignora cuando me paso de comandante. Lo cuál está perfecto. La única persona que me tiene que hacer caso (a parte de mis hijos) soy yo.

Vaciar el cerebro

Nunca me había costado tanto meterle contenido nuevo a mi cabeza. No puedo concentrarme para leer, escuchar podcasts se me hace cansado y conversar me aturde. Estoy demasiado llena de mis propias ideas y éstas no están dejando entrar nada más. El problema es que tampoco las estoy pudiendo sacar, ni de palabra, ni por escrito. Es como si tuviera una olla de presión que todavía no ha llegado a la temperatura adecuada.

Puede que sea la edad, esa frontera entre la juventud manifiesta y una madurez más evidente. Todavía con la piel lo suficientemente fresca como para aparentar menos edad, lo vivido ya se me mira alrededor de los ojos. Puede que sea el impasse en el que seguimos con la remodelación de la casa, esa licencia que no nos dan simplemente por fregar y no podemos terminar de construir un segundo nivel y que me deja con las cosas a medias. Puede que sea la rutina de mis días llenos de muchas cosas y pocos momentos de quietud.

Lo cierto es que algo se me está cocinando entre las orejas y no sé todavía cuál vaya a ser el resultado. Lo que tengo por seguro es que debo estar atenta al pitillo que me avise cuando esté listo. No quiero arriesgarme a que se me chamusque la materia gris.

Perderse en la emoción

¡Regresó Tom Brady luego de una suspensión basura de cuatro juegos! Me he gozado el partido, a tal punto que me compré una t-shirt de Darth Vader con toda la ironía del mundo. Generalmente me cuesta ver los juegos de los Patriots, porque me pongo demasiado nerviosa. Hasta ahorita he gritado como loca y mis hijos se han divertido de lo lindo.

Es muy raro que yo me deje ir por alguna emoción fuerte que me saque de mi compostura. Regresamos al tema del control y de cómo me siento más segura en una línea plana.

La mesura es una buena cualidad en general. Cuando se está negociando algo en nombre de algún cliente, creerse que algo es personal es una tontera. Tomarse a pecho algún comentario en redes sociales es una excelente manera de amargarse. Y no poder controlar las reacciones emocionales nos convierte en personas inestables y difíciles de aguantar.

Pero hay momentos para dejarse ir, soltar el pelo, levantar la voz y sacar la emoción. Hay un cierto poder en abrirle la puerta a un grito, en soltar la carcajada, en derramar una lágrima. Las emociones nos dan algunas pinceladas de carácter que nos completan y nos vuelven más humanos.

Yo me dejo ir cuando veo partidos de los Patriots, para el deleite de mis hijos y la diversión sorprendida de mi marido. ¡Go Pats!

La mejor ilusión

Hay cierto tipo de actividades que me hacen creer que tengo control sobre mi entorno. Nado y siento que vuelo sobre el agua. Hago una kata y me imagino que mi cuerpo obedece la orden que le estoy dando para quedar en la posición correcta. Levanto pesas y me satisface el numerito cada vez mayor que logro mover. En todo eso tengo resultados concretos de mis esfuerzos personales. Es maravilloso. Hasta que llega el día que no hay sol, llueve, no me puedo meter a la piscina, o, peor aún, me canso antes de la tercera vuelta. O no se me queda ni con trampa qué pie tengo que mover hacia dónde en la kata nueva. O, simplemente no me da el músculo para levantar ni una sola repetición más.

Nuestros cuerpos nos hacen creer que los controlamos. También nuestras mentes. A veces no hay nada más alejado de la realidad. Para mejor muestra el estribillo de la canción que apenas nos sabemos que se nos queda trabado en el circuito auditivo y no hay forma de sacar. O la tristeza que se anida en nuestro corazón cuando revisamos fotos de niña y vemos a una mamá ausente. O un antojo de donas que nada tiene que ver con la vida sana que llevamos.

Tenemos una ligera y vana ilusión del control que ejercemos a nuestro alrededor. Creo que no podríamos vivir sin ella. Pero, si pretendemos que podemos guiar todo lo todo que nos rodea, podemos caer en enfermedades mentales graves. Tal vez, y es lo que estoy tratando de aprender, se trata simplemente de tomar lo que tenemos a nuestro alcance y hacer con ello lo que creemos más conveniente.

Viscoso como ámbar

Mi mamá tenía unos aretes de ámbar con un mosquito atrapado. Igual que el mosquito de Jurassic Park al que le sacaron la sangre del dinosaurio, pero en chiquito. Me encantaban. Se los robaron.

Hay cosas que se quedan así, en suspenso en nuestra memoria: el sabor de una comida especial que nos preparaban de pequeños, la sensación del primer beso con frenos y todo, el dolor del parto de los niños y la dulzura de de sus pieles recién estrenadas. Guardamos esos momentos entre la resina de nuestra memoria y los mantenemos quietecitos para sacarlos cuando los queremos admirar.

Entre muchos de los recientes descubrimientos de cómo funciona realmente nuestro cerebro, resulta que cada vez que «sacamos» un recuerdo y lo examinamos, lo cambiamos efectivamente. Pareciera que somos incapaces de interactuar con nada, ni siquiera algo que ya sucedió, sin manipularlo. Así, tal vez el pastel que siento que me llena la boca con el sabor de los años pasados, no era tan rico como quisiera creer. Ni el parto fue tan traumático. Ni ese beso fue tan malo (aunque eso sí lo dudo, fue fatal).

Nuestra vida entera está hecha para cambiar. Por muy seguramente que nos guardemos, la misma sustancia en la que nos movemos es viscosa, tiene movimiento y, si no nos montamos y la dirigimos un poco, nos arrastra. Hasta los mosquitos de los aretes de mi mamá cambiaron de lugar. Deseo fervientemente que, quien los tenga, no trate de clonar a un T-Rex.

Darse a conocer

Eso de tener hasta diferente idioma para comunicarme con mis hijos, me pone inmediatamente en situación de comportarme de forma distinta con ellos. Y menos mal, dudo que tendría muchos amigos si los estuviera taloneando como hago con los peques. O que tuviera mucho éxito educativo con los niños si los molestara como hago con mis cuates.

Nos comportamos distinto en diferentes situaciones. Eso es un hecho. Lo cuál no es lo mismo que decir que seamos personas diferentes, con diferentes valores. Los modales, el vocabulario, el nivel de relajación y de familiaridad, eso es lo que necesariamente cambia. Y eso hace que no todo el mundo nos conozca hasta lo más profundo. Todavía hay algo más profundo: a veces necesitamos de alguien que nos sepa todas las mañas para poder reconocernos a nosotros mismos, porque hay cosas que nos gusta ocultarnos.

Dejarse conocer no es sencillo. Porque no todo lo propio nos gusta y es mucho más fácil que sólo le miren lo bonito a uno en dosis cortas y superficiales. Pero permitir que alguien se zambulla de cabeza en nosotros y llegue hasta nuestro verdadero fondo y que el resultado sea alguien que regresa con la mirada clara, una sonrisa y ganas de estar con uno, para eso existe la felicidad.

Que lo conozcan a uno y lo quieran así, es de las pocas cosas externas que aportan un verdadero bienestar. A mí me da pánico y el único valiente que lo ha hecho, ha sido lo suficientemente cauteloso como para acercarse de a poquito y sin que me dé mucha cuenta. Y es por eso que caminamos bien juntos.

Estasis/Cambio

Mi corazoncito estresado me pide estabilidad. Me gustan los horarios que no cambian, los planes que se ejecutan, los movimientos repetidos. Mi cerebro inquieto me obliga a buscar variedad, le da curiosidad todo lo nuevo, le cuesta quedarse quiero en una sola idea. Ambos se turnan su imperio y me mantengo entre momentos planificados y emociones nuevas. Todo funciona casi siempre bien. El problema son los momentos álgidos que se salen del «casi». La marea se sale de la línea, el volcán erupciona, el tapete se me mueve.

Nosotros los humanos somos parte de esa danza que tiene la naturaleza: está en constante cambio buscando la estabilidad. Queremos tener segura nuestra supervivencia y nuestro alrededor nos hace adaptarnos todo el tiempo para mantenernos tranquilos.

Las relaciones, sobre todo las de pareja, son en donde mejor se mira esta contradicción: queremos sentirnos siempre bien con alguien que siempre está cambiando. Y nosotros mismos también fluctuamos. Pero, si se logra cabalgar la ola de la crisis, la calma que se obtiene al final es mucho más agradable que la que se tenía antes.

Estar consciente de qué es diferente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Tal vez así se pueden tener esos pequeños momentos de paz que nos llenan de energía para sobrevivir el siguiente terremoto.

Algo así estoy ahora: un poco mareada por la sacudida, pero feliz por todo lo nuevo que me puede dar paz.

El fuego que limpia

Mi emoción básica, esa que se me pone en «default» y a la que apelo con más frecuencia es el enojo. Supongo que para mí es más fácil sentirme enojada, que triste o frustrada o con miedo. Creo que me da alguna sensación de control y me impide quedarme de brazos cruzados esperando que sucedan las cosas.

No creo que sea la más feliz de las circunstancias, pero, en el momento adecuado, un buen enojo es positivo. Así como los grandes bosques necesitan de fuego para purificarse, una buena rabia controlada ayuda a limpiar muchas cosas que ocultan cosas más profundas. Si entendemos la depresión como la ausencia del sentimiento, por lo menos encachimbarse es sentir algo.

Podemos usar la energía de una cólera para combatir una injusticia. Para defendernos de algún atropello. Para cambiar el rumbo de una relación que no nos gusta. Para alejarnos de la gente que nos hace daño. O simplemente para hacer un buen berrinche, quedar exhaustos, llorar a mares y sentirnos más limpios al final del alboroto.

A pesar que es la emoción que más fácilmente identifico, no me considero una persona «enojada». Paso muchísimo más tiempo sonriendo que con el ceño fruncido (mejor las patas de gallo de risas, que los surcos en la frente). Pero, si la ocasión lo amerita, si me disparo unos enojos de campeonato. Lo más simpático es que sonrío cuando estoy más enojada.