El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

Darse a conocer

Eso de tener hasta diferente idioma para comunicarme con mis hijos, me pone inmediatamente en situación de comportarme de forma distinta con ellos. Y menos mal, dudo que tendría muchos amigos si los estuviera taloneando como hago con los peques. O que tuviera mucho éxito educativo con los niños si los molestara como hago con mis cuates.

Nos comportamos distinto en diferentes situaciones. Eso es un hecho. Lo cuál no es lo mismo que decir que seamos personas diferentes, con diferentes valores. Los modales, el vocabulario, el nivel de relajación y de familiaridad, eso es lo que necesariamente cambia. Y eso hace que no todo el mundo nos conozca hasta lo más profundo. Todavía hay algo más profundo: a veces necesitamos de alguien que nos sepa todas las mañas para poder reconocernos a nosotros mismos, porque hay cosas que nos gusta ocultarnos.

Dejarse conocer no es sencillo. Porque no todo lo propio nos gusta y es mucho más fácil que sólo le miren lo bonito a uno en dosis cortas y superficiales. Pero permitir que alguien se zambulla de cabeza en nosotros y llegue hasta nuestro verdadero fondo y que el resultado sea alguien que regresa con la mirada clara, una sonrisa y ganas de estar con uno, para eso existe la felicidad.

Que lo conozcan a uno y lo quieran así, es de las pocas cosas externas que aportan un verdadero bienestar. A mí me da pánico y el único valiente que lo ha hecho, ha sido lo suficientemente cauteloso como para acercarse de a poquito y sin que me dé mucha cuenta. Y es por eso que caminamos bien juntos.

Las intenciones

Hoy, como ya es (pésima) costumbre los lunes, el niño me dijo que olvidó una tarea. En realidad, es una chingadera, pero no es problema mayor, porque al ishto baboso le va bien y no es que esté perdiendo el colegio. Es una cuestión de orden y responsabilidad y todas esas cosas que importan más que poder poner una tilde (aunque eso también es súper importante). El problema no es el olvido. Es que otra vez me eíncachimbé. De verdad intento no hacerlo. Ya tenemos protocolo, ni siquiera lo tengo que castigar. Pero se me sale el volcán de enojo y paro traspasándolo con los ojos. Estoy escribiendo esto y sigo molesta. Conmigo.

La intención de hacer bien las cosas es un primer paso, muy importante, para mejorar como personas. Cuántas veces lo que nos hace falta es un poco de autoconocimiento para mejorar nuestra vida. Pero las intenciones se quedan por dentro, como semillas en el suelo. Y, si no germinan, se pudren. Es más, si no dan frutos, es imposible conocer lo que los demás tienen en mente. Sólo nosotros conocemos las agendas que tenemos (sin ánimo de ser siniestros, la agenda puede ser buena también). Y, de los demás, sólo podemos ver lo que hacen.

El mundo interior ordenado, bienintencionado, se convierte en un universo de posibilidades cuando concuerda con nuestra realidad exterior. Nuestros mejores deseos, cuando los realizamos, nos dan superpoderes. Yo quiero ponerle una presa a la lava de mis enojos, pero levanto la barda a mi antojo cada vez que se me da la gana. Y así da lo mismo. Pero voy mejorando. Por lo menos le puedo dar un besito a mi hijo cuando se me pasa.

¿Y si mejor nos reímos?

Con mi mamá nos reíamos aún entre lágrimas. Cuando peleaban con mi papá, lo cual era muy frecuente, decíamos que estaban «a media luz» cantando. Nos divertíamos entre las tristezas de corazones rotos, penas económicas, fallos académicos y la vida en general.

Hace poco salieron los resultados de un estudio acerca de la llamada «emotividad». Y resulta que no es que las mujeres seamos más sensibles que los hombres, sino que el detonante de las lágrimas está más pegado a la fuente de las emociones fuertes. O sea, ambos hombres y mujeres tenemos la misma intensidad de sentimientos, pero a las mujeres se les disparan más fácil las explosiones acuáticas.

Yo tengo rachas de llanto. A veces me sale más fácil. Otras, ni con un anuncio de un chucho con un bebé. Mi preferencia es no soltarme a berrear. Me siento inútil, no le veo ningún beneficio. Pero tapar una «necesidad» sólo porque uno no quiere verse ridículo, termina convirtiéndose en un océano en el que se puede terminar ahogado.

Sentir sentimientos nos hace humanos. Cómo los manifestamos depende de nuestra preferencia y, mientras no le hagamos daño a nadie, incluyéndonos a nosotros mismos, hay que darles rienda suelta.

A mí me gusta seguir la costumbre de mi mamá. Entrando a la Iglesia el día de mi boda, me puse una sonrisa de oreja a oreja que sirvió de dique para el lago de lágrimas que se me acumuló detras de las pestañas. Yo iba demasiado feliz para encontrarme con lágrimas a mi marido. Además, se me corría el maquillaje.

La emoción que estalla

Después de un día de feriado pasado entre cine, almuerzo, niños, niños, comida, tele, niños y niños, al fin estábamos tranquilos y solos sobre la cama. Uno de esos raros momentos de paz que tienen un par de papás de menores de edad, juntos. Y, de repente, estallé. Ya ni les puedo decir exactamente cuál fue el detonante, lo cierto es que la erupción del Vesuvio y su destrucción se quedaron cortas.

Por una razón u otra, nos han socializado para ocultar las emociones negativas. Sobre todo si uno es mujer. «Sonría mi´ja, que así nadie se le va a acercar.» Las palabras «dulzura, paciencia, ternura» están íntimamente ligadas con la feminidad y la maternidad. Una mujer que muestra firmeza es una bruja. En tiempos pasados, los escapes que encontraban eran ataques de histerismo que luego eran tratados con terapias de agua (los invito a buscar las «terapias» que les aplicaban a las mujeres en la época victoriana).

Aún ahora, en la época moderna en que vivimos, no nos enseñan a manifestar lo que estamos sintiendo de una forma productiva. Vemos insultos a extraños por Tuiter, bocinazos, cuando no balazos, en el tráfico, completa intolerancia ante un disgusto. A la par de esto, pareciera que nos venden que tenemos que sentirnos felices todo el tiempo y que todo lo que varíe de esto es algo anormal que hay que arreglar.

Pero no. Estamos diseñados para sentir un rango enorme de emociones que nos deben orientar hacia encontrar soluciones a situaciones que pueden mejorar. No a destruirlo todo a nuestro paso cual Godzilla, traje con zípper incluído. Así no les pasa lo mismo que a mí, que desperté al día siguiente con la conciencia remordida de saber que había sobre reaccionado. Mejor entender y manifestar lo que me molesta antes de protagonizar otra prueba nuclear.

Las palabras como semillas

Es rara la vez que me quedo con ganas de decir algo. Para bien o para mal, si tengo algo qué compartir, lo hago. No es que diga todo lo que me pasa por la mente, es que, si creo que vale la pena, lo saco y ya.

Las palabras que nos quedamos adentro crecen. Son ideas que toman vida propia y ocupan nuestros espacios vacíos. El amor que no se demuestra, la tristeza que no se purga, el enojo que no se escupe, todo, nos acapara y tiende a destruirnos por dentro. Nuestro ser se fisura por la presión y todo sale por algún hoyo. Si no es por la boca, es por otro lado. Así nos enfermamos, nos duele la cabeza, se nos traba la espalda, nos quedamos afónicos.

Los humanos somos mejores cuando nos compartimos. Las palabras son los puentes que nos unen. No siempre decimos cosas bonitas, pero el ácido y el fuego, de manera controlada, también construyen.

Una semilla germina y rompe. Hecha raíces y brota. Igual lo que nos quedamos.

 

Llorar Es Bueno (Dicen)

Parezco caricatura japonesa a lo «Candy» que se le llenan los ojos de agua antes que soltar una lágrima. Equiparo llorar con debilidad, manipulación, incapacidad de razonar. Tal vez ya me agoté mi cuota (en el colegio bastaba con que me dijeran «ya llora» para romper el dique). Las películas románticas/trágicas me parecen ridículas. Salvo por los períodos sobre-hormonales de los embarazos y post partos, obvio, no acostumbro llorar. Y no es ni bueno, ni malo. Simplemente es.

He escuchado varias teorías científicas que explican el por qué del llanto. No hay ninguna certera.  Hace poco lograron determinar que, en las mujeres, las emociones fuertes disparan la reacción biológica del llanto mucho más fácil que en los hombres. Entonces resulta que lloramos de enojo, de felicidad, de miedo… No sólo de tristeza. Si logramos separar el acto de un rebalse de agua salada de los ojos y nos concentramos en identificar la emoción, podemos reivindicar nuestros sentimientos y no creer que estamos locas. El poder emputarse lisa y llanamente, sobre todo con razón, es liberador y motivante, sin ponerle atención a la lágrima que se escurre. La verdad, una vez más, hace libres.

También hay algo de razón en eso de que llorar libera. Hay gente que se siente liviana después de sollozar. Limpia, vacía, renovada. Tal vez lo pueda probar. Sí hay cosas que me sacan las de cocodrilo, como fotos de mis hijos cuando eran recién nacidos, ver a mi marido ser papá, cantar alguna canción. Pero sola. Sin que nadie me mire. Y sólo una.

Negar los Hechos

El gato que rescatamos de una alcantarilla, el que no pesaba ni una libra, cinco meses después es más grande que el perro de mi suegra (el cuál es un chucho de esos cuasi-ratas, pues, pero igual). Cuando recién estaba en casa, cabía bajo todos los muebles con facilidad. Ahora, obviamente, ya sólo cabe bajo la mesa del comedor.

Los animales observan el mundo a su alrededor como una serie de hechos irrefutables que perciben a través de sus sentidos: pasan los bigotes, paso yo; no pasan los bigotes, no paso yo. Blanco o negro. No hay mucho espacio para discutir. Dichosos.

Nosotros los humanos somos tan inteligentes, que nos damos el lujo de no creer lo que percibimos por medio de nuestros sentidos, hasta el punto que negamos las cosas que tenemos enfrente. Me cierra el zípper, quepo en los jeans; no me cierra el zípper, igual me tiro desde el segundo piso para caber en los jeans. Olvídense de escalas de grises, esta es la paleta pantone completa.

Llegamos al colmo de utilizar diferentes definiciones para una misma palabra, haciendo que nuestra principal forma de comunicarnos, que es el lenguaje, sea ambigua en el mejor de los casos, engañosa en el peor. Y todo es porque le pegamos sentimientos a nuestro entorno. Unos jeans no son una simple prenda de vestir; son los jeans que me compré después de un año de estar a dieta y que al fin bajé una talla y que usé el primer dinero que me gané escribiendo y que fui a escoger con mi mejor amiga a quien tenía dos años de no ver y que usé para el primer concierto al que fui con mi novio que ahora es mi esposo… ¿Ven por dónde va la cosa? Con esa carga emocional, ¿quién jodidos me va a decir a mí que no quepo en los benditos pantalones? Y, mientras me cortan la circulación de la espina dorsal, yo me niego a ver lo evidente y sólo pienso en lo que representan.

La vida tiene color porque se lo damos y las cosas tienen importanci, porque se la ponemos. En el mundo, todo es neutral, hasta que nosotros tomamos una postura. Y eso está bien, no somos robots. Pero tal vez sería menos complicado no ser tan engazado y tratar de aceptar los hechos a nuestro alrededor, como lo hacen los animales.

Y ahora, me disculpan, tengo que ir a sacar al gato que se quedó trabado debajo del sofá.