Al día siguiente del que estoy sentada escribiendo esto, es lunes. Y a mí los lunes (y los jueves, pero eso es otro post), me encantan. Saber que me voy a levantar a cierta hora y que sé más o menos qué va a pasar el resto de mi día, me da paz. Me encanta planificar mi vida en pequeños hitos y que lo «mágico» se desarrolle en los espacios en medio.
La rutina ha adquirido una muy mala reputación y muchos agarran de excusa para sus veleidades, el no querer caer en ella. Cuando es precisamente una rutina tomada como perseverancia, la que nos lleva a la excelencia. No hay músico famoso que no se sangre los dedos practicando las escalas más repetitivas. Desconozco de algún atleta de alto rendimiento que no le meta a sus músculos esa «memoria» que le permite ganar. Ningún idioma fue aprendido sin repetición.
Así también la costumbre de tratarse bien, de saludarse con un beso, de pedir las cosas con una sonrisa, de decir un «te amo» todos los días y de tomarse un tiempo especial como parte de algo constante, sienta las bases sobre las que se construyen las relaciones más formidables.
La rutina nos sirve de puente entre los momentos de despegue loco. Nos mantiene sobre el rumbo que queremos seguir. Hasta nos invita a dejarla de vez en cuando para apreciarla mejor. Este fin de semana (y la semana entera) fue diferente. ¡Qué alegre que mañana vuelvo a mi normalidad!
