Entre las cosas que sé y las que sé, ganan por KO las que ignoro. No tengo ni idea de cómo armar un reactor nuclear, sólo he oído de astrofísica y probablemente tendría que pedir ayuda para cambiar una llanta. Pero sí sé que no sé.
Ante el adagio de «la ignorancia es atrevida», nos encontramos con que la mayor parte de nuestras metidas de pata vienen de no saber que desconocemos algo: nos rompimos el tobillo en un agujero que no vimos, nos perdimos porque no pedimos direcciones, nos fue como en feria por no conocer bien al traido en cuestión… Y es que hay una diferencia de vida o muerte entre estar conscientes de no tener toda la información y creer que ya lo sabemos todo. El punto es muy claro cuando lo vemos con adolescentes: tienen el suficiente desarrollo mental como para conocer muchas cosas. Tienen la confianza que viene con la edad y las hormonas. Y no tienen ni la más panda idea de cómo funciona verdaderamente el mundo.
Nunca se puede conocer todo. La información es dispersa y jamás la logramos encontrar toda. Tenemos que tomar decisiones con lo que tenemos a nuestro alcance y no dejarnos paralizar por el sobre-análisis. Pero tampoco podemos manejarnos por la vida con actitud de «a ver qué pasa» y aventarnos así nomás. Si no admitimos que existen lagunas en nuestro conocimiento, difícilmente vamos a permitir que alguien nos ayude. El hecho de reconocer nuestra propia limitación nos deja rodearnos de gente con mayor experiencia que nosotros en algún ámbito. Yo no sé armar un motor, por eso llevo mi carro al taller. No soy médico (aunque me creo pediatra de mis hijos y consulto con el que sí tiene el título) y por eso voy a una clínica.
El problema está cuando creo que sé y no sé nada.
