No siempre

Acabo de estar en un vestidor en el que había un grupo de niñas adolescentes. Luego que me dejaron de recorrer los escalofríos del recuerdo por la espalda, pensé en todo lo que he aprendido desde entonces y si saberlo a esa edad me hubiera servido de algo.

A escaso mes y medio de cumplir 40, cada vez me importa menos lo que opinen de mi apariencia. He descubierto la maravilla de tener amigas. Puedo escuchar antes que hablar. Identifico cuáles tornillos vale la pena ajustar de mi relación.

Nada de eso me hubiera servido de un carajo a los dieciséis años. O sea, no es lo mismo tener el pelo de loca con dos niños y diez años de casada, que me tienen cariñito y les gusta, a un pelo de más cuando el resto se burla de uno. No sé, hay cosas que supongo se tienen que descubrir a trancazos.

Lo bonito es que eso me da la idea que aún me queda mucho camino por seguir. Si a lo que supongo es la mitad de mi vida, he llegado a este grado de comodidad en mi propia piel, el resto debería ser maravilloso.

Para mientras, me toca ver cómo llegan mis retoños a las mismas conclusiones (sus propias, no las mías).

Satisfacer a nuestro adolescente

Hace poco, molestaba a mi marido diciéndole que había cumplido uno de sus sueños de adolescente. Y, aunque nos reímos mucho, no dejó de ser un poco cierto. Yo recuerdo esos anhelos de cambiar el mundo, inventar la cura contra el cáncer y ser la chica más popular. No había mucha diferencia de prioridades.

Durante la infancia, el cerebro hace todas las conexiones posibles, quedando la ciudad con un montón de calles entre los edificios de neuronas. Luego resulta que uno no las utiliza todas y es momento de hacer un P(lan) de O(ordenamiento) T(territorial), porque tenemos nuestra cabeza hecha un relajo. Y es cuando llegan los de nuestro gobierno hormonal a quitar calles, ampliar las que sí se van a quedar y hacer que todo funcione más eficiente. En los años de adolescencia afianzamos nuestros gustos, sentimos todo en extremo, vemos las posibilidades del mundo y sufrimos. Y sufrimos. Y sufrimos.

Hasta que llega el día en que somos unos ancianos sabios de 20 años, con todo el mundo a nuestros pies y con recién adquirida independencia. Lo cual pareciera una fórmula perfecta para el desastre que generalmente viene. Parte de ese paso es dejar atrás las locuras que queríamos, entre ellas nuestras ilusiones. Nos volvemos unos aburridos de primera.

Recuperar esa ilusión interior de adolescente entusiasta, nos pega años después. Fuerte. Y puede hacer tambalear y hasta derribar nuestra vida, si no está construida sobre bases sólidas. Es la época en la que los hombres hacen sencillo a sus esposas y las mujeres se vuelven brujas. Es cuando vemos que los hijos en los que nos volcamos, no son compañía y se van a ir de la casa dejándonos solos con el extraño con que dormimos. Es cuando pesamos lo que hemos logrado y lo encontramos falto de sustancia.

El reto para no tener que destruir lo que tenemos, es avanzar con la sabiduría adquirida con los años, para cumplir las metas que nos dan ilusión. No perdernos a nosotros mismos entre el trajín de nuestras vidas. La adolescente que vive en algún rincón, se entusiasma con el karate, la carpintería, las locuras con mi marido. Mi adulta se sonríe y sigue afianzando más conocimientos, criando niños, escribiendo. Así, ambas coexistimos sin tener que botarlo todo.

Cuando se Desconoce lo Desconocido

Entre las cosas que sé y las que sé, ganan por KO las que ignoro. No tengo ni idea de cómo armar un reactor nuclear, sólo he oído de astrofísica y probablemente tendría que pedir ayuda para cambiar una llanta. Pero sí sé que no sé.

Ante el adagio de «la ignorancia es atrevida», nos encontramos con que la mayor parte de nuestras metidas de pata vienen de no saber que desconocemos algo: nos rompimos el tobillo en un agujero que no vimos, nos perdimos porque no pedimos direcciones, nos fue como en feria por no conocer bien al traido en cuestión… Y es que hay una diferencia de vida o muerte entre estar conscientes de no tener toda la información y creer que ya lo sabemos todo. El punto es muy claro cuando lo vemos con adolescentes: tienen el suficiente desarrollo mental como para conocer muchas cosas. Tienen la confianza que viene con la edad y las hormonas. Y no tienen ni la más panda idea de cómo funciona verdaderamente el mundo.

Nunca se puede conocer todo. La información es dispersa y jamás la logramos encontrar toda. Tenemos que tomar decisiones con lo que tenemos a nuestro alcance y no dejarnos paralizar por el sobre-análisis. Pero tampoco podemos manejarnos por la vida con actitud de «a ver qué pasa» y aventarnos así nomás. Si no admitimos que existen lagunas en nuestro conocimiento, difícilmente vamos a permitir que alguien nos ayude. El hecho de reconocer nuestra propia limitación nos deja rodearnos de gente con mayor experiencia que nosotros en algún ámbito. Yo no sé armar un motor, por eso llevo mi carro al taller. No soy médico (aunque me creo pediatra de mis hijos y consulto con el que sí tiene el título) y por eso voy a una clínica.

El problema está cuando creo que sé y no sé nada.