Despierto temprano todos los días, porque un cuerpo no sabe bien que es lunes o domingo. Y me quedo en la cama con cargo de conciencia, porque creo que debería estar haciendo algo. Cualquier cosa. La vida sólo se aprovecha si uno tiene algo qué enseñar: mira, hice ejercicio, mira, cociné, mira, escribí. No hay mérito en la nada.
Descansar, como dejar ir todo, está poco valorado. Y es esencial. Es posible que nuestros antepasados cazadores-recolectores, tuvieron mucho tiempo libre en sus días normales, dejando que se desarrollaran como grupo social y que estuvieran más felices. Desde que somos agricultores, nuestra disponibilidad de ocio se disminuye considerablemente y hasta se equipara la calidad moral con la ocupación. Trabajar es sinónimo de virtud. Y la felicidad queda como última consideración, algo infantil a lo que ya no se debe aspirar de adulto. ¿Y si lo tenemos mal? ¿Si estar ocupado no es todo lo bueno que creemos y seríamos personas más felices disfrutando de momentos de no hacer nada? Imposible pensar en eso en nuestros días llenos de medios sociales, personas escribiéndonos, entretenimiento sin fin. Hasta no haciendo nada tenemos que llenarlo viendo la última serie, revisando redes, llenándonos de información.
Quiero aprender a disfrutar no hacer. Dentro de esos minutos que no abarroto de actividades, debe haber espacio para encontrarme. Y sólo ser.
