Para qué sirven los domingos

Durante la semana me despierto temprano y tengo actividades y obligaciones y ocupaciones. Me gusta, no me quejo. Tal vez sí me quejo un poco de lavar ropa, luego recuerdo que es en lavadora y se me pasa un poco. Pero no importa qué tanto me guste mi rutina, la pausa de los domingos es bienvenida.

Tendemos a poner fines y principios artificiales en nuestras vidas. Una forma de llevar la cuenta del tiempo y de lo que vamos logrando. Hacer siempre lo mismo, aunque sea lo que más nos guste, le quita el filo de lo relevante. Todo lo que se usa sin descanso se gasta. Es bueno parar un momento. Apreciar lo de siempre.

Para eso sirven los domingos. Para reiniciar el ciclo que nos lleva de un extremo al otro. Hasta el olor del perfume se renueva al dejar de usarlo. Y es rico no correr un día.

La curiosidad

Generalmente, lo desconocido es interesante. Hay cosas por descubrir. Otra cosa es lograr mantenerme lo suficientemente abierta a querer conocer cosas y personas nuevas. Llega el punto en que la vejez se traduce en falta de curiosidad. Básicamente uno prefiere lo que ya conoce.

Pero también está el fenómeno de aburrirnos rápido con lo que tenemos y querer buscar cosas novedosas. Dejamos atrás a personas porque creemos que ya lo sabemos todo de ellas cuando el principio básico de la existencia es que todo cambia todo el tiempo. Tener la capacidad de encontrar lo diferente en lo familiar es, tal vez, la virtud más grande de una curiosidad verdadera. Porque requiere mucha más atención.

A mí me gusta lo nuevo. Por eso escucho música que no conozco o pruebo comida que no tenía ni idea que existía. Y hago un esfuerzo por re-conocer a los míos porque sé que siempre hay algo más que aprenderles y que Dios está en los detalles.

Interrupciones

Antes, cuando nadaba casi todos los días, tenía tiempo sin interrumpir para pensar. Allí se me ocurrían los cuentos, o las pequeñas novelas que luego escribí. Luego vino la pandemia y perdí toda esa costumbre y espacio sin distraerme.

Hay ocupaciones que necesitan concentración y tiempo. Cada uno tiene la suya. Y es importante poder encontrar el cómo. Distraerse es muy fácil. La mente es como un mono curioso que salta de rama en rama. Hay que calmarlo. Hacerlo que se concentre.

Cuando retome la escritura, será en períodos más cortos, pero más frecuentes. Como ahorita.

Mañas

No me gustan las pajillas. Siento que no me quito la sed así. No sé, mañas que va agarrando uno con la edad. Son las pequeñas cosas que se adquieren con el tiempo y que forman parte de nuestra personalidad. Casi como las bacterias que se vuelven parte de nuestro cuerpo hasta acumularse.

La totalidad de los bichos que uno carga son tantos, que cuando uno se muere casi constituyen más de nuestra masa que nuestras propias células. No es malo. Algunas cumplen funciones esenciales. Pero cuando hay un desbalance, todo se va al caño, muchas veces literalmente. Hay que nutrir a las buenas bacterias y controlar las malas.

Igual con las mañas. Hay cosas que uno hace que no son necesariamente parte de uno, sino que uno las va alimentando con la repetición. Algunas son buenas. Otras no. Y sólo hay que saber identificarlas. Y no tomar líquidos con pajilla.

Lo no previsto

Hacer una receta implica estar seguro del resultado, o al menos tener una expectativa razonable del mismo. Si a uno le gusta un pastel, lo vuelve a hacer una y otra vez para que salga igual porque a uno le gusta así. Eso tiene su encanto: la felicidad de lo conocido. Pero… si uno es completamente rígido y jamás se sale de las recetas, ni se entera que hay una gama infinita de posibilidades que pueden gustarle a uno también.

Es muy común ahora que la gente lleve una agenda detallada, o una pizarra de visión o haga visualizaciones con lo que quieren para el futuro. Hay una cierta satisfacción de poder imaginarse qué, cuándo y cómo quiere uno su futuro. Y está bien. Es un faro que nos da una luz hacia dónde enfocarnos. Pero el camino hacia él rara vez es como lo pensamos y más nos vale estar preparados para lo desconocido.

Hoy me voy a hacer el pie de melocotón que me hacía mi mamá. Pero no tengo su receta. Así que lo trataré de recordar, sabiendo perfectamente que no me va a quedar igual y dejando ir la expectativa. Porque igual me va a gustar.

No era en serio

He recibido golpes físicos que duelen. En el karate no nos enseñan a pintar precisamente. Pero uno se levanta, se sacude el shock y sigue adelante. De lo que me cuesta recuperarme es de las palabras hirientes.

Es impresionante cómo los seres humanos logramos volver armas hasta la forma de comunicación. Moldeamos a nuestros hijos con lo que les decimos. Construimos culturas con meros caracteres. Empezamos guerras con un par de frases. Y todo sobre conceptos inmateriales que le dan forma a nuestro mundo. Lo que decimos tiene peso y temperatura y peligrosidad.

Peor aún que recibir una palabra que destroza, es que después le digan a uno que no era en serio. La bomba ya estalló y el que la tira ni siquiera se quiere hacer responsable. No se vale. Todo lo que sale de nuestra boca tiene que ser intencional. Hay un placer especial en decir las cosas con precisión. Y todo, todo, siempre, es en serio.

Anclas

A veces nos sembramos en lugares como si fuéramos olivos que tienen que estar en el mismo sitio durante siglos. Nos enraizamos creyendo que esa es la forma más efectiva y duradera de pertenecer. Y a veces nos rehusamos a desprendernos, aún sabiendo que hay otras cosas mejores.

Siempre necesitamos sentirnos parte de algo más grande que lo que somos. Ser integrantes de un grupo en donde se nos vea y nos valore. Viene de la necesidad de llevarnos bien con los demás en el grupo de cacería o de la comunidad. No encajar en muchos casos significaba la muerte. Ahora la cosa es menos literal, pero casi igual de dañino y el no sentirse uno identificado con algo más, puede causar ansiedad, que sería lo de menos.

El problema es clavarse en estar en un lugar (que incluye personas) con quienes no tenemos posibilidad de ser mejor. Nos cuesta separarnos de la atención, aunque duela. Y sufrimos de tan solo pensar dejarlo todo. Lo bueno es que sólo se necesita dar el primer paso. Los demás vienen después.

La destrucción porque sí

Hoy vi un semáforo roto en una forma que me llamó la atención. Sólo alguien con intención pudo haberlo hecho, tomándose la molestia de destruir algo por el simple placer de hacerlo.

Derribar un castillo de arena es mucho más fácil que hacer uno. Arruinar una relación se logra en segundos. Romper a alguien es tan sencillo como dejarle de hablar. Destrozar no cuesta. Construir sí.

No niego que hay cosas que mejor quedan aniquiladas, generalmente para evitar un desastre mayor. Hay plantas que deben cortarse desde la raíz. Pero también creo que la energía está mejor gastada en algo positivo. Hasta dormir cuenta.