Te espero del otro lado

Uno nunca regresa. Porque aunque llegue al mismo lugar, uno no es el mismo. Jamás.

La vida avanza y uno con ella. Es mejor hacerlo acompañado.

Y me quedo con esta frase de San Agustín: La felicidad consiste en seguir deseando lo que uno ya posee.

Quédatela

Nos damos por partes

cuando estamos con otro

recibimos algo a cambio

o deberíamos.

¿Cuál parte mía te quedaste?

No importa. No la quiero.

Tampoco la tuya.

Las cartas sobre la mesa

Hablar con otra persona siempre implica que hay un espacio, pequeño o grande, de falta de entendimiento. Y es simplemente porque el otro es otro, no yo y no está dentro de mi cerebro para sentir mis pensamientos. Las emociones le dan tonos a las cosas que decimos y nunca tenemos la misma escala de color con alguien más, por mucho que miremos el mismo dibujo.

Lo bueno de esto es que la comunicación no tiene que ser perfecta para ser efectiva y llegar a lugares felices en común. Si no fuera así, no podríamos ni salir a caminar con alguien. El problema viene cuando queremos entenderlo todo, todo. Simplemente no se puede y ni siquiera es necesario. En las peores situaciones, basta con ver las acciones del otro y hacerse cargo uno de sus sentimientos para seguir adelante.

Yo siempre voy a preferir poner las cosas lo más en claro que pueda, desde un principio. Sobre todo si hay un alto nivel de interés en el otro. No siempre me ha ido bien con esa estrategia, pero me siento más fiel a mí misma y eso compensa las citas posteriores con la psicóloga. Ya sé que me va a decir que no es necesario entender para sanar. Pero necesito escucharlo de vez en cuando.

Otra vez

El perro deja caer su juguete debajo del sillón donde no lo puede agarrar. Para que yo le ponga atención y se lo alcance. Ambos alegamos, me tardo en complacerlo, lo regaño, termino capitulando, juega un rato y… corre y va de nuevo.

Repetimos patrones que en agregado tal vez nos traen más frustración que satisfacción. Pero ese momento de felicidad es tan intenso, que repetimos. Puede ser bueno, como en el caso del ejercicio. O pésimo, como con una aducción. Tal vez lo importante es saber si uno está mejor al final.

Ya lo volvió a meter debajo del sillón. Trato de ignorarlo, pero tiene un ladrido de berrinche tan agudo, que, otra vez, me rindo. A ver cuánto le dura ahora.

Transición

Los peores momentos son los que pasan de una etapa a la otra. Claro, podríamos definir la vida como el movimiento por excelencia y decir que nunca se llega a una etapa final hasta que uno muere. Pero hablemos de los estados de transformación exagerados como la pubertad, el divorcio, la perimenopausia, la agonía. Pareciera que lo que tienen en común es una grandiosa incomodidad.

Vivir con adolescentes le ilumina a uno ese sufrimiento. Para ellos, obvio, porque están a un paso de ser adultos pero pareciera que siguen un poco sentados en la infancia. Y también para uno, que navega con cada acontecimiento la necesidad de tratarlos de forma distinta e irlos soltando un poco a la vez.

Todavía no sé cuál es el grado de ese poco que tengo que darles de libertad, sobre todo sabiendo lo biológicamente incapacitados que están todavía para tomar decisiones sensatas. Pero tampoco los quiero atados a mi voluntad. Y mucho de eso, la preocupación que me dan cuando se enferman, la angustia que tengo cuando no están, la exasperación porque no terminan de ser independientes, es que me tiene desde el fin de semana con migraña. Bienvenidas las transiciones.

Lugares seguros

Donde estoy ahorita, no estoy feliz. Me trae demasiados recuerdos de los peores momentos de mi vida, verdaderamente importantes. Pero aquí estoy, haciéndole ganas porque hoy vengo bajo otras circunstancias. No muy felices tampoco, pero no son de vida o muerte.

Tenemos lugares seguros,’donde todo nuestro organismo se relaja. O personas con las que nos abrimos. O recuerdos en los que nos refugiamos. Es rico encontrar incluso dentro de uno mismo un pedazo de calma a donde recurrir para calmarnos. Al final, para eso nos ejercitamos el espíritu: para caminar con calma por los lugares donde acechan los lobos.

Me queda esperar, pero puedo escribir, que es mi forma de tejer una colcha de protección bajo la cual arroparme anímicamente y poder continuar. Porque yo soy el lugar seguro de mi gente y no puedo estar en desorden. Por ellos.

Mañana es feriado

Aunque los niños no vayan al colegio, mañana sigue siendo jueves. Es característica principal de la vida que sigue con las mismas necesidades no importa qué día inventado de descanso sea.

Tal vez por eso no comulgo con empezar a cambiar de hábitos un día específico de la semana o en una fecha especial, porque el tiempo igual pasa. Me gustan los momentos de medir progreso, mejor si son recurrentes. Pero no necesito que sea lunes para ir al gimnasio. Lo malo de eso es que tampoco me importa si es feriado y sigo con mi rutina.

Es bueno hacer pausas. Poner marcadores en el camino que nos demuestren cuánto hemos avanzado. Y hacerle ganas a los jueves, aunque hayan garnachas a pocos kilómetros.

Las personas esenciales

Siempre digo que nadie es indispensable, sólo irreemplazable. La diferencia es que uno rara vez se muere si alguien no está, pero puede extrañarlo para siempre.

En la vida uno tiene el papel principal y los demás son secundarios. No hay otra posibilidad, porque uno vive la vida que uno tiene. La otra gente entra al ámbito de uno, se queda poco o bastante y luego se va. En su mayoría, sin cambiar nada. Pero están aquellos que nos mueven hasta la alfombra donde estamos parados y sin cuya intervención no seríamos iguales. Esos son los indispensables.

Así que, gracias a todas las personas que me han dejada tatuada su presencia en mi corazón. Para bien o para mal, soy quien soy también por esas relaciones. No me muero si no están, pero los extraño a algunos.

Pequeños olvidos

Me recuerdo del olor de mi mamá y de sus expresiones y de la sensación de ir en el picopito de mi papá y de la primera vez que salté a caballo y de un montón (montón), de letras de canciones. No recuerdo el nombre del 90% de personas que me presentan. Ni la sección en que están mis hijos en el colegio. Nunca hago lista de súper y rara vez olvido algo.

La memoria humana es selectiva y no como uno cree. No es necesariamente que le dé uno más importante a cierta información, sino que ésta viene o con mayor carga emocional o con ayuda de más sentidos. Por eso es fácil recordar letras de canciones y el primer número de teléfono de la casa de nuestros papás. Claro que hay formas de ejercitar la memoria, porque el cerebro es plástico. Simplemente hay que hacerle una impresión lo suficientemente profunda.

Ahora cuando me presentan a alguien, repito su nombre y lo miro a los ojos. Dicen que eso ayuda a no olvidarse. No me funciona, pero al menos hago el intento.