Nadie le preguntó
a la roca
qué sentía no dejar de rodar.
Nadie le preguntó
a la roca
qué sentía no dejar de rodar.
”¿Qué harías si…” comienzan muchas conversaciones que terminan en listas de viajes, deseos reprimidos, ambiciones lejanas. Nos paseamos por castillos construidos por nuestros anhelos. Alimentamos las fantasías de cosas imposibles o al menos inalcanzables.
He comprado las casas vecinas tantas veces como números de lotería. No me la he sacado aún. O veo vientres marcados de mujeres que me llevan diez años y yo sigo teniendo que apretar la panza para subirme los jeans. Me imagino viajando en un velero por el Mediterráneo mientras llevo la enésima hora en el tráfico.
Vivimos en tantas dimensiones como le permitamos a nuestro cerebro, pero sólo una realidad. Cuando hay una diferencia demasiado grande entre ambas y ésta causa dolor, podemos hasta enfermarnos.
Aunque el mundo se mueve gracias a la imaginación y el trabajo de personas que se vieron en un mundo mejor que en que están, no hay que desestimar la felicidad de gozar la realidad.
Tal vez lo más difícil de hacer es ser feliz con lo que se tiene, pero probar tener/ser/hacer más. El hecho de no tenerlo todo ahora mismo no desmerece de lo que sí hay y sólo debería impulsarnos a seguir.
Igual cuesta. Mucho. Por eso sigo comprando números de lotería.
Los humanos no podemos correr como gacelas. Ni destrozar presa con los dedos. Ni nadar sin salir a respirar. Como animales, somos muy inútiles. Hasta pareciera que nuestro esqueleto no es muy adecuado para andar erguido.
Pero reímos. Hacemos música. Bailamos. Escribimos novelas como El Conde de Montecristo y poemas privados. Nos damos la mano cuando salimos a pasear. Lloramos al saber que una amiga está enferma. Nos alegramos de los triunfos de nuestros hijos.
Amamos. Dejamos de amar y volvemos a hacerlo. Encontramos placer en manos, bocas, cuerpos, ojos ajenos a los nuestros y un par de brazos son un refugio. Afrontamos con valentía el frío de una noche de dolor y amanecemos más fuertes al día siguiente. A veces, el refugio somos nosotros.
Sentimos. Los bueno y lo malo.
Los humanos no servimos para nada. Más que para ser humanos. Y esa parte es la más difícil.
En diciembre (espero) tengo examen de karate otra vez. O tal vez en septiembre si todos los dioses de los antepasados de los japoneses que se inventaron las katas me acompañan. O no. La cosa es que ando en el rollo de tener que aprenderme las katas. Todas. Sobre todo las que me tocan. No me las sé.
No quiero hacer el ridículo así que busqué en YouTube y, obvio allí está. Pero el campeón que está en el video me da la carita y tengo que hacer la conversión de espejo para adivinar qué pierna mover en dónde. Nada sustituye ir a la clase.
Se pueden aprender muchísimas cosas a distancia. Es más, ahora muchas carreras deberían poder ser completamente virtuales, sobre todo las que tienen que ver con programación y esas cosas. En teoría, podríamos no tener que salir de nuestras casas, con todo lo que llevan a domicilio, las conversaciones por deemes y los videos de viajes.
Pero no. Creo que la modernidad nos da una opción para las soledades demasiado cómoda y, como siempre, nos vamos al extremo. Perdemos contacto con el mundo de afuera, dejamos de hablar y creemos que todo lo podemos aprender en una pantalla. No. Nou. Nein.
La raza humana es esencialmente social y sin ese contacto perdemos. Los sentimientos sólo hacia adentro no son buenos, hay que sacarlos y compartirlos. Las mejores novelas son las que se leen. Los mejores cuadros los que se miran. De nada sirven genios que mueran en el incógnito.
Y de nada me sirve saberme los movimientos de la kata si no me la califican.
Hay “campamento” de la clase del niño. Alquilamos carpa, prestamos sleepings, empacamos salchichas y nos venimos. Es una experiencia simpática porque no es precisamente en lo salvaje. O sea, hay baños.
Hacemos muchas cosas por las personas que queremos. A veces no nos gustan, como tener que estar una noche entera con muchas personas. Aunque me caen bien, mi pequeña ansiedad social me hace buscar un lugarcito y escribir. Por ejemplo.
Así, salimos a recoger niños de noche a fiestas en vez de dormir. Volamos silla en las clases extra. Cocinamos comida que le gusta a la pareja. Nos cambiamos de casa, ciudad, país.
Cambiamos. Vamos. Dejamos. La convivencia con otros nos transforma.
Tal vez lo más importante que podemos hacer por las personas que queremos, es dejarlas ser. Y quererlas así.
Es difícil. Porque se quiere, pero con expectativas y ésas son el cáncer.
Lo cierto es que ya tenemos armadas la carpa, listos los angelitos y desenrollados los sleepings. Lástima que se me volvieron a olvidar las mentadas almohadas.
Logré ver el mar
Ondeando verde
Sobre la copa de un árbol.
A veces miro la eternidad
Cuando me fijo en el reloj
Y deseo que no avance.
O el universo
Cuando cierro los ojos
Y recuerdo los tuyos.
Manejar en Guatemala es un ejercicio en psíquica. Uno parece que tiene que adivinar hacia dónde va a cruzar el carro que va en medio de tres carriles. Porque seguro va a cruzar, atravesándose dos carriles y sin poner pidevías. O, la mejor de todas, cuando sí tienen puestas las lucesitas para la izquierda y cruzan a la derecha. O al revés. O no cruzan.
Me sorprende. Aunque no debería hacerlo. También me sorprende la inmensa capacidad humana para dejarse guiar por sus prejuicios sin razonarlos. O para no ver más allá del próximo paso que van a dar. O para hacer tonteras.
La imaginación, ese recurso inagotable del que estamos provistos, sirve para todo. Lo malo también. Y es allí en donde esa capacidad de cometer actos impensables, pero por negativos, aún nos deja de una pieza.
Pero, también tenemos capacidad para lo bueno y para imaginarnos cosas mejores. Para sorprender con un gesto amable, para hacer cosas inesperadamente buenas.
Tal vez la mejor de nuestras cualidades como seres humanos sea que podemos aprender. Nuestro cerebro es plástico y nunca deja de modificarse, siempre y cuando lo ayudemos a hacerlo. No somos perros viejos a los que nos se les pueden enseñar trucos nuevos. Basta con ver la cantidad de abuelitas prendidas de los chats.
Estoy segura que podríamos hasta enseñar a seguir reglas de tránsito a nuestros compatriotas.
Muchas veces me tengo que morder la lengua de las fachas en las que salen mis hijos de la casa. Al niño le ha dado por ponerse shorts todos los días que puede, la niña combina ciertos colores no encontrados en la naturaleza y a mí me dan ganas de ponerlos como si salieran de la página de una revista. Y no. No siempre se puede. Tienen que poder expresar su gusto, que aún no tienen definido, de alguna forma.
En los últimos dos días, he contestado «porque me gusta» a dos preguntas y la respuesta suena insolente, pero es totalmente válida. ¿Cuántas veces nos da pena decir que hacemos, compramos, llevamos algo, por el simple placer?
Haciendo una pequeña lista, uso negro casi siempre porque me gusta, me dejo moretear en el karate porque me gusta, escribo porque me gusta. Las respuestas simples son igual de satisfactorias que las elaboradísimas.
Hoy martes me tatué mi sol, con nubes enfrente. Porque lo vi así en una foto y esa quería. Estoy segura que si escarbo en mi psique, sale una disertación doctoral de por qué esa foto. Pero no quiero hacerlo. La foto estaba linda. Mi tatuaje también. Y mi ropa negra también.
Qué rico poder hacer algo sólo por el puro placer.
Tengo muchos tatuajes, pero la mayoría son en la espalda. Al menos el más grande. Entonces no me lo miro. Y como no lo miro, no recuerdo que lo tengo. Hasta que alguien me ve en calzoneta, por ejemplo, y suelta “¡qué tatuada estás!”.
Es difícil tener presente las cosas que no nos vemos. Algo así como percatarse del propio olor. Sin embargo, es parte nuestra. Los patrones de habla, los manerismo, hasta el sonido de nuestras voces.
Vivimos en un mundo propio del que apenas nos percatamos, enseñándoselo al mundo. Tal vez por eso a veces cómo nos perciben es tan diferente a la imagen que tenemos de nosotros.
Pero, el hecho de no vernos, no significa que no estén ciertas cosas allí. Y, aunque no podemos vivir dentro de un espejo de 360 grados, figurativamente hablando, tampoco podemos fingir demencia.
Creo que nadie se mira en toda su dimensión. Quizás es porque esa dimensión no existe. Sólo somos algo que cambia todo el tiempo.
Lo cierto es que siempre se nos olvida algunos pequeños detalles nuestros. Como un tatuaje que no vemos. Y por eso mañana me hago uno en la parte interna del brazo. Porque suficiente tiempo les he metido como para no verlos.
Dos semanas sin sacar niños al bus en esta casa y por poquito el día de regreso a clases tampoco. Había olvidado activar de nuevo las alarmas.
Tuvimos dos semanas de niños en reposo. Paseamos, fuimos al cine, a comer, a nadar. Pelearon, durmieron, se asolearon. Regresan al cole quemados, con el álbum del mundial y estampitas para intercambiar, felices de ver a sus amigos.
Todavía les somos suficiente para entretenerse. Los miro, todos estirados y sin rastros de los bebés que cargaba y aprecio cada segundo. Aunque también sienta rico regresar a la rutina. Digamos que estoy tristeliz.
Criamos niños con todo el amor del que somos capaces, para que crezcan y se vayan. La única expectativa debería ser que sean felices y no hagan daño. Todo lo demás, carreras, trabajos, relaciones, hijos, debería estar fuera de la mesa de lo que esperamos. No digo que no tengamos planes, pero no tengo una idea en qué tengan que convertirse de adultos para yo sentirme bien. Con que sean humanos independientes y decentes me tengo por bien servida.
No falta mucho para feriados sin niños. Para todos los días sin alarmas para el bus.
Pero hoy sí las tuve que activar. Y qué alegre.