Los humanos no podemos correr como gacelas. Ni destrozar presa con los dedos. Ni nadar sin salir a respirar. Como animales, somos muy inútiles. Hasta pareciera que nuestro esqueleto no es muy adecuado para andar erguido.
Pero reímos. Hacemos música. Bailamos. Escribimos novelas como El Conde de Montecristo y poemas privados. Nos damos la mano cuando salimos a pasear. Lloramos al saber que una amiga está enferma. Nos alegramos de los triunfos de nuestros hijos.
Amamos. Dejamos de amar y volvemos a hacerlo. Encontramos placer en manos, bocas, cuerpos, ojos ajenos a los nuestros y un par de brazos son un refugio. Afrontamos con valentía el frío de una noche de dolor y amanecemos más fuertes al día siguiente. A veces, el refugio somos nosotros.
Sentimos. Los bueno y lo malo.
Los humanos no servimos para nada. Más que para ser humanos. Y esa parte es la más difícil.
