Pelear contra una sombra

Los pensamientos negativos son sombras con correas que nos atan y no nos dejan defendernos. No se le puede dar un puñetazo al humo. Lo mismo a las palabras que aseguran cosas sin fundamento. A las emociones que nos paralizan.

Lo único que funciona es la luz. Cuando uno descubre cómo iluminar el cuarto oscuro donde se esconde, encuentra que es un enano cobarde con un altavoz.

No hay forma de desmentir una habladuría, pero sí se puede pedir que se demuestre. La verdad siempre reluce.

El día que se me acaben las palabras

En la mente yo hablo todo el tiempo, posibles conversaciones con personas que me interesan y con las que necesito pelotear algunas ideas. Las aplicaciones de chats son perfectas para eso, porque comienzo a escribir y escribir, sin necesitar de una respuesta inmediata, sino sólo como una ofrenda de atención que deposito y de la que me olvido más tarde. Es una forma de desahogarme y de mantenerme sana, tal vez por eso me gustó tanto ir a terapia cuando pude y por eso es que sigo escribiendo aquí, todos los días.

Me he quedado sin cosas que decir en algunos períodos de mi vida, ahora mismo estoy tratando de salir de uno y es como si me apagaran por dentro. No cualquiera me aguanta y agradezco a las personas que se han resignado a dejarme que me canse hablando. Y no es que no sea buena para escuchar, me encanta ponerle atención a la gente. Es sólo que, de pronto, quiero compartirme y eso no lo hago con cualquiera.

Si hablo mucho es porque tengo confianza. El día que me quede sin palabras, algo va mal.

Lo único que perdura es lo que cambia

Estar frente al mar y pensar en cosas que me sobrepasan son lo mismo. Me es imposible no considerar mi propia impermanencia cuando una ola sigue a la otra. Y aceptar que todo lo que es eterno, cambia constantemente.

Estar en una relación de largo plazo es contemplar el cambio del otro y subirse a la ola que venga con el tiempo. Me ha costado un pedazo de corazón entender que no puedo regresar a la idea que tenía de mi matrimonio hace quince años. Y he ganado una pieza adicional al aceptar los cambios con que ahora vivo. Para mí, que soy rutinaria, esos vaivenes me han destruido el puerto en el que anclaba mi barco. Pero la vida no está hecha para quedarse varados.

Si uno quiere algo que dure para siempre, hay que aceptar que siempre va a cambiar. El mar es siempre el mismo aunque nunca sean las mismas olas.

Vine al mar

Esperé la siguiente ola

parada sobre la arena sumergida

mi agua mezclada con la del mar.

Sin sol, sin luz,

los ojos en el horizonte

detrás de nubes.

Vine buscando calor

algo por fuera que me encienda

tengo frías las entrañas.

Dejé las ganas de flotar

en el lugar en donde dejé el alma

y no las encuentro aquí.

Estar a la orilla del mundo

como al borde de tus ojos

me dan ganas de volar.

Pero ni me voy

ni me quedo

sólo me muevo en el mismo lugar.

Tal vez a eso vine

a encontrar que no tengo nada

y dejarlo ir.

Una novela es un cuadro

Uno en el que el pintor escoge lo que agrega. Es una interpretación de la realidad y el artista la presenta como la ve. Un cuento es una fotografía, el escritor toma la realidad existente y describe un único pedazo del que se desprende el resto. Y la poesía… hemos debatido eso y podría ser que un poema sea una foto de estudio, con la luz meticulosamente controlada.

De cualquier forma, trasladar la realidad observada y las emociones sentidas a un medio significa una transformación. Y el objetivo es comunicar. Me encanta describir, por eso me gustan los cuentos. Me abruma incluir, por eso me cuestan las novelas. Me obligan los sentimientos y por eso me atrevo a escribir mala poesía, porque no tengo alternativa.

Todos transmutamos lo que vivimos, tanto para entenderlo, como para relacionarnos. El simple hecho de hablar con alguien más es un compartir esas verdades. Lo lindo de ser sociales es encontrar esa forma de coincidir.

Hoy quiero seguir tomando mis fotografías y dejar que alguien más rellene el resto de la realidad.

De todo lo que no soy

Hagamos el recuento de las cosas que no hacemos y no nos alcanza la vida. Primero porque son infinitas y segundo porque ni siquiera conocemos las que no conocemos. El eterno problema de no saber lo que uno no sabe. Y vamos por allí, en el camino hecho de nuestras decisiones, que excluyen a todo el resto. Suena lindo eso de que uno sólo se arrepiente de lo que no hizo, pero si somos estrictos, hay más que uno deja de hacer que lo que hace. Simplemente porque las opciones nos limitan y escogemos una entre muchas. Excluir para tomar, diría yo.

Eso abarca lo que somos. Desde que seguimos una carrera, tenemos un trabajo, una familia o un gato. Podremos contener universos, pero sólo ejercemos una cosa a la vez. Entre eso es que uno encuentra la verdadera felicidad. En el autoconocimiento de lo que uno puede y la decisión del hacer.

Yo no soy una infinidad de cosas. Pero sí soy muchas, no todas buenas y prefiero decir que soy veneno, antes de engañar con una sonrisa. Lo malo, que es lo que escondemos, es mejor enseñarlo desde un principio, así los demás pueden escoger. Y yo también.

No me cuenten nada

Tengo un defecto. Bueno, tengo muchos, pero éste es favorito: soy una ladrona de vidas. Comencé con una pequeña historia que me contó un amigo (quien ahora, además, es mi editor). Le devolví una conversación de unas horas en cinco páginas de lo que vi, entendí y me inventé. He hecho lo mismo con mi suegra, dos amigos, un conocido, una señora con quien compartí mesa en un aeropuerto… de todos me he robado algo, pero a todos se los he devuelto (menos a la señora, ni modo).

Me gusta decir lo que no me cuentan; la verdad rara vez es real y a mí lo que me intriga es la edición que hace la gente de su vida cuando me platica. Somos la suma de las leyendas que nos decimos por las noches. ¿Qué mejor cosa que ser historiadora de esos deseos profundos?

Las pocas veces que he tomado a lo cercano para escribirlo, me ha desgarrado. Pero los precios pagados con sangre valen la pena. Gracias a escribir de mi padre, pude decirle adiós con dulzura.

Así que… seguiré robándome las vidas de otras personas. Es demasiado lindo entregárselas y que me den las gracias por ver lo que no me quisieron enseñar. Todo es cuestión de rellenar los vacíos.

Pausa

Las disrupciones siempre obligan a revisar lo cotidiano. Los fines de semana son pequeñas oportunidades para analizar la semana, los días de descanso, hasta las enfermedades.

Me cuesta hacer pausa, porque lo que no descansa nunca es mi cerebro. Busca entretenimiento, no siempre el más sano y le da vueltas a las ideas hasta terminar mareado. Me ha servido meditar, pero en medio de la tormenta, tengo que hacer un esfuerzo para salirme de mí misma.

Pienso en todo lo que podría ser y esos derroteros son infinitos. No hay más que un camino que recorremos y un universo de los que no. Las cosas hermosas que no están cerca también me llenan la mente y se me sale la tristeza por los poros.

Tengo que aprender a hacer una pausa. De mí misma.

Tengo sujeta una tormenta

El techo no me responde lo que debo hacer

con la tormenta que tengo sujeta en mi mano izquierda

— la derecha me está sirviendo para sostenerme a mí –.

La podría soltar y esperar que amaine por sí sola

o que destruya el puerto en donde está mi barco

que lleva mucho tiempo sin salir al agua.

O podría salir a su encuentro, velas extendidas,

dejarme llevar hasta el otro lugar que conocí en un relámpago

confiando en poder regresar.

Mientras la tenga en la mano, me va a doler,

no se hicieron para estar quietas,

las promesas de felicidad que se dicen con los ojos.