El techo no me responde lo que debo hacer
con la tormenta que tengo sujeta en mi mano izquierda
— la derecha me está sirviendo para sostenerme a mí –.
La podría soltar y esperar que amaine por sí sola
o que destruya el puerto en donde está mi barco
que lleva mucho tiempo sin salir al agua.
O podría salir a su encuentro, velas extendidas,
dejarme llevar hasta el otro lugar que conocí en un relámpago
confiando en poder regresar.
Mientras la tenga en la mano, me va a doler,
no se hicieron para estar quietas,
las promesas de felicidad que se dicen con los ojos.
