Las disrupciones siempre obligan a revisar lo cotidiano. Los fines de semana son pequeñas oportunidades para analizar la semana, los días de descanso, hasta las enfermedades.
Me cuesta hacer pausa, porque lo que no descansa nunca es mi cerebro. Busca entretenimiento, no siempre el más sano y le da vueltas a las ideas hasta terminar mareado. Me ha servido meditar, pero en medio de la tormenta, tengo que hacer un esfuerzo para salirme de mí misma.
Pienso en todo lo que podría ser y esos derroteros son infinitos. No hay más que un camino que recorremos y un universo de los que no. Las cosas hermosas que no están cerca también me llenan la mente y se me sale la tristeza por los poros.
Tengo que aprender a hacer una pausa. De mí misma.
