El derecho de juzgar

«Qué feo está vestida esa pobre mujer. ¿Cómo se le ocurre comerse eso? Qué malcriado ese niño.» Las críticas se ponen a las órdenes y en fila en mi cerebro. Menos mal tengo bien puestos los filtros para que no se salgan por la boca.

Y es que todos tenemos opiniones de las cosas que no nos incumben, sin saber el contexto de la vida de la persona a la que le estamos bajando el cuero. La gente tiene actitudes que chocan, gestos que disgustan, ropa que no les queda bien. ¿Y qué? ¿Quién nos da el derecho de juzgar cosas que no nos tocan? Porque no es lo mismo rechazar un golpe, por ejemplo, a alegar de que alguien tiene la cara amargada. Luego para uno enterándose que se le acaba de morir el perro y se siente uno mal.

Cada uno de nosotros tiene una historia que transcurre y son pocas las personas que la conocen lo suficientemente bien como para entender una escena aislada. La gente que nos ha acompañado en la mayor parte del recorrido y comprende el trasfondo de nuestros malos ratos, ésa es la que tiene algún grado de permiso para opinar. Lo simpático es que rara vez lo hacen. Porque el comprender a otro ser humano es tenerle empatía. Y cuando sentimos empatía, se nos quita la gana de pelarlo.

No pretendo conocer a toda la gente con la que me topo en la calle, pero sí quiero estar consciente que ni me incumbe cómo va vestida, ni entiendo por qué. Espero que cuando me topo con conocidas del colegio, súper bien arregladas, me hagan el mismo favor cuando me vean en mis fachas usuales.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.