Tengo un amigo médico que turna y va al karate (sí, tú LP). Frecuentemente se mira cansado, como es obvio y lógico. Hace poco le comenté que yo me sentía cansada y creo que por poco me lanza por las gradas. Y, es cierto, yo no paso noches en vela en un hospital.
Mi mamá decía que «mi catarro siempre es más fuerte que el tuyo». Y es que no tenemos forma objetiva de medirlos y ponerlos en una escala. Es como el dolor. Si te duele, pues te duele. ¿Cómo saber si te duele más o menos que a mí?
Parte de la inteligencia emocional (una buena parte), estriba en la capacidad de sentir algún tipo de camaradería con los sentimientos de los demás. A eso se le dice empatía. Pero, para poder tenerla, yo creo que debemos agregarle la imaginación y el respeto.
La primera sirve para proyectarnos a una situación que tal vez nos es ajena y que seguro no hemos pasado de igual forma que otra persona, porque cada quien vive sus experiencias de forma única. Lo segundo es primordial para darle el espacio de sentirse como se le dé la gana, sin juzgar su reacción desde nuestro propio lugar. ¿Por qué va a tener que sentirse igual que yo en circunstancias similares?
La imaginación la tengo. El respeto… Me cuesta más, sobre todo cuando pretendo que mis hijos se sientan y actúen como yo quiero, porque así lo quiero. Y, LP, si de hacer cuentas de cansancio se trata, mi hijo tiene 8 años. Eso equivale a estar de turno 24/7/365 desde hace 8 años, por 2 desde hace 5.
