Mi cansansio

Tengo un amigo médico que turna y va al karate (sí, tú LP). Frecuentemente se mira cansado, como es obvio y lógico. Hace poco le comenté que yo me sentía cansada y creo que por poco me lanza por las gradas. Y, es cierto, yo no paso noches en vela en un hospital.

Mi mamá decía que «mi catarro siempre es más fuerte que el tuyo». Y es que no tenemos forma objetiva de medirlos y ponerlos en una escala. Es como el dolor. Si te duele, pues te duele. ¿Cómo saber si te duele más o menos que a mí?

Parte de la inteligencia emocional (una buena parte), estriba en la capacidad de sentir algún tipo de camaradería con los sentimientos de los demás. A eso se le dice empatía. Pero, para poder tenerla, yo creo que debemos agregarle la imaginación y el respeto.

La primera sirve para proyectarnos a una situación que tal vez nos es ajena y que seguro no hemos pasado de igual forma que otra persona, porque cada quien vive sus experiencias de forma única. Lo segundo es primordial para darle el espacio de sentirse como se le dé la gana, sin juzgar su reacción desde nuestro propio lugar. ¿Por qué va a tener que sentirse igual que yo en circunstancias similares?

La imaginación la tengo. El respeto… Me cuesta más, sobre todo cuando pretendo que mis hijos se sientan y actúen como yo quiero, porque así lo quiero. Y, LP, si de hacer cuentas de cansancio se trata, mi hijo tiene 8 años. Eso equivale a estar de turno 24/7/365 desde hace 8 años, por 2 desde hace 5.

El derecho de juzgar

«Qué feo está vestida esa pobre mujer. ¿Cómo se le ocurre comerse eso? Qué malcriado ese niño.» Las críticas se ponen a las órdenes y en fila en mi cerebro. Menos mal tengo bien puestos los filtros para que no se salgan por la boca.

Y es que todos tenemos opiniones de las cosas que no nos incumben, sin saber el contexto de la vida de la persona a la que le estamos bajando el cuero. La gente tiene actitudes que chocan, gestos que disgustan, ropa que no les queda bien. ¿Y qué? ¿Quién nos da el derecho de juzgar cosas que no nos tocan? Porque no es lo mismo rechazar un golpe, por ejemplo, a alegar de que alguien tiene la cara amargada. Luego para uno enterándose que se le acaba de morir el perro y se siente uno mal.

Cada uno de nosotros tiene una historia que transcurre y son pocas las personas que la conocen lo suficientemente bien como para entender una escena aislada. La gente que nos ha acompañado en la mayor parte del recorrido y comprende el trasfondo de nuestros malos ratos, ésa es la que tiene algún grado de permiso para opinar. Lo simpático es que rara vez lo hacen. Porque el comprender a otro ser humano es tenerle empatía. Y cuando sentimos empatía, se nos quita la gana de pelarlo.

No pretendo conocer a toda la gente con la que me topo en la calle, pero sí quiero estar consciente que ni me incumbe cómo va vestida, ni entiendo por qué. Espero que cuando me topo con conocidas del colegio, súper bien arregladas, me hagan el mismo favor cuando me vean en mis fachas usuales.

Alimentar el Egoísmo

Muchas veces dejé de hacer cosas por «pena». Pena a verme ridícula, a verme mal, a no hacerlo bien… Pena a ponerme alguna ropa porque se me iba a notar la lonja. Pena a dejar una mala relación, porque quién más me iba a querer. Al fondo de esa caja de pena, estaba mi baja autoestima, obvio. Y, cuando quería salir de allí, la solución era igualmente obvia: tenía que «trabajar en mi autoestima.» A ver, si a ustedes les han dicho eso, ¿no se han quedado con cara de grillos? Eso de trabajar en el autoestima, así nomás, suena como una invitación a un Box de Crossfit.

La autoestima, el poder medir el valor propio de una forma objetiva y positiva, es una medida de inteligencia emocional, así como la empatía que tanto me cuesta. Es quererse uno lo suficiente como para no ponerse en situaciones que le hagan daño a uno, voluntariamente. Es gustarse y querer estar con uno mismo. Es ser un poco egoísta.

Pero todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Hasta hace unos días, no hubiera podido darles una idea más clara que toda esa serie de platitudes del párrafo anterior. Pero, en un podcast de los de Nerdist, Chris Hardwick entrevista a Rob Lowe y este último le dice que al fin escuchó algo concreto para construir la autoestima: «hacer cosas que nos den estima (valor) de nosotros mismos.»

Lo dejó allí y siguieron hablando de muchas cosas más, pero a mí me quedó eso rondando en la cabeza. Y es que se me encendió el foco tan claro, que casi me parece haber tenido una epifanía: el valor de uno mismo se construye con las cosas de las que uno se siente orgulloso. Y eso implica comportarse de forma íntegra y consecuente en todo lo que uno hace, desde el tráfico, hasta la cama. Si logramos tener una vida de tal forma que podamos compartir cada parte de ella sin vergüenza, allí encontramos nuestro valor. Por supuesto que hay cosas que uno se reserva, pero no debemos confundir intimidad con secreto. Yo no tengo relaciones sexuales con mi marido en público, porque es un acto íntimo. Pero no me da la menor vergüenza que el mundo entero sepa que las tenemos. (Mis hijos no nacieron por osmosis.)

No es tarea fácil, pero me queda la satisfacción de saber que está en mis manos. Es mía. Y de cada uno.