El destino del nombre

Nos costó bastante encontrarle nombre a nuestros dos hijos. Mi marido les contará que ambos le dijeron en sueños cómo querían llamarse. Lo que sí teníamos claro era que no queríamos que se llamaran igual a nosotros.

El nombre lo identifica a uno y rara vez es algo que el que lo porta puede escoger. Sólo traten de cambiárselo con nuestra eficiente legislación y conocerán un paseo por el Hades. Los que tenemos dos nombres, respondemos más fácil a uno y no al otro, damos los dos por pesados o elegimos exactamente el que no utilizan en nuestras casas.

Algo tienen los nombres que parecieran traer todas las mañas de portadores pasados. Y, como se hereda la costumbre de ponerle a todos las generaciones los mismos, da la impresión que se está regalando un destino, casi como el color se ojos.

Creo que es parte de crecer el apropiarse uno de cómo se llama. Que lo identifiquen a uno de forma independiente de los padres/tíos/abuelos. Se trata de trascender tradiciones familiares que nos quedan bien y hacer las propias.

En mi familia, los Luises vienen con un destino que no me gusta. Y por eso me he forjado una herencia propia, hasta tal punto que dudo que me identifiquen con mis antepasados. Salvo por lo que sí me convenga.

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